domingo, 2 de septiembre de 2012

14º Domingo de Pentecostés.


   Comer para vivir

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                

Primera Lección: Deuteronomio 4.1-2, 6-9

Segunda Lección: Efesios 6.10-20

El Evangelio: Marcos 7.14-23

Sermón

El problema de la contaminación. Durante los últimos tiempos se ha hablado y se ha hecho mucho en lo concerniente a los problemas de contaminación y medio ambiente. Muchas veces los ecologistas parecen extremistas con su accionar, en cierta forma es bueno estar preocupados por el mundo de Dios y nuestra seguridad. Tratan de hacer que no se contamine indiscriminadamente, no se talen bosques o no se pongan en riegos de extinción ciertas especies animales.

Otros también están preocupados por la contaminación moral y quieren limpiar la televisión y el cine. Para otros la oración y la religión en las escuelas públicas o escenas del pesebre de nuevo en lugares prominentes en el tiempo de Navidad son contaminantes a la libre elección que las personas pueden hacer sobre su vida de fe. Desafortunadamente acciones como éstas no son las que harán que la gente sea mejor y las palabras de Jesús en el evangelio de hoy nos muestra por qué.

Contaminados desde el interior. Los fariseos estaban molestos porque Jesús permitió a sus discípulos comer sin lavarse las manos. Si bien nos pasa lo mismo con nuestros hijos, pero por razones diferentes, para los fariseos no era sólo una cuestión de salud, sino que estaban convencidos de que la contaminación espiritual, en realidad, llegaba por el hecho de haber tocado algún objeto que una persona no creyente hubiese tocado. Por esto, comer sin lavarse las manos también era una causa de transmisión de impureza espiritual.

En esta controversia, Jesús se pone del lado de la naturaleza, por lo menos en lo que respecta a la propia contaminación espiritual. Los fariseos culpaban al medio ambiente, a lo que los rodeaba, sin embargo  Jesús dice que el problema no está en lo que nos rodea y condiciona, sino que esta en nosotros mismos. “Eres lo que comes” puede ser una verdad hasta cierto punto, físicamente quizá, pero no espiritualmente. Él no niega que debemos evitar las oportunidades para caer en pecado o que no tengamos que proporcionar un buen ambiente para nuestros hijos. Él no niega que, si nos exponemos a las tentaciones externas o las falsas enseñanzas, podemos  tirar por la borda nuestra vida de fe. Él no niega que depender del alcohol o consumir drogas o persistir en actitudes pecaminosas nos aparta de la vida de fe, aunque queramos seguir siendo cristianos y deseemos llegar al cielo. Pero el problema no es el alcohol, el dinero, el sexo, o la multitud de cosas malas que hacemos. Estas no nos atraerían a menos que estuviéramos contaminados en nuestro interior, algo con lo cual todas las personas nacemos.

Una idea popular es que el hombre nace bueno y que el mal se encuentra en la sociedad que lo corrompe. Otra idea extendida aún entre los cristianos, es que las personas nacen neutrales y que los niños pequeños no son ni buenos ni pecaminosos y su crianza es la que determinará qué tipo de personas van a llegar a ser. Pero para nosotros esto no es así, creemos que el bautismo infantil es algo totalmente necesario e indispensable, porque creemos que somos pecadores desde que somos concebidos y nos perderíamos por siempre sin la fe en Jesucristo que nos es dada en el Bautismo. Lo que muchos no entienden, es el grado de contaminación espiritual que incluso los bebes poseen y el hecho de que el Señor nos hace responsables de nuestros pecados, aunque no los reconozcamos como tales (Romanos 3:19). Mi esposa y yo no enseñamos a nuestros hijos a ser pecaminosos, por lo menos no de manera consciente y voluntaria. Pero adivinen qué: de pequeños parecían inocentes niñas, pero es que ellas no habían crecido lo suficiente o adquirido suficientes conocimientos u oportunidades para ejercer su maldad innata. Cabe recordar una vez más que sostenemos el hecho de que nosotros no somos pecadores porque cometemos pecados, sino que es todo lo contrario cometemos pecados porque somos pecadores. Llevamos a cabo acciones contra la voluntad de Dios porque eso es lo que hay en nuestro corazón. Aun cuando nuestras acciones muchas veces se disfracen de buenas intenciones.

