domingo, 16 de septiembre de 2012

16º Domingo de Pentecostés.

“Las Sagradas Escrituras, el Sostén De La Iglesia”
Sermón de Lutero sobre Romanos 15:2-4.
Romanos 15:2-4. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí. Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza.
 
Introducción: El sufrimiento paciente es una de las características de la iglesia. Para dar también a esta hora vespertina lo que le corresponde, oigamos lo que Pablo nos enseña en el comienzo de la Epístola para el domingo de hoy. En las frases que le preceden, había dado una exhortación en el sentido de que debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Como ilustración, Pablo cita el ejemplo de Cristo, recalcando que “ni aun Cristo se agradó a sí mismo, sino que (se humilló) y soportó a todos los míseros pecadores y sus maldades, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí” (Salmo 69:9).
Debemos cuidarnos del mal obrar, y del regocijarnos por el infortunio de los demás. Esta enseñanza atañe sólo a la manada pequeña de los que son cristianos de verdad y toman el evangelio en serio.
 
Ellos proceden tal como procedió Cristo, que no se lisonjeaba a sí mismo ni se reía maliciosamente como lo hace el mundo, que se regocija por el infortunio del prójimo y se ríe cuando a otro le va mal. Semejante proceder no es una virtud cristiana sino un vicio satánico. Si uno ve que en alguna cosa tiene una ventaja sobre otro, la aprovecha sin el menor escrúpulo; si él mismo es rico, influyente, etc., señala con el dedo al que no lo es, o si le ve a éste en la desgracia, se ríe de él. Gente de esta laya es la que el Evangelio retrata en la persona de aquel fariseo que dijo: “Yo no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano” (Lucas 18:11). El mayor gozo para ellos es ver que otros son inferiores a ellos. Es, por desgracia, un vicio muy general que uno se complazca en el daño del otro, cuando en realidad debiera hacer lo contrario, y compadecerse del que sufre el daño. Si Cristo hubiese querido practicar esta detestable virtud, podría haberlo hecho sin ninguna dificultad. Pues él era santo e irreprochable, nosotros en cambio somos todo lo contrario; de ahí que con pleno derecho podría habernos echado en cara: “Vosotros sois unos malévolos, pero yo soy libre de faltas”.
 
Nosotros no tenemos ningún derecho de hablar así, ¡y sin embargo, lo hacemos!
En la compasión con las debilidades de otros se revela el carácter cristiano. Es necesario, por ende, que aprendamos de Cristo el arte de contristarnos al ver una falta en el prójimo, ante todo cuando se trata de faltas en cosas espirituales. En relación con esto dice San Agustín: “El indicio más claro para conocer si un hombre 'es del Espíritu' (Romanos 8:5), es cuando no se alegra por la desgracia ajena, y cuando no se pavonea ni se engríe al entrar en contacto con personas que han pecado y han sufrido una lamentable caída personas, por supuesto, que no han pecado deliberadamente, y que después de caídas vuelven al buen camino.
 
Antes bien, el comportamiento verdaderamente cristiano exige que uno sobrelleve con paciencia al otro, y que no le trate con displicencia aun cuando vea en él algo que le desagrada”. Por desgracia, mayormente no se procede así. Resulta muy difícil para los cristianos. Sabemos que hay muchísimos que se ríen cuando ocurre una desgracia; incluso nuestros “evangélicos” no podrían imaginarse un regocijo más grande que el vernos a nosotros pasando malos momentos.
Nosotros empero, que queremos ser cristianos de verdad, no debemos gozarnos, sino sentir compasión ante los defectos de otra persona. Así lo hizo Cristo. Él tomó muy en serio aquello de la compasión no sólo respecto de nuestros pecados menudos sino también respecto de casos graves e importantes que nos hacían perder el favor de Dios y nos acarreaban la condenación eterna en el infierno. Antes de permitir esto, Cristo prefirió cargar sobre sus propios hombros nuestra culpa. Si esto lo hizo él, que a pesar de ser completamente inocente nos socorrió en peligros tan enormes ¿qué habremos de hacer nosotros en los casos de escasa importancia, nosotros que somos culpables, en tanto que él no lo era? ¡Y sin embargo, no lo hacemos!
 
I. Las Escrituras como fuente de energía para la paciencia en los sufrimientos.
 
El mundo desprecia el consuelo de las Escrituras.
“Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”. Éste es el tema fundamental que el apóstol quiere presentarnos: El cristiano debe tener paciencia, no sólo para con los que nos persiguen, sino también para con nuestra propia gente. Debo sufrir con paciencia no sólo que nos persigan los reyes, el emperador y otros poderosos de esta tierra, sino que debo mostrar paciencia también para con mis hermanos si tienen algún defecto o hacen algo que me desagrada. El mundo dirá: “Mal consolador es aquel que no tiene otro consuelo que un simple “ten paciencia”. Con esto pueden ir a consolar a los difuntos”. Pablo por su parte insiste en su admonición: “Tened paciencia, y consolaos con las Escrituras”. “¿Qué hacemos con esto?”, pensarán muchos; “mejor consuelo sería recibir una bolsa repleta de florines, o al ver que un asunto no prospera, arreglar las cosas a puñetazos.” Sin embargo, Pablo me manda estar tranquilo y tener confianza, y me remite para ello a las Escrituras. El mundo entre tanto alaba a aquel que tiene por su dios al Dinero y que confía en la sabiduría y en el poder, y nos pregunta: “¿Qué vale un consuelo que no nos ofrece otra cosa que unas cuantas palabras de la Escritura?” Así es como opina el mundo.
 
En las Escrituras, el cristiano halla un consuelo seguro.
Pablo en cambio dice: “Si queréis ser cristianos, no podréis esperar otra cosa; conformaos con que tenéis que tener paciencia, y que no recibiréis otro consuelo que el que os dan las Escrituras”. Posiblemente, esto sea el camino angosto y la senda estrecha que lleva a la vida.
Consuélate con esto, para que adquieras paciencia y puedas hacer frente al emperador, a los obispos y a todos los demás que quieran inquietarte. Pero ¿será cierto que mi mayor consuelo contra los sectarios, contra los malos vecinos, nobles, campesinos y conciudadanos, es tener paciencia y poseer las Escrituras? ¡Sin duda alguna! Es cierto: ellos hacen lo que se les antoja, cometen atropellos contra mí, pisotean mis derechos; tienen en su poder la administración de la justicia, tienen dinero, tierras, gente; y yo, ¿qué tengo? ¡Este libro! Con él debo defenderme, otra cosa para consolarme no tengo fuera de este libro de papel y tinta. Por ende, el cristiano ha de contentarse con que la Escritura es su único consuelo. ¿O me consolaré con el emperador? No me convence. Si me consuelo con el príncipe elector de Sajonia, con vosotros, los feligreses de Wittenberg, con mi dinero, con mi sagacidad, con la esperanza de que al fin lograré hacer las cosas tal como lo tenía planeado entonces ya puedo dar el juego por perdido. ¿Dónde están los que en aquellas situaciones extremas, cuando Satanás los tienta al máximo, no tienen otra cosa en que apoyarse sino este bastón llamado Escritura? Dichosos ellos, pues así debe ser; de lo contrario podríamos pasarnos también al bando del papa y consolarnos con la sapiencia de éste.
 
Quien quiera aprenderlo, aprenda pues de este texto qué es la Escritura, y qué es lo que hace decir a Pablo con tanta osadía: “Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”. Esto no fue dicho solamente contra el mundo. El mundo halla su consuelo en una bolsa henchida de dinero y en una bodega abarrotada de barriles con cerveza. Y en esto son iguales el campesino, el noble y el hombre de la ciudad: únicamente los consuela el saber que tienen suficiente provisión de dinero, alimento y bebida, etc. Pero ¿qué pasa si todo esto no surte el ansiado efecto en la hora de la muerte y del juicio? ¿O qué pasa si tu soberano está airado contigo, ciudadano, y tú tienes una bolsa llena de florines, o si el noble está enemistado contigo, campesino, y tú tienes una buena cantidad de bolsas de trigo? — ¿de qué te sirve entonces el dinero y el trigo, si te lo quitan? Lo que pasa es lo siguiente: Cuando te ves en dificultades y tribulaciones, todas estas cosas no te brindan ningún consuelo, ninguna esperanza. Al fin tendrás que recurrir a las Escrituras para buscar en ellas tu consuelo.
 
II. La Escritura es la palabra personal de estímulo que Dios nos dirige. Dios se opone al despreció de su palabra que manifiestan los sectarios.
Las palabras de Pablo tienen aún otro destinatario: también los sectarios hablan blasfemias de las Escrituras y dicen: “Son meras letras, impresas sobre papel; ¿qué consuelo le pueden dar a mi corazón?” Münzer se burlaba de nosotros y nos llamaba escribas; pero en el momento decisivo fracasó. Y bien: ¿en qué consisten las enseñanzas bíblicas sino en letras del alfabeto? Y sin embargo, no nos fracasan. Esto es precisamente lo peculiar de la palabra de Dios: está escrita en libros, y no obstante tiene el poder de infundir consuelo; y este consuelo que nos dan las letras ha de llamarse “Dios en los cielos”. Por esta razón predicamos la palabra de la Escritura.
Dios da poder eficaz también a su palabra escrita.
 
Es verdad: la palabra predicada a viva voz tiene, comparativamente, algo más de vida que la letra de la Escritura. Dios dijo: Cuando el sacerdote aplica el bautismo, traslada al niño de la potestad del diablo al reino de Dios; y por medio de sus palabras, efectivamente lo libra del diablo. Y de la misma manera fueron librados del poder del diablo todos los santos desde el tiempo de los apóstoles. Igualmente, si al confesar mis pecados oigo la palabra con que se me pronuncia el perdón: esta palabra me salva. Lo mismo ocurre cuando oigo las palabras, dichas en viva voz, de un sermón: son palabras como las que dice un campesino en la taberna; pero son palabras que tratan de Cristo, y por eso son palabras de salvación, de gracia y de vida, que salvan a todos los que creen en ellas.
 
Pero otro tanto ocurre también cuando no puedes ir a escuchar el sermón y lees las Escrituras en tu casa. Entonces Dios te dice: “Este pasaje de la Escritura que estás leyendo, se compone de letras impresas; sin embargo, por cuanto esta Escritura te habla de aquel hombre llamado Cristo, tiene la virtud de darte la vida”. Esto es en verdad un milagro sublime: que Dios descienda a tal profundidad y se sumerja en letras impresas y nos diga: “Aquí, un hombre ha hecho un retrato mío; a despecho del diablo, estas letras habrán de irradiar el poder de hacer salvos a los que creen lo que dicen”. Por lo tanto, la Sagrada Escritura es una señal puesta por Dios; si la aceptas, eres bienaventurado, no porque sea una señal hecha con tinta y pluma sino porque señala hacia Cristo. Así ocurrió con el pueblo de Israel en el desierto: allí, Dios ordenó a Moisés: “Levanta una asta y pon sobre ella una serpiente de bronce; cualquiera que fuere mordido por una serpiente y mirare a la serpiente de bronce, vivirá”. Y ¿qué era aquello? Nada más que dos letras, madera de la cruz y serpiente, S (serpiente) y C (Cruz), y no obstante, Dios añadió: “Cualquiera que mirare a la serpiente de bronce, vivirá”, o sea: “Yo quiero que el remedio sean justamente una asta y una serpiente; y quiero que éstos tengan tal poder que quien los mirare, vivirá”. Lo mismo tenemos aquí: La voluntad de Dios está oculta allá arriba en el cielo; no obstante, él nos dice: “Esta Escritura la hice escribir yo, y al que cree lo que ella dice, a éste le infundiré consuelo y confianza”. Pero los sectarios, estos malvados, abrogan no solamente la palabra de Dios escrita sino también la palabra hablada, a pesar de que es ésta la que los condujo a ese “espíritu” del que hacen tanto alarde. ¿O acaso, para poseer el espíritu, no tuvieron que oír o leer primero la palabra? Yo al menos llegué al conocimiento de la justificación solamente por haber leído en las Escrituras y haber oído en la predicación oral que Cristo murió por mis pecados.
 
En las Escrituras, el Dios viviente nos fortalece mediante su consuelo.
Por esto Pablo quiere exhortarnos en nuestro texto, por orden de Cristo, a que tengamos en alta estima a las Escrituras, ya que ellas nos enseñan la paciencia que tanto necesitamos. “Me es imposible”, dice, “predicaros otra cosa sino que el reino de Cristo es un reino de la paciencia y del sufrimiento”. Si el mundo nos inflige ofensas y daños, y si Satanás nos atormenta así es como debe ser. Cristo mismo lo predijo: “El mundo os aborrecerá” (Juan 15:19). Así que: el que nos aborrece, nos da lo que nos corresponde, puesto que nos corresponde ser odiados, ya que el reino de Cristo y la vida en Cristo ha de llamarse no una vida gloriosa, sino una vida de padecimientos. Por otra parte, aquellos impíos “evangélicos” que se tienen a sí mismos por buenos cristianos ciertamente no obran bien al perseguirnos con su odio, pues el que en verdad es cristiano, no trata de esta manera a su hermano en la fe. En cambio, de parte de los que no son cristianos, no podemos ni debemos esperar otra cosa que vejaciones; en lo que al trato con ellos se refiere, nuestra vida debe ser vivida bajo el signo de la paciencia. “Para azotes estoy hecho” (dice el Salmo 38:17). El que no quiera avenirse a esto asóciese al mundo; en el papa y en los grandes señores hallará amigos mejores que le colmarán de dinero y de bienes. Pero el que quiera ser cristiano, aténgase a la realidad: y la realidad nos impone tener paciencia, soportar que otro me cause perjuicios que afectan mis bienes y mi honor, mi cuerpo y vida, mi mujer e hijos. Pues así debe ser.
 
