domingo, 28 de octubre de 2012


”¡Sólo Cristo es la Verdad!”

 

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

 

Primera Lección: Apocalipsis 14:6-7

Segunda Lección: Romanos 3:19-28

El Evangelio: Juan 8:31-36

Sermón

         Introducción

¿Existe tal cosa como la verdad?, ¿hay una o muchas verdades?. Vivimos en tiempos donde afirmar una verdad con rotundidad y claridad puede parecer signo de intransigencia o tozudez. Cada cual tiene su verdad y todas las verdades son respetables; tal es la máxima que impera actualmente. Puede que esto tenga cierto sentido en el terreno de lo social, de cara a facilitar la convivencia entre los seres humanos, pero en materia de fe y tal como nos enseña la Palabra de Dios en boca de Jesús, existe ciertamente una sola Verdad, que reluce como el Sol entre tantas verdades aparentes. Y esta verdad es por otra parte indiscutible, sin peros ni opiniones que puedan cuestionarla, de tal manera que aquello que la niega o distorsiona no tiene otra definición para el creyente sino la de falsedad. En este Domingo celebramos además el Día de la Reforma, una fecha señalada por la defensa del puro Evangelio del perdón de pecados, de ésta  Verdad liberadora de que en Cristo el hombre puede encontrar perdón y salvación plenos para su alma. Que sólo por medio de la fe en su muerte y resurrección, el hombre es justificado de pecado y que siendo así, el Señor lo espera para ponerle el vestido de la justicia de Cristo, anillo en su mano y calzado en sus pies. (Lc 15:22).

         ¡No dudemos de la Verdad!

Existe una manera de ser creyente tibia, con ánimo débil y donde cualquier viento arrastra nuestra fe de una parte a otra (Stg. 1:6) haciendo que al fin, esta misma fe se debilite y esté en peligro de caer. Es en definitiva una actitud producto de falta de confianza y sustento en la Palabra de Dios, y que hace que el cristiano termine por no ser capaz de proclamar sin dudar aquellas verdades que son el núcleo fundamental de su fe. En su disputa con Erasmo, el gran humanista de su época, Lutero le reprochó su actitud al negarse e incluso oponerse a defender con vehemencia y valor las verdades Evangélicas proclamadas por los reformadores de su época. Llegados a un punto, y vista la actitud tibia del humanista, Lutero afirmó: “¿Qué es más deplorable que la incertidumbre?” (De servo arbitrio). Porque es cierto que la duda y la incertidumbre, cuando arraigan en un corazón,  pueden derribar la fe de un hombre y dejarla reducida a la nada. Pero para evitar esta situación, para mantenernos sólidos ante las tempestades espirituales de la vida, es necesario estar firmemente cimentados en la roca que es Cristo y su mensaje. Por eso, en su alocución a los judíos que inicialmente habían creído en él, Jesús les conmina a permanecer en su palabra para ser discípulos, pues sólo reteniendo y haciendo propia esta palabra suya puede el creyente seguir a Cristo y poner su vida y su alma en sus manos. Y la palabra de Cristo tiene una particularidad por encima de otras muchas palabras que han sido dichas en este mundo: su palabra es Verdad (Jn 17:17). Y esta Verdad no es como aquellas “verdades” que el mundo nos presenta: discutibles, opinables, adaptables a nuestros criterios, gustos y elucubraciones. No, esta palabra es sólida, imperturbable a las modas o los tiempos, y “más cortante que toda espada de dos filos” (Heb 4:12), pues tiene una función que requiere que sea inmutable: romper las cadenas que atenazan al ser humano, liberarlo de la esclavitud por medio del conocimiento de la Verdad en su vida. Y es por ello que una vez que esta Palabra liberadora nos alcanza, la duda, el temor y la incertidumbre deben desaparecer del corazón del hombre, y una nueva vida plena de confianza y paz aparecer en su horizonte. El Evangelio es un mensaje radical, que rompe con todos los esquemas humanos y hace que hasta el más pusilánime se atreva a dar testimonio incluso a riesgo de su propia vida. Así lo hizo también Pedro, cuando pasó de ser un Apóstol acobardado a un testigo fiel ante los judíos de Jerusalén. (Hech 1:14). Así lo hicieron los príncipes electores ante el Emperador Carlos V, cuando pusieron su cabeza a merced de la espada antes que negar el Evangelio de salvación. Y así, tantos y tantos cristianos que incluso entregando su vida, han dado un testimonio firme para el mundo. Esta es la fuerza de la Palabra que testifica de Cristo, la fuerza que asiste a la Verdad que ha venido a este mundo para liberarlo y darle esperanza, ¿Escuchas tú otras “verdades” que te hacen dudar de la Verdad salvadora de Cristo?;  cierra tus oídos a ellas y permanece en la pura Palabra de Dios que te dice: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (v31-32).

         ¡Libres al fín!

