domingo, 5 de diciembre de 2010

2º Domingo de Adviento.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Arrepentíos, el reino de Dios se ha acercado”

Textos del Día:

Primera Lección: Isaías 11:1-11

Segunda Lección: Romanos 15:4-13
El Evangelio: Mateo 3:1-11

Sermón

Un teólogo escribió algo así como que en el principio Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, pero cuando el hombre cayó en pecado fue el hombre quien comenzó a crearse a sus dioses según su imagen y semejanza.

Traigo esta idea porque tiene que ver con el Evangelio del día de hoy. En él nos encontramos una vez más con Juan el Bautista. Esta persona especial que nos introduce en el tiempo de adviento, con su peculiar ropa, comida y predicación. Esta última tan simple como su manera de vestir y comer. Veamos el resumen de la predicación de este hombre tan particular: “arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”.

Arrepentíos: comúnmente se piensa en el arrepentimiento solo como un sentimiento o pena por haber sido descubierto haciendo algo malo. El problema radica generalmente en ser descubierto y no en si lo que se hace está mal. Pero en la Biblia el sentido de arrepentimiento tiene que ver con “cambio de mente” no solo con sentimientos. En este sentido arrepentirse es pasar de pensar que algo era bueno a ver que en la Palabra de Dios no lo es, más allá de haber sido descubierto o no. También la Biblia nos habla de que el verdadero arrepentimiento, no solo nos deja con la sensación de que hemos hecho algo mal, sino que va los pies de Dios para pedir y recibir el perdón por ello.

Cuando Juan el Bautista llama a las personas a arrepentirse de sus pecados, concretamente las llama a arrepentirse de sus conceptos erróneos sobre si mismos, el bien y el mal y en especial sobre Dios y sus obras.

La necesidad de esta predicación es vital para la llegada de Jesús. Porque si las personas tienen una idea equivocada de quién es el Salvador y qué cosas hará para redimir a la humanidad, nadie se dará cuenta de la necesidad de su llegada y su obrar. Es por esto que Juan predica sobre la verdadera naturaleza del pecado, la necesidad de un salvador y apunta a Jesús y su obra.

Un claro ejemplo de esto son los dos grupos que se reúnen en torno a Juan en el desierto. Los fariseos y saduceos. Cada uno tiene su propia idea de Dios, del Mesías y de cómo este los hará llegar al cielo. Los fariseos, creen que son salvos por guardar la ley mosaica y todos los preceptos que han generado a lo largo de los años. Para ellos el Mesías, el Salvador, será uno que les enseñe y conduzca por nuevas leyes, los eleve en el modelo de santidad y hará de su moralidad una manera superior de vivir. Los saduceos por otro lado, son escépticos en cuanto a la vida luego de la muerte. Niegan la resurrección de los muertos. Ellos pretenden y anhelan que su Mesías haga la vida de este mundo mucho mejor. Que los libere de sus preocupaciones y agobios, ya que esto es lo que hay.

Lo curioso es que ambos grupos compartían la creencia común de que Dios los ama solo por el hecho de ser descendientes de Abraham.

Uno puede decir que está bien que cada uno crea lo que quiera, mientras no le haga mal a nadie. Pero Juan nos invita a pensar que creer cualquier cosa con respecto a Dios, al primero que le hace mal es a uno mismo. Porque creer cualquier cosa que se nos ocurra nos aleja de la verdadera fe, del verdadero Cristo, de la verdadera salvación y nos hace caminar por caminos ilusorios. Es así que los fariseos están en busca de un Mesías que enseñe una salvación por obras, acatando la ley. Por esto no seguirán a un Jesús que predique que nadie puede salvarse por su propia justicia, que nadie puede ser salvo por lo que haga y que nadie puede cumplir con la ley de Dios. Los saduceos, que negaban la resurrección de los muertos, no iban a seguir a alguien que termine colgado en la cruz, luego de ser castigado por los romanos. Debido a que están buscando un dios y salvador que se ajuste a sus pensamientos, nunca podrán encontrar a Jesús a menos que alguien los prepare para ello. Esta es la obra de Juan el Bautista.

