domingo, 4 de noviembre de 2012

23º Domingo de Pentecostés.


“Somos Hijos de Dios”

Antiguo Testamento: Apocalipsis 7:9-17

Nuevo Testamento: 1º Juan 3:1-3

Santo Evangelio: Mateo 5:1-12

 

Una de las cosas que la Reforma sacó a la luz es nuestra filiación o relación con Dios. “Somos hijos de Dios”. ¿Tenemos razón para creerlo? ¿No es una presunción que siendo pecadores, nos adjudiquemos un título tan honorable? Quizá hoy alguien dirá que es un nombre muy común y que no hay necesidad de otorgarle tanta importancia, pues todos somos hijos de Dios porque Él nos creó y nos sostiene aún con lo necesario para el sostén de nuestros cuerpos. Pero hoy no hablamos de nuestra creación y conservación corporal por parte de Dios. Ahora nos referiremos al ser hijo de Dios de una manera especial. Pero ¿Puede uno ser hijo de Dios más que por la creación? ¿No es hipócrita el que insiste en llamarse hijo de Dios? No es ni presunción, ni egoísmo. Dios mismo llama hijos suyos a ciertas personas. Él mismo confiere esta dignidad. En nuestro texto bíblico, 1 Juan 3:1-9, el apóstol San Juan escribe por inspiración del Espíritu Santo que somos “llamados hijos de Dios” y que “somos hijos de Dios”.

¿Cómo llegamos a ser hijos de Dios?

Juan nos dice: “Mirad”. He aquí tiene algo muy importante que decirnos y es lo siguiente: “Cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” v1, y “Muy amados, ahora somos hijos de Dios” v2. “Somos hijos de Dios” porque Dios nos amó y tiene que ser la verdad porque la Biblia así lo dice.

Veamos cómo no llegamos a ser hijos del Padre celestial. Nuestros pri­meros padres, Adán y Eva, fueron creados santos, sin pecado. Fueron creados a imagen de Dios. Fueron sus hijos. Pero ellos desobedecieron a Dios. Comieron del fruto del árbol prohibido. Por su desobediencia pecaron contra Dios y ya no eran santos sino pecadores. Perdieron la imagen de Dios. Ya no eran sus hijos. ¿Qué tenemos que ver con lo que ellos hicieron? Mucho. El pecado y la perdición de ellos pasaron a todos sus descendientes. La Biblia dice, Romanos 5:12: “El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, y la muerte así pasó a todos los nombres, pues que todos pecaron”. El diablo tentó a Adán y Eva, y cuando éstos comieron del árbol prohibido por Dios, ya no eran hijos de Dios sino hijos del diablo. Nosotros, a causa de ellos, también perdimos la dicha de ser hijos de Dios y pasamos a ser hijos del diablo. “El que hace pecado, es del diablo; porque el diablo peca desde el principio”, dice nuestro texto, v. 8.

Pablo describe ese estado terrible en Efesios 2:3: “Entre los cuales (los desobedientes) todos nosotros también vivirnos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y éramos por naturaleza hijos de ira, también como los domas”. Igualmente en el versículo doce del mismo capítulo dice: “En otro tiempo estabais sin Cristo, alejados de la república de Israel, y extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”. Las consecuencias del pecado fueron desastrosas para Adán y Eva y para todo ser humano. “Éramos por naturaleza hijos de ira” y estábamos “sin Cristo, sin esperanza y sin Dios en el mundo”. Esta es la verdadera descripción de todo hombre, mujer y niño en el mundo por naturaleza. Así son todos al nacer. Así son todos los que no creen en Cristo. No importa que sean ricos o pobres; que sean personas decentes o de malas costumbres. La Biblia dice que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”, Romanos 3:23. Aun nosotros “éramos por naturaleza hijos de ira”, “del diablo”, v. 8.Cuando Dios dijo a Adán y Eva que no comieran “del árbol del conocimiento del bien y del mal", añadió lo siguiente: “Porque el día que de él comieres, morirás”, Génesis 2:17. ¿Pudo Dios pasar por alto esa transgresión? No. Él es justo y tuvo que castigar. El fin de todos los desobedientes “hijos de ira”, “del diablo”, pecadores, incrédulos, a pesar de fama, fortuna, cultura, o lo que sea, a menos que la ira de Dios sea quitada, es la condenación eterna en el infierno “donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga”, Marcos 9:46. “La paga del pecado es muerte”, Romanos 6:23.

