domingo, 10 de enero de 2010

3º Domingo de Epifanía.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a
La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Epifanía

“El Padre y el Espíritu Santo Testifican del Hijo”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Salmo 29

La Epístola: Romanos 6:1-11

El Evangelio del día: SAN MATEO 3:13-17

SERMÓN

Nos encontramos en el tiempo de la Epifanía, y para esta temporada se ha escogido este texto.

Epifanía significa manifestación y se refiere a la triple manifestación de Jesús como Salvador del mundo, a saber: primero, a los gentiles, los magos del Oriente conducidos a Jesús por la estrella maravillosa, como precursores de todos aquellos paganos que en el correr del tiempo vendrían a Jesús; segundo, la manifestación a su pueblo, que relata nuestro texto, en el que el Padre y el Espíritu Santo testifican de Jesús; y tercero, la manifestación de Jesús a sus discípulos mediante su primer milagro, en las bodas de Cana.

Jesús seguirá manifestándose hasta el fin del mundo mediante la predicación del Evangelio y la administración de los Santos Sacramentos. El precursor del ministerio de la Palabra, en el Nuevo Testamento, era Juan el Bautista, que predicaba y bautizaba en el desierto de Judea.

Para que nadie creyera que el ministerio de la Palabra era invención humana, Dios mismo ratificó la predicación de Juan por la voz procedente del cielo y confirmó el bautismo por la aparición del Espíritu Santo en forma de paloma, demostrando así que todos los bautizados reciben el Espíritu Santo para su salvación. A este testimonio se refiere Jesús ante los judíos incrédulos cuando les dice: “El testimonio que yo tengo, mayor es que el de Juan... el Padre también que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí” (Juan 5:36-37).

Nuestros cultos tampoco se celebran por iniciativa humana, sino por el mandato de Cristo que ordena predicar su Palabra a todas las naciones. Cristo confirma nuestra predicación cuando declara: “El que a vosotros oye, a mí me oye” (Lucas 10:16).

Tengamos en cuenta, pues, que el sermón es el testimonio de Dios mismo, de su Hijo, para que en Él tengamos vida eterna. Que para este fin Dios bendiga también su Palabra en tanto que consideramos en este momento el siguiente tema:

El Padre y el Espíritu Santo Testifican del Hijo

1. La ocasión en que fue dado este testimonio;

2. El significado de este testimonio.

1. La Ocasión en que Fue Dado Este Testimonio

Jesús se presenta en el lugar donde Juan estaba bautizando. (Vs. 13-15.)

Desde su nacimiento y desde su adoración por los pastores, representantes de su propio pueblo, y los magos, representantes de los gentiles que vendrían al Cristo, según la profecía de Isaías (capítulo 60), no sabemos nada de Jesús hasta los doce años, cuando dice en el Templo que Él debe estar ocupado en las cosas de su Padre celestial. Con estas palabras declara públicamente ser el Hijo de Dios. Después de este destello de su gloria, nuevamente desaparece en la obscuridad y las puertas de la carpintería de Nazaret se cierran tras Él. Podemos imaginárnoslo trabajando como carpintero, dando buen trabajo a precio justo. Santifica así el trabajo manual y demuestra que ese trabajo no es humillante, sino que en todo servicio honrado podemos servir a Dios, haciendo el trabajo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres, sabiendo que el bien que cada uno hiciere, esto recibirá del Señor, sea siervo o sea libre. (Efesios 6:8). Pero así como una corriente pequeña, que desaparece ante nuestra vista por entre las rocas y en la obscuridad de la selva para reaparecer como torrente impetuoso en su curso inferior, con potencia para accionar turbinas, asimismo Cristo vuelve a presentarse, después de dieciocho años de retiro voluntario, a la edad de treinta años y en la plenitud de su personalidad, para cumplir con su misión. Para ello guarda las herramientas y cierra la puerta de la carpintería y se encamina hacia el desierto de Judea, donde Juan el Bautista anuncia la proximidad del reino de Dios, predicando el arrepentimiento y bautizando para el perdón de los pecados.

Juan topa las mismas dificultades que topa cualquier otro predicador. Se presentan hombres que consideran el bautismo una mera costumbre y en vez de servir con sus costumbres a Dios, hacen de su servicio a Dios una costumbre. Son ellos los representantes de todos aquellos que también hoy en día tienen a la religión por una costumbre a la que se adaptan según las circunstancias. Se hacen bautizar como de cierta iglesia cuando están entre los de esa iglesia, y como evangélicos cuando están entre los evangélicos. A los tales Juan amenaza con el fuego del infierno.

(Mateo 3:7-12.) Por no arrepentirse de sus pecados, se fueron sin el bautismo, como dice la Biblia: “Los fariseos empero y los doctores de la ley, desecharon contra sí mismos el consejo de Dios, no habiendo sido bautizados por Juan” (Lucas 7:30).

También se presenta el caso contrario, cuando Juan siente su propia insuficiencia ante una responsabilidad tan grande, como es el santo ministerio de la Palabra. Esto sucede cuando Jesús se pone en la misma fila con los pecadores para ser bautizado y Juan reconoce su inferioridad. Trata de disuadir a Jesús de hacerse bautizar por él, creyendo más bien en la necesidad de ser él bautizado por Jesús.
Jesús empero insiste en ser bautizado por Juan, honrando así el ministerio, y enseñando por su ejemplo que la eficacia del ministerio no depende del oficiante, sino de la institución divina. Aunque veamos en el pastor debilidades, que de seguro tiene, porque es pecador, no por ello debemos tener en poco el oficio de la Palabra sino que debemos creer que lo que el pastor trata con nosotros en nombre de Cristo, es tan válido y cierto, también en el cielo, como si nuestro Señor Jesucristo mismo tratase con nosotros.

El bautismo de Jesús es parte de su oficio. Jesús no necesitaba el bautismo para su persona. Pero igualmente estaba ansioso de bautizarse porque quería someterse a toda institución de Dios para salvación del mundo, y para dar testimonio de la necesidad del bautismo para la salvación. Además, el bautismo de Jesús simboliza su muerte y resurrección. Es el pecador el que debe ser hundido en las olas del juicio final por sus pecados. Pero es Cristo el que toma su lugar ante Dios y cambia el juicio en perdón, pues como Él resucitó de entre los muertos y vive y reina en la eternidad, así también el pecador, por los méritos de Cristo, vivirá en eterna justicia y bienaventuranza. Así el bautismo no sólo debe ser aplicado a Jesús, sino que también halla su cumplimiento en la obra de Jesús.

Reconociendo que el bautismo formaba parte de la obra de Cristo, Juan, al día siguiente de haberle bautizado, anuncia a Jesús como Salvador, diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

Ya que Jesús no necesitaba el bautismo para su propia persona, tampoco necesitaba confesar pecados ni ser amonestado al arrepentimiento. Dios mismo pronunció el sermón bautismal y elevó a su Hijo a la compañía de la Santísima Trinidad, y expresó su complacencia en la obra de su Hijo.

2 El Significado de Este Testimonio

Dios manifiesta su complacencia en su Hijo. Ante Dios no existe lo pasado ni lo futuro, sino que todo es eternamente presente. Por esta razón ve la obra de su Hijo como ya finalizada y manifiesta su complacencia en Él. La voz del cielo es el “amén” al “consumado es” que se escuchará desde la cruz.

