domingo, 21 de febrero de 2010

2º Domingo de Cuaresma.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Cristo vence la tentación por nosotros”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
1º Lección: Génesis 3:1-8
2ª Lección: Romanos 5:12-21


EVANGELIO DEL DIA

Mateo 4:1-11 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, En sus manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra. Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios. Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían.

Sermón

Imagínese como sería el PARAISO. El cielo en la tierra. Verdaderamente un PARAÍSO, así en mayúsculas. Me refiero al paraíso terrenal, el Edén, antes de la caída en pecado. No hay pecado: Por lo tanto, no hay dolor, sufrimiento, heridas o lágrimas.

Otra de las cosas que no hay es muerte. El Señor de la vida acaba de finalizar los seis días de la creación y el resultado lo satisface, ve que todo es perfecto, bueno a sus ojos.

El hombre está en el huerto, creado para servir a Dios y creado para ser servido por Dios. Adán tiene todo a su disposición, tiene la vida eterna para disfrutar de este lugar. El Señor provee todas las cosas que necesita, el huerto está lleno de toda clase de árboles que dan frutos para que él coma. Entre esos árboles está el árbol de la Vida, el mejor de todos. La creación en esta etapa está en armonía con Dios.

Hay un árbol que también es especial, es el árbol del conocimiento del Bien y del Mal. Muchos como José Saramago se preguntan: “¿Por qué si Dios realmente no quería que comiesen plantó el árbol, no lo puso fuera del paraíso o al menos, lo cercó?” o
¿Por qué estaría plantado aquel arbol que resultó ser fatal para todos nosotros? El amor nunca te fuerza a seguir un camino determinado y Dios ama al hombre. Por consiguiente, el Señor no obligaría a Adán a quedarse en el huerto y vivir allí por siempre. Si Adán no quiere ser amado, no quiere saber nada de Dios, él tiene una opción, el árbol es la salida. Él puede escoger la oscuridad, la enfermedad, los problemas y la muerte, y también todos quienes le sigan. Sin lugar a dudas ésta no es una buena elección. Pero gracias a que el árbol se encuentra allí, podemos decir que Dios no obligó a Adán a ser amado y a vivir en comunión con Él.

Sin lugar a dudas el Señor Todopoderoso quiere a Adán vivo y santo, y por esto le advierte al hombre sobre el árbol y la consecuencia de comer del mismo. Dios le dice a Adán que se mantenga alejado del árbol y que disfrute de la paz y armonía que hay allí en el Paraíso. Ya que no existe el pecado, nunca te cansarás de todo lo que tienes para hacer y disfrutar aquí.

Dios le habla directamente a Adán y le ordena no comer del árbol. Le ha dado un mandamiento. Después crea a Eva. Pero esta orden no queda solo para él. Sino que es válida y extensiva a su esposa y los hijos que tendrán en el futuro. Tanto Adán, como ellos, deberán mantenerse lejos del árbol del Conocimiento del Bien y del Mal.

Por amor a ellos, Adán les transmitirá la Palabra de Dios, repitiendo la orden que Dios le dio: No comas del árbol.

Adán es ahora el pastor Adán, para su esposa y futuros hijos. Para él es un
privilegio y responsabilidad enseñarles la Palabra de Dios.

Sin embargo el paraíso no dura mucho. La serpiente anda a cuatro patas en el huerto y confronta a Eva: “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; 5 sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” Génesis 3:1-5. El diablo tiene una manera de hacer que el pecado suene mucho más atractivo que el paraíso. A Eva le gusta lo que oye. Ella come del árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. ¿Qué hace ella después de esto? Va a compartir esto con Adán, quien se pone de su lado. Allí está el pastor Adán, a quien se le encomendó la Palabra de Dios, escucha como la serpiente tienta a su mujer, la madre de todos los vivientes. En vez de aferrarse a
la Palabra y conservar la vida, él observa como ella cae en pecado y luego participa de ese mismo pecado. A Adán se le olvida aferrarse y luego predicar la Palabra y así es cómo el pecado viene al mundo. Con el pecado viene la muerte y se va todo lo bueno que Dios ha creado.

Muchos encasillan a la Iglesia de ser machista, de echarles la culpa a las mujeres por la Caída en pecado. En otras palabras, somos acusados de culpar a la mujer por la entrada del pecado al mundo y de sus consecuencias, pero no es así. Eva tiene parte de culpa por caer en la tentación, pero en Romanos 5 la culpa del ingreso del pecado y la muerte al mundo es colocada a los pies de Adán. Él recibió la Palabra.

Se le olvidó predicarla. El resultado: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” Romanos 5:12.

No diré una genialidad al afirmar que no vives en el Paraíso. Vivimos en un mundo donde abundan todo tipo de frutos del pecado, y con esto me refiero a enfermedades, dolores, lesiones, preocupaciones, depresiones, lágrimas y muerte. Todo esto es la paga del pecado, traído al mundo por Adán hace mucho tiempo. Tú y yo nacimos en un mundo pecaminoso y tú y yo nacimos pecaminosos igualmente.

Pero tú no comienzas como Adán, eligiendo caer en la tentación más tarde. Tú no tienes opciones: Naces en pecado, con la única tendencia a caer en pecado, propenso a la enfermedad, la muerte y el pecado. “¡Eso no es justo!” es el comentario de muchos. No es justo que tengas que sufrir por el pecado que otros han cometido hace mucho tiempo. No es justo. Tampoco es justa que la escasez de pelo en mi cabeza, sea algo que se aprecie en mis fotos familiares. No escogí esa aflicción, pero vino con mi herencia genética. No es justo que tenga que usar más bronceador que cualquier otro, o protegerme la cabeza del frío con un gorro aunque no quiera. Pero es cierto.

Asimismo es verdad que nacemos pecaminosos, malos, separados de Dios. En verdad, dejando a un lado su gracia, nacemos para morir.

Este mundo de pecado es un mundo donde abunda la tentación y somos un blanco muy fácil. En primer lugar, recuerda que el diablo puede hacer que el pecado parezca más sensato que el mismo paraíso, como si por el pecado tuviésemos ganancias en lugar de pérdidas.

Además, ya no tienes el libre albedrío que tuvieron Adán y Eva, quienes tuvieron la elección de no pecar. Para empezar, tu voluntad es pecaminosa y propensa a caer en la tentación. ¿Si Adán en su estado perfecto no resistió, cómo puedes esperar hacerlo tú mejor?

Además, las tentaciones abundan. El orgullo siempre te quiere hacer pensar o enorgullecerte de lo que has hecho o las tentaciones que has evitado. La avaricia y la codicia te incitan a querer más de lo que Dios provee, a atesorar cosas materiales más de lo debido, a confiar más en ellas que en Dios. Incluso la carencia de ellas te llevará por el mismo camino, deseando y esperando que algún día lleguen y poder ser feliz. Los malos deseos se te presentaran, incitándote a pensar en cosas impuras y algunas veces actuar conforme a ellos. La pereza te alienta a dejar de hacer el trabajo que tienes que hacer, la glotonería te insta a comer más de lo que es bueno para ti. El enfado y mal humor salen a la luz antes de que tengas la posibilidad de pensar en ello, mientras la envidia te deja resentido por las realizaciones de otros. Estas tentaciones están trabajando en ti y a menudo cedes antes de que te des cuenta de que la batalla ha comenzado.

Debemos tenerlo claro: no cederás a cada tentación a lo largo de tu vida, pues aun exceptuando la gracia de Dios, él te da el regalo de su Ley. Escrita en tu corazón, la Ley declara las consecuencias de caer en la tentación e intenta persuadirte de que no caigas en pecado. Es por eso que al ser tentado y sentir los deseos de seguir ese camino, también puedes decir: “seguir esta tentación estropearía mi matrimonio y mi familia. El costo de seguir por este camino es demasiado alto”. Tentado por la avaricia, puedes decir, “seguir esta tentación sería infringir la ley y arriesgarme a ser arrestado o multado y eso es un riesgo muy alto para mí”. Cuando vemos
claramente las consecuencias de la tentación, tenemos mejor probabilidad de resistirla. Pero esta resistencia no necesariamente es para la gloria de Dios, porque esto es evitado con el miedo como motor de acción, no por un deseo de rectitud y amor a Dios. Además, cuando evitamos caer en la tentación de estos u otros pecados, tenemos la inclinación a ser orgullosos por lo que hemos hecho. Así es como evitamos un pecado y caemos directamente en otro. Es una realidad que no nos salvaremos por lo bien que evitamos caer en la tentación. Muchas veces se piensa que el cristianismo es una religión que trata sobre cómo resistir a la tentación y así ser una mejor persona cada día, cada vez más santo, pero esto es una falsa doctrina o falso concepto del cristianismo. Es el pecado mortal del orgullo que hace su trabajo. Debes reconocer que nunca te volverás santo por tus esfuerzos o habilidades de resistir la tentación.

Las personas pueden evitar muchas de las tentaciones exteriores que sufren a diario y pueden tener una vida bastante buena en este mundo pero también pueden perderse por siempre si sus pecados no son perdonados. Ambos lados de la moneda son ciertos:

Las personas pueden tener un desorden completo de sus vidas, destruir sus familias y sus carreras y las reputaciones de la empresa dónde trabajan y sin embargo continúan teniendo esperanza de perdón y vida eterna. Es necesario aclararlo, porque hay personas que endurecen sus corazones y se alejan de Dios pensando que Dios los rechaza por su situación. Sin embargo, hay esperanza para ti y para mí. Hay esperanza para el perdón y la salvación. Hay esperanza para recobrar el paraíso. Pero esta realidad de obtener el perdón y la vida eterna no recae sobre nosotros, sino en el Segundo Adán.

En la lección de Evangelio hoy tenemos a nuestro segundo Adán. Él no está en un huerto, sino en el desierto. No está rodeado de comida, sino que ha estado ayunando por cuarenta días. Es el Hijo de Dios, es el todopoderoso en persona. Pero también es totalmente humano y según esa naturaleza está débil y hambriento. El diablo, que nunca juega limpio, se aferra a esto para tentar al Salvador.

La tentación que Satanás empleó con Adán y Eva, siguió dando sus frutos por todas las edades, así es que aquí prueba con a la misma estrategia. En lugar de “come la fruta”, ahora es “ordena que estas piedras se conviertan en pan”. En lugar de “si comes, no morirás” la incitación a lanzarse del templo tiene el mismo sentido, “no morirás, Dios te cuidará”. En lugar de “serás como Dios” es “olvida a los que sufren y la cruz y adórame, el mundo estará a tus pies”. Por medio de estas tentaciones el diablo le da a Jesús la posibilidad de abandonar la voluntad de su Padre, para escoger el placer sobre el hambre y dolor, para tener poder en vez de someterse como un cordero que va al matadero. Otra vez, las tentaciones del diablo suenan mucho más apetitosas que el camino del Señor hacia el calvario.

En cada tentación Jesús hace lo que no hizo Adán. En primer lugar, resiste la tentación. En este mundo caído, pecaminoso, el camino de Dios siempre parecerá estar equivocado, sin sentido, difícil y lleno de sufrimiento. Pero Jesús resiste la tentación para ir al Padre, por medio de su voluntad y lograr así nuestra salvación.

Además, dónde a Adán se le olvidó recordar o mencionar la Palabra de Dios, Jesús la predica sin recelos. Cada vez que el diablo lo tienta, Jesús cita las Sagradas Escrituras en su contra. Así, el Segundo Adán reemplaza completamente lo que el Primer Adán no pudo hacer, aquello en lo que falló. Jesús está en el desierto para combatir la maldición del pecado, de la muerte y del diablo.

Esta es una de las luchas en el camino de la cruz. Tiene lugar inmediatamente después del bautismo de Jesús, donde él se identificó por completo con los pecadores. Una vez que Él ha mostrado su unidad con nosotros, combate contra el diablo en el desierto representándonos y allí es donde nos otorga otra de las victorias sobre el maligno. Desde esa tentación, él emprende su ministerio. Él comienza a curar a los dolientes, venciendo las armas de la enfermedad que utiliza
el diablo. Expulsa a demonios, liberando a las personas cautivas de los demonios. Aun más, resucita a los muertos, derrotando a los aliados de Satanás, la muerte y la tumba.

Así como la sanación, la expulsión de los demonios y resurrección de los muertos es en beneficio de la humanidad, Jesús resiste esta tentación para ti y para mi, para todos los seres humanos. Él no lo hace para enseñarte cómo hacerlo por tu cuenta,
porque no lo puedes hacer por ti mismo. Éste es uno de los mayores malentendidos sobre este texto. No decimos, “Jesús sanó a las personas para mostrarnos cómo sanar a las personas”. No decimos “Jesús resucitó a los muertos para mostrarnos cómo resucitar a los muertos”. Siempre estamos tentados a decir “Jesús resistió la tentación para mostrarnos cómo hacerlo”. Pero esto es incorrecto. Jesús resistió la tentación porque nosotros no podríamos hacerlo, porque pecamos. Por eso luego se sometió a sí mismo a la cruz, para morir por nuestros pecados.

Toda su obra, tanto su obediencia activa y pasiva hacia ti, te traen un mundo nuevo de esperanza: Por la Obra de su Hijo, el Padre Eterno te dice: “no tomaré en cuenta tus pecados, ni los utilizaré para juzgarte, no recordaré las veces que has cedido a la tentación. Para que veas, mi Hijo se encargó de todos tus pecados en la cruz.
Allí te los he perdonado. Cuando el sufrió la condena, pagó tu condena. Cuando lo resucité, tus pecados quedaron sepultados y tú has recibido el don de la vida eterna. Por consiguiente, no tienes los pecados que crees que yo veo. En el lugar de esos pecados, mi Hijo te ha dado el pago de su obediencia perfecta. Por eso cuando te miro, veo sólo la rectitud de Jesús. Porque eres perdonado y la vida eterna te es otorgada”. Esa es tu esperanza. No es que puedas ser salvo por ti mismo si sólo aprendes a resistir la tentación. Tu esperanza es que Jesús te ha salvado por su muerte y por su obediencia perfecta y su resistencia a la tentación.

Estimados hermanos en Cristo, afrontarás tentaciones este mismo día, esta misma hora y la batalla es mucha para afrontarla desde la carne. Cada una de estas tentaciones están diseñadas para conducirte con engaño al sufrimiento y a la larga hacerle abandonar a tu Salvador. Sin embargo, el Señor te ha dado su Palabra, a fin de que le puedas reconocer y puedas ser fortalecido contra los engaños del diablo y sus intentos de persuasión. Te da su presencia en el Pan y el Vino para reafirmarte en el pacto del perdón y sus promesas.

¿Lees y meditas en la Palabra de Dios diariamente? De otra manera, entras en tus batallas diarias sin una espada con la cual defenderte. Pero aun así, en ocasiones cederás y pecarás sin tener una excusa justificable. Por consiguiente, examina tu pecado y tu maldad y reflexiona: no puedes resolver el tema de tu salvación por tus propias fuerzas. Entonces ve corriendo a los pies de Cristo y regocíjate en lo que tu Salvador proclama: Esto es mi cuerpo y mi sangre para el perdón de tus pecados.

Cristo Jesús ha invertido la maldición, redimiéndote del pecado, de la muerte y del poder del diablo. Donde Adán trajo la caída y muerte, Jesús trae el perdón y la resurrección. Donde Adán trajo desierto, Jesús ha recobrado el Paraíso para ti. El paraíso del cielo es tuyo porque has sido perdonado de todos tus pecados en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén