lunes, 20 de diciembre de 2010

4º Domingo de Adviento.

Si oyereis hoy su voz no endurezcáis vuestro corazón Salmo 95: 7b-8

1 Sed hacedores de la Palabra, y no tan solo oidores Santiago 1:22a

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“¡Regocijaos en el Señor Siempre!”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Isaías 7:10-14

La Epístola: Romanos 1:1-7

El Evangelio: San Mateo 1:18-25

Sermón

Para muchos, estos días de fiestas y la alegría impuesta por el entorno son motivo de tristeza y depresión.

Detrás de estas fiestas asoman demasiada hipocresía, superficialidad y comercialismo. Para otros en estos días no hay nada que celebrar ya que el nacimiento de Dios como hombre es un mito piadoso. Otros, en fin, piensan que esta es otra buena ocasión para comer, beber y pasarlo un poco mejor que el resto del año y por tanto hay que aprovecharla. Tal vez otros miran al cielo buscando consuelo y esperanza en medio de la incertidumbre de estos momentos, quizás otros no ven ningún aliciente en ese término tan empalagoso como superficial llamado el espíritu de la Navidad… En fin, los sentimientos sobre la Navidad son muchos y variados, pero no es ese el tema central de la predicación de hoy, cuarto domingo de Adviento.

El tema que nos ocupa hoy no es ningún análisis sociológico de la Navidad sino que se centra en torno a las palabras que Dios mismo nos dirige por medio del apóstol Pablo en Filipenses 4:4 REGOCIJAOS EN EL SEÑOR SIEMPRE.

Motivo de nuestra Alegría: Si dijera REGOCIJAOS solamente diríamos que es un mero slogan del
marketing navideño, pero la Palabra dice EN EL SEÑOR, y esto hace que esta sea una exhortación que el mismo Dios te dirige a ti y a mí. El ángel del Señor dijo a los pastores. “Os traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo .Porque os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el SEÑOR”. La alegría de la que nos habla la Palabra es una alegría anclada en nuestro Dios y Salvador Jesús y su buena noticia, en su Evangelio. Es en Él en quien debemos regocijarnos, cualquiera que sean nuestros caducos sentimientos estos días, porque Dios nos dice que nos alegremos en su Hijo siempre y además lo repite con énfasis. Es como si dijera: no hagáis caso a vuestros sentimientos o a lo que veis sino miradle a Él, fuente de gozo.

¿En qué Señor nos alegramos? Este SEÑOR en quien debemos regocijarnos es JESÚS, Dios de Dios, que recibió un cuerpo humano de la Virgen María. Jesús es el eterno y todopoderoso Dios.

¿Qué es lo que significa esto para ti? Tal vez pienses que es precisamente esto, que Jesús es Dios todopoderoso, lo que te hace tenerle miedo. Es verdad que El entregó las tablas de la Ley a Moisés y que si no manipulas y retuerces los Mandamientos te acaban acusando de lo imperfecto y sucio que estás y eres delante de Él. Es verdad que es Él el Dios que no permitió a Moisés que viera su gloria, es Él, el que se apareció a Moisés en la zarza ardiente; es Él, el que vendrá dentro de poco a juzgar a los vivos y a los muertos. Jesús, Dios Todopoderoso conoce todos tus pensamientos, planes, intenciones secretas. No hay nada que puedas esconderle….

Si te acercas a Jesús teniendo presente únicamente que Él es Dios, entonces siempre va a salir la Ley por medio como único ingrediente de todo. Pero la Escritura nos dice una y otra vez que Jesús es además nuestro Salvador y esto hace que todo sea diferente, que todo sea regocijo.

Pablo dice en el versículo cinco "el Señor está cerca” y es verdad que Jesús está cerca de varias maneras.

Jesús para ser nuestro Salvador vino como un niño indefenso, débil y humilde. Hoy día sigue viniendo a nosotros y por nosotros en su Palabra y su Sacramentos, medios nada ostentosos. Él viene a nosotros cada vez que suplicamos su perdón, misericordia y amparo. Él vendrá en gloria, no escondido, para juzgar a los vivos y a los muertos. Los que han creído en su primera venida, los que le han reconocido en el pesebre, en la cruz y en el sepulcro vacío; los que le han reconocido al oír la Palabra y “al partir el pan”, no tienen miedo alguno a esa segunda venida física, no tienen ansiedad por el futuro, no tienen ningún miedo a la cercanía de Jesús. Se
regocijan, se alegran en Jesús. No les preocupa que Él pueda venir en cualquier momento, se
alegran en esa venida.

Si Jesús no hubiera venido en la forma escondida en la que vino para ser nuestro Salvador no tendríamos acceso a Dios ¿Te imaginas un Dios aparte del que nos revela Jesús? ¿Te imaginas un Dios del que no tuviésemos ninguna certeza que nos ama, nos perdona, nos escucha, nos es propicio y lleno de bondad?

¿Podríamos regocijarnos en el Señor si no conociéramos las buenas nuevas de gran gozo? La verdad es que nadie puede conocer y amar a Dios, mucho menos regocijarse en Él, sino le conoce en la persona de su Hijo Unigénito e hijo de María.

Ciertamente Jesús es Dios todopoderoso, como tal es justo y santo. Él debe castigar a los que desobedecen su santa ley. Pero lo realmente impactante es que Él no vino para llevar a cabo esos cometidos. No vino para juzgarnos, acusarnos o castigarnos. Él vino para ser amigo de pecadores y publicanos, es decir, para ser amigo tuyo y mío. El Santo de Israel al que ningún mortal podía ver y seguir viviendo se hace hombre, escondiendo su gloria por nosotros, para amarnos y librarnos del castigo que justamente merecemos.

Alegría que procede de la fe. Vemos, por tanto, que la Palabra, con todo fundamento, nos exhorta a regocijarnos en Jesús, porque si tienes a Jesús tienes verdadero motivo para regocijarte. Si no sabes que tus pecados e iniquidades han sido perdonados por causa de Jesús, no te puedes regocijar en Él. Si tu confianza está puesta en Él, tienes motivos para regocijarte, pero si tu confianza está puesta en tus bondades, habilidades, riquezas, salud, conocimiento, etc, etc, entonces no puedes regocijarte, la alegría que tengas es una alegría edificada sobre arena. El regocijo verdadero procede de la verdadera fe y ésta solamente procede de la Buena
Nueva porque ahí y solamente ahí podemos conocer al Dios verdadero. Este es el motivo por el que acudimos a la iglesia: para recibir al Dios verdadero, el Dios que se hizo hombre en el vientre de María, el Dios que fue envuelto en pañales y colocado en un pesebre, el Dios que fue crucificado para limpiarnos de todo pecado. En este Dios encarnado nos regocijamos.

Regocíjate en el Señor siempre porque Él nunca deja de ser bondadoso. Nunca olvida la sangre de Jesús.

Alégrate porque tus pecados son perdonados. Alégrate porque la puerta del cielo está abierta, alégrate porque sabes que aunque tus pecados abundan, Dios no se deja ganar en misericordia.
“Vuestra bondad sea conocida por todos los hombres”. La bondad, gentileza y paciencia del cristiano surgen de su estar en paz con Dios. ¿Para qué entrar en contiendas, discusiones necias, recelos puntillosos….con nuestros semejantes cuando estamos en paz con Dios? El cielo está abierto, Dios te ama y te perdona ¿Por qué irritarnos cuando nuestro ego u orgullo es herido, si sabemos que Dios no recibe y perdona a pesar de nuestra indignidad?

“Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios”. No tenemos motivos para estar angustiados, ni siquiera la incertidumbre de estos tiempos. ¿Para qué tomarse los problemas demasiado en serio? El Dios que se hizo hombre por nosotros, que obedeció su santa ley por nosotros, que murió por nosotros, sabe perfectamente lo que necesitamos y nos cuida con su mano protectora.

Tienes peticiones, necesidades, afanes etc. dáselas a conocer a Dios. No importa la fórmula que uses como si de esa fórmula dependiera que Dios te escuchara y tú le pudieras manipular.

Presenta tus peticiones a Dios porque Él es tu Padre y Amigo y quiere darte mucho más de lo que le pides. No olvides que el Dios que ha hecho tanto por ti es el mismo Dios que está escuchando tu oración y en Él no hay cambio ni variación como nos ocurre a los hombres.

Confiamos en su promesa de que contestará nuestras oraciones, no solamente porque y cuando
vemos los resultados, sino porque Él ha prometido contestar a nuestras peticiones. Los resultados que podamos ver no son la base de nuestra confianza al orar sino la simple promesa que Dios ha hecho de escucharnos.

“Y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús”. Dios te dará la paz que nadie puede entender plenamente, como tampoco el amor que Dios nos tiene puede entenderse. Dios nos da su paz cuando oímos la Buena Nueva, cuando oímos las palabras de la absolución, cuando nos viste con la justicia de Jesús, cuando recibimos su Cuerpo y su Sangre junto con el pan y el vino. Tal vez tus preocupaciones y sentimientos no te permitan sentir esa paz, pero está allí. Es una paz, que aunque no la sientas, guardará tu corazón y tu mente libre de la falsa paz que el mundo, el diablo y tu propia
carne se afanan en darte. Es la paz que da el saber que tus pecados han sido perdonados no por la obra o las hazañas de ningún hombre sino por la obra y las hazañas del mismísimo Dios manifestado en carne. Regocíjate en el SEÑOR siempre. Amen.

Javier Sanchez Ruiz.