lunes, 19 de noviembre de 2012

25º Domingo de Pentecostés.

“El regreso de Cristo está cerca y nos preparamos para ello”


Antiguo Testamento: Daniel 12:1-3

Nuevo Testamento: Hebreos 10:11-25

Santo Evangelio: Marcos 13:1-13



Es común decir o escuchar: “Esa persona tiene un buen corazón”. Por lo general, con esto queremos decir que son amables, generosos, amorosos o algo por el estilo. Esto puede ser cierto para nuestros parámetros sociales o morales. El problema es que muchas veces llegamos a conocer personas que pueden ser de “buen corazón” pero que al tiempo descubrimos defectos, vicios y pecados que nunca nos hubiéramos relacionado con ellos. Es allí que podemos pensar que si ni siquiera las personas que considerábamos buenas lo son, que nos queda para el resto de los mortales… si las personas que parecían tener una vida perfecta no la tienen… quién la tiene?? Si oímos que Dios nos dice sean perfectos con Él lo es…

El concepto de pureza de Dios es la perfección total. Creemos que ya tenemos suficientemente con esforzarnos en no tener acciones, pensamientos e intenciones pecaminosas. Que cumplir con “no matarás, no cometerás adulterio, no robarás” es un gran esfuerzo. Pero Jesús muestra que la Ley de Dios va más allá, va al corazón: no odiar, no desear a otras mujeres u hombres que no sean nuestros cónyuges, no codiciar. Él nos dice que los planes y deseos de hacer el mal son acciones pecaminosas en sí mismas, incluso sin llegar a cometer dichas acciones. Eso tiene que ser una noticia devastadora para cualquier persona que está construyendo su propia escalera para llegar al cielo, tratando de acceder a Dios por sus propias acciones o buenas obras. Es como subir por una escalera con peldaños agrietados y rotos sólo para darte cuenta de el camino al cielo tiene muchos kilómetros por encima de tu pequeña escalera. Al examinar nuestros corazones, vemos que nunca podremos ser considerados puros o perfectos. El egoísmo, la amargura, los celos, la rivalidad, la codicia afloran de nuestros corazones mas a menudo de lo que quisiéramos. El problema no son solo las consecuencias de nuestros pecados las que tenemos que soportar, sino que esto nos dice que hemos fallado y no alcanzaremos la vida con Dios.

Si esto ha sacudido su auto-confianza, entonces es algo bueno. La Palabra de Dios debe sacudir la confianza en nuestras obras y nuestra capacidad para llegar a Dios, así no colocaremos nuestra confianza en nosotros mismos a la hora de dar cuentas a nuestro creador. Más bien, necesitamos la confianza de que el escritor a los Hebreos habla. Él dice que podemos tener confianza para “teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne”. Realmente podemos tener una confianza inquebrantable de nuestra presencia en el cielo y de disfrutar la eternidad junto a Dios. No es una confianza en nosotros, sino que confiamos en la sangre de Jesús, que abrió el camino de acceso al Padre. Es a través de Jesús que podemos tener un corazón puro. Esto es lo que sucede: podemos acercarnos a Dios con un corazón sincero, en plena certidumbre de fe con los corazones purificados.

Nuestros corazones son lavados y hechos puros por Cristo. Un corazón perfecto es inalcanzable para nosotros pero nos es dado solo por él. El versículo 14 dice: “porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”. De una sola vez la muerte de Jesús nos limpió perfectamente para siempre. El trabajo sobre nuestra santificación, el proceso de ser hecho santo en esta vida, no es completo, pero el versículo 22 dice “purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”. Una mala conciencia, una persona culpable es limpia en Cristo. El corazón pecador que se ve bajo el juicio de Dios es puesto en libertad por medio de Jesús. Todas las cicatrices, las heridas de los pecados del pasado y las heridas que pesan sobre nuestro corazón están purificadas. La sangre de Jesús nos limpia como una lluvia de agua pura que cae sobre nosotros en nuestro bautismo, lavándonos y dejándonos limpios a la vista de Dios. Dándonos la renovación del Espíritu Santo para continuar la obra de Dios en nosotros a fin de reflejar su amor y misericordia al mundo.

En el bautismo Dios pone un corazón puro en nosotros, tal como lo prometió desde los tiempos del Antiguo Testamento. Nos limpia con agua de toda impureza y pone un corazón y un espíritu nuevo (Ezequiel 36:25-26). Dios prometió que este cambio de un corazón de piedra en un corazón de carne incluiría el don de su Espíritu, para que seamos cuidadosos en obedecer las leyes de Dios (Ezequiel 36:27). Nuestros cuerpos fueron lavados con agua pura, nuestras conciencias limpias, libres de culpa, estamos listos en un nuevo camino de obediencia en la vida. No nos basamos en esta nueva obediencia para acercarnos a Dios. Nuestra confianza está en la sangre de Jesús derramada por nosotros. Esta confianza y plena seguridad de fe en Cristo Jesús, da lugar a la segunda cosa que tenemos que hacer, después de acercarnos con un corazón sincero.

Mantenernos firmes en la profesión de nuestra esperanza. La fe siempre trae aparejada una confesión de si misma, al reconocer o hablar de Dios, de lo que Él nos ha dicho o hecho por nosotros. Mientras que la fe es la confianza en Dios en nuestro corazón, no se queda ahí, sino que nos hace hablar. Nuestra fe no puede permanecer en silencio o invisible. A Pedro y Juan le pidieron que no hablaran de Jesús, y respondieron: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:20). Lo mismo sucede con cada cristiano. No podemos mantenerlo embotellado como si no hubiera nada que contar, ni a nadie transmitir este mensaje. La alegría y la esperanza de la salvación que tenemos en Cristo Jesús, naturalmente, produce hablar de ello. Nosotros, como sacerdotes escogidos por Dios hemos sido limpiados y renovados para “proclamar las maravillas” de aquel que hizo grandes cosas por nosotros (1 Pedro 2:9). Esto no quiere decir que siempre será fácil, sencillo y produzca buenas reacciones.

No siempre somos “voceros de Dios”. La sociedad quiere que seamos cristianos mudos, silenciosos ante la oposición o desaprobación, silenciosos cuando llegan oportunidades para hablar de nuestro Dios. Ante una oportunidad para hablar de la bondad de Dios algunas veces no podemos, por miedo o timidez. Necesitamos recurrid a Dios para que abra nuestras bocas, nos provea de oportunidades y nos use como fieles mensajeros. Estamos llamados a aferrarnos a nuestra confesión de esperanza. Aferrarse es lo contrario de ser evasivo, desinterés o vacilación. Es ser firmes y decididos, tener confianzas y certezas. Pero esta confianza y certidumbre no nace de nosotros mismos, sino de la fidelidad de Cristo. La esperanza que tenemos en Él, no es una esperanza que decepciona (Romanos 5:5), sino que es una esperanza segura de que Dios cumple sus promesas. Él imprime esta certeza en nuestros corazones por la fe.

El último punto de la lectura a los Hebreos de hoy es considerar cómo vamos a “estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”. Motivarnos, instarnos unos a otros a hacer el bien y a mostrar el amor de Dios. No caer en la complacencia o inactividad de la fe, sino ponernos a trabajar en su reino. En la vida hay un escenario completo y complejo para que podamos practicar su amor y buenas obras con sus amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos e incluso a sus enemigos. Considere cómo podemos alentarnos unos a otros. ¿Hay algún talento especial o don que tengas que puedas poner a trabajar en la iglesia o en la comunidad?

Al parecer ya era un problema en la iglesia del primer siglo que los cristianos dejaban de congregarse. Se estaba convirtiendo en un mal hábito. Hoy tenemos el mismo problema. Muchas veces nos pasa que el Oficio es sólo una de las muchas tareas en nuestra lista de tareas y que a menudo se cancela cuando surgen otras prioridades. ¿Es posible ser cristiano sin unirse a una comunidad? La respuesta es que sí, es posible. Es algo así como ser un estudiante que no va a la escuela. Un soldado que no se une al ejército. Un ciudadano que no paga sus impuestos ni vota. Un vendedor sin clientes. Un vendedor en una isla desierta. Un padre sin familia. Un jugador de fútbol sin equipo. Para decirlo de manera más bíblica, sería como un ojo que cree que no necesita un cuerpo.

Los cristianos encontramos en el tercer mandamiento una clara llamada a permanecer en la Palabra de Dios. Pero más que hacerlo porque es un mandamiento, simplemente lo hacemos por la misma razón que comemos. No podemos sobrevivir sin comida y así también nuestra fe se moriría de hambre sin la Palabra de Dios y los Sacramentos. Es como alejarse de la fuente de la salud y alimento y esperar sobrevivir. La vivencia comunitaria de la fe cristiana en las Escrituras es inconfundible. Se nos describe como una edificio espiritual montado sobre piedras vivas, un sacerdocio santo (1 Pedro 2:5), un cuerpo con miembros unidos y articulados entre sí (Efesios 4:19, 1 Corintios 12), los miembros de la familia de Dios (Efesios 2:19). Nosotros no estamos destinados a estar solos. La iglesia es el lugar principal donde estimularnos al amor y a las buenas obras. Es el lugar donde nos animamos unos a otros y preparamos para una vida marcada por la confesión de nuestra esperanza. Nos preparamos para vivir en el mundo como creyentes confesando a Dios. Porque sabemos que el día en que vendrá a buscarnos se acerca. El próximo domingo se celebra el último domingo de nuestro Año Eclesiástico y es en esta época del año donde nos afianzamos en el prometido regreso del Señor.

La expectativa de su regreso nos llama a examinar la forma en que llevamos adelante toda esta vida cristiana. Y de nuevo veremos que un corazón limpio, una confesión de fe son sólo la nuestra, por la misericordia y la sangre de Jesucristo, no por cualquier éxito o el logro de los nuestros. Confesamos nuestros pecados y volvemos a la única fuente de misericordia prometida. Sólo por lo que Jesús ha hecho, por morir y resucitar por nosotros podemos tener la confianza de que Él nos ha abierto el camino al Padre. Él descendió del cielo para llevarnos a estar con Él. Así que si dejamos nuestras escaleras, consideramos que es una buena cosa pero nuestra confianza no descansa en nosotros mismos, sino en el Dios que es fiel a lo que Él ha prometido. Día a día estamos preparándonos para el día final cuando Cristo regrese, cuando nuestra esperanza se haga realidad y vamos a entrar en el cielo por el camino que es Cristo. Con un corazón puro por su sangre vamos a ver a Dios. A partir de este día en adelante y hasta ese día, acerquémonos a Dios con corazón sincero.

Atte. Pastor Gustavo Lavia