Ya hemos visto cómo la palabra de Cristo hace libre al hombre. Pero ¿acaso somos nosotros esclavos?, ¿no nacemos libres y disfrutamos de esta libertad en nuestra vida?. Los judíos de su época entendieron esta libertad desde un enfoque netamente humano: “jamás hemos sido esclavos de nadie, ¿Cómo dices tú : Seréis libres?” (v33), sin comprender que Jesús habla aquí de una libertad que supera incluso a la libertad física: la libertad del alma. Pues en el terreno espiritual, el ser humano no es más que un pobre esclavo luchando en vano por liberarse: “todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (v34). Su situación es pues similar a la de un preso que tratara de romper con sus manos una cadena forjada con el más tenaz metal. Una cadena que él, así pase toda su vida tratando de romperla, no conseguirá dañar en lo más mínimo, obteniendo al fin sólo cansancio y frustración. Pues cada eslabón de esta cadena se compone de la suma de todos los pecados que el género humano ha ido añadiendo generación tras generación. Es una misma cadena al fin a la que todos estamos unidos y de la que nadie es capaz de soltarse por sus propios medios. Los judíos creían estar libres de ella  por medio de su legalismo, ¡craso error!, pero paradójicamente al menos eran conscientes de su existencia. La situación actual de nuestra sociedad es, nos tememos peor, pues no solo no se quiere oír hablar de esta realidad de la esclavitud del hombre por el pecado, sino que sencillamente siguiendo el pensamiento del mundo actual se la niega.  Pero ¿de qué sirve el médico entonces si previamente negamos la enfermedad?, pues: “No tienen necesidad de médico sino los enfermos” (Lc 5:31). Y , ¿qué nos aprovechará la palabra y obra de Cristo si no escuchamos su advertencia?: “El esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre” (v35). Es decir, que no puede el hombre obtener salvación ni habitar en la casa del Padre eternamente si no es primero liberado del efecto del pecado en su vida, y que esto solamente puede hacerlo Jesucristo: “Asi que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (v36). El Evangelio es Buena Noticia para la humanidad, pero no debemos olvidar que si es en efecto una noticia deseable, lo es precisamente porque la condena que la Ley carga sobre nosotros, es quitada por medio de la sangre de Cristo, y sólo por gracia. Los judíos en su obstinación negaban su esclavitud y precisamente negando su condición se hacían aún más culpables de pecado. Lo mismo se aplica al hombre de hoy, y por tanto,  ¿qué proclamaremos pues al mundo como cristianos?. En primer e imprescindible lugar la necesidad de reconocer lo que somos ante Dios, de nuestra condición de enfermos y necesidad de médico, e inmediatamente después el anuncio de que la sanación de nuestras almas y su libertad ya han sido ganadas para nosotros por Cristo en la Cruz. ¡No perdamos nunca la certeza de esta Verdad!, ¡Somos sanados y libres sólo en Cristo!.

         Nada ni nadie nos separará del Amor de Cristo

Existen sin embargo en este mundo muchas personas que, al igual que en la época de Lutero, sufren la angustia del vacío espiritual en sus vidas. Pues viendo en la figura de Dios la de un juez inmisericorde, lo rechazan y viven faltos del consuelo que sólo un amor como el de Dios puede dar. Otros, creyentes incluso, viven desconectados de la gracia del perdón y la reconciliación que Dios ha dispuesto para ellos en la figura de Cristo y su obra. Conocen a Cristo, sí, pero les ha sido extirpado de este conocimiento la alegría de saberse justificados y herederos del Reino. En sus mentes y corazones, la obra de Jesús es una obra aún incompleta, inacabada, necesitada de que ellos mismos den con su vida y sus obras el último toque que inclinará la balanza. Pero la balanza de la Justicia, en este caso, poco puede inclinarse cuando es contrarrestada con el peso de la Ley. Y por ello miran a la vida futura con la incertidumbre de no estar seguros de si son hijos pródigos a los que su Padre recibirá a las puertas de las moradas celestiales. Si la primera condición del hombre, lejos de Dios es ciertamente terrible, esta última no lo es menos. Pues el Evangelio y Jesús son y deben seguir siendo la alegría de los hombres, pero para ello es necesario que el mundo crea sin dudar el puro Evangelio de la justificación del pecador: que Cristo “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados. Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas” (1 P 2:24-25). Hemos sido pues sanados, y ahora pertenecemos por medio de nuestra fe a Cristo, y nada ni nadie debe hacernos dudar de esta Verdad liberadora. “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rom. 8:35), es la pregunta que Pablo hace a los cristianos de todos los tiempos. Y al mismo tiempo, él nos da también la respuesta: que nada ni nadie puede separar al creyente de este Amor infinito. Esta es la verdadera Buena Noticia, la verdadera liberación y la auténtica alegría que Dios nos ofrece por medio de su Hijo. Es por esto que el cristiano no puede seguir dudando de su salvación, y vivir la angustia, la duda o incluso el miedo a la vida venidera, pues hacerlo significa desconfiar de las promesas de Dios y mutilar en su vida la paz, el consuelo y la alegría que Cristo quiere traernos. Por eso, si alguna vez aparecen en tu corazón las nubes de la duda sobre tu libertad y salvación, aquellas que tratan de ocultar el resplandor de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte por y para tí, mira a Cristo, mira a la Cruz. Allí está dictada la sentencia del Juez supremo, que nos es recordada cada vez que nos acercamos al altar: “Esto es mi cuerpo....esto es mi sangre del Nuevo Pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt 26:26-28). ¡Para remisión también de tus pecados!, ¡Despeja pues las dudas de tu corazón con esta Verdad consoladora!.

         Conclusión
El 31 de Octubre de 1517, un hombre clavaba un anuncio en la puerta de la Catedral del Castillo de Wittemberg, en Alemania.  Nos recordaba así que la libertad del hombre y su salvación, dependen únicamente de la obra expiatoria de Cristo en la Cruz y de nuestra fe en ella. ¡Y de nada más!. Una verdad que brilla hoy con claridad para el mundo y que recordamos en este día donde proclamamos de nuevo: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”(v36)”. ¡Sólo por Fe, Solo por Gracia, Sola Escritura, Sólo Cristo!. ¡Que así sea, Amén!                                                                                             
                                         J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo