lunes, 1 de marzo de 2010

2º Domingo de Cuaresma.

“La fe en Cristo”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
1º Lección: Éxodo 33:12-23

2ª Lección: 1ª Tesalonicenses 4:1-7

Evangelio: Mateo 15:21-28

21 Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. 22 Y he aquíuna mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. 23 Pero Jesús no le respondiópalabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. 24 El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 25 Entonces ella vino y se postróante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! 26 Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. 27 Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. 28 Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.

Sermón

En nuestro texto encontramos al Salvador en Fenicia. Este país, que en la Biblia se conoce como "Tiro y Sidón ", estaba situado a cuarenta millas al noreste del mar de Galilea. En Fenicia vivía en tiempos pasados el rey Hiram, que era amigo de David y de Salomón, y que proveyó los cedros para la casa del rey David y para el hermoso templo de Salomón. En Fenicia estaba también Sarepta, el lugar donde en días muy duros la pobre viuda dio de comer al profeta Elías.

¿Qué hacía Jesús en Fenicia? En Galilea, donde Jesús pasó la mayor parte de su ministerio, se estaba acumulando el trabajo entre la gente que, lejos de sentir sed por la predicación del Evangelio de su salvación, seguía curiosa a Jesús, pensando presenciar los milagros de Él.

Además, se iba aumentando la oposición de sus enemigos, de modo que Jesús se fue al extranjero en busca de paz y descanso. Digamos que estaba en Fenicia de vacaciones.

Pero aun en otro país no lo dejaron en paz. Ah lo vio una mujer que en el Evangelio según San Marcos era sirofenisa, pero que en nuestro texto se llama cananea, porque había descendido de los antiguos cananitas que ocupaban toda la tierra cuando entraron Josué y los israelitas. Esta mujer siguió al Salvador con empeño y con una fe que Jesús no había visto antes. Que el Espíritu de Dios nos acompañe en estos momentos mientras que' meditamos en

LA FE DE LA CANANEA.

I

La cananea de la cual se trata había llegado a la fe en Cristo. Esto sacamos de sus palabras que dirigió a Jesús: "He aquí una mujer Cananea, que había salido de aquellos términos, clamaba, diciéndole: Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí.” Hace unas semanas oíamos las mismas palabras pronunciadas por la boca del ciego de Jericó; decíamos entonces que el título, “Hijo de David”, significa el Cristo prometido, o sea, el Salvador del mundo (Lucas 18:38).
Tiro y Sidón era un país pagano y tan perverso que Jesús lo pone en una categoría con Sodoma (Mateo 11:22.24). Pero la fama de nuestro Salvador, de su predicación, sus obras, había cruzado la frontera fenicia. Nos cuenta otro Evangelio que "los de alrededor de Tiro y de Sidón, grande multitud, oyendo cuán grandes cosas hacía (Jesús), vinieron a él" (Marcos 3:8). Y el Espíritu Santo, siempre activo a través de las buenas nuevas del Salvador, había creado en esta cananea la fe, ya antes de que ella viera en persona a Jesús. "La fe es por el oír; y el oír por la palabra de Dios" (Romanos 10: 17).

Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí." Hac
unas semanas oíamos las mismas palabras pronunciadas por la boca del ciego de jericó; decíamos en tonces que el título, "Hijo de David", significa el

Pero esta cananea tenía un problema muy grave. Un demonio se había apoderado de su hija. Los demonios, o diablos, no eran criaturas que se hallaban sólo en la imaginación o en la mente supersticiosa de la gente. Los demonios existían en verdad. Los demonios hablaban. En Capernaum uno de ellos exclamó a gran voz: "Dejamos, ¿qué tenemos contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios" (Lucas 4:34). Y Jesús, que nunca hubiera cometido la tontería de hablar a una cosa que no existía, hablaba a ese mismo demonio de Capernaum, ordenándole: "Enmudece, y sal de él" (Lucas 4:35).

El demonio se metía en su víctima, se apoderaba de la mente de ella y la hacía decir o hacer lo que le placiera al demonio. El pobre individuo al cual el demonio había escogido por su domicilio, era "atormentado del demonio" (Marcos 5: 15) y "agitado del demonio" (Lucas 8:29), quien "derribó y despedazó" a su víctima (Lucas 9:42) y "le arrebataba" (Lucas 8:29), "derribándole en medio" (Lucas 4:35).

La pobre madre tenía que contemplar esto todos los días en su querida hija, y nada podía hacer al respecto. La niña no era meramente turbada de un demonio. Clamó la mujer: "Mi hija es malamente atormentada del demonio." Pero afortunadamente la madre tuvo a Jesús y en toda fe llevó su pena a Él, el "Hijo de David ", su Señor y Salvador.

Pero ¡qué prueba para su fe! "El (Jesús) no le respondió palabra. " Cualquier otro fenicio se habría quejado, diciendo del trato que recibió la mujer: "¿De modo que éste es el gran benefactor cuya fama ha llegado hasta Tiro y Sidón? Entre nosotros se muestra otro. Lo encontramos apático, sordo, sí cruel, a nuestras súplicas. Ni siquiera nos concede el honor de contestar a nuestras palabras. Nos desprecia así como todos los judíos desprecian a los gentiles. Nos pasa por alto como si no existiéramos."

