lunes, 21 de noviembre de 2011

Último domingo de Pentecostés.

“Nuestra resurrección en Cristo”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lectura: Ezequiel 34:11-16

Segunda Lectura: 1 Corintios 15:20-28

El Evangelio: Mateo 25:31-46

Tanto en nuestros días como en los días que el apóstol Pablo escribió a los Corintios, hay muchas personas que tienen problemas con creencia sobre la resurrección. No sólo con la resurrección de Jesús, sino además con la resurrección en general. En nuestro mundo racionalista y empírico, cada vez es más generalizada la creencia que los muertos no vuelven a la vida, ya que es algo que la ciencia corrobora. No se realizan censos de cuántas resurrecciones se han producido en los últimos diez años, o incluso en el siglo pasado. Hoy en día muchos piensan que alguien que se muere, se lo entierra o crema y nada más. Que es imposible que pueda volver a la vida.

Por estas ideas pasadas y presentes es que el Espíritu Santo mueve al apóstol Pablo para escribir este capítulo, en el que se afirma la verdad de la resurrección de Jesús, y que va más ya cuando Pablo muestra lo que la resurrección de Jesús significa para ti y para mí.

Jesús realmente resucitó de los muertos. El texto de hoy es lo contrario al terrible viernes de Semana Santa. A quienes dicen que no hay resurrección de los muertos, Pablo les dice que Dios opina algo contrario a la razón, a la lógica y a las estadísticas humanas. El Apóstol unos versículos antes de nuestra perícopa afirma que si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. (1Corintios15:14). Lo que es peor, en realidad estamos mintiendo cuando predicamos. Es más, nuestra fe no vale nada. No nos hace ningún bien creer en una persona que está muerta y enterrada. Además, todos nuestros pecados, que nos condenan y separan de Dios, están aferrados a nosotros y todos los que han muerto están sufriendo las consecuencias de sus pecados en el tormento eterno del infierno. Pero Pablo nos dice “Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos...”

Lamentablemente muchos ven en la resurrección un hecho que sucederá en el futuro y que no tiene nada que ver con nuestras realidades cotidianas. Pero la declaración de que Cristo ha resucitado tiene gran poder en nuestras vidas. Tanto los corintios como nuestra naturaleza humana pueden decirnos que la gente no se levanta de entre los muertos. Pero la realidad de Dios es algo muy, muy diferente a nuestros dicho, opiniones y creencias. Porque Cristo ha resucitado de entre los muertos.

Con una simple afirmación Pablo deja a un lado todas las objeciones: “¡Cristo ha resucitado de entre los muertos!” Tenemos un Salvador resucitado, un Rey que vive. Él, que estaba muerto y enterrado, ahora físicamente está resucitado, no está muerto sino que está verdaderamente vivo.

Pero ¿Cómo puede esta afirmación infundirnos alegría y ser de ayuda en nuestros momentos de debilidad y duda? Primero que nada, saber que incluso el creyente más fuerte puede olvidarse o no tener en cuenta la resurrección de Cristo en su día a día.

Catalina Von Bora utilizó un recurso muy original para animar a su esposo, el Dr. Martin Lutero, en esta gran verdad bíblica. Dicen que un día Catalina estaba vestida de luto y lloraba desconsoladamente.

Cuando Lutero la oyó, corrió hacia ella y le preguntó: “¿Qué te sucede?”
“¡Es mi Señor, Él está muerto!” Respondió.
“¡Eso es absurdo!” Reaccionó Lutero. “Nuestro Señor no está muerto. Él ha resucitado y está reinando”.
“Entonces dime ¿por qué has estado abatido toda la semana pasada como si Jesús estuviera muerto?”, dijo Catalina. “A juzgar por la forma en que mi gran doctor Lutero estaba actuando, pensé que el Señor había muerto,”.

Constantemente necesitamos que se nos recuerde que ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos y que Él es nuestro Rey viviente. Esto marca una gran diferencia en nuestras vidas. Porque una de las cosas que el Cristo resucitado nos asegura es que vamos a resucitar como Él lo hizo.
El apóstol nos dice que nuestro Salvador resucitado “se ha convertido en las primicias de los que durmieron es hecho.”

Nuestro Señor resucitado es la primicia, el primero de los incontables millones que lo seguirán en su resurrección. Así como Cristo fue resucitado, para que todos los que creen en Él resuciten en la cosecha de Dios.

Otra imagen que Pablo introduce aquí es vamos a ser despertados del “sueño” de la muerte. Eso es lo que la muerte es para aquellos que están en Cristo: “un sueño”. La muerte no es un terrible estado, algo contra lo cual luchamos hasta lo último, a lo cual resistimos con todas nuestras fuerzas y tenemos que vencer. Por el contrario, para los cristianos, la muerte es estar “dormidos en Jesús”. Sabemos que al morir, en poco tiempo Jesús nos despertará para la vida eterna, como cuando echamos una cabezadita o de cerramos los ojos en la siesta, y nos despertamos sin tener noción del tiempo que ha pasado.

Su resurrección nos garantiza ese despertar para la vida eterna junto a Él. La vida de Jesús es las primicias de los que durmieron en Él. Pablo subraya esta verdad, haciendo hincapié en que a partir de una historia bíblica. Él dice que “la muerte entró por un hombre”. El hombre al que se refiere es Adán. Por el pecado entró la muerte en el mundo y la muerte no sólo para él y Eva, sino para todos. Ahora “en Adán todos mueren” ya que llegamos a este mundo bajo la pena de muerte eterna. Pero ahora, por “otro hombre”, nuestro Señor Jesucristo, el Hijo del Hombre, se ha reparado lo que hizo el primer hombre.

A través de Jesús llegó “la resurrección de los muertos”. En su resurrección, Jesús, ha vencido y destruido el poder de la muerte sobre nosotros. Ahora todos los que creen en Él “volverán a vivir” con Él. Jesús nos resucitará y disfrutaremos de la vida eterna con Él para siempre.

Cuando Pablo habla de la consecuencia del pecado usa la palabra “muerte”. Él no intenta reducir la dureza del pecado o suavizar sus consecuencias, como nuestro mundo e incluso algunas iglesias los hacen. “Pecado”, “muerte” e “infierno o condenación eterna” son palabras prohibidas en nuestra sociedad. Nuestro mundo ha sustituido estas palabras con términos médicos, de salud mental o con palabras que sólo tienen un significado social. Ya no se habla de que las personas se rebelan contra Dios o violan su santa voluntad. Eso es demasiado duro e insensible. En cambio, se dice que alguien “errado el camino” o “se ha equivocado”, como si usar términos más suaves resolvería el problema. Sin embargo, Pablo habla de una ley clara y específica, señalando que el pecado ha traído la “muerte” al mundo y la separación eterna de Dios. Pero también anuncia que el obrar del Señor ha sido directo. Así es que ya no habla de “muerte” sino que lo sustituye por “resurrección de los muertos” y “los que mueren” lo sustituye por “ser vivificado”.

En la cruz, de nuestro Salvador, pagó en su totalidad la condena por todos los pecados, satisfaciendo así las exigencias de la justicia divina. Al resucitar en la mañana de Pascua, nuestro Rey, removió la piedra delante de la tumba y nos abrió la puerta al cielo a todos los creyentes.

¿Cómo celebramos la gloriosa noticia de que vamos a vivir eternamente por la vida de Jesús?

Tal vez podemos seguir el ejemplo de Lutero y escribir un graffiti en nuestros hogares. Lutero tenía sus días de dudas y desalientos, tal como los tenemos hoy en día. Cuando eso sucedía, Lutero escribía “¡Vivit! ¡Vivit! ¡Vivit” en letras grandes en su mesa y las paredes de su estudio, “¡Él vive! ¡Él vive! ¡Él vive!”. Así se recordaba a sí mismo que tenía un Dios vivo. Sabiendo que hace toda la diferencia en la vida del pueblo de Dios.

Tenemos la certeza de que nuestro Señor nos ha librado de la muerte de la muerte eterna.
Tenemos la certeza de que a pesar de morir, la muerte no es más que una breve siesta antes de que nuestro Señor nos despierte a tiempo para la vida eterna. Afirmemos en nuestros corazones y mentes para alegrarnos en todo momento que ¡Él vive!

Además nuestro Señor Resucitado ha iniciado una nueva era. El ver la vida, incluyendo la final de esta, desde la resurrección de Cristo nos da un panorama muy distinto. Sabemos, por un lado, que la muerte no es el fin de todo. Aceptamos el hecho de que un día que nuestro cuerpo frío y sin vida irá a parar a una tumba en algún lugar. Es cierto que la muerte temporal todavía nos afecta, o al menos afecta a nuestro cuerpo. Pero no afecta nuestra alma, que de inmediato va a estar con nuestro Señor. Pero incluso nuestro propio cuerpo no estará en la tumba mucho tiempo, porque Jesús ha resucitado de entre los muertos y nosotros haremos lo mismo.

Muy pronto, cuando nuestro Señor regrese, los que pertenecemos a Cristo por la fe volveremos a vivir otra vez. En realidad, todas las personas resucitarán, tanto los no creyentes como los creyentes. Todos se enfrentarán al juicio de Jesús. Pero la diferencia es que en los creyentes en Cristo está la fe que afirma que Él es el primer fruto y que ellos serán como Él. Cuando vuelva Cristo “vendrá el fin”, dice Pablo. El fin del mundo en que vivimos y el final de la vida aquí en la tierra como la conocemos ahora.

Mientras tanto el Señor nos ha dejado un recurso de suma importancia que no solo nos recuerda su muerte y resurrección, sino que además nos deja entre ver el futuro que nos depara como hijos de Dios. Este recurso es la Santa Cena. Allí él se hace presente una y otra vez para decirnos que Él ha vencido al pecado, la muerte y el diablo y por nos otorga por medio de la fe su perdón vida y salvación. Esto lo seguirá haciendo hasta el día en que vuelva en gloria para buscar a su pueblo y llevarlo a su presencia.

¿Y sabes cuál va a ser la mejor parte de ese día? Tú y yo seremos aquellos que cantan alegremente la canción celestial. Nuestro corazón no conocerá más alegría que la vivida ese día.

Ninguna voz cantará con más placer que la nuestra al decir: “Nuestro Señor Jesús ha resucitado y nuestro Rey reina”. Ahora, que han sido resucitados con él, también reinaremos con nuestro Rey por toda la eternidad. Nuestra canción de celebración comienza ahora y nunca se detendrá, aunque regrese nuestro Señor, ya que nos lleva con Él, y seguiremos cantando con una alegría aún mayor en el trono del Padre.

Ya lo afirmamos hace unas semanas. La Biblia nos revela el final de la historia, pero no por eso nuestra vida deja de ser atractiva, sino que se llena de esperanza para vivir ahora y disfrutar de aquello que se nos ha prometido: La vida eterna. Ahora sabes que eres liberado de todos tus pecados y de la consecuencia de todos ellos. Esto es tuyo porque eres perdonado de todos sus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Atte. Pastor Gustavo Lavia