Jesús dice en los versículos 20 a 23: “que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.”. De acuerdo a Jesús, el corazón humano es una alcantarilla, en la que todas estas contaminaciones están presentes y están al acecho. No tenemos que pensar en un delincuente o pervertido para aplicar estas palabras de Jesús, sino que cada uno de nosotros somos así por naturaleza. ¿Crees que no eres capaz de hacer algunos pecados terribles?  En la Epístola de Santiago se dice que “cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2:10). Ninguno de nosotros puede siquiera concebir la contaminación que se esconde en nuestros corazones. Si te analisas ante esta realidad y llegas a decir  que “no puedes evitarlo”, es necesario que sepas que esa es exactamente la conclusión de que Jesús quiere que tengas.

Limpio desde el exterior. Como estamos contaminados por dentro, necesitamos ser purificados desde el exterior. Las alcantarillas en nuestro interior no son auto-limpiantes y todas aquellas cosas que surgen de allí no desaparecerán por arte de magia o con el paso del tiempo, al contrario, si las dejamos seguirán generando más contaminación. Alguien desde el exterior debe hacerlo y hacerlo bien. Muchas religiones y filosofías tienen programas para limpiar tu vida y librarte de los vicios. Pero estas recetas quedan solo en lo superficial, ya que generalmente apuntan a que en ti  está el poder para cambiar y renovarte. Lamentablemente nuestros pecados y vicios siguen estando en nuestro interior, acumulándose y esperando la oportunidad para manifestarse. Puedes matar algunas intenciones pecaminosas todo lo que quieras, pero vendrán más, porque en algún lugar en tu interior hay algo que sigue contaminándote y a menos que se limpie siempre habrá más. El corazón humano es un nido que mantiene la producción de pecados y a no ser que se limpie, nada importante va a cambiar.

Por esta razón es que Dios vino a nosotros desde el exterior y envió a su Hijo al mundo. El Hijo de Dios vino al mundo perfectamente limpio por dentro, Él fue el único con un interior limpio, un corazón limpio, desde que Adán y Eva pecaron. Podemos imaginar a María y a José viendo crecer a su hijo, esperando que tenga su primer rabieta, pero eso nunca sucedió, esperando que les contestara mal, pero nunca lo hizo. Jesús estaba perfectamente limpio, por dentro y por fuera.

La lista de cosas que dice que hay en nosotros está en los versículos 21 y 22Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez”. Jesús nunca vivió esos pecados, sus acciones y palabras nunca manifestaron estos hechos. Él es el Salvador perfecto, es exactamente lo opuesto de cada uno de nosotros. Por el intercambio que Cristo hizo en la cruz con nosotros, tomando nuestro lugar, Dios ahora nos acredita el corazón no contaminado de Jesús. Todos los pecados que nos contaminaban y en los que vivían nuestros corazones han sido borrados. Jesús los llevó a la cruz y derramó su sangre para pagar por nuestra contaminación y limpiarnos de toda esa maldad.

Así que ahora Dios no ve nuestros pecados, sino la limpieza de Jesús que nos cubre. No podemos entender cómo un Dios perfecto puede pasar por alto nuestros pecados. No podemos entender cómo Dios-hombre, Jesucristo, podía tomar nuestro lugar delante de su Padre celestial y vivir su vida en lugar de la nuestra y pagar nuestras contaminaciones o por qué Él quiso hacerlo. Pero no tenemos que entender que sólo podemos estar agradecidos de que Él hizo todo esto por ti, por mí y por cada persona.

A partir de esta realidad es que podemos pedirle que cree en nosotros un corazón limpio y renueve un espíritu recto dentro de nosotros, como lo hacemos inmediatamente después del sermón casi todos los domingos. Él nos renueva, recicla y limpia cada vez que oímos sus palabras en la Liturgia otorgándonos el perdón de los pecados, como dice en la 1º Carta de San Juan 1:9Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”  y lo hace realidad por medio de su Palabra leída, oída y compartida.  También por medio de su Palabra es que se hace presente en la Santa Cena y te purifica diciéndote una y otra vez “Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”. (Mat 26:26-28 R60). En estos medios Dios se hace presente desde el exterior para purificarnos de nuestro corazón corrompido. Allí es donde nos da la posibilidad y las fuerzas para vivir con un corazón que obra según la voluntad de Dios, que lo busca y desea su encuentro diario, que depende de Él a cada instante y que busca servir a Dios y al quienes nos rodean.

Cuando las tentaciones vengan, deja que el diablo te muestre lo impuro y contaminado que eres. Usa la Armadura de la cual habla Pablo en la Epístola de hoy y recuerda y alégrate de que tienes un Salvador que ha pagado con su vida por todos los corazones impuros. Tenemos un Salvador totalmente impoluto que nos ha limpiado y lo continuará haciendo como lo prometió. Ahora ve en paz, sabiéndote perdonado por Dios Padre Hijo y Espíritu Santo. Amén

Atte. Pastor Gustavo Lavia