“¿Con qué me consuelo entonces?” “Yo no te puedo ayudar; tendrás que sufrirlo con paciencia.” “Pero no puedo”, me dices. “Te daré un consuelo”. “¿Qué consuelo?”  “Las Escrituras”. “Pero con esto no me das más que palabras y letras. No quiero palabras. Son como tamo que el viento se lleva”. Si no quieres las Escrituras para consolarte, vete a los que tienen las muchas bolsas de trigo y el gran capital y la profunda sabiduría. Pero si penetras en las profundidades de las Escrituras puede ser que lo que allí encuentras, te parezca tamo inservible, vacío, desmenuzado. Pero créeme: debajo de lo que te parece tamo, hay un poder como no te lo imaginas. Esta palabra que deposito en tu corazón, no te la derribará nadie, ni el emperador ni el mundo ni todos los tesoros de la tierra ni las bolsas de trigo ni los florines. Esta palabra, la débil pajita, se convertirá en un árbol, más aún, en una roca. El mundo arremeterá contra ella, pero en vano. Pues donde están las Escrituras, allí está Dios: ella es suya, es su señal, y si la aceptas, has aceptado a Dios. ¿Qué te parece ese vecino que se llama “Dios”? Con él a tu lado, ¿qué te puede hacer la muerte o el mundo? Es verdad: las Escrituras son tinta, papel y letras.
 
Pero allí hay Uno que dice que estas Escrituras son suyas, y ese Uno es Dios, comparado con el cual el mundo entero es como “la gota de agua que cae del cubo” (Isaías 40:15). En los oídos del mundo, la exhortación de Pablo a la paciencia es un pobre consuelo; v suena a debilidad si recomiendo leer un pasaje bíblico y recitárselo al que está falto de consuelo. Sin embargo, en este pasaje bíblico, el hombre se encontrará con un Señor frente al cual el mundo es una nada. Todo depende de la fe. Si mides con la vara de la razón, lo que acabo de decir suena a tonterías, ya que según esto, “dar consuelo” de ninguna manera significa hartar a uno de bienes, honores y dinero. Pero ¿de qué te serviría todo esto? En cambio sí te servirá si tomas un pasaje de las Escrituras y te atienes firmemente a él, como está escrito: “Esforzaos todos vosotros los que esperáis en el Señor, y tome aliento vuestro corazón” (Salmo 31:24).
 
Resumen final: nuestra esperanza no será defraudada Pablo refiere nuestro texto en primer lugar a ese vicio de que queremos agradarnos a nosotros mismos; en lugar de esto, uno debe sobrellevar al otro, como ya lo dije al comienzo de nuestro sermón de hoy. Nos cuesta tener que soportar tantas cosas; es grande la maldad que se practica en todos los sectores de la sociedad, y mucho de ello nos afecta personalmente. Más fácil sería defendernos contra los que nos molestan. Pero no; lo que nos cuadra es ser sufridos y pacientes. La paciencia engendrará en nosotros la esperanza. Jamás aprenderemos a tener esperanza si no estamos agobiados y cansados. Así me pasa particularmente a mí: a menudo me pareció que casi no podía aguantar más; sin embargo, la esperanza me mantuvo en pie. A esta esperanza nos impelen nuestros adversarios al enseñarnos paciencia en las tribulaciones; y esta esperanza viene por la paciencia y por la Escritura. Y la esperanza que tenemos ahora, no será defraudada; de esto estoy completamente seguro. Pues en Romanos 5 (v. 5) leemos: “Lo que hemos predicado y creído, no nos hará pasar vergüenza”.