domingo, 15 de mayo de 2011

4º Domingo de Pascua.

Jesús, el pastor de nuestras almas
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección: Hechos 6:1-9, 7:2, 51-60
Segunda Lección: 1ª Pedro 2:19-25
El Evangelio: San Juan 10:1-10
Sermón
Introducción
Los creyentes, en base a nuestro Bautismo, pertenecemos a un rebaño y tenemos asignado un redil, el redil de aquellos que han sido justificados en la sangre de Cristo. Pero un rebaño nunca está totalmente libre de contratiempos, hasta que ha sido guiado por su pastor a zonas seguras, donde le espera alimento, agua fresca y descanso. Hasta llegar a este destino, el rebaño es acechado por diversos peligros: maleantes, ladrones, fieras salvajes, todos ellos con un objetivo en mente: robar al pastor aquello que le pertenece, y acabar con la vida del rebaño. Nuestro rebaño es el rebaño de Cristo, nuestro redil es el reino del Padre, pero en esta vida transitaremos por lugares donde el enemigo nos estará esperando. No perder de vista a nuestro Pastor, es lo único que podrá salvarnos finalmente.
  • Fuera del redil de Cristo, nos espera la perdición
Pocas imágenes provocan tanta compasión como la de un animal desorientado y asustado. Hay animales no obstante con cierta capacidad de defenderse por sus propios medios, pero otros están privados de estas facultades, y ante un peligro se hallan totalmente indefensos. De ellos el más evidente es la oveja. Es un animal prácticamente doméstico en cierto modo, dependiente de su rebaño para encontrar resguardo, y sobre todo, de un pastor que lo guíe al alimento y al agua, y que le dé protección y seguridad en un redil. Sin esto último, su vida está amenazada, y casi con toda seguridad su fin es la muerte por hambre o a manos de depredadores.
Decir que el hombre es una oveja no es, en nuestra sociedad, precisamente un halago. Ello es sinónimo de falta de iniciativa, de estar perdido en la masa, de ser manipulable. Sin embargo, espiritualmente es la imagen que mejor refleja nuestra situación, tal como explica el apóstol Pedro, pues nosotros éramos precisamente sin Cristo como “ovejas descarriadas” (1ª Ped.2:25). Y como tales, a causa de nuestra separación de Dios por culpa del pecado, vivimos una existencia donde somos dirigidos e influenciados a apartarnos cada vez más de la senda segura de nuestro Pastor. E indefensos como estamos ante esta realidad, somos presa fácil de actitudes y comportamientos que violan continuamente la Ley de Dios. Y al igual que una oveja no puede hacer nada por salvar su vida ante el peligro, así nosotros estamos condenados a vivir, fuera del redil de Cristo, una existencia descarriada de Dios y su voluntad.
La consecuencia de esto último tiene resultados evidentes en el ser humano. Y es precisamente la antítesis de lo que la vida de Cristo representa según el apóstol Pedro de nuevo. Porque si en Cristo, “no se halló engaño en su boca” (v22), en la nuestra no es infrecuente la falsedad, y si “cuando le maldecían no respondía con maldición” (v23), nosotros somos rápidos en desear lo peor a nuestros enemigos. Y si Cristo “cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (v23), ¿qué podemos decir honestamente de nuestra actitud ante la injusticia que sufrimos?, ¿acaso no deseamos mal en nuestro corazón por cada mal que recibimos?, y si no lo hacemos abiertamente, ¿no nos rebelamos y acusamos a Dios de tratarnos injustamente, haciéndonos padecer en esta vida?. ¿No nos convertimos nosotros en los mejores jueces de este mundo, juzgándolo todo y desechando el justo juicio de Dios?. Vemos pues que no sólo éramos ovejas descarriadas fuera del redil de Cristo, sino que incluso ante Dios, el hombre separado de Él es una oveja muerta y sin vida, “estando muertos a los pecados” (v24). No, no somos precisamente un rebaño ejemplar cuando no seguimos las pisadas (v21) de Cristo, y nos empeñamos en seguir nuestra propia senda. Pero esta senda, como hemos visto no lleva al redil de Dios, sino a la emboscada segura, la muerte y la destrucción.
· El redil de Cristo es refugio seguro para nuestras almas
La relación de un pastor con su rebaño se forja día a día, transitando muchos senderos, velando muchas noches para proteger a sus ovejas. Se establece un vínculo íntimo que hace que el rebaño siga al pastor con absoluta confianza, sin dudar. Él conoce a cada una de ellas y las “llama por su nombre” (Juan 10:3). Y he aquí el punto clave, el que refuerza el vínculo de forma indestructible: las ovejas “conocen su voz” (v4) y la reconocen como la de su pastor, como la del guardador de su vida. Vemos por tanto que el oír la voz de Jesús y reconocerla por medio de la fe, es lo que nos mantiene a salvo, seguros, con alimento abundante. Y este oír no es otra cosa para nosotros que el contacto permanente con Su Palabra. Porque, ¿Cómo podemos reconocer la voz de alguien a quien no escuchamos?, ¿de qué manera podremos distinguir su voz entre tantas y tantas voces como nos rodean y atraen?.