Es curioso como Juan aplica la ley a estas personas los llama ¡Raza de víboras! Es duro tener un mote así, pero necesario para indicarles que los caminos que han tomado, solo conducen a la destrucción. Es un golpe muy fuerte para mostrarles que sus ideas preconcebidas sobre el Mesías, lo único que hacen es alejarlos de la salvación. Junto con el arrepentimiento de sus pecados diarios, deben arrepentirse, “cambiar sus ideas” y expectativas sobre Jesús. Él no salvará según las obras de cada uno. Él no trabajará para hacerles la vida más fácil, tampoco salvará de acuerdo a la ascendencia de cada persona. Tienen que cambiar el discurso interno que los lleva a pensar que “el Mesías nos salvará por lo que somos y hacemos”. Adoptar y creer que el Mesías los salvará por quién es Él y por lo que Él ha hecho. Este es el fruto adecuado de arrepentimiento del que habla Juan. Creer y confesar que Jesús salva a las personas únicamente por su gracia.

A esto nos lleva la segunda parte del sermón de Juan: “El reino de los cielos se ha acercado”. A esta parte muchos la usan como una amenaza. Cuando llegue el reino de los cielos, si no te has arrepentidos consumirá el fuego eterno. Pero Juan no la utiliza para inculcar miedo y terror, sino que para él y sus oyentes es una gran noticia. El Rey está a punto de llegar. Los pasajes siguientes del Evangelio muestran esa llegada. Jesús viniendo a Juan para ser bautizado. Cuando este Rey llega Juan se pone a gritar a los cuatro vientos: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

De este modo, con la Ley y el Evangelio, Juan prepara la venida del salvador y cuando llega conduce todas las miradas y expectativas de salvación a Jesús.

Dios por medio de sus profetas y palabras expresa a la humanidad de que Él no va a cambiar para adaptarse a la mente e ideas de las personas. Llamará siempre a que cambien su manera de pensar sobre Él, que confíen en sus obras. Porque vendrá el tiempo en que los que no crean serán echados como la paja, al fuego que no se termina, y los que crean serán apartados como el trigo, a estar siempre en su presencia. Pero ese momento aún no ha llegado. Ese momento vendrá cuando menos se lo espere. Pero aún no. Ahora es el tiempo en que llega la misericordia de la cruz. Ahora es el tiempo en que los pecadores arrepentidos pueden disfrutar de su redención por medio de la fe en la obra de Cristo. Este es el tiempo de Adviento, dónde los que esperan ser parte de la cosecha eterna se arrepienten y viven el perdón de Dios.

Hoy en día como cristianos necesitamos vivir y proclamar este mensaje.

Arrepentíos: Es necesario que te deshagas de todas aquellas ideas preconcebidas de lo que crees que Jesús debe ser. Conténtate con la confianza que te da lo que Él ya es, en lo que te dice en la Biblia que ha hecho por ti, por mí y por aquellos que te rodean. Esto es lo que Jesús es: “Jesucristo, es el único Hijo de Dios, nuestro Señor; que fue concebido por obra del Espíritu Santo, nació de la virgen María, padeció bajo el poder de Poncio Pilatos; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió al cielo, y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso; y desde allí vendrá otra vez a juzgar a los vivos y a los muertos”. Cualquier cosa que se aparte de esto es una añadidura de tu imaginación.

Cualquier deseo que vaya más allá de este credo es ilusión.

Creer a nuestra manera es una de las tentaciones más grandes que tenemos los cristianos. Desear que Jesús sea un salvador distinto al que es. Muchos de nuestros deseos tratarán de cambiar a Jesús de acuerdo a nuestro gusto y placer, de limitar al Hijo de Dios en la obra que ha hecho, de disminuir lo que realmente es.

Allí aflorará nuestro fariseo diciendo: “Yo soy salvo, en mayor o menor medida, por lo que hago o por lo que soy”. Dios me mira y ve algo bueno en mí, quizá mi trabajo, esfuerzo o intenciones.

Quizá mis sentimiento o anhelos de bonanza para todo el mundo. El problema de esta postura es que en el fondo se está afirmando que Jesús no ha hecho todo lo necesario para salvarte por medio de su muerte y resurrección. Que tienes que ayudar a esa salvación haciendo cosas de tu parte para completar lo que Jesús no pudo hacer. Este deseo y creencia de ser parte de la salvación de tu vida, en definitiva quita a Jesús su Gloria y te exalta y coloca a la par de Dios.

Esto se contradice con lo que las escrituras dicen al respecto de la salvación. La salvación solo se da solo por la gracia de Dios (Efesios 2:8-9). Si persistes en creer en tus obras como medio de salvación, lo que harás es perderte al verdadero salvador.

Por otro lado cometemos el error de confiar en que cada vez que estamos en apuros recurrimos a Dios en oración y pedimos por nuestro bienestar o el de los que nos rodean y esto es señal de que tenemos fe en algo. Ten cuidado, porque allí es donde puede surgir nuestro saduceo interior. Este nos dirá que clamemos a Dios porque lo único que necesitamos de Él es una ayuda para sobrellevar esta vida. Esto nos llevará a clamar para que Dios te saque de un atasco financiero, un problema de salud, conflictos familiares o crisis laboral. Este saduceo interior solo le interesa lo que Jesús puede darle para esta vida, solo le interesa buscar la prosperidad economía, estar libre de problemas y sufrir lo menos posible. No tiene interés de conocer las verdaderas promesas de Dios para su vida. Los temas como juicio final, resurrección de los muertos, infierno o vida eterna no interesan. Solo se quiere un Salvador que dé resultados aquí y ahora. Pero este saduceo interior se retuerce cuando oye a Jesús hablar sobre la persecución que tendrá la Iglesia de Cristo y cuando Dios dice que disciplina a sus hijos y que utiliza sus debilidades para fortalecer la fe de ellos.

Esos pensamientos de fariseos y saduceos quieren permanecer en nosotros, quieren que nos mantengamos en nuestros pecados. Es más nos tientan a que creamos que Jesús es tan bondadoso y amoroso que podemos mantenernos en nuestros pecados favoritos, porque a pesar de todo Él nos lo perdonará. Hacen que dejemos de pensar en ellos como pecados, nos hacen dependientes de ellos y que nos guste realizarlos. Pero este no es el Jesús que las escrituras proclaman. Jesús ha muerto por todos nuestros pecados en la cruz. Murió para liberarnos de todos nuestros pecados, de todos y no solo de algunos. Jesús vino y viene a traernos perdón y vida eterna. Arrepiéntete ahora que hay tiempo. Porque el reino de los cielos se ha acercado.

En un par de semanas celebraremos la Navidad. La maravilla de “Emanuel”, Dios con nosotros.

En los pueblos y ciudades ya hay miles de belenes, mostrando al niño Dios en los brazos de María, su madre. El Rey nacido en Belén, junto a los pastores y coros de ángeles es una imagen muy alentadora para nuestros tiempos. Porque ese Rey está tan cerca de ti como lo ha estado de María y de quienes presenciaron este sublime acto, el día de su nacimiento. Él se hace presente una y otra vez en tu vida por medio de su Palabra y Sacramentos. Se hace presente cuando lees u oyes su Palabra, cuando participas del verdadero cuerpo y verdadera sangre de Cristo en el pan y el vino. Esta presencia te anuncia que el Reino de Dios se acerca a ti, que aún no viene con establecer el fin de los tiempos. Por ahora se hace presente para perdonar pecados, fortalecer la fe y prepararte para la vida eterna.

Arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acerado. El Rey está aquí para perdonar tus pecados. Él declara que ha muerto por todos tus pecados. Por los graves y por aquellos cotidianos de los cuales caes preso continuamente. Te dice: He muerto por el pecado de crearte un dios a tu imagen y semejanza para que puedas tener en tu mente y corazón al verdadero Dios que te ha creado a su imagen y semejanza. Para que creas en lo que realmente soy y he hecho por ti en la cruz. He muerto y resucitado para que tengas garantías de tu perdón y vida eterna. He dado mi vida para que no busques en mi algo que no soy, ni busques menos de lo que quiero darte.

Porque soy Jesucristo, el Hijo de Dios, que ha dado su vida por ti para perdonarte de todos tus pecados. Porque soy el que soy, te prometo que te levantaré de entre los muertos para la vida eterna.

Arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acercado. El catecismo dice que el arrepentimiento es dolor por nuestros pecados y confianza en el Salvador. Es el dolor por nuestros pecados, incluyendo nuestros deseos de que Jesús se adapte a nuestros deseos, caprichos y conceptos, y es confianza en el Salvador por ser quien es. Es el que te ha redimido de la muerte, que te dio nueva vida en tu bautismo. El te declara ahora: arrepiéntete, ahora que estoy cerca, porque he venido a ti para perdonarte todos tus pecados. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.