domingo, 21 de octubre de 2012

21ª Domingo de Pentecostés.


“Jesús, nuestra entrada al Reino de Dios”

Antiguo Testamento: Eclesiastés 5:10-20

Nuevo Testamento: Hebreos 4:1-13

Santo Evangelio: Marcos 10:23-31

 

Creo que una de las cosas que esta crisis por la cual estamos pasando nos produce es anhelo. Anhelo por aquella manera de vivir que teníamos y que ya no tenemos. Anhelamos la sensación de querer tener un piso o casa con, por lo menos, una o dos habitaciones más de la que teníamos. Anhelo por no poder decidir qué ropa ponernos, mientras que nuestro armario estaba a rebosar de ropa nueva. Por tratar de decidir dónde vamos a almorzar con nuestros amigos mientras en otro sitio del planeta se preguntan si iban a almorzar. Incluso los más pobres de los pobres eran considerados como ciudadanos ricos en otros lugares del mundo. Es por eso que las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy deberían calar hondo y hacernos pensar sobre lo que nos ha pasado y nos pasa en medio de esta crisis. Jesús dijo: “¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!” Marcos 10:23.

El problema de las riquezas.

Las palabras de Jesús son aún más sorprendentes cuando conocemos la imagen y concepto de los ricos en el Israel del primer siglo. Hay una admiración especial que tenemos la mayoría de nosotros hacia las personas que toman un voto voluntario de pobreza con el fin de servir a los demás. Admiramos al médico que abandona sus prácticas en un buen hospital con el fin de atender a los pobres de la ciudad. Admiramos la persona que deja un buen trabajo con el fin de alimentar a los pobres en un país donde los alimentos y el agua son muy escasos. La mayoría de nosotros admiramos, por ejemplo, el trabajo que la Madre Teresa hizo entre los pobres de la India. En la iglesia hemos escuchado las palabras de Jesús sobre la riqueza tantas veces que nos hemos acostumbrado a la idea de que los pobres tienen un lugar especial en el corazón de Dios. Pero esto no era así en el primer siglo en Israel.

Si bien en la cultura bíblica ciertamente estaba mal visto que las personas consigan ser ricas ilegalmente, los que alcanzaron su riqueza a través de un trabajo duro y diligente se consideraban como favorecidos por Dios. Se creía que los lugares de honor en los cielos estaban reservados para las personas que habían obtenido su riqueza de formas legales y la utilizaban para apoyar a la iglesia y la comunidad. Los discípulos sin duda pensaban que los ricos honestos, como el joven del cual nos relata Marcos en los versículos anteriores, eran los más propensos a entrar en el cielo porque eran los favorecidos de Dios.

Por estas cosas, las enseñanzas de Jesús al comparar a los pobres y a los ricos eran muy sorprendentes para el pueblo en aquellos días. Jesús debe haber producido un dolor de cabeza a los discípulos cuando señaló la ofrenda de la viuda y le dijo: “En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía.” Lucas 21:3-4.

Podemos ver la confusión de los discípulos en su respuesta a Jesús en el Evangelio de hoy. Ellos le dijeron: “¿Quién, pues, podrá ser salvo?” Si las probabilidades de que los ricos son las mismas que las probabilidades de un camello, entonces ¿quién puede entrar en el Reino de Dios? Si el honesto rico no puede entrar, entonces nosotros no tenemos ninguna oportunidad para acceder a la presencia de Dios.

Dios y nuestras miserias.

Es cierto que ninguno de nosotros tiene la más mínima oportunidad. Ese es el mensaje de la ley en el Evangelio de hoy. La enseñanza del Evangelio de hoy no es que sea malo ser rico, sino que nadie es capaz de entrar en el Reino de Dios con su propio esfuerzo o por sus propios medios. Cuando Jesús dijo que los miembros más respetados de la cultura no pueden ganarse la entrada al Reino de Dios, Él estaba diciendo que ninguno de nosotros ricos o pobres podemos ganarnos un lugar en el Reino de Dios. Todos nosotros tenemos tantas posibilidades de entrar en el Reino de Dios como las que tiene un camello de pasar por el ojo de una aguja.

El Espíritu Santo inspiró a David al escribir “He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre.” Salmos 51:5. Pablo escribe en Romanos 5:12 “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. Pablo enumeró algunos de esos pecados en Gálatas y luego concluyó: “acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”. Gálatas 5:21. Todos estos versículos revelan nuestra naturaleza pecaminosa. Somos pecadores desde la concepción y la única cosa que sucede a medida que crecemos y maduramos es que nuestros pecados tienden a ser más imaginativos y destructivos. Para el hombre es verdaderamente imposible heredar el Reino de Dios por sus propios medios.

Dios y sus riquezas.

Aunque puede ser imposible para el hombre, es posible para Dios. Jesús dijo: “Para los hombres es imposible, mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios”. Dios es Todopoderoso y nos ama entrañablemente. Él nos ama tanto “que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. Juan 3:16-17. No tenemos los recursos para entrar en el Reino de Dios, pero el Reino de Dios mismo tiene lo que necesitamos para que nosotros entremos en él. Siempre oramos para que venga el Reino de Dios, cuando oramos el Padrenuestro diciendo: “Venga a nosotros tu Reino”.

El Reino de Dios viene a nosotros por medio del verdadero Dios-hombre, Cristo Jesús. En Jesucristo, Dios tomó naturaleza humana y se humilló a sí mismo para vivir con nosotros bajo la ley. En su humildad, Él guardó la ley por nosotros. Incluso se humilló a sí mismo hasta la muerte en la cruz. Su muerte, la muerte de un hombre perfecto, santo e inocente, hizo por nosotros lo que era imposible hacer por nosotros mismos. Él hizo posible que el Reino de Dios sea realidad en nosotros y así estar en el Reino de Dios.

El Espíritu Santo aplica y afianza esa obra de Dios en nosotros. Él hace que lo imposible sea posible, real y concreto. El Espíritu Santo obra en nosotros por medio de la Palabra de Dios. El Espíritu Santo nos da la Palabra de muchas maneras. Cuando leemos su Palabra y estamos a solas con Dios. Cuando lo compartimos entre nosotros hablando de sus bondades y promesas. Cuando nos reunimos con nuestros hermanos Cristo para aprender y estudiar su voluntad. Cuando escuchamos en el Oficio Divino la absolución y predicación y también recibimos a Cristo, en su verdadero Cuerpo y Sangre, con y bajo el pan y el vino en la Santa Cena. Hemos recibido la Palabra de Dios en nuestro Bautismo, donde Dios nos ha dado la fe salvadora y cubierto de Cristo. El Espíritu Santo usa generosamente todas estas formas de alimentar nuestro espíritu con la Palabra de Dios. A través de esa Palabra, Él crea y sostiene la fe en nosotros. Él nos da la fe que cree que el sufrimiento y la muerte de Jesús Cristo quitan y borra todos nuestros pecados. A través de esa fe es que un camello pasa por el ojo de la aguja, es decir, los ricos y los pobres por igual entran al Reino de Dios creyendo en Cristo como su Señor y Salvador.

Esto es el evangelio. Es la gracia pura y simple, inmerecida y no solicitada. Así es como Dios viene a nosotros. Es un escándalo para el hombre, porque por naturaleza no queremos la gracia de Dios. Queremos trabajar y hacer algo. Queremos buscar a Dios. Queremos ser el que lo encuentre. Queremos algo de crédito para nosotros mismos. Queremos que se nos vea mejor de lo que somos. Queremos tener cosas buenas para contar sobre nosotros mismos. Realmente no queremos esa cruz. Pero por más que sintamos esas cosas, para los hombres es imposible obtener a salvación. Pero Dios, desborda de gracia y la distribuye por medio de su Palabra. A la pregunta “¿Y quién podrá ser salvo?” cabe la respuesta: Todo el que crea y sea bautizado. Todo el que deja de intentar salvarse por si mismo. Todo el mundo que esté dispuesto a descansar simplemente en la gracia de quien lo trajo todo a la existencia: Jesucristo nuestro Señor.

Conclusión

El evangelio de hoy sigue Evangelio de la semana pasada. La semana pasada nos enteramos de cómo un joven rico se fue triste, porque el oro era su dios. Esta semana, Jesús usó la dificultad que este joven tuvo para enseñarnos que ninguno de nosotros, ricos o pobres podemos entrar en el Reino de Dios por nuestra cuenta. En su lugar, el Reino de Dios viene a nosotros, porque nada es imposible para Dios. Ya sea que seamos ricos o pobres, el don del Espíritu Santo otorgándonos la fe en la obra de Jesús Cristo pone el Reino de Dios en nosotros y a nosotros en el Reino de Dios.

Lo que es imposible para el hombre, Dios lo hace posible. Él llama, congrega, ilumina y santifica a cada uno de nosotros. El Espíritu nos quita de la oscuridad e incluso por medio de pruebas, persecuciones y dificultados nos sostiene por su poder en la Palabra y los Sacramentos. Nos transforma en esas piedras vivas del templo del Reino de Dios. Es cierto que esto no siempre es cómodo, pero tiene la ventaja de ser cierto.

¿Y quién podrá ser salvo? La respuesta es “Todo el mundo” porque la gracia de Dios es sobreabundante a través de ese hombre en la cruz, Jesucristo.

Pastor Gustavo Lavia