domingo, 21 de marzo de 2010

5º Domingo de Cuaresma.

“Cristo nos hace hijos de Dios”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA 21-03-10

1º Lección: Números 21:4-9

2ª Lección: Hebreos 9:11-15

Evangelio: Juan 8:46-59

Juan 8:46-59 46 ¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado? Y si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? 47 El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios. 48 Respondieron entonces los judíos, y le dijeron: -- ¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano y que tienes demonio? 49 Respondió Jesús: -- Yo no tengo demonio, antes honro a mi Padre; y vosotros me deshonráis. 50 Pero yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga. 51 De cierto, de cierto os digo que el que guarda mi palabra nunca verá muerte. 52 Entonces los judíos le dijeron: -- Ahora nos convencemos de que tienes demonio. Abraham murió, y los profetas; y tú dices: "El que guarda mi palabra nunca sufrirá muerte". 53 ¿Eres tú acaso mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió? ¡También los profetas murieron! ¿Quién crees que eres? 54 Respondió Jesús: -- Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios. 55 Vosotros no lo conocéis. Yo sí lo conozco y, si digo que no lo conozco, sería mentiroso como vosotros; pero lo conozco y guardo su palabra. 56 Abraham, vuestro padre, se gozó de que había de ver mi día; y lo vio y se gozó. 57 Entonces le dijeron los judíos: -- Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham? 58 Jesús les dijo: -- De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuera, yo soy. 59 Tomaron entonces piedras para arrojárselas, pero Jesús se escondió y salió del Templo y, atravesando por en medio de ellos, se fue.


Sermón

Cuando oímos el Evangelio del día de hoy hay una cosa que es muy clara y es que Jesús ama a las personas con las cual está dialogando.

Uno podría cuestionar esta aseveración objetando que el relato de hoy lo que menos muestra es amor. Atacan a Jesús y él se defiende. Luego parece que él es quien los ataca. Y realmente lo hace. Si leemos unos versículos anteriores al texto de hoy apreciaremos a Jesús aseverando a estas personas que su padre es el diablo. Eso no suena nada cariñoso.

Cabe preguntarnos si para Jesús entablar estos diálogos tan duros habrán sido fáciles de llevar. Sabemos que él es amor. Sabemos que él ama de manera perfecta. Por consiguiente, sabemos que sólo puede ser amor lo que lleva a Jesús a hacer estas afirmaciones tan duras. Es amor lo que lleva a confrontar a estas personas con su realidad. Si él no se preocupase por ellos, sin duda los hubiese evitado o los hubiese dejado que sigan con su errónea manera de pensar. Pero no los deja en su situación, viene a su encuentro y ese amor lleva a confrontarlos.

Si fuéramos tú y yo, buscaríamos presionar para hacerlos entender y pensar igual que nosotros. Nuestro orgullo nos llevaría a probar que estamos en lo correcto y ellos están equivocados, pero Jesús no obra de esa manera. Él los quiere dirigir hacia su realidad pecadora y hacia e amor infinito de Dios.

También podríamos preguntarnos por ejemplo: ¿Qué tan satisfactorio nos resulta hablarle de manera despectiva o lastimar alguien a quien amamos? ¿Qué tan fácil nos es tolerar a que nuestros niños permanezcan enfermos o negarles algo que sabemos que les hará mucho bien?

Por mi parte no me agrada hacer cosas que lastiman a las personas que amo, aunque en ocasiones las haga.

Parece que Jesús los lastima. ¿Por qué? Simplemente porque los ama. Él no los dejará en su estado de pecado y lejanía con Dios. Él comienza por preguntar ¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado? Y si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? La respuesta es simple: Ninguno, pero aun así todavía no creen en mí.

Esto podría ser frustración, cólera o un deseo de defenderse, pero sus palabras surgen de un corazón que ama a esas personas. ¿Que por qué no me creen? Simplemente porque no son hijos de Dios, no sois de Dios.

“¿Cómo qué no somos de Dios?” se habrán preguntado los oyentes. Esta afirmación debe haber quedado atragantada en las bocas de muchos. Sin embrago por estas personas que no pertenecían a Dios, Él sufriría y moriría en la cruz, por ellos gritaría: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, todo con el fin de que lleguen a ser hijos de Dios, pertenencia completa del altísimo.

En su amor, Jesús los confronta, pero en vez de arrepentirse, en vez de admitir que él está en lo correcto, se defienden aún más ferozmente de este supuesto ataque. Niegan lo que él dice. Se mienten a si mismos y a él, y luego empiezan a atacar y a desprestigiar a Jesús, porque esa es la forma que una persona que se siente culpable se comporta.
Jesús quiere que ellos vean su estado, su lejanía de Dios. Él desea que vean su necesidad de Él.

Desea oírle decir: “Señor, ten misericordia de mí”, pero en esta ocasión no tendrá el gusto.
Ellos se erigen como personas autosuficientes. No ven la necesidad para suplicar por misericordia. Lo desprestigian y justifican su postura proclamando “No vamos a escucharte, porque tienes un demonio. Nunca escucharíamos las palabras de un hombre que está poseído por un demonio. Eso sería una cosa atroz. Dices cosas que no tienen sentido para nosotros, así es que debes de estar equivocado”.

No se los ocurrió, o al menos no se permiten pensar que ellos podrían ser los que estaban equivocados. Creen que son personas religiosas por pertenecer a una religión específica, a un pueblo especifico, por hablar y tener costumbres determinadas. No podían estar equivocados. Dios nunca permitiría que sean engañados con algo así, ellos no se lo merecían. Creían que Dios los protegía por lo que ellos eran y hacían y no por lo que Dios es y hace.

Por lo tanto no se doblegarán ante la opinión de Jesús. Así que no se moverán de sus pensamientos. Tienen su religión bien establecida. Acostumbran usarla como un escudo.

Acostumbran tenerla como un arma. Por eso sacar su escudo y su arma y citan a su padre, Abraham. “¿Eres tú acaso mayor que nuestro padre Abraham?”, aún más traen a la discusión a los profetas ¿o acaso Jesús se considera mayor que ellos?

Reamente cae muy mal la forma en que usan su religión. Como la usan para protegerse de lo que Jesús dice. El uso de la misma religión que señalaba y esperaba a Jesús, ahora la usan para protegerse y atacar al mismo Hijo de Dios, Jesús. Y lo peor es que ante semejante hecho creen tener la aprobación de Dios. Actúan como si Dios estaría contento con las cosas que están desempeñando. A sabiendas o no, se comparan ellos mismos con el Mesías y se creen que salen ganando en esta comparación. Se colocan por encima de toda posible crítica. Su arrogancia moral y espiritual alcanza proporciones increíbles.

Lo curioso de todo esto es que nosotros no somos mejores que esas personas enfrentadas con Jesús. Una de nuestras tendencias puede ser la de compararnos con ellos y creer que nosotros hubiésemos reaccionado de una manera mejor. Pero en realidad sus impulsos son muy desemejantes a los nuestros, sus reacciones no son tan diferentes a las que tenemos en ciertas ocasiones y sus esperanzas y sus sueños de grandeza no distan mucho de lo que nos sucede cuando nos queremos gloriar de nuestros logros personales dejando a un lado a Dios.

El problema de muchas personas tanto de aquella época como de nuestros días es que piensan que son personas religiosas y que con eso alcanza. A muchos nos gusta sentirnos religioso.

Imagínate si alguien te dijera que no eres hijo de Dios. Habría varias reacciones posibles ante eso. Por un lado podríamos decir: “¿en qué te basas para hacer dicha afirmación?”. O quizá habría más probabilidad de decir “¿Quién te crees tú para decirme eso?” “¿Qué te hace pensar que yo no soy hijo de Dios?”.

Muchos trabajan duro cultivando un sentido de cercanía con Dios. Quieren sentir que Dios está cerca. Por eso que se nos diga que no estamos cerca, que estamos a una gran distancia de él a causa de nuestros pecados, es tocar una fibra muy sensible. ¿No reaccionaríamos de la misma manera si alguien nos cuestionase así? Pues si y lo hacemos muy a menudo, más de lo que creemos.

¿No creemos muchas veces que Dios tiene que satisfacer nuestros deseos y cumplir nuestras expectativas en todo lo que le pidamos? ¿No corrompemos su misericordia y su gracia creyendo que por hacer o decir algo Dios está en el compromiso de perdonarnos o de al menos considerarnos mejores personas? ¿Cuántas veces nos consideramos mejores que otros solo porque vamos a la Iglesia?

¿Somos mejores que ellos? No, no lo somos. Somos distintos por el hecho de que Dios nos ha dado la fe en Cristo para el perdón de nuestros pecados.

Todo lo que nos aparta de esos judíos de aquel entonces es la acción cariñosa y gentil de Dios. Nosotros no lo merecemos, ni siquiera ahora, no merecemos ser sus hijos. Todavía pecamos consiente e inconscientemente y constantemente necesitamos la gracia de Dios. ¡La buena noticia es que la tenemos!

Antes de nuestro texto, en Juan capítulo 8 Jesús dice: “Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Es la Palabra quién nos recuerda que pecamos y que confiamos más en nosotros mismos, en nuestras mentes y pensamientos mucho más de lo que confiamos y deseamos a Cristo y sus promesas. Su Palabra nos enseña la fea realidad de que somos pecadores y que necesitamos examinarnos constantemente y arrepentirnos de nuestros pecados, buscando el perdón y consuelo solo en Cristo y su obra. No podemos permitirnos creer que lo que hacemos está bien y es agradable a los ojos de Dios para que por ello nos de su gracia y mucho menos que no somos como esos judíos, o las personas que nos rodean. Nos encontramos al igual que ellos, necesitados de la gracia de Dios porque pecamos diaria y abundantemente, porque el egoísmo y la autosatisfacción nos guían más fácilmente que la voluntad de Dios.

Cuando afrontamos nuestros pecados y la realidad de quiénes somos, aun como cristianos, Dios se hace presente para darnos su Evangelio liberador. Necesitamos recibirlo para vivir la nueva vida en Cristo y también para compartirlo con quienes nos rodean. Jesús sabe que somos hombres muy débiles en los asuntos espirituales y con qué facilidad nos podemos desviar y caer en pecados, porque mientras estemos en este mundo estaremos sujetos a la inclinación hacia el mal a la cual estamos sometidos por nuestra carne. Esto hace que la redención lograda por Cristo en la Cruz cobre más significado y grandeza en nuestras vidas. Él es que él me redimió y él que te redimió. Él intercambió su Santidad y rectitud por tus pecados y los míos y cargó sobre en sus hombros el juicio de Dios que pesaba en contra nuestro, soportó el castigo que Dios tenía pensado para nosotros en la cruz. “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, ¡pero nosotros lo tuvimos por azotado, como herido y afligido por Dios! Mas él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo, y por sus llagas fuimos nosotros curados. Isaías 53:4-5. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” 2 Corintios 5:21. Su muerte en la cruz es nuestra muerte, llevada a cabo para que nosotros no tengamos que pasar por ese castigo y condenación. ¡Allí hemos recibido su rectitud y su santidad y el amor de Dios que Él ha merecido. La vida eterna que Él ha ganado es ahora nuestra por su regalo! Este es el mensaje central del tiempo de cuaresma. Cristo cargando con nuestros pecados para que nosotros carguemos con su Santidad. Cristo muriendo para que nosotros tengamos vida. Cristo tratado como el pecado mismo para que nosotros podamos ser llamados hijos de Dios.

El Evangelio es perdón y vida, pero sólo lo es para los pecadores, para quienes lo necesitan y reconocen esa necesidad. Las personas que no pueden oír la ley, que es Palabra de Dios, tampoco pueden oír el Evangelio correctamente. Oyen las palabras, pero no las reciben como la Palabra de Dios. Pero tu eres de Dios, y “él que es de Dios las Palabras de Dios oye.”

Tu nunca deberías sentirse realmente agradecido acerca de quién eres fuera de Cristo, o cómo tratas los asuntos dentro de tu sabiduría y poder. Siempre deberías encontrar un reto para vivir para Cristo y darle la espalda al pecado. Reconocerás que solo puedes encontrar la paz en Jesucristo, quien te ha reconciliado con el Padre, te ha redimido de tus pecados y que gracias a ello ahora te encuentras en la lista de los santos hijos de Dios, gracias a la rectitud que Cristo te otorga por medio de su Perdón en la Palabra y Sacramentos.

Cada día serás confrontado con dos simplemente elecciones. Analizarte bajo la Palabra de Dios, humillarte ante ella cuando te acuse de pecado, confesarlos en actitud de arrepentimiento y creer en Jesucristo como “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, o disponerte a recoger piedras para rechazar esa Palabra de vida y perdón. La cuaresma nos invita al arrepentimiento y a recordar que nuestras vidas son vidas de arrepentimiento, no simplemente breves momentos de arrepentimiento.

Jesús dijo, “De cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra, nunca verá muerte”. Allí dónde hay perdón de los pecados también hay vida y salvación. No dudes de esto. ¿Cómo llega ese perdón a ti? De varias maneras. A través de la Palabra misma de Cristo anunciándote que por medio de él tienes ese perdón. En un sermón, sea leído u oído. Al recordar el pacto bautismal que Dios hizo contigo, donde te ha unido a la muerte y resurrección de Jesús. En la Santa Cena, cuando Cristo te llama y te dice “toma… come y bebe esto es mi cuerpo y sangre derramada por muchos para el perdón de los pecados”.

Disfrutando lo que dice el apóstol Juan en su primera epístola: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él” 1 Juan 3:1. Gracias a Él, a la intervención de Cristo intercediendo por ti y por mí en la Cruz eres hijo de Dios. En estas cosas puedes estar seguro de que Dios se hace presente para afirmarte en su perdón. En estas cosas Dios te afirma en la fe de que serás levantado por Cristo para vida eterna. En estas cosas es que te mantienes guardando su Palabra de verdad. Ve en la Paz de saber que eres hijo de Dios porque has sido perdonado de todos tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo de Dios y del Espíritu Santo. Amén.