El Evangelio nos relata cómo Jesús cumplió este testimonio. Se manifestó como el Hijo de Dios con palabras y obras. Su primera palabra que habló en público, en el Templo a los doce años, fue una declaración de que Dios era su Padre; y su última palabra en la cruz, consistió en encomendar su alma al Padre. Entre estas dos palabras se desarrolla todo el plan de la salvación, para cuya realización había sido enviado. Para comprender la necesidad de la muerte propiciatoria debemos acordarnos del “Santo, Santo, Santo”, que entonan los ángeles ante e1 trono de Dios y que cantamos nosotros todas las veces que celebramos la Santa Cena. Aunque los hombres nieguen sus pecados, no se atreven a declararse santos. Los más empedernidos sostenedores de su propia bondad admiten, acusados por su conciencia: “Es cierto, no soy santo.” Pero con ello admiten su condenación, porque Dios quiere que sean santos, cuando les dice: “Santos seréis, porque santo soy yo, Jehová, vuestro Dios” (Levítico 19:2). Así como el fuego y el agua no pueden ser unidos porque son dos elementos incompatibles entre sí, así mismo no pueden ser unidos el hombre pecador y el Dios santo porque son dos seres incompatibles; el hombre pecador no puede quedar en compañía del Dios santo. Por esto los hombres, después de haber caído en el pecado, fueron echados del paraíso, de la presencia de Dios, y el cielo les quedó cerrado. Si la Palabra de Dios es cierta (y sabemos que lo es) y si las amenazas de la Ley de Dios no son palabras vacías (y sabemos que no lo son), entonces es seguro que de todos los hombres que nacieron ninguno se habría salvado si no hubiera prestado satisfacción a Dios por sí mismo.

Es aquí donde interviene Cristo, pues “Él llevó sobre sí nuestros pecados y fue traspasado por nuestras transgresiones, el castigo nuestro cayó sobre Él y por sus llagas nosotros sanamos” (Isaías 53). Reconciliados con Dios por los méritos de Cristo, Dios ya no mira nuestros pecados sino que nos mira tal como somos en Cristo. Y como tiene complacencia en su Hijo, también tiene complacencia en los que están en Cristo. Si nos sobreviene algún sufrimiento, no es el castigo de un Dios iracundo, sino la reprensión de un padre amoroso que procura nuestro propio bien, como lo explica San Pablo: “Castigados somos por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo” (1 Corintios 11:32).

Testimonio para nuestro bautismo. A causa de su obra, Jesús pudo ordenar la predicación de su Evangelio como la palabra de la reconciliación e instituir los Santos Sacramentos como medios de gracia, por los cuales ofrece, da, y asegura a los creyentes el perdón de los pecados, paz para con Dios y el poder de llevar una vida cristiana.

Así como en el bautismo de Jesús el Espíritu Santo se manifestó en forma de paloma para testificar ante Juan y el pueblo que Cristo es el Hijo de Dios, asimismo nosotros hemos recibido en nuestro bautismo el Espíritu Santo para nuestra salvación como el don más precioso.

Este hecho debe manifestarse en nuestra vida diaria. La paloma es símbolo de paz y mansedumbre. Con nuestra amabilidad en el trato con el prójimo, por nuestra mansedumbre, por nuestra sinceridad debemos mostrar que tenemos el Espíritu Santo.

Pero el Espíritu Santo es también Espíritu de poder, pues en otra oportunidad vino con ímpetu, cual viento fuerte, sobre los apóstoles, los fortaleció para llevar adelante la causa de Cristo, sin temor aun a la misma muerte. En el bautismo de Jesús se abrió el cielo sobre Él. Los discípulos sabían que también a ellos les sería abierto el cielo, una vez cumplida su misión en este mundo. El Espíritu Santo ha de fortalecernos para que llevemos adelante la causa del Señor en este tiempo de Epifanía, pues también para nosotros está abierto el cielo por los méritos de Cristo, abierto para nuestras oraciones, que se elevan allí, abierto para todas las bendiciones que bajan desde allí, pero también abierto para recibirnos en la hora de nuestra muerte.

Previendo la oposición del mundo impío, el Padre y el Espíritu Santo testifican del Hijo para fortalecer a Juan en su difícil ministerio. Que el poder divino nos acompañe también a nosotros en nuestra obra de evangelización, para nuestra salvación y la salvación de aquellos que nos oyen, y para la gloria del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Jacobo Felahuer.