sábado, 8 de enero de 2011

1º Domingo después de Epifanía.


“¡Bautismo: Regenerados, renovados y revestidos en Cristo!”

Textos del Día:
El Antiguo Testamento: Lección: Isaías 42.1-7
La Epístola: Hechos 10:34-38
El Evangelio: San Mateo 3.13-17
Sermón
Introducción

Los cristianos asociamos el hecho del bautismo a un momento importante de la vida del creyente. Por medio de las aguas bautismales y la Palabra de Dios, somos admitidos en la familia divina, recibiendo así el título más grande que se puede recibir: Hijo de Dios. Pero este hecho de tal trascendencia, tiene además otras connotaciones que solemos olvidar con el tiempo, y que son de importancia fundamental no sólo en el momento del bautismo, sino el resto de nuestra vida. El Bautismo nos afecta pues, de tres maneras muy concretas: Regeneración, renovación y revestimiento de Cristo.

Yo necesito ser bautizado

Seguramente la sorpresa para Juan el Bautista al ver acercarse a Jesús fue considerable. Él bautizaba a pecadores, a aquellos que se declaraban arrepentidos y contritos por sus culpas, y aún resonaban en el aire sus gritos contra los fariseos y saduceos: “¡Generación de víboras!” (v7), acusándolos de hipocresía por querer escapar del juicio futuro sin arrepentimiento verdadero, cuando Jesús se acercó hasta el Jordán pidiendo ser bautizado. Juan no pudo menos que negarse en un principio.

Isaías anunció a Jesús como el siervo escogido, aquél sobre el que descansa el Espíritu de Dios y el que traería justicia a las naciones (Is.42:1). Por medio de Él llegaría la Verdad a este mundo, y por medio de ella la salvación para el género humano. Jesús es el pacto y la luz para las naciones (v6). Por eso es comprensible la reacción de Juan, su temor a bautizar a Jesús como a un pecador cualquiera. “Yo necesito ser bautizado, ¿y tú vienes a mí?” (Mat.3:14). El que era sin pecado concebido, fruto de la obra del Espíritu Santo, e Hijo amado del Padre, pedía para sí el Bautismo de perdón de pecados, a él, a Juan, a un pecador. Y quizás lo más desconcertante para él, fue probablemente la respuesta de Jesús a su negativa a bautizarlo: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia” (v15). ¿Cumplir la justicia bautizando al Justo de los justos?, ¿Cómo es esto posible?

Pablo en su segunda carta a los Corintios (5:21) nos explica que “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hecho justicia de Dios en él”. Es decir, Cristo fue bautizado para ser contado entre los pecadores, para ser uno más entre nosotros, pero uno que cargaría sobre sí los pecados de todo el género humano. Esta es la justicia que había de cumplirse en Cristo, y sólo en Él: (Is. 53: 6, 7, 12) “Más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros… como cordero fue llevado al matadero... por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado entre los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”.

Con su bautismo y sacrificio en la cruz, Jesús nos abrió las puertas de los cielos de par en par, para que, por medio de la fe en su obra, fuésemos contados entre los herederos del Reino, entre los Hijos de Dios.

Ahora también se aplican a cada uno de nosotros, las palabras proclamadas en el bautismo de Jesús: “Este es mi hijo amado” (v17), y es por medio de esta nueva condición como hijos del Padre, por la que recibimos el mismo Espíritu Santo que descendió sobre Jesús en el Jordán, y obtenemos nuevas características para nuestra vida y nuestra propia persona.
Regeneración para una nueva relación con Dios
Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor para con la humanidad, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5)
La palabra “Regeneración” significa nacer de nuevo, ser generado otra vez. Y cuando algo es nuevo, lo viejo queda desechado. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. (2ª Co. 5:17). Por medio del bautismo, obtenemos una nueva vida, una vida de libertad plena respecto al pecado. Esto quiere decir que cada nuevo día, y gracias a la reconciliación que tenemos con Dios por medio de Cristo, nuestros pecados nos son perdonados. Cada nuevo día es un nuevo comienzo, una nueva oportunidad llena de posibilidades de experimentar el amor de Dios. El amor de Dios en nuestra vida, disfrutando de todas las bendiciones que recibimos (salud, familia, bienestar…), y de la posibilidad de amar a otros tal como Cristo nos amó a nosotros (1ª Jn. 4:10). También, de disfrutar de la fuerza y la compasión de Dios para los momentos difíciles de nuestra vida: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo, siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10). Gracias a nuestro bautismo, disfrutamos de una relación especial con Dios cada día. Una relación que nos permite acudir a Él en cada momento, tanto para alabarlo como para requerir su auxilio. ¡Qué gran bendición que Dios nos escuche siempre!
Renovación para una nueva vida en el Espíritu
Por medio del bautismo, disfrutamos ahora de una nueva vida, pero también de una nueva personalidad. No somos un mero clon de nosotros mismos, sino una nueva persona, con una mente nueva, que funciona con otros parámetros diferentes: “habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Col. 3:9-10). Es decir, personas renovadas y en continua renovación, siguiendo el modelo de Cristo y con el auxilio del Espíritu Santo. Vemos la realidad de una manera nueva y actuamos según una nueva visión: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Ef.4:22-24). La justicia, la santidad y la verdad son ahora las referencias para nuestra vida. Ya no somos como un barco sin brújula y a la deriva, sino que nuestra vida sigue una ruta clara y definida en Cristo. En un mundo tan confuso e inabarcable como el actual, ¡esto es de nuevo una gran bendición!
Revestidos para un nuevo caminar en Cristo
Nos gusta vestir bien, pues una buena vestimenta dice mucho de nosotros, ofrece nuestra imagen de cara al exterior. A nadie le gusta ir mal vestido, y desde siempre las personas han cuidado su vestimenta, gastando mucho tiempo y algunas veces dinero en ella. Pero los cristianos hemos sido bendecidos con la mejor de ellas, la de más calidad y la que más dice de nosotros: “Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gál.3:27). Ahora llevamos en nosotros la imagen de Cristo, y esa es la imagen que los demás ven en nuestra persona, la que proyectamos al exterior. Gracias a ella, Dios no ve nuestro pecado, sino la justicia de Cristo (Fil.3:9), y ello nos permite ser declarados justos aún sabiéndonos pecadores. La imagen de Cristo, en forma de testimonio de fe y caridad, es también lo que los demás verán en nosotros, y el sello público y visible de nuestra fe (Stg. 2:18). Gracias a que estamos revestidos de Cristo muchos podrán ver y oír su palabra a través de nosotros, y ¡esto es posible por medio de nuestro bautismo!
Conclusión
Este Bautismo que regenera, renueva y reviste de Cristo es el regalo divino para todas las naciones, para todas las personas, para cada uno de nosotros: “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hech. 10: 34). Jesús instituyó este Bautismo de perdón de pecados y salvación, y cada día, gracias a que fuimos llevados a las aguas bautismales, podemos mirar a la cruz con confianza y decir: Cristo me lavó con su sangre, mis pecados son perdonados y cuando Dios me mira, me ve revestido de Cristo. Somos nuevas criaturas, y a pesar de las caídas, los errores y los momentos de dificultad, Dios está con nosotros, manteniendo su pacto de salvación, el pacto que selló por medio de la Palabra y el agua el día de nuestro bautismo. Vivamos pues cada momento con esta seguridad, y recordemos con gozo ese día en que se nos honró con el mayor título que hombre alguno puede llevar: Ser Hijos amados de Dios, regenerados, renovados y revestidos de Cristo Jesús. Que así sea, Amén.
J. C. G.      
Pastor de IELE