Hasta los discípulos manifestaban más piedad que Jesús, pues leemos: "Entonces llegándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despáchala, pues da voces tras nosotros. " A ellos se digna Jesús responder, y la mujer lo oye. Pero lo que ella saca de las palabras del Señor no es más que otro rechazo, un golpe más, y un golpe más severo que el anterior: "El (Jesús) respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel." Dicho de otra manera: "Yo soy el Salvador de los judíos, pero esta mujer es gentil y no de la misma condición que los judíos, y no tiene derecho a mis misericordias."

Estas palabras no se le escaparon a la cananea, pero no por tanto se deja desanimar. Sabemos que el Espíritu Santo es el autor de nuestra fe, pues "nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo" (l Corintios 12: 3). Notamos ahora la fe persistente que el Espíritu Santo le había proporcionado a esta mujer del extranjero. Como si Jesús no le hubiera dicho nada, la mujer continúa su petición: ''Entonces ella vino, y le adoró, diciendo: Señor, socórreme. "

Después de alguna tardanza Jesús finalmente reconoció a la cananea. Finalmente le concede el honor de una palabra, pero nos extraña mucho la forma en qué lo hace: "No es bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos," dice Jesús. Como la voz del trueno esta frase hubiera caído en los oídos de otra persona. Jesús le hace saber a la cananea que los de la casa de Israel son los niños privilegiados sentados alrededor de la mesa, pero los gentiles no son más que los perrillos que se permiten debajo de la mesa. A éstos pertenecía la cananea según las palabras de Jesús. ¡Qué comparación más humillante para la suplicante! No le quedaba una chispa de esperanza. Martín Lutero observa que nunca en todo su ministerio se ha presentado Jesús tan duro como en este texto.

Pero aun con esta ofensa la mujer no se da por vencida, no se deja correr. Vemos que la fe que ella había recibido a base de las palabras y obras de Jesús resulta una fe sumamente humilde. La cananea entiende bien y acepta el cuadro que Jesús pinta de ella. Quiere ser uno de aquellos animalitos debajo de la mesa. En ese cuadro halla la cananea la solución de su problema. Demanda las migajas. Dijo ella: "Sí, Señor; mas los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores." Tenemos aquí la fe en toda su belleza.

II

El doctor Lutero agrega el siguiente comentario respecto a esta historia: "En las palabras de Cristo efectivamente no hay ningún no. En dichas palabras hay más sí que no. Hecho es que no hay más que sí en todas sus palabras. Pero el sí se queda tan profundamente escondido que no parece ser más que un no." La cananea se dió cuenta a la postre del sí en todas las palabras del Salvador. Su fe, puesta en prueba por la actitud y por la tardanza de Jesús, llegó a ser una fe victoriosa.

Nuestro Salvador llama grande la fe humilde que Dios le había dado a la mujer, pues declara el Salvador: "Oh mujer, grande es tu fe." Dos veces se maravilló Jesús así de la fe, y en las dos ocasiones se trataba de la fe de personas gentiles. El centurión no se creía digno de que Jesús entrara debajo de su tejado (Lucas 7:6), y la cananea quiere ser uno de los perrillos debajo de la mesa de sus señores.
Y termina nuestro texto con las palabras: "Oh mujer, grande es tu fe; sea hecho contigo como quieres. Y fué sana su hija desde aquella hora. “Jesús vacilaba un rato con su socorro, pero a la postre le concedió a la mujer lo que ella quería. El "no" en sus frases sólo puso en prueba la fe de la cananea, y la fe de la mujer se hizo más brillante que nunca. Jesús si es el Salvador también de los gentiles: ''El (Jesucristo) es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (1 Juan 2:2).

Así lo hace el Señor con nosotros, pues el Salvador ha venido también a nuestros términos. Ha llegado mediante su Palabra. Y mediante dicha Palabra nos ha concedido la fe, y hemos aprendido a llamar a Jesús "Señor, Hijo de David", Salvador de nuestras almas.

Tampoco falta en nuestra vida la prueba de nuestra fe. El Señor permite tribulaciones, enfermedades y llanto en nuestra vida. Y aunque llevemos pronto estos problemas a Jesús, El con frecuencia vacila en atender nuestras peticiones. Y todo lo hace con el mismo fin: Quiere que nuestra fe brille más que nunca.

Esto es lo que nos enseña claramente San Pedro: ''En lo cual vosotros os alegráis, estando al presente un poco de tiempo afligidos en diversas tentaciones, si es necesario, para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual perece, bien que sea probado con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra, cuando Jesucristo fuere manifestado" (l Pedro 1:6.7).

El Salvador no puede cerrar para siempre sus oídos a nuestra humilde fe. Y aunque creamos ver solamente el "no" en Jesús, El se queda todo "sí." Nunca fallará su promesa: "Al que a mí viene, no le echo fuera" (Juan 6:37). Amén.

Querido Salvador, te damos gracias, porque has venido a nosotros con el Evangelio, pues nosotros también somos gentiles. Pero si nos comparamos con la cananea de nuestra lección, nos damos cuenta de lo muy débil que es nuestra fe, y sentimos vergüenza. Perdónanos, Señor, y no nos rechaces en tu ira. Danos más fe, pues queremos ser salvos, por tu misericordia que Tú has manifestado tanto a los judíos como a nosotros los gentiles. Amén.
Sermón tomado del libro “sermones sobre los Evangelios Históricos”