domingo, 27 de noviembre de 2011

1º Domingo de Adviento.

“Esperando a cristo con gozo”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lección: Isaías 64:1-9

Segunda Lección: 1 Coríntios 1:3-9

El Evangelio: San Marcos 13:24-37
Sermón

Introducción

Entramos hoy en el tiempo de Adviento, un tiempo de espera confiada en el que nos preparamos para rememorar la venida de nuestro Salvador. Las fechas que están por llegar en breve, el tiempo de Navidad, harán que nos preparemos a conciencia para estas celebraciones. En este caso, hablamos de una rememoración, es decir, de recordar algo que ya sucedió, algo que nos llena de gozo sin duda, pero un hecho pasado. El Evangelio de hoy anuncia sin embargo un hecho futuro, trascendental y definitivo respecto a nuestra realidad. Un hecho que genera alegría, aunque no obstante, también puede generar inquietud en los creyentes, pero una inquietud totalmente infundada desde nuestra fe.

La fe que soporta la tribulación

La tribulación de la que se nos habla en el versículo 24, está descrita un poco antes de nuestra lectura de hoy: “Porque aquellos días serán de tribulación cual nunca ha habido desde el principio de la creación que Dios creó” (v19). Si bien este texto se asocia a la profecía sobre la destrucción de Jerusalén y el templo, acaecida cuarenta años después, sus palabras tienen un valor escatológico para nosotros. Pues en ellas vemos también la descripción de la alteración global que sufrirá nuestra realidad en los últimos tiempos, y que como un anticipo de aquellos momentos, podemos vislumbrar ya en muchas partes del planeta. Y en esta descripción, se describen hechos sombríos, donde abundarán la persecución de los creyentes, hambre, destrucción y guerras y el surgimiento de falsos profetas y falsos “Cristos” (v5-23). Todo ello justo antes del fín, como en una especie de intento del mal para avivar el pecado del hombre, entregándolo a la perdición total. Pero un vano intento por cierto, por evitar lo que ya es un hecho consumado: la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte (1 Jn 5:4). Son palabras que pueden causar un fuerte impacto en nosotros, haciéndonos temer la llegada de estos momentos finales, pero su intención no es atemorizarnos, sino todo lo contrario, alentarnos a resistir, tal como lo hace la higuera en invierno (v28), sabiendo que tras esta oscuridad, llegará la Luz a nuestro mundo: Cristo el Señor. Hay sombras en el horizonte, cierto, pero Jesús está a nuestro lado: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn 16:33)

Desde la consumación del sacrificio expiatorio de Cristo en la Cruz y su resurrección, los creyentes vivimos en una continua espera. Pues nuestro fin no es vivir permanentemente en esta realidad, sino caminar hasta las puertas del Reino, de un reino que es nuestra verdadera morada, el lugar a donde pertenecemos gracias a nuestra fe bautismal. Y es precisamente este Reino el que llega a nosotros, junto con toda la corte celestial, para acoger a los escogidos, a aquellos que han mantenido viva la llama de la fe. Pues esta fe es la que nos hace dignos de ser aceptados en las moradas celestiales, ya que: “por gracia sois salvos, por medio de la fe” (Ef 2:8).

Y la llegada de estos tiempos, tendrá además efectos claros y visibles para el hombre, con lo que es importante estar atentos a las señales de los tiempos. Señales de calamidad en primer lugar, y naturales seguidamente, donde la realidad física experimentará cambios radicales: “el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias que están en los cielos serán conmovidas” (v24), indicando que el orden natural de las cosas, ha llegado a su fin, y donde una nueva realidad hará su aparición, una realidad totalmente espiritual, donde todo lo demás quedará en un segundo plano. No conocemos el alcance completo de estos cambios, pero la Palabra es clara en cuanto a su realidad futura, y no debemos dudar de ello pues Jesús recalca que tanto el cielo como la tierra son pasajeros, “pero mis palabras no pasarán” (v31) y todo se cumplirá inexorablemente. La Palabra de Dios es sólida, veraz, inmutable, y ella será nuestro mejor refugio si, llegado el momento, nos tocase vivir los acontecimientos anunciados.


Hoy puede ser el momento anunciado

Los primeros cristianos tenían una viva conciencia de vivir una vida pasajera en este mundo, pues afrontaban el martirio y la persecución casi constantemente. Eran perseguidos por los judíos, que los veían como herejes y blasfemos, y también por los romanos y otros pueblos mediterráneos que aborrecían sus enseñanzas sobre el perdón, el amor al prójimo y la prédica de la paz. Para colmo su Dios era un hombre crucificado, muerto y supuestamente resucitado.

Absurdo tras absurdo para la mente de aquellos hombres, pues “la cruz es locura a los que se pierden” (1 Cor 1:18). Y así los cristianos no dudaban de que en cualquier momento, el encuentro con su Creador podía llegar sin aviso. Las cosas cambiaron y con el tiempo la cristiandad pasó de ser perseguida, a ser la religión del Estado. Y con ello se fue perdiendo ésta sana conciencia, que hacía decir al Apóstol Pablo sin temor: “porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filp 1:21). La vida futura en el Reino pasó a ser una aspiración del creyente, pero que podía esperar, y cuanto más mejor. Y con ello la llegada de Cristo fue perdiendo su inmediatez, para ser algo de un futuro lejano, muy lejano. Pero Jesús nos advierte de dos cosas muy claras: “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aún los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre” (v32). Sólo el Padre sabe pues la hora en que abrirá los cielos y dará paso a los ejércitos celestiales. Y la segunda es igualmente una seria advertencia: “Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo” (v33). El momento podría ser hoy mismo, ahora mismo, en cualquier momento.

Somos exhortados pues a estar despiertos, a velar, a mantener viva la llama de nuestra fe, de esa fe expectante que anhela la llegada de Cristo a este mundo. Pues no olvidemos que Jesús viene a juntar a sus escogidos, a aquellos que por medio de la fe en su sacrificio vicario, le han confiado la salvación de sus almas, y que gracias a su bautismo, han sido incorporados a la familia celestial. No obstante, esta llegada inesperada e inminente, puede despertar inquietud y cierto temor en nosotros. Temor a no estar preparados, a dudar de nuestra fe, de si seremos suficientemente dignos ante Cristo. Y si esta es nuestra situación, recordemos que estas dudas son las armas del maligno, el cual quiere arrancar de nosotros la seguridad de la salvación. Él intenta hacernos dudar de si habremos hecho “lo suficiente” para ganarla, torciendo y tergiversando el puro Evangelio que nos anuncia que, no gracias a nuestra supuesta “dignidad”, ni a nada que provenga de nosotros, sino sólo a la justicia de Cristo que nos cubre con su sangre, es por lo que seremos contados junto a los escogidos: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Rom 5:18). Cristo viene a recoger el fruto de su obra redentora, a nosotros, pecadores arrepentidos y justificados en la Cruz. ¡Recordémoslo cuando nos asalte la inseguridad o la más mínima duda sobre nuestra salvación!

Estar preparados para el encuentro con Cristo

Jesús nos exhorta igualmente a estar activos hasta su llegada, a no dormir. Ha dado autoridad a sus siervos, a su Iglesia, para predicar la Palabra y administrar los Sacramentos, y con ello sostener a su pueblo en fe. También nos ha dado a cada uno una obra para realizar en esta vida, allí donde Él nos ha puesto. Pues tanto el ama de casa, como el trabajador o el estudiante, viven día a día en sus tareas santificando sus vidas por medio de la fe en Cristo. No hemos sido llamados a una mera vida de espera inactiva espiritualmente, sino a vivir día a día con la mirada en el Reino. Debemos mantener viva la llama de la fe, y esto es en verdad la tarea más importante que tendremos en esta vida: “velad, estad firmes en la fe” (1 Cor 16:13), sin olvidar por supuesto que mientras esperamos al Salvador, debemos poner en práctica también el amor de Cristo que vive en nosotros, en la persona del prójimo. Pero si importante es atender las necesidades materiales del prójimo, aún más lo es el atender sus necesidades espirituales, pues aunque Cristo viene a juntar a sus escogidos (v27), el impacto de su llegada afectará a toda la humanidad. Y por ello, y por lo inesperado de Su llegada, es por lo que el mandato de Jesús: “id, y haced discípulos a todas las naciones” (Mat 28: 19), cobra aún más relevancia. Cada minuto cuenta, y cada uno de nosotros debe contribuir a que el puro Evangelio del perdón de pecados y la figura de Cristo, sean escuchados por todos, independientemente de su raza, cultura o religión.

Una tarea aparentemente gigantesca, pero que mirando a aquellos primeros doce discípulos y su fruto hasta el día de hoy, nos hace tomar conciencia del tremendo poder de conversión de Dios en su Palabra. Una Palabra necesaria para el hombre, pues el tiempo pasa, y el Reino se acerca ya a las puertas: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3:20).

CONCLUSIÓN

La venida definitiva de Cristo a la Tierra, el fin de los tiempos, son hechos que, paradójicamente han generado entre los cristianos inquietud e incluso temor. Sin embargo nuestra fe es una fe que mira al futuro, igualmente con gozo y esperanza, pues tal como nos recuerda la Escritura (v26-27), Cristo volverá una segunda vez a este mundo, y ahora rodeado de toda la gloria celestial para buscar a los suyos. Y esta noticia debe servirnos de estímulo para estar preparados para Su llegada, que será además definitiva e inesperada. Por eso debemos vivir cada día como si fuese el de la llegada de Cristo, el día en que veremos a nuestro Rey y Salvador cara a cara. Que así sea, Amén.

J. C. G.  / Pastor de IELE/Congregación San Pablo, Sevilla