domingo, 25 de noviembre de 2012

26º Domingo de Pentecostés.


”Viviendo con la mirada puesta en el Reino de Dios”


TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     


Primera Lección: Daniel 7: 9-10, 13-14

Segunda Lección: Apocalipsis 1:4b-8

El Evangelio: Juan 18:33-37

Sermón

         Introducción

Los seres humanos no conocemos materialmente más realidad y mundo que éste en el que habitamos. Y estamos tan acostumbrados a él, a sus historias, sus maravillas y sus miserias, que nos parece que no sea posible que exista otro lugar donde podamos habitar. Si nos preguntan por otra posibilidad de vida fuera de él, inconscientemente crearemos en nuestra mente una copia parecida al mismo. Tal es nuestro arraigo en esta tierra que Dios nos dio. Y de tanto habitarla, hemos perdido la conciencia de que en realidad no pertenecemos a ella, sino que, tal como Jesús anuncia en su Palabra, el Reino de Dios y gracias a nuestra fe también, nuestra morada celestial, no son de este mundo. Ante esta realidad los cristianos debemos plantearnos siempre estas preguntas: ¿hemos olvidado vivir con la mirada puesta en el futuro junto a Cristo en su Reino?, ¿tratamos de perpetuarnos aquí, en esta vida?. Pues los creyentes necesitamos vivir con la conciencia de que este mundo tiene un principio y un final para nosotros, y de que los Hijos de Dios tampoco han venido para quedarse aquí, sino para habitar las moradas celestiales junto a nuestro Creador.

         Nuestra verdadera morada

Cuando los judíos llevaron a Jesús ante Pilato, pensaron sin duda que la manera más facil de incriminarlo era presentarlo como un rebelde nacionalista. Y para ello nada mejor que difundir la idea de que Jesús reivindicaba ser el Rey de los judíos. Pues siendo en vano el acusarlo ante los romanos por cuestiones religiosas, buscaron la vía política, la cual sí podía tener consecuencias más graves. Y así Cristo se ve frente a frente ante el poder supremo de su época, el representante del César, el cual sorprendido le lanza un sencilla pregunta: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” (v33). Pero para desconcierto seguramente de muchos que lo esperaban como el Mesías libertador de la opresión romana y terrenal, Jesús sólo reivindica su filiación celestial y deja claro que su poder no está basado en ningún concepto humano, y que si podemos hablar de un reino vinculado a Él, no lo encontraremos aquí, en esta tierra: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuese de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (v36). Podemos imaginar la sorpresa ante esta respuesta, pues Jesús habla de otra realidad, de un reino donde él tiene servidores y donde existe un orden ajeno al nuestro. Y no es la primera vez en la Palabra en que se nos habla de esta realidad celestial, donde por medio de nuestra fe nos ha sido concedido además a los creyentes, una morada donde habitar eternamente (Jn 14:2-3). Y aquí debemos poner el acento en la que es quizás la consecuencia más significativa de este hecho para nuestra vida: que no vivimos o deberíamos vivir con un fuerte sentimiento de permanencia a esta tierra, y que nuestra actitud debe ser la de sentirnos pasajeros que viajamos hacia un destino más allá de esta realidad. Nuestro guía y nuestro maestro, Jesús, dirige nuestros pasos hacia otros parajes, hacia otros lugares, lejos de todas aquellas cosas que ocupan nuestra mente y nuestros esfuerzos cada día. Un lugar donde los grandes asuntos terrenales, esos que nos invaden cada vez que encendemos la televisión o leemos la prensa, no son sino ruido sin sentido ante la gloria y la majestad con que Dios ilumina su Reino a cada momento. Como seres humanos y pecadores, nos cuesta trabajo entender esta otra realidad, pues de ella sólo nos llega como un reflejo, como un fino rayo de esa luz deslumbrante, el Amor y la misericordia de Dios en Cristo. Y sin embargo este rayo que nos llega, es como un faro de luz pura y clara que ilumina nuestras vidas, y nos guía y protege de las duras rocas del pecado y nos consuela en el sufrimiento. Sin embargo, si permitimos que esas otras luces desenfocadas y deslumbrantes que nos rodean nos cieguen, será inevitable que choquemos contra los arrecifes del egoísmo, la falta de compasión, la mentira, el materialismo y en definitiva de la falta de amor por Dios y su Palabra. El Reino de Cristo no es de este mundo, y nosotros como Hijos de Dios bautizados con el lavamiento de la regeneración y sostenidos por el Espíritu, podemos afirmar que tampoco tenemos morada permanente en esta tierra, y que somos ciertamente ciudadanos de ese mismo reino, en cuya promesa confiamos: “Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí” (Lc 22:29).

         Preparándonos para habitar las moradas celestiales

La humanidad ya ha puesto el pie directa o indirectamente en otros mundos, y en otros lugares remotos del sistema solar, e incluso más allá. Nos preparamos para salir de la Tierra y habitar otros planetas, como plantean algunos visionarios. Estamos planificando de hecho, una nueva vida futura con todo lo que ello implica. Pero sea posible o no nuestra vida fuera de nuestro hogar terrestre, lo cierto es que el hombre se esfuerza hasta sus límites para colonizar otros mundos remotos, y lo hace poniendo lo mejor de su inteligencia, esfuerzo y voluntad en ello. Sin embargo,  parece que este esfuerzo titánico que el ser humano lleva a cabo para este empeño y para muchos otros, no va acorde con el que desarrolla en relación con la preparación necesaria para habitar nuestro hogar celestial. Pero ¿a qué se debe esta apatía espiritual?, ¿por qué el ser humano se muestra tan indiferente en muchos casos e incluso rechaza la invitación de vivir junto a su Creador eternamente?. Jesús anunció a Pilatos cuál era el sentido de su misión en la tierra: “Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad” (v37). Y del mismo modo nos aclara que sólo ansiando esta verdad, podremos oir su mensaje de salvación: “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (v37). Y aquí está ciertamente la clave del problema que hemos indicado sobre la indiferencia e incluso incredulidad : el hombre no escucha esta voz divina, incluso la rechaza, pues en lugar de la verdad prefiere vivir en la mentira de que su vida, desconectada de Dios en Cristo, tiene un sentido pleno, como nos recuerda el mismo Jesús: “porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn 15:5). El hombre entonces, desconectado de la verdadera realidad, crea en su mente la ilusión de que este mundo y su vida son auto suficientes. Que no necesitan un ser trascendente para explicarlo y darle sentido, y que la vida futura es una quimera sin sentido en la que no vale la pena perder los minutos de la vida terrenal. Y así llega a la conclusión de que es mejor invertir el esfuerzo aquí y ahora para una vida terrenal mejor, que hacerlo para una vida en un reino extraño e incierto. Sin embargo, la búsqueda de una vida terrenal mejor, no es opuesta en absoluto a la aspiración de una vida junto al Padre, pues mientras habitamos este mundo, debemos buscar también lo mejor de él. Y de hecho, el Creador del mismo, haciendo que el inicio de su Reino se produzca aquí en la Tierra, ha vinculado indisolublemente nuestra realidad con la realidad celestial: “Se ha acercado a vosotros el reino de Dios” (Lc 10:9). Y ésta para los creyentes, es una noticia gratificante y ¡sorprendente!.

         ¡El Reino también es ya una realidad en nuestro mundo!

Tal como ya hemos aclarado, somos ciudadanos del Reino celestial, y esto tiene importantes implicaciones para nosotros. Por ello nuestra primera prioridad en esta vida debería ser profundizar en el conocimiento de la voluntad de Dios, por medio de la escucha de su voz en la Palabra. De ahondar en nuestra relación con Él por medio de la oración, y de poner en práctica aquellas obras que provienen de la fe y que permiten al prójimo sentir por medio de nosotros, el Amor de Dios por ellos: “servios por amor los unos a los otros” (Gal 5:6). Pues el hecho de sabernos pertenecientes a ese Reino celestial que Dios ha preparado para aquellos que en fe han confiado en las promesas del Padre, no debe hacernos perder la conciencia de que este mismo reino no es sólo un acontecimiento futuro, del que no debemos preocuparnos por ahora, sino que ¡se encuentra ya activo aquí en la tierra, entre nosotros! (Mt 12:28, Lc 17:21). El reino no es pues sólo un lugar sino también un tiempo, un momento que tuvo su inicio con la llegada de Cristo a la tierra. Es Jesús mismo quien da lugar al comienzo de este tiempo que llamamos Reino de Gracia, ya que al fín y al cabo, no tiene sentido hablar del lugar en sí, sino de los valores y leyes que rigen en el mismo. Pues el Reino es una nueva realidad, un tiempo mejor y perfecto (Kairós) donde se da inicio a una nueva visión de la vida y de nuestra relación con Dios y el prójimo. Sólo así tiene sentido el que ambicionemos vivir en el mismo, despojados de todo sentimiento egoísta que trate simplemente de reproducir la vida terrenal en él, sino queriendo vivir exclusivamente bajo la ley de Amor y perdón en Cristo como Señor y Rey. Es decir, queremos vivir en el Reino porque sabemos que éste es la máxima expresión del perdón y la misericordia que Dios nos ha concedido por medio de la sangre de su Hijo. Y podemos además vivirlo aquí y ahora también en la acción de Su Iglesia, para que otros puedan experimentar este mismo perdón y misericordia en sus vidas (Gracia), sostenidos por la poderosa Palabra de Dios y la acción vivificante de los Sacramentos. Ciertamente esperamos vivir en este mismo reino convertido en Reino de Gloria, y de una manera plena en la consumación de los tiempos, donde Cristo como Rey se manifestará en toda su majestad y esplendor (Dn 7:13-14). Pero nos encontramos ya de hecho inmersos en este inicio del mismo, sometidos a la acción de la gracia en nuestras vidas, y con la misión de ser instrumentos en las manos del Padre para que Él desarrolle su acción redentora. ¿Vives pues en tu vida de fe la alegría de saberte ciudadano de este Reino de Gracia?, ¿Experimentas  y transmites a otros esta Buena Noticia de que aquí y ahora el Reino de Dios está ya entre nosotros?. Este es sin duda el gran consuelo del creyente, del hombre y la mujer que pueden en fe proclamar: “Ahora ha venido la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo” (Ap 12:10).¡El tiempo de Reino pues ya ha dado comienzo!.

         Conclusión

Los creyentes vivimos cada día tratando de sacar lo mejor de las posibilidades de este mundo. Aspirando a mejorar nuestra sociedad terrenal y con plena conciencia de ser partes de la misma. Pero al mismo tiempo, nos sabemos ciudadanos de otra realidad, más real aún que esta y el cual es nuestro verdadero destino: El Reino de Dios. Hacia el mismo es a donde nos dirigimos, a ello es a la que aspiramos en fe, y en ello es donde ponemos lo mejor de nuestros esfuerzos diarios. Vivimos pero sabiendo que nada de este mundo nos pertence, y que todo lo tenemos en abundancia en el Reino del Padre. Mantengamos pues viva esta conciencia, tratando de no dejarnos arrastar por las preocupaciones diarias, las necesidades y los afanes de este mundo: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mt 6:33). ¡Que así sea, Amén!                         

                                 J.C.G / Pastor de IELE/Congregación San Pablo