domingo, 6 de febrero de 2011

5º Domingo de Epifanía.

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Isaías 58:5-9

La Epístola: 1 Corintios 2:1-5

El Evangelio: San Mateo 10:24-33

Sermón

El horror y la vergüenza ante la cruz se hacen cada vez más generales en medio de la cristiandad. No hay duda de que mu­chos se hicieron miembros de la Iglesia, esperando encontrar provechos temporales en el cristianismo; pero no para seguir a Jesús y llevar la cruz en pos de Él. Éstos harán mucho alarde de su cristianismo mientras éste no exija ningún esfuerzo; pero si viene alguna prueba o algún sufrimiento por causa del Sal­vador, muy pronto se alejan de Jesús y hasta militan en el cam­po enemigo. Los creyentes verdaderos deben saber que fueron llamados para llevar la cruz en pos de Jesús. Con la ayuda del Espíritu Santo aprenderemos del evangelio leído que al Confesar a Jesús, experimentaremos

I. Hostilidad del mundo

II. La bondad de Dios.

I. Jesús informa a sus discípulos que en el mundo no sólo ex­perimentarán la ingratitud, sino también la persecución de parte de los incrédulos. Les dice: “El discípulo no es mejor que el Maestro, ni el siervo mejor que su Señor. Le basta al discípulo ser como su Maestro, y al siervo ser como su señor; si al padre de familia le llamaron diablo, ¿cuánto más a los de su casa?” Hasta podría suceder que el mundo matare a algunos de los creyentes por puro odio al Señor.

Dirigiéndose a sus discípulos, habla a los que en este mundo le confiesan delante de los nombres. Estos confesores de Jesús no llevan una vida apacible. Jesús mismo les dice que Él los envía como ovejas entre los lobos. A sus doce discípulos había informado que serían entregados en los concilios y azotados en las sinagogas de los judíos; que serían perseguidos tanto por los judíos que se llamaban el pueblo de Dios como por los gentiles. Todos los perseguirían por causa del nombre de Jesús.

No podéis esperar otra cosa, dice Jesús a sus discípulos. A mí me dicen que tengo demonio, me odian, me rechazan, me per­siguen. Yo soy vuestro Señor y Maestro. Todavía le esperaba un bautismo que le angustiaba. Y con razón. Sabemos con qué odio los judíos y los gentiles se ensañaron con el Inocente. Su crucifixión no fue la consecuencia de un juicio, sino que había sido resuelta con anticipación por los cabecillas de los judíos y luego fue impuesta por la turba.

Si esto sucedió a Jesús, el Maestro y Señor, ¿qué podrían esperar los discípulos, sus confesores, en este mundo? No po­drían esperar sino un verdadero fuego de tribulaciones. No en vano les dijo Jesús: “Si fueseis del mundo, el mundo os amaría como a cosa suya; mas por cuanto no sois del mundo, sino que yo os he escogido del mundo, por esto os odia el mundo. Acor­daos de aquella palabra que os dije: “El siervo no es mayor que su Señor”. Si me han perseguido a mí, a vosotros también os perseguirán”. En este sentido los apóstoles también instruían a los fieles, luego de haber experimentado ellos el odio del mundo. Pedro escribe: “A esto mismo fuisteis llamados; pues que Cristo también sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo, pa­ra que sigáis en sus pisadas”. Y Juan dice: “No os mara­villéis, hermanos, si os odia el mundo”. Y Pablo escribe a los Corintios: “Siendo vilipendiados, bendecimos; siendo per­seguidos, lo sufrimos; siendo infamados, rogamos: hemos ve­nido a ser como el desecho del mundo, y la escoria de todas las cosas, hasta el día de hoy”. Y concluye Pedro: “Amados míos, no extrañéis el fuego de tribulaciones que está sucediendo entre vosotros, para probaros, como si alguna cosa extraña os aconteciese; sino antes regocijaos, por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo”. Esto es lo que debemos espe­rar de parte del mundo incrédulo, cuando confesamos a Je­sús: “Seréis odiados de todos por causa de mi nombre”.

Al confesar a Jesús, experimentaremos la malquerencia del mundo. El Maligno incitará a todos sus siervos a suprimir el testimonio de Jesús. Este testimonio estorba al infierno y a todos sus secuaces. De allí viene la malquerencia de los incré­dulos. ¿Qué será de los confesores en semejantes condiciones aterradoras? Pues que pueden estar seguros de la bienqueren­cia del Padre en los cielos.

