sábado, 29 de enero de 2011

4º Domingo después de Epifanía.

“¡BIENAVENTURADOS EN CRISTO!”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Miqueas 6:1-8

La Epístola: 1 Corintios 1:26-32

El Evangelio: Mateo 5:1-12

Sermón

INTRODUCCIÓN: Creemos que un bienaventurado es aquel al que las cosas le van bien, todo le sucede de acuerdo a sus planes, tiene un buen trabajo, una buena familia, muchos amigos y no tiene mayores problemas en esta vida. Es fácil pensar que, si en estas cosas tengo éxito, entonces voy a ser feliz. Si soy afortunado en estas cosas, entonces voy a estar bajo la gracia de Dios. ¿Es realmente así? Echemos un vistazo a algunas bienaventuranzas, para ver si somos lo suficientemente buenos para ser “bienaventurados por Dios”.

I. LAS BIENAVENTURANZAS DE ACUERDO CON LA LEY: La Ley dice: si cumples estos requisitos, serás bienaventurado, pero si no los cumples, no serás bienaventurado. De acuerdo a la Ley, tú tienes que cumplir con estos requisitos para lograr la recompensa. Lo atractivo de la predicación de las bienaventuranzas, de acuerdo a la Ley, es que el sermón puede ser de mucha motivación: hay una gran cantidad de bendiciones para ti... si cumples con los requisitos de Dios. Veamos:

“Bienaventurados los pobres de espíritu…”. De acuerdo a la Ley, esto significa que el reino de los cielos es tuyo, siempre y cuando seas pobre de espíritu. Mientras seas humilde y no te enorgullezcas de ti mismo o tus obras, entonces serás bendecido. Si hay orgullo en ti o en lo que te motiva, entonces no serás bienaventurado. La pregunta aquí es ¿Eres realmente pobre de espíritu? ¿Cuán pobre de espíritu se tiene que ser para ser bienaventurado?

“Bienaventurados los que lloran…”. De acuerdo con la Ley, se te consolará cuando llores. ¿Llorar por qué y cuánto? ¿Cómo saber que has llorado lo suficiente como para ser bienaventurado? ¿Es suficiente llorar por cualquier cosa, por el sufrimiento, un problema o una triste película?

“Bienaventurados los mansos…”. Los mansos no suelen dominar el mundo. Pero mientras seas lo suficientemente manso, la tierra será tuya. Pero, ¿cómo de manso tengo que ser? ¿Hasta dónde tengo que aguantar y no explotar de ira o rabia contenida?

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia…”. ¿Tienes suficiente hambre? ¿Cuánto anhelas la justicia? ¿Qué justicia deseas, la divina o humana?

“Bienaventurados los misericordiosos…”. Si eres misericordioso con los demás, Dios será misericordioso contigo. ¿Cuán misericordioso tienes que ser? ¿Cuán misericordioso para estar seguro de la bendición de Dios?

“Bienaventurados los de limpios de corazón…” Un pecador no puede ver el rostro de Dios y vivir. Tienes que ser puro, no sólo en el exterior, sino de corazón. Así que si eres puro, verás a Dios. Pero... ¿cuán puro de corazón tienes que ser? Puedes ser puro en un 99% y contaminado en un 1%. Entonces ya no serás realmente puro.

“Bienaventurados los pacificadores…”. Estar en paz con los demás, hacer amigos de los enemigos. Llevar la paz a otras personas que están en desacuerdo unos con otros. Te hace ser un hijo de Dios, un heredero del cielo. La pregunta es una vez más: ¿Cuántas veces tienes que llevar esta paz antes de ser considerado como hijo de Dios?

“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia…”. No tienes que ir a buscar la persecución. Si trabajas duro para vivir de acuerdo a estas bienaventuranzas, vas a encontrar persecución muy pronto. Pero cabe preguntarse cuánta persecución tienes que soportar para obtener la bienaventuranza. Sería terrible llegar a un 9 sobre 10 en la escala de perseguidos, y luego rendirte justo antes de heredar el cielo.

Estamos acostumbrados a vivir la vida de acuerdo a la Ley, porque en esta vida se vive así. “Bienaventurados los que estudian mucho, porque van a obtener buenas calificaciones”. “Bienaventurados los que hacer un esfuerzo adicional en el trabajo, porque obtendrán reconocimiento y mejoras laborales”. “Bienaventurados los que ayudan con las tareas domésticas, porque ellos recibirán la aprobación del cónyuge”. Así es como la vida funciona. Sin embargo, en las bienaventuranzas no estamos hablando de éxito humano, ellas hablan de la bendición del favor de Dios, la bendición de ser justos delante de Él.

Cuando se trata de la justicia divina, no hay medias tintas: eres justo o pecador, eres bendecido o maldecido. Tienes que llorar perfectamente, ser perfectamente manso y misericordioso y puro, para poder recibir estas bendiciones. En otras palabras, esto es un “No” a tus pretensiones de ser bienaventurado, sencillamente porque no puedes hacerlo de forma perfecta. No puedes alcanzar estas bendiciones por ti mismo, y esto nos deja con dos opciones. Por un lado se puede abusar de la Ley y reducir sus expectativas, se le puede llamar a esto tener “actitudes positivas para ser feliz”. Así, acabaremos diciendo: “cuanto más cosas "buenas" haga, más seré bendecido”. Pero, ¡esto no es lo que dice Dios! La otra opción es pensar: “sólo puedo ser bendecido si cumplo la Ley al pie de la letra, pero yo no puedo hacerlo, por lo cual ciertamente no seré bendito”. No obstante, hay una mejor manera de enfocar el problema: vivir las bienaventuranzas según la visión de Cristo.

II. VIVIR SEGÚN LAS BIENAVENTURANZAS DE CRISTO.

“Bienaventurados los pobres de espíritu…” Si quieres ver la humildad perfecta, mira a Jesús. Mira al Hijo de Dios, que dejó el cielo para nacer de María, yaciendo en un pesebre. Mira al Rey de Reyes que vino a vivir sin un hogar, a llamar a los suyos, y que humildemente pagó por tus pecados en la cruz. Jesús no podía ser culpable de orgullo. Anduvo en la mayor humildad, de modo que por medio de Él eres perdonado por tus pecados de orgullo. Suyo es el Reino de los cielos, y Él te lo ofrece.

“Bienaventurados los que lloran…”. Jesús lloró. Lloró por la muerte de Lázaro, porque es la muerte es la paga del pecado. Pero Él hizo mucho más que llorar: fue a la cruz para destruir la muerte. Lo hizo con la confianza de que su Padre lo levantaría de los muertos, y con su muerte logró la salvación para todos. Él no se deleitó en la difícil situación del hombre, o miró para otro lado y lo abandonó en su condena. Él lloró sin segundas intenciones, sin egoísmos, de modo que gracias a Él eres librado de la muerte y consolado con la vida eterna en Cristo.

“Bienaventurados los mansos…” Jesús no ganó la salvación con una demostración de poder, sino por su humilde obediencia hasta la muerte en la cruz. Así es como Él derrotó al príncipe de este mundo. La tierra entera es suya, y va a crear algo nuevo en el último día para ti.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia…” Por el bien de nuestra justicia, Jesús sufrió hambre en el inicio de su ministerio y sed al final. Ayunó en el desierto, mientras que resistía la tentación del diablo, y seguía siendo justo. En la cruz, exclamó: “Tengo sed”, y allí su Padre lo condenó por toda tu maldad, por lo que tu necesidad de perdón fue satisfecha en la cruz.

“Bienaventurados los misericordiosos…”. Gracias a Dios, Cristo fue a la cruz para anular la maldición del pecado, resucitando de entre los muertos. Él tiene misericordia y gracia para darte en abundancia y te las hace llegar por los medios que Él ha establecido: su Palabra y los Sacramentos.

“Bienaventurados los de corazón limpio…” Una vez resucitado, el Hijo de Dios ascendió a los cielos, está sentado junto al Padre y ve a Dios. Y porque te ha perdonado, te llevará al cielo. Los purificados por su sangre, verán a Dios.

“Bienaventurados los pacificadores…” El Unigénito Hijo de Dios se hizo carne para restaurar la paz entre Dios y el hombre pecador. Esto cantaron los ángeles la noche en que nació. Las palabras a sus discípulos después de la resurrección fueron: “Paz a vosotros”. Él te deja en paz con Dios al perdonar tus pecados y te hace Hijo de Dios.

“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia…” ¿Quién sufrió en esto más que el propio Jesús? Pilato le declaró inocente y justo hasta tres veces. Pero a pesar de este veredicto, Jesús fue azotado, golpeado y crucificado precisamente por ser el justo Hijo de Dios. Pero ese sufrimiento, a ti te abrió el camino al cielo, Su Reino. Y el Reino de los cielos pertenece a Jesús.

CONCLUSIÓN: Si las bienaventuranzas son meras exigencias sobre aquello que tenemos que hacer con el fin de ser bendecidos, o son ideales que nunca se podrán alcanzar, entonces nunca seremos bienaventurados. Pero Cristo ha hecho todas estas cosas para ti, y es ahora, con Su perdón por tus pecados, cuando te da hasta la última de estas bendiciones. Tú eres bienaventurado en Cristo, con todo lo bueno que viene de Dios. Estas bienaventuranzas son Palabra de Dios, y los creyentes confiamos en que su Palabra es verdad por medio de la fe. No necesitamos ver para creer. Cada uno de nosotros tenemos pruebas y sufrimientos: algunos de ellos son conocidos, otros se viven en el silencio y la intimidad. Pero a pesar de estas dificultades, sabemos que somos bendecidos. Las bienaventuranzas son el modelo de vida del creyente, pero tú confía únicamente en Cristo para tu perdón y salvación. No veas las bienaventuranzas como una simple escalera para alcanzar la bendición de Dios. Cristo ha cumplido las bienaventuranzas perfectamente en su camino a la cruz. Después de haber muerto por nuestros pecados, Él ha resucitado para darte sus bendiciones de gracia y de por vida. Por su gracia ya eres justo, si eres justo eres santo, y si eres santo, también eres bienaventurado.

Pastor Gustavo Lavia