No cabe duda de que este castigo del infierno es para todos los hijos de ira desde Adán y Eva hasta el último hombre que haya de nacer. Nosotros no fuimos hijos de Dios al nacer sino hijos de ira, del diablo. Y estábamos sujetos al castigo del infierno. Heredamos la culpa de Adán y Eva, el pecado original. Este pecado heredado pronto se manifestó en nosotros en pecados de pensamientos, palabras, y obras. Estos pecados se llaman pecados actuales.

Nuestro texto menciona cierto pecado diciendo que el mundo no conoce a Dios, v. 1. ¿Qué quiere decir no conocer a Dios? No conocer a Dios quiere decir no reconocerle como al Señor, no creer en Él y no servirle. Esto es pecado. “Cualquiera que hace pecado, traspasa también la ley; pues el pecado es transgresión de la ley”, v. 4. “El que hace pecado, es del diablo”, v. 8. El fruto del pecado original es el pecado actual. Mateo 7:17 dice: “El árbol malvado lleva malos frutos”. También estos pecados de pensamientos, palabras, y obras merecen el castigo en el infierno.

Pero ya no somos hijos del diablo tambaleando en el precipicio de la eternidad para pronto caer en el infierno. ¿Qué sucedió para que ya no seamos hijos del diablo sino hijos de Dios? ¿Acaso nos libramos nosotros mismos o nos rescató alguna persona de la esclavitud del diablo y el castigo eterno? No, nunca. No conocíamos a Dios. No teníamos el poder espiritual para allegarnos a Dios. Estábamos muertos en delitos y pecados. Así como un cadáver no tiene poder para darse vida corporal, así tampoco tiene poder espiritual para conocer a Dios el que está muerto en pecado, el que es hijo del diablo. Ningún ser humano podía salvarnos. Dice la Palabra de Dios: “Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate. (Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se hará jamás)”, Salmo 49:7-8. Martín Lutero expresa esta verdad en una respuesta a sus Preguntas Cristianas: “Debemos aprender a creer que ninguna criatura ha podido pagar por nuestros pecados”.

Pero, ¿cómo fuimos librados del poder del diablo? Oíd con atención. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios... Muy amados, ahora somos hijos de Dios” vs. 1-2. Somos hijos de Dios porque Él nos dio su amor. No fue la voluntad de Dios que nosotros, pecadores e hijos de ira y del diablo, permaneciéramos en la amarga esclavitud del diablo y sufriéramos en el tormento del infierno. “Dios es amor”, 1 Juan 4:8. Dios no quiere “que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”, 2 Pedro 3:9. Pero, ¿cómo pudo Dios amarnos a nosotros que fuimos tan pecadores y que le habíamos ofendido tantas veces?

Yo sé que Dios es amor, es misericordioso. ¿Cómo pudo Él amarnos? ¿No tuvo Él que castigarnos? El gran amor de Dios aun antes de la creación del mundo trazó el plan por el cual Él pudo tener compasión de nosotros. “Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él”1º Juan 3:5. “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”, v. 8b. Hijos de Dios, estas palabras son las Buenas Nuevas; son el Evangelio. Estas palabras debemos aprenderlas de memoria y creer con todo el corazón. Estas palabras explican cómo Dios pudo darnos su amor y llamarnos sus hijos.

En el consejo del Trino Dios antes de la creación del mundo fue hecho el plan que se verificó al venir Cristo al mundo en el cumplimiento del tiempo para dar su vida en rescate por muchos, aun por todos los hijos de ira, del diablo. Nosotros merecimos el castigo, pero Dios nos amó y su Hijo Jesucristo voluntariamente asumió la responsabilidad de guardar la Ley por nosotros, de quitar nuestros pecados, y de deshacer las obras del diablo. Cristo guardó al pie de la letra los Diez Mandamientos. “No hay pecado en él (Cristo)”, v. 5b. Lo que Él hizo al cumplir la Ley fue acreditado a nuestro favor. Cristo quitó “los pecados del mundo”. El gran profeta Isaías escribió por inspiración del Espíritu Santo y profetizó cómo Cristo quitaría nuestros pecados. “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto: y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados”. (53:3-5.) El pecado tuyo, el mío, y el de todo el mundo fue puesto sobre Cristo. Él sufrió y murió por todos nosotros, sin excepción. “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, Juan 1:29b. “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”, 1 Juan 1:7. Vemos a Cristo en el huerto de Getsemaní sufriendo la agonía del infierno a causa de nuestros pecados. Oímos a Él decir en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Marcos 15:34. Y un poco antes de su muerte en la cruz le oímos decir: “Consumado es”, Juan 19:30. Él había hecho todo lo necesario para salvar a todos y a cada uno. No sólo cumplió la Ley por nosotros y quitó nuestros pecados, sino que también dejó sin efecto las obras del diablo. Por el pecado que el diablo trajo al mundo la muerte pasó a todos los hombres. Ésta fue una obra del diablo. Dios no nos creó para morir sino para vivir. Pero por el pecado la muerte reinó sobre nuestros cuerpos, y el castigo del infierno, que es la segunda muerte, sobre nuestras almas. Para deshacer la obra del diablo, vencer la muerte y restituir la vida, Cristo también resucitó de entre los muertos al tercer día, como había dicho. Él triunfó sobre el infierno. Este triunfo de Cristo sobre el diablo se nos da a nosotros. “Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, mas conforme al espíritu”, Romanos 8:1. Como Cristo destruyó el poder que el diablo tenía para llevarnos al infierno, para condenarnos, asimismo triunfó Él sobre la muerte. Tampoco quedaremos en nuestros sepulcros. Él nos dice en Juan 14:19: “Porque yo vivo, y vosotros también viviréis”. En 2 Timoteo 1:10 leemos que Cristo “quilo la muerte, y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.”

¿Cómo es que somos hijos de Dios? Nada hubo en nosotros para merecer el amor de Dios. Fue el puro amor de Dios lo que le movió a tener compasión de nosotros. Y Cristo voluntariamente se hizo nuestro divino Substituto. Él cumplió la Ley por nosotros y quitó nuestros pecados. Y por su resurrección destruyó las obras del diablo. Por el amor del Padre y los méritos de Jesucristo nosotros, pecadores indignos, tenemos el gran honor de ser hijos de Dios. A Dios gracias por el gran amor con que nos amó. Gloria a Cristo por su muerte en la cruz y también por su resurrección. Por eso decimos con Juan: AHORA SOMOS HIJOS DE DIOS.

¿Cuándo Somos hijos de Dios?

Hay dos conceptos entre algunos que se llaman cristianos que son completamente falsos. Algunos alegan que nadie puede estar seguro de su salvación y otros aseveran que es necesario pasar por cierta experiencia o sentir algo cuando uno se salva. Es importante saber con seguridad cuándo uno es hijo de Dios. Juan escribe en los primeros dos versículos de nuestro texto que Dios “nos ha dado” su amor y que “ahora somos hijos de Dios”. ¿A quiénes escribió Juan? Él dirigió su epístola a cristianos, creyentes en Cristo. Sus palabras inspiradas por el Espíritu Santo fueron, y aún lo son, para todas las personas que creen que Cristo vino para quitar sus pecados y para deshacer las obras del diablo. Los que no creen en Cristo y por ende son hijos del diablo, no pueden ni quieren reclamar para si estas palabras de nuestro texto. Pero vosotros sois cristianos, creyentes en Cristo. Estas palabras son para vosotros. Vosotros sois hijos de Dios AHORA porque creéis en Cristo. Dice la Biblia, Gálatas 3:26: “Todo: sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús”. Todo e1 que ahora cree en Cristo como en su Salvador personal es hijo de Dios. Así pues es erróneo, antibíblico, decir que uno no puede estar seguro de su salvación, de ser hijo de Dios, o que es necesario pasar por cierta experiencia o sentir algo cuando se salva.

Dios nos amó, y Cristo llevó a cabo la obra de la salvación. Nuestra salvación no depende de nosotros sino del Dios Trino.

El Dios que no miente nos dice a nosotros, que creemos en Él, que AHORA somos sus hijos. Así pues que AHORA mismo somos hijos de Dios. Aun ahora cuando el diablo, el mundo y mi propia carne me tientan y tratan de arrebatarme de las manos de Dios, no debo desesperar sino recordar que Cristo dice: “Yo les doy vida eterna y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano”. En este mundo tenemos mucha tribulación.

Puede ser que venga mayor sufrimiento que el que ya hemos experimentado. Hay peligro de perder la fe cuando pasamos por alguna aflicción. Pero sabed bien que “AHORA somos hijos de Dios”. Cristo nos dice: “Estas cosas os he hablado, para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo”, Juan 16:33.

Y qué de lo futuro… ¿Qué será de mí en la hora de mi muerte y en la eternidad? Con Pablo decimos: “Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, los más miserables somos de todos los hombres”,1º Corintios 15:19.

No temáis. Gracias a Dios, nuestro texto también nos dice que no sólo AHORA, sino también en lo futuro, en la hora de la muerte y después de la muerte, soy hijo de Dios. “Muy amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él apareciere, seremos semejantes a él, porque le veremos como Él es”. Ahora no parece que soy hijo de Dios y mucho menos parece que vendrá el tiempo cuando tendré otra vez la imagen de Dios en su plenitud. Ahora ando en la carne. Tengo el viejo hombre. Pero cuando Cristo venga otra vez, entonces seré como Él es. “No hay pecado en Él (Cristo)”. En el gran día del Juicio seré resucitado por Cristo. Mi pobre cuerpo, que fue sepultado para volver al polvo de la tierra, será resucitado para tener cuerpo glorificado. No habrá ni mancha ni arruga de pecado en mí. ¿Cómo sabemos que vamos a ser hijos de Dios, santos, sin pecado, en la eternidad? Lo sabemos porque Dios nos dice que “le veremos (a Cristo) como Él es”. Cristo nos promete: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, Mateo 28:20. Otra preciosa promesa para animarnos como hijos de Dios para lo futuro y la eternidad es la Palabra de Dios en 1º Corintios 2:9: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que ha Dios preparado para aquellos que le aman”. ¿Cuándo somos hijos de Dios los que creemos en Cristo? ¡Ahora y por toda la eternidad!

En qué Consiste Nuestro Deber Como Hijos de Dios

Somos hijos de Dios ahora y lo seremos también en la eternidad. Es una gloriosa esperanza porque Dios nos amó, porque Cristo quitó nuestros pecados y destruyó las obras del diablo!

¿En qué consiste nuestro deber como hijos de Dios? “Cualquiera que tiene esta esperanza en él, se purifica, como él también es limpio", v. 3. Este texto enseña que nuestro servicio razonable es llevar una vida cristiana, pues Dios en su amor y por los méritos de Cristo, sin merecimiento nuestro nos hizo sus hijos, para ahora y para la eternidad. Aquí se enseña la santificación; el hacer buenas obras. Esta purificación, esta vida limpia, no es para ganar ni merecer el ser hijo de Dios, sino para mostrar mi gratitud y que quiero ser como mi Señor.

Hemos recibido la gracia de Dios que nos salvó por la sangre de Cristo. Pablo pregunta: “¿Pues qué diremos? ¿Perseveraremos en pecado para que la gracia crezca?” él mismo contesta: “En ninguna manera”, Romanos 6:1-2. Tampoco queremos pecar, porque “cualquiera que hace pecado, traspasa también la ley; pues el pecado es transgresión de la ley”, v. 4. Y “cualquiera que peca no le ha visto (a Cristo), ni le ha conocido”. El que peca, se engaña a si mismo y es engañado por otro, v. 7a. O expresado en otras palabras: “El que hace pecado, es del diablo, v. 8a.

Nosotros que somos hijos de Dios y esperamos en Cristo para permanecer hijos de Dios, llevamos una vida cristiana porque el que peca es del diablo y no de Dios. Nosotros no somos del diablo sino de Cristo.

También queremos seguir el ejemplo de Cristo. Cristo “es limpio”, v. 3. “No hay pecado en él (Cristo)”, v. 5b. Ahora estamos en Cristo, y nuestro texto dice que “cualquiera que permanece en él, no peca”, v. 6a. Cristo “es justo”, v. 7b y “el que hace justicia, es justo", “como él (Cristo) también es justo”. Ya que Cristo nos ha dicho que somos sus testigos aquí en el mundo (Hechos 1:8), queremos que nuestra vida sea un testimonio contra “las obras del diablo”, v. 8b.

¿Podemos cumplir con nuestro deber como hijos de Dios? ¿Podemos permanecer en Cristo y no pecar? v. 6a. Sí, podemos. Por supuesto, no por mi propio poder sino por el poder del Espíritu Santo. “Cualquiera que es nacido de Dios, no hace pecado, porque su simiente está en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”, v. 9. No es el diablo el que reina en mí, sino Cristo. Soy nueva criatura en Cristo (2º Corintios 5:17), y “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”, Filipenses 4:13.

Hermanos, nosotros que éramos hijos de ira, del diablo, sujetos a condenación, ahora somos hijos de Dios y lo seremos también en la eternidad porque Dios nos amó y porque su Hijo Jesucristo murió y resucitó por nosotros. Y ya que tenemos la esperanza de la vida eterna en Cristo, llevemos una vida cristiana. Amén.

Pulpito Cristiano. Pastor Harry H. Smith.

Adaptado pastor Gustavo Lavia