Aquí Jesús nos hace una seria advertencia, y es que hay también otras voces, pero son voces de ladrones (v10). De aquellos que vienen a hurtar y finalmente a destruir nuestras almas. Vienen con voces agradables muchas veces, proponiendo una vida fácil, cómoda, despreocupada de Dios y su voluntad. Nos hacen ver que la vida no es más que lo que vemos, y que si hay algo más, ese algo o alguien debe andar ocupado en otras cosas más importantes que mi vida. Pero Jesús advierte: escuchar estas voces es ser dirigido a lugares donde ni hay agua fresca, ni pasto. Sólo sequedad, engaño y mentira.
La voz de Jesús no promete una vida fácil, ni libre de sufrimiento. Los rebaños a veces deben transitar por lugares incómodos, pedregosos, lejanos. Pero saben que el destino es un redil seguro y confortable, junto a su Buen Pastor. Así ocurre con nuestra vida como creyentes también, la cual no siempre está libre de preocupaciones, de dolor, de angustia. Pero en esos momentos, debemos dirigir la mirada a aquél que nos guía a su Reino, a uno que “su vida da por las ovejas” (v11). Él no es como el asalariado, al que no “le importan las ovejas” (v15). Nosotros sí le preocupamos, hasta tal punto que pone su vida por nosotros (v13), y que limpiando nuestro pecado con su propia sangre, nos ofrece perdón, reconciliación y vida eterna. Y para que no desesperemos en el dia a dia, para aliviar nuestra angustia y para fortalecer nuestra fe cuando flaqueamos por los senderos difíciles de la vida, el Buen Pastor provee además alimento celestial abundante, y nos ofrece de nuevo su perdón y su amor con su cuerpo y sangre en la Santa Cena.
Jesús es el Pastor y Obispo de nuestras almas
Ahora bien, como hemos visto, Jesús nos lleva a un redil celestial; un redil con una única puerta de entrada. Porque este redil se nos dice, no tiene varias entradas, sino una sola: “Yo soy la puerta de las ovejas... yo soy la puerta; el que por mi entrare, será salvo” (v7, v9). Vemos pues que este redil no tiene entradas alternativas que nos den acceso al mismo, no tiene una puerta amplia tampoco, ni especialmente cómoda, sino “angosta” (Lc. 13:24), que no es otra sino Cristo mismo. Hay rediles en nuestro mundo con puertas atractivas, con promesas de falsa felicidad, de riquezas y poder. Pero la puerta de nuestro redil es una puerta tosca, hecha con la madera de una cruz, y sus brisagras con los clavos de nuestra redención. Y debemos tener conciencia además, de que pertenecer nosotros a este redil tampoco ha resultado gratis, que ha costado la sangre de un justo, en realidad del único Justo “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1ª Ped.2:24). Por tanto ahora, ya no nos encontramos perdidos, descarriados, pues de nuevo por medio de la fe y de nuestro Bautismo, hemos “vuelto al Pastor y Obispo” (v25) de nuestras almas.
La vida ciertamente seguirá siendo dura, seguiremos sufriendo el dolor y la injusticia, pero los creyentes ahora vemos un nuevo horizonte, que no termina en este mundo, en esta realidad, vemos un redil celestial y eterno. Además, cualquiera de nuestras angustias diarias ,es una mísera fracción de aquellas que padeció Cristo por nosotros. Y si al fín padecemos en este mundo, y “haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios” (v20). Y en esto tenemos el ejemplo perfecto de Esteban, quien supo soportar y sufrir hasta el martirio, y quien dejó este mundo siguiendo el ejemplo de su Pastor: pidiendo el perdón para sus enemigos. (Hech.7. 60).
CONCLUSIÓN
En esta vida nos encontraremos rediles de muy diversos tipos, que nos atraerán con promesas de agua fresca, de alimentos saludables, de seguridades de todo tipo. Pero los creyentes sabemos que sólo siguiendo las pisadas del Buen Pastor (1 Ped. 2: 21), nos dirigiremos al redil de aquellos que han sido justificados en Cristo. Un pastor que pone su vida por sus ovejas (Juan 10: 15), y que vela por nosotros. Que el Espíritu Santo nos ayude a que, como Esteban, tengamos “puestos los ojos en el cielo” (Hech.7: 55), para que también un día, como él, podamos ver “los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios” (v.55) Que así sea, Amen.
                        J. C. G.                                   
Pastor de IELE