II. Jesús consuela a sus confesores. Aunque les dice que sean cautelosos como serpientes y sencillos como palomas a fin de que por su propia culpa no susciten la ira de los adversarios astutos, y por otra parte que se cuiden de no entregar una sola verdad divina por amor a los hombres o para complacer a los hombres; sin embargo los fortalece, diciéndoles: “No temáis a los que matan el cuerpo, pero al alma no la pueden matar; temed más bien a Aquel que puede destruir así el alma como el cuerpo en al infierno”. Por eso otra vez los llama a confesarle: “Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, pre­gonadlo desde los tejados”.

Dios no ha de desamparar a los que le confiesan. “Cuan­do os entregaren, no os afanéis sobre cómo o qué habéis de decir; porque en aquella misma hora os será dado lo que habéis de decir; porque no sois vosotros quienes habláis, sino el Espí­ritu de vuestro Padre que habla en vosotros”. Hay más: Dios siempre ha de proveerles un lugar donde pueden confesar el nombre de su Salvador. “Cuando... os persiguieren en una ciudad, huid a otra; porque en verdad os digo que no acabaréis de andar las ciudades de Israel, hasta que venga el Hijo del hom­bre”. Venga lo que quiera; opónganse los que quieran; la verdad del Evangelio se confesará en todo el mundo y delante de todos los hombres.

Los incrédulos, como ya hemos oído, tratarán de suprimir el Evangelio y sus confesores. Entonces éstos levantarán sus ojos y sus voces al Padre celestial. Dice Jesús: “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? y ni uno de ellos caerá a tierra sin vuestro Padre. Más aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Por tanto no temáis; vosotros valéis más que muchos pajarillos”. ¡Qué consuelo! El Padre celestial, sin cuya voluntad no cae un solo pajarillo, ha contado hasta los cabellos de la cabeza de los confesores. Ni un solo cabello caerá sin su voluntad. ¿Por qué han de temer, pues, a los hombres malos que se oponen a la verdad salvadora que los creyentes confiesan?

Hay más todavía. Podría ser que uno y otro de los confe­sores de Jesús perdiesen su vida temporal por la maldad de los enemigos de Jesús. ¿Qué habrán perdido? Absolutamente nada. Al contrario, han ganado. “A todo aquel... que me confesare delante de los hombres, le confesaré yo también delante de mi Padre que está en los cielos”. Si Jesús los confiesa delante de su Padre celestial, los confesores de Jesús entrarán en la vida perdurable y gloriosa en el cielo, aunque perdieren su vida terre­nal por la ira y el odio de sus contemporáneos. Pensad en Este­ban, el primer mártir del cristianismo. Fu” ejecutado como un reo; pero su Salvador le confortó con una visión gloriosa; y Es­teban, invocando a Cristo, entregó su espíritu.

¿Acaso todo esto no es una prueba fehaciente de que los confesores de Jesús experimentarán la bienquerencia del Padre que está en los cielos? Este mismo Padre nos dice: “No temáis el vituperio de los hombres, ni os acobardéis con motivo de sus ultrajes”. “¡No temas, porque no serás avergonzado!” “No se turbe vuestro corazón, ni se acobarde”. Cuando pasares por las aguas, estaré contigo, y si por los ríos, no te anegarán; cuan­do anduvieres por en medio del fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti: porque yo soy Jehová tu Dios, el Santo de Israel, Salvador tuyo”.

Los confesores de Jesús experimentarán la bienquerencia de su Padre celestial en su vida terrenal mientras confiesan el nombre de Jesús delante de los hombres. Y la experimentarán también en el Juicio Final. Entonces Jesús mismo los confesa­rá como los suyos delante de todos los hombres y los recibirá en la gloria como los benditos de su Padre y les dará posesión del reino destinado a ellos desde la fundación del mundo.

Confesemos, pues, a Jesús. Confesémosle siempre. Confe­sémosle delante de todos los hombres. No en vano nos dice el Señor glorificado: “No temas las cosas que vas a sufrir... Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”. Y al fin de nuestra vida terrenal oiremos decir al mismo Señor: “¡Muy bien, siervo bueno y fiel! en lo que es poco has sido fiel, sobre mucho te pondré: entra en el gozo de tu Señor”. Confesemos a Jesús, “el cual nos amó, y se dio a sí mismo por nosotros”.

Estad por Cristo firmes, Es nuestra la victoria

Soldados de la cruz. Con Él por capitán;

Alzad hoy la bandera Con Cristo venceremos

En nombre de Jesús. Las huestes de Satán. Amén.

A. T. Kramer. Pulpito Cristiano.