domingo, 11 de noviembre de 2012

24º Domingo de Pentecostés.


”Ofrendando tu vida al Señor”

 

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

 

Primera Lección: 1º Reyes 17:8-16

Segunda Lección: Hebreos 9:24-28

El Evangelio: Marcos 12:38-44

Sermón

         Introducción

Ofrendar es un acto de generosidad que implica desprendernos de algo para entregarlo desinteresadamente a otro. Normalmente asociamos la palabra ofrenda con las obras de caridad, o con la asistencia a los pobres. Y del mismo modo se entiende frecuentemente la ofrenda de una manera económica, como si esta sólo pudiese darse en forma de dinero. Sin embargo, como cristianos podemos y debemos entender la ofrenda como algo más profundo y de mayor alcance, y como el signo tangible de una manera específica de relacionarnos fundamentalmente con Dios. Pues tras la ofrenda hay una actitud y una intención que expresan cómo nos relacionamos con el Creador en nuestra vida. En realidad para el creyente, su vida entera es una ofrenda a Dios, donde vivimos con conciencia de que todo lo que tenemos y somos, desde nuestras posesiones, familia, salud, trabajo y un largo etcétera, en realidad son ofrendas que hemos recibido previamente del Señor por Amor. Y entre todas ellas sobresale en gran manera el perdón y la reconciliación ganadas para nosotros por Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz.

         Sea toda la gloria para Cristo

En la lectura del Evangelio de hoy, encontramos dos momentos distintos pero relacionados entre sí en cuanto a la enseñanza que Jesús nos transmite. En primer lugar nos encontramos de nuevo con los escribas, como ejemplo de una actitud errónea en cuanto a la manera de relacionarnos con el Señor. Pues estos, en lugar de ser transmisores del amor de Dios por su pueblo, y de dirigir las miradas de los creyentes hacia Él, preferían concentrar la atención y las miradas ajenas en ellos mismos: “Guardaos de los escribas, que gustan de andar con largas ropas, y aman las salutaciones en las plazas y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas” (v38-39). Por medio de sus vestimentas y actitudes, se esforzaban por impresionar al pueblo, usando la aparente piedad de una religiosidad estricta para convertirse ellos en el centro de atención. Y se situaban igualmente en lugares destacados, entendiendo que era el lugar que les correspondía y que merecían por su supuesta dignidad. En su relación con el Señor, era evidente que no buscaban en primer lugar la gloria de Dios, sino la propia. Torcían así las palabras del Salmista: “No a nosotros, Oh Jehová, no a nosotros, Sino a tu nombre da gloria” (Salmo 115:1). Y los escribas usaban además su posición social para satisfacer su deseos más bajos y carnales: “que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación” (v40). Pues cuando queremos ocultar la gloria de Dios en el mundo y tratamos de sustituirla por la gloria del hombre, el pecado que habita en éste se manifiesta aún con mayor fuerza y evidencia. De ahí lo peligroso de permitir a nuestro ego tomar el control de nuestra vida, olvidando quiénes somos y que nuestro papel aquí debería ser sin embargo el proclamar las maravillas de Dios, y fundamentalmente las que ha llevado a cabo abriendo para nosotros en Cristo las puertas del Reino. Pero precisamente vivimos en una sociedad que ama la vanagloria personal y fomenta el culto a la imagen del hombre. Una sociedad donde Dios ha sido despojado de la gloria que le pertenece y sustituida por la gloria de gobernantes, deportistas, personajes públicos o simplemente por personas dispuestas a exponerse públicamente y a desvelar su vida personal e íntima para arañar un poco de fama. Una época donde cada vez son menos los que miran a Dios, y fijan su atención en el hombre, y donde se hacen ciertas las palabras de San Juan: “Pues amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” (Jn 12: 43). Pero no debe ser así entre nosotros los cristianos, sino que hagamos nuestras las palabras del Apóstol Pedro cuando nos advierte para que seamos personas sencillas, sumisas, y lejos de todo intento de vanagloriarnos en nosotros mismos: “Revestíos de humildad, porque: Dios resiste a los soberbios, Y da gracia a los humildes” (1ª P 5:5). Y aquí de nuevo ¿quién será nuestro modelo sino Cristo mismo?, ¿quién sino aquél que se humilló hasta la muerte por tí y por mí?. “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11:29) nos dice Jesús. No al hombre pues, sino miremos al Señor y oremos también para que este mundo recapacite y vuelva en humildad sus ojos a Cristo: “para que en el nombre de Jesús, se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra y debajo de la tierra” (Fil 2:10).

         Confiando plenamente en el Señor

En la segunda parte de la lectura de hoy, encontramos a Jesús presenciando las donaciones de pueblo judío en el arca de las ofrendas a la entrada del templo. Y ciertamente entre el pueblo había personajes acomodados y ricos que ofrendaban en gran medida. Lo hacían a la vista de todos y ostentosamente, llamando la atención de otros por su supuesta generosidad y devoción.  Pero Jesús en esta ocasión sin embargo, fija su atención en otra escena bien distinta que se desarrolla en el mismo lugar: “Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea, un cuadrante” (v42). Una pobre viuda es aquí el modelo que sirve para presentarnos el enfoque correcto de la relación del creyente con su Dios, en contraste con la actitud de los escribas. Pues esta viuda, junto con los enfermos y los niños, no solo no buscaba alabanza o vanagloria propias, sino que formaba parte del grupo de los débiles y desposeídos de la sociedad de su época. Pues una viuda sin sustento estaba expuesta a la pobreza y la miseria, y más si poseía familia en forma de hijos. Una viuda representaba al elemento más débil de su época: la mujer, expuesta además a la falta de protección familiar y material de un marido. Si difícil era la vida para una mujer en estas condiciones, lo era aún más si ya la había alcanzado la pobreza, señal de que ningún hombre la había vuelto a querer por mujer. Y esta viuda en su humildad sin embargo, no solo no reprimió su ofrenda, justificándola con su situación personal de pobreza, sino que confió plenamente en su Dios y puso su vida entera en sus manos, y es por ello un modelo de fe para el creyente pues: “Los que confían en Jehová son como el monte de Sión, que no se mueve, sino que permanece para siempre” (Sal 125:1).  ¿Cómo está nuestro nivel de confianza en nuestro Dios?, ¿nos entregamos a Él en fe, sea cual sea nuestra situación personal, y confiando en que recibiremos infinitamente más que lo que podamos dar en esta vida?. Estemos atentos sin embargo a que nuestra relación con Dios no se sustente nunca en el interés, en un mero intento de intercambio de fe a cambio de prosperidad y bienestar. No olvidemos que no predicamos la gloria, sino la Cruz, y que nuestra herencia y tesoro no están aquí en esta tierra (Mt 13:44). Y que al igual que la viuda, es posible que Dios se relacione con nosotros también en la pobreza y en la adversidad, y que ello deba ser así. Por tanto, acerquémonos a Dios con confianza, poniendo a sus pies nuestra vida entera, lo que somos y tenemos, en la seguridad de que Él cuida de nosotros, y de que no hay ofrenda pequeña ante el Señor, si nace de un corazón sincero y humilde.

         Nuestra vida entera como Ofrenda

Hemos visto pues que la viuda pobre nos enseña a acercarnos a Dios con humildad y con confianza plenas. Su ofrenda es un testimonio de cómo poner a los pies del Señor nuestra vida y nuestras seguridades. También los cristianos ofrendamos, y ofrendamos igualmente con dinero para sostener la obra del Señor por medio de su Iglesia. Pero tengamos en cuenta que no siempre nuestra ofrenda a Dios debe estar basada específicamente en el dinero, pues nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestras oraciones y nuestra atención al prójimo son también ofrendas aceptables para Dios. Todo aquello que hacemos desde la fe por y para nuestro Creador y nuestro prójimo son ofrendas valiosísimas  que podemos ofrecerle. Sin embargo nuestra relación con Dios puede correr el peligro de relacionamos con Él no a base de máximos como hizo la viuda, sino a base de mínimos: mínimos momentos de oración, mínima escucha de su voluntad en su Palabra, mínima participación y recepción de su perdón en la Santa Cena, mínima ayuda al prójimo, mínima colaboración con la proclamación del Evangelio. O también podemos pretender mantener una relación con Dios basándonos simplemente en lo que nos sobra: orar cuando me sobre tiempo, leer la Palabra cuando me sobre tiempo, asistir a los Oficios cuando me sobre tiempo, ofrendar o ayudar a otros cuando me sobre tiempo y dinero, etc, etc. Al final Dios y el prójimo siempre se llevan las sobras. Y así, podemos dosificar nuestra vida de fe sin interferir nunca en nuestros propios intereses, y por supuesto cómodamente. Pero ¿es esta la relación que Dios quiere mantener con nosotros?. Tengamos en cuenta sin embargo que nuestro Padre actúa justo de la manera contraria respecto a nosotros sus hijos, en una relación no de mínimos ni de sobras, sino de máximos: máxima disponibilidad para escuchar nuestras oraciones y plegarias, máxima presencia de su Espíritu en su Palabra y los Sacramentos (medios de Gracia), máximo Amor y sostén tanto en la prosperidad como en la desgracia, y máxima entrega en la figura de Cristo en la Cruz. Él no escatima nada por nosotros como podemos comprobar. Por tanto, ¿cómo vivimos pues nuestra relación con Dios?, ¿es a base de mínimos y sobras o con entrega y generosidad?. Debemos tener conciencia de que detrás de todo lo que somos o hacemos esta nuestro Creador, y de la importancia de fundamentar nuestra vida en una sana relación con Él. Aprendamos pues de la viuda, con humildad, sin vanagloria personal, con confianza plena y con generosidad para con Dios: “de cierto os digo, esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento (v43-44)”.

         Conclusión

Vivimos en un mundo centrado en sí mismo, donde la búsqueda del placer, la fama y la notoriedad abundan por doquier. Al igual que ocurría con los escribas, la humildad, la sencillez y la alabanza al Creador son sistemáticamente desechados por la búsqueda de la gloria y auto alabanza humanas. Malo será que el hombre crea ser señor absoluto de su destino y no tenga conciencia de su lugar en la creación: “Porque ¿qué es vuestra vida?, ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Stg 4: 14). Jesús sin embargo nos muestra hoy cuál debe ser nuestra actitud como personas de fe: humildad, entrega, confianza plena en el Creador, y sobre todo, ofrendar con nuestra vida entera, con todo lo que somos. Y si el Señor entregó por nosotros a su Hijo amado, ¿le ofreceremos nosotros lo mínimo?, ¿escatimaremos con Él nuestra ofrenda de vida?. Por tanto, “Dad a Jehová la honra debida a su nombre, traed ofrenda, y venid delante de Él” (1 Cr 16:29).¡Que así sea, Amén!                         

                   J. C. G. /  Pastor de IELE/Congregación San Pablo