sábado, 8 de septiembre de 2012

15º Domingo de Pentecostés.


  1. ”¡Abrid los oídos y que vuestra lengua proclame a Cristo!”

 

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

 

Primera Lección: Isaías 35:4-79

Segunda Lección: Santiago 2:1-10, 14-18

El Evangelio: Marcos 7: (24-30) 31-37

Sermón

         Introducción

Algunos sentidos físicos están tan íntimamente relacionados, que cuando uno no funciona correctamente el otro se resiente igualmente. Es lo que ocurre con el habla, la cual queda dificultada cuando falla el oído. Y sorprendentemente en la vida de fe el proceso es análogo: cuando nuestros oídos se cierran a la Buena Noticia (Evangelio) del perdón de pecados, nuestra lengua queda igualmente muda para proclamar que en Cristo y sólo en Él puede el hombre encontrar Vida y Salvación. ¿Cómo solucionar pues este problema?, ¿cómo hacer que el ser humano libere sus oídos para escuchar esta Palabra que viene a nosotros y poder proclamarla?. Ciertamente el hombre por sí mismo no puede lograr tal cosa, al igual que el sordo y tartamudo de nuestra lectura del Evangelio de Marcos no pudo por sí mismo librarse de su sordera ni liberar su lengua. Es la Palabra por medio de la acción del Espíritu Santo la que hace resonar nítidamente en nuestra mente la voz de Cristo, la voz que llama a los hombres a seguirle en el camino de la fe. Él es quien pronuncia el “Efata”,  el “sé abierto” de nuestros oídos para nuestra salvación y el que desata nuestra lengua para testimonio ante el  mundo.

         El Espíritu Santo nos libera de nuestra sordera espiritual

Oír es una de las facultades con las que Dios proveyó al ser humano en la Creación, y por medio de este sentido nos relacionamos de manera importante con el mundo que nos rodea. Sin embargo, hay personas que nacen sin, o pierden, esta capacidad de oír en sus vidas. Con ello pierden una parte importante de la información que reciben y, como el caso de la música, pierden también el experimentar sensaciones que trascienden el mero sonido y tocan el alma. Existen igualmente personas que pierden información sobre los sonidos por no prestar la debida atención, e incluso personas que cierran sus oídos conscientemente en función de lo que quieren oír o no. La Palabra nos enseña con claridad que este último es el caso en el que el ser humano en general se encuentra en relación a Dios. El pecado, que impregna todas las dimensiones de nuestra realidad, afecta igualmente a aquello que deseamos oír. Y al igual que un niño no desea escuchar la voz de un adulto que le recrimina una mala acción, el hombre en su estado natural no desea escuchar la Palabra que le indica dónde está su pecado, los senderos por los que debe caminar, ni aquellos que debe evitar. Da igual el idioma o la manera en la que esta Palabra se le presente, el oído del hombre está naturalmente cerrado a la misma: “En la Ley está escrito: En otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo; y ni aún así me oirán, dice el Señor” (1ª Cor.14:21). Y llegados a este punto nos parece estar ante una paradoja: el hombre necesita oír la Palabra de Dios para su salvación, pero sus oídos se cierran a la misma. ¿Cuál es la solución entonces a este dilema?. Lo que para el hombre es imposible, no lo es sin embargo para Dios (Lc 1:37), y así el Espíritu Santo actúa en esta Palabra proclamada abriendo el entendimiento del hombre, liberando sus oídos y permitiéndole escuchar con nitidez el anuncio de su liberación en Cristo Jesús de las consecuencias de la caída de nuestros primeros padres: la muerte y condenación eternas, “Porque la paga del pecado es muerte” (Rom 6:23). Sólo pues por medio de esta acción del Espíritu, puede el hombre abrir sus oídos y escuchar las buenas nuevas de perdón y salvación de parte de Dios. Por eso es necesario que esta Palabra siga siendo proclamada hasta el fin de los tiempos, pues Ella es el vehículo, el medio que Dios está usando para redimir a todas las naciones. Sin embargo vemos como algunos a los que esta Palabra de Vida alcanza, continúan rechazándola y siguen sordos a la misma. ¿Cómo es esto posible?. La Palabra es clara al respecto: Estos son los que endurecen su corazón, los que lo cierran a la oferta de perdón, los que se niegan a reconocerse mendigos de la misericordia divina. A estos Jesús les dice: “¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón?, teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?” (Mr 8:17-18). Por estos debemos orar especialmente, para que el Señor siga trabajando en sus corazones, para que al fin, y liberados de su sordera oigan la voz del Padre celestial que los llama en Cristo: “Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios, porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo” (Jl 2:13).

         La Palabra libera nuestra lengua para proclamar las maravillas del Señor

El sordo de la lectura de hoy, añadía a su trastorno el ser tartamudo. Es decir, era incapaz por sí mismo de expresarse con claridad para pedir al Señor ayuda. Por esto fue llevado ante Él por algunos de los habitantes de la Decápolis, pidiendo por su curación. Una situación idéntica a la que afecta al ser humano, incapaz por sus propios recursos de  acercarse y restablecer su relación con su Creador, y dependiente de que la gracia lo alcance por medio del Espíritu Santo. Y Jesús tal como nos relata la Escritura una vez más, con este milagro muestra al pueblo que su misión es la liberación de las cadenas que aprisionan al ser humano en su vida cuando éste trata de vivir de espaldas a Dios. Pero ¿cuántos se sienten hoy prisioneros y encadenados en este mundo?, ¿cuántos viven conformes con su vida lejos de Dios y felices con la sordera y tartamudez de su corazón?. Estamos ciertamente en un mundo lleno de sonidos como nunca quizás en la Historia, pero donde la Palabra de Dios tiene poco eco entre sus habitantes. Sin embargo no dudemos un instante que, aún con este entorno poco favorable, la Palabra proclamada sigue actuando, sigue liberando almas cada día que son convertidas en testimonios vivos del nombre de Cristo. Pues si nos fijamos bien en lo que le ocurrió a aquél sordo, en el momento en que Jesús en oración proclamó su “¡Efata!”, no solo sus oídos fueron abiertos, sino que: “se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien” (v35). Este hablar bien supuso para este hombre a partir de entonces, no sólo poder articular correctamente su lenguaje, sino proclamar alrededor la alegría y la maravilla de una nueva realidad para su vida. A partir de ahora podía gritar  al mundo que Cristo lo había rescatado del vacío que lo rodeaba, y percibir con claridad la voz de Dios hablándole a él, a un pecador hasta entonces marginado y sin esperanza. Así ocurre cuando un alma perdida es rescatada por gracia, siente la necesidad irresistible de salir y de compartir con otros esta nueva realidad liberadora: “Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban” (v36). ¿Nos sentimos nosotros así cada día?, ¿sentimos que, al igual que el sordo del texto, nuestro corazón quiere proclamar las maravillas de nuestro Dios?. Porque existe el riego de que un cierto acomodo o pasividad impregne nuestro testimonio como cristianos. Y si bien es cierto que nuestra fe nos impulsa diariamente a ser testigos de Cristo allí donde vamos, de la misma manera estemos atentos siempre a que las palabras dirigidas a la Iglesia de Laodicea, no sean un mensaje dirigido en algún momento hacia nuestras propias vidas: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frio o caliente!. Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre ciego y desnudo” (Ap.3:16).

         Bien lo ha hecho todo

El milagro realizado por Jesús, y el testimonio de este hombre y de aquellos que lo presenciaron impactaron fuertemente a su entorno inmediato. Hasta el punto de que el pueblo reconoció a Cristo como aquél que “bien lo ha hecho todo” (v37). Y esta declaración nos retrotrae a los primeros momentos de nuestra Historia, donde después de finalizar la Creación de todo lo visible, “vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gn 1:31). En esta afirmación reconocemos a Cristo como el Hijo de Dios “por quien todo fue hecho”, tal como nos recuerdan las palabras del Credo Niceno que recitamos. Él, el Creador del mundo, se ha hecho uno junto a nosotros en la figura de un hombre y llama ahora a su pueblo para traerles liberación y salvación: “todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice. Sacad al pueblo ciego que tiene ojos, y a los sordos que tienen oídos” (Is 43:7-8). Pero al igual que en los tiempos de Jesús, la ceguera y la sordera espiritual aún siguen abundando y dañando nuestro mundo. Un mundo que le pertenece a Él y a nadie más, y que reclama para su Reino. Porque este mundo pretende tener muchos amos, que prometen aquello que no pueden dar, puesto que no les pertenece: “Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos.” (Lc 4:5-7). Estos son los mentirosos que por medio del engaño y las falsas promesas de éxito, poder o una vida placentera, arrastran a muchos a un espejismo, a la perdición. Pues sólo en Cristo puede el hombre triunfar verdaderamente, obtener el poder consolador del Espíritu Santo y vivir la verdadera felicidad y paz en su vida. No, este mundo no tiene más opciones: o sigue a Cristo o sigue a las falsas promesas. Y Jesús no está lejos ciertamente para tener un encuentro con Él, ya que siempre está buscando a ciegos y sordos a quienes sanar de su ceguera y sordera. Lo tenemos en su Palabra que recorre el mundo cada día, anunciando el perdón a los pecadores arrepentidos, y en el pan y el vino donde Él se hace presente para cada uno de nosotros. ¿Conoces a muchos de estos ciegos y de estos sordos?. Ayuda pues a llevarlos a Cristo, pues ellos necesitan al igual que el sordo del Evangelio, ser llevados ante Él. Con tu testimonio de vida y con tu proclamación del Evangelio. Pero recuerda que el Reino está cerca, y Jesús anuncia que: “Yo estoy a la puerta y llamo” (Ap 3:20). ¡El momento de ser testigos es ahora!.

         Conclusión

Sufrir de sordera o dificultades en el habla es una carga pesada para una persona. Sin embargo, es peor aún estar sordos a la voz de Dios que nos llama por medio de Su Palabra. Y también es trágico que el hombre, que disfruta de las maravillas de la Creación y de su propia vida, mantenga su lengua muerta para proclamar las grandezas de Dios en Cristo. Jesús vino a romper todas las barreras que impiden al hombre vivir en una relación viva con su Creador. Su sangre derramada en la Cruz es nuestro “Efata” que abre las puertas del Reino para nosotros. Por tanto, si has escuchado con claridad las buenas nuevas del Evangelio del perdón de pecados, ¿no han sido abiertos tus oídos?. Y si es así, tu lengua ha sido también desatada por Cristo. ¡¿Qué esperas para pues para proclamarlo?!. ¡Que así sea, Amén!                                               

                                                    J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo