domingo, 7 de octubre de 2012

19º Domingo de Pentecostés.


“Jesús, el matrimonio y el divorcio”

Antiguo Testamento: Génesis 2:18-25

Nuevo Testamento: Hebreos 2:1-13

Santo Evangelio: Marcos 10:2-16

 

Sin duda este tema puede ser uno de los temas más impopulares que podríamos hablar. Se podría buscar otros temas para predicar, por ejemplo sobre el antiguo Testamento o la Epístola. Pero no podemos dejar pasar por alto el hecho de que el tema de la lectura del Evangelio nos rodea y muchas veces nos toca de cerca. El divorcio nos ha tocado a todos de una u otra manera, con familiares, amigos o personalmente. Todos sabemos de matrimonios rotos, divorcios e infidelidades. ¿Cómo es posible hablar de Dios creando al hombre y a la mujer para estar en una relación de matrimonio para toda la vida sin cargar de culpa a la gente que se ha divorciado? ¿Incluso a los que han tenido problemas en el matrimonio y lo han pensado? Este texto no responde a todas las preguntas que tenemos sobre el matrimonio y el divorcio. Jesús solo dice sólo una cosa al respecto: el divorcio es un pecado.

Nuestro problema. Creo que, si de verdad queremos escuchar lo que Dios tiene que decir al respecto, tenemos que dejar que su Palabra hable. Tenemos que ver lo que Jesús está haciendo en este texto. Tenemos que ver el propósito por el cual dice lo que está diciendo. Observemos primero con la claridad el texto Marcos, allí se nos dice lo que pasa. La primera frase es: “los fariseos y le preguntaron, para tentarle”.

Estas personas, estos fariseos, querían “probar” a Jesús. Es necesario saber que esta pregunta sobre el divorcio era un gran debate teológico en aquellos días. Algunos de los líderes religiosos argumentaban que Dios sólo permite el divorcio por razones de “infidelidad y abandono”. Otros opinaban que el divorcio estaba posible por muchas otras razones, como por ejemplo que “no les gustaba la comida que hacia su mujer”. No tenemos nada que envidiar con las posturas que tenemos hoy día. La pregunta que se plantea es “¿Es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?” Pero sabemos que a los fariseos no les interesaba saber sobre el divorcio y si es legal separarse, sino que estaban poniendo a prueba a Jesús por medio de esta discusión. Ellos quieren atraparlo, ya que cualquier respuesta que pudiera dar o argumentar sería un motivo para crear escandalo y acusarlo de “hereje”. Quieren dejarlo entre la espada y la pared. Pero no es una buena idea la de tratar de atrapar a Jesús en esta clase de retorica, porque en su lugar Él da vuelta esta situación y devuelve la trampa a los fariseos para que ellos sean los que estén en una situación desesperada. Lo hace por medio de una pregunta: “¿Qué os mandó Moisés?” Es una pregunta que se puede responder de manera muy simple: “Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiarla”. El caso parece zanjado y finalizado, pero Jesús va más allá y ahonda en el tema.

Jesús les  cito otra de las cosas que Moisés había escrito por inspiración de Dios: “Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento; pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre. Marcos 10:5-9

 Jesús, en realidad, recuerda una parte diferente de la Biblia, como diciendo “estáis buscando y leyendo en el lugar equivocado”. Ante situaciones complejas, lo mejor es volver a lo básico, hay que volver a los orígenes. Jesús les plantea que antes de hablar de divorcio es necesario hablar de la creación del matrimonio.

Dios creó al hombre y a la mujer para unirse en matrimonio para toda la vida, siendo una sola carne. En su creación Dios no permite el divorcio por algún motivo en particular,  no se permite el divorcio en absoluto. Así es como Jesús pone el razonamiento humano patas para arriba.

Escuchamos a Jesús y nos estremecemos al igual que lo hicieron los fariseos. Los fariseos querían conocer las excepciones a las reglas de Dios. Nosotros también queremos saber las excepciones a las reglas de Dios. Por eso preguntamos: “¿Qué pasa cuando el cónyuge es infiel? ¿Qué pasa cuando un matrimonio es realmente malo y dañino? ¿Qué pasa cuando la vida de una mujer está en peligro? ¿Qué pasa cuando yo no la quiero? ¿Y qué si.…?” Pero Jesús no responde a todas estas preguntas. Él no habla de todas las situaciones pecaminosas que pueden acontecer en el matrimonio, no va a las cosas rotas, a lo egoístas que somos los seres humanos, a  las violencias psíquicas, emocionales y físicas que puede haber en las relaciones. Él no está hablando de cómo el pecado destruye lo que Dios ha unido. Él está hablando acerca de cómo Dios diseñó la unión permanente del matrimonio. Él está hablando sobre lo que Dios quiere para los casados.

Lo que tenemos en común con los fariseos es que queremos hablar de excepciones. Queremos saber cuándo podemos divorciarnos. Queremos saber cómo hacerlo correctamente y de manera legal ante Dios. Pero muchas cosas en nuestro entorno son “legales o licitas”. La pornografía es legal. El aborto es legal. El matrimonio homosexual es legal. La cosa es que, sólo porque sea legal no significa que sea correcto ante Dios.

Jesús respondió desde la creación perfecta del mundo. La respuesta de Dios es: No lo hagas, nunca. En otras palabras el divorcio nunca es la voluntad de Dios para el matrimonio. Esto no quiere decir que el divorcio nunca pueda suceder. Pero este no es el punto que Jesús trata aquí. No se puede entrar en una discusión de “excepciones” sin hablar sobre la elección entre males. A veces tenemos que aceptar el divorcio como el menor de dos males. A veces, en este mundo por causa del pecado el divorcio será una realidad. Pero el divorcio siempre es pecaminoso. El problema es que todo el mundo piensa que su situación puede llegar a encajar dentro de las excepciones y en lugar de utilizar el divorcio como un mal menor, el pecado más pequeño se convierte en el más grande. Jesús pasa por alto toda discusión sobre las excepciones. Pero nosotros todavía queremos averiguar más. Queremos justificarnos a nosotros mismos, a nuestros familiares, a veces incluso a nuestros hijos. Pues bien, los discípulos tenían las mismas preguntas. Más tarde, al estar solos con Jesús, le repiten nuevamente la pregunta. Y Jesús les da otra respuesta muy clara. Él les dijo: “Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio. Marcos 10:11-12.

Jesús lo dice aún más claramente. Lo dice incluso con más fuerza y lo más políticamente incorrecto. Tal vez Jesús ponga todo tu mundo patas arriba y comiences a preguntar: “Bueno pero… ¿qué pasa con esta situación o una situación así?” Jesús sólo nos dice lo que Dios espera. Para nosotros es difícil escuchar esto, porque nos muestra que estamos en serios problemas. Esta es la ley de Dios, que nos mira directamente a la cara. Queremos usar el regalo del matrimonio de manera distinta a como Dios nos lo da. Dios es el creador del matrimonio y es quien nos da las indicaciones para usarlos y tratarlo de la mejor manera, a fin de que dure y cumpla la función para lo cual fue creado. Pero siempre volvemos a la caída de Adan y Eva. Es la esencia del pecado, querer saber más que Dios. Es el centro mismo del pecado decir que queremos decidir por nosotros mismos lo que es mejor para nosotros. Estamos queriendo ser un dios para nosotros mismos. Ese es el pecado que habita en nuestros corazones. Por supuesto, que nuestros pecados no son sólo en relación con el matrimonio. Queremos tener el control de cada aspecto de nuestras vidas. Queremos ser capaces de tener rencor a un hermano o familiar, porque piensan de manera diferente sobre las cosas que hacemos. Queremos ser capaces de llegar a un acuerdo con nuestros vecinos sobre cuestiones morales incluso cuando no están de acuerdo con la Escritura. Queremos ser capaces de engañar un poquito sobre las fabulosas ofertas de un determinado negocio para hacerlas más rentables. Queremos ser capaces de hablar acerca de cómo otros miembros de la iglesia no viven de acuerdo a nuestras expectativas, sin reconocer que nosotros no vivimos según las expectativas de Dios. En nuestra vida y en nuestro matrimonio el problema no son los pecados que cometemos, es el pecado que está en nuestros corazones y la dureza de nuestro corazón para pedir perdón por ello. Es querer decidir por nosotros mismos lo que está bien o mal, queremos ser nuestro propio dios. Ese es el pecado que nos separará del verdadero Dios para siempre y si no fuera por nuestro Salvador, Jesús, estaríamos esclavizados por este tipo de pensamientos por siempre. Una de las formas que nos pueden ayudar a entender exactamente lo que Jesús ha hecho por nosotros para poner fin a nuestra separación es buscar en como Dios quiere que sea para nosotros el matrimonio. Eso es lo que Pablo hace en su carta a los Efesios.

Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Efesios 5:22-27

Cuando vivimos el matrimonio como Dios lo estableció, tenemos una imagen del amor de Dios y el perdón de Jesús. El perdón en Jesucristo es el fundamento de un buen y exitoso matrimonio. Se trata de mujeres que se someten a sus maridos y de maridos que aman a sus esposas... “como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella”.

El perdón es la base de nuestra relación con Dios. Así como Pablo dice, todo se basa en lo que Cristo hizo por nosotros. Él nos santifica, mediante la limpieza con agua y su Palabra. Estar bautizado es ser incorporado como miembro de la iglesia, la novia de Cristo. Pablo dice que Cristo se entregó por la Iglesia, su Esposa. Eso habla de la cruz. El marido da su vida por su novia, para protegerla, para mantener su bienestar por encima del suyo, sacrifica todo por ella. Eso es lo que hizo Jesús. Nuestro pecado, nuestro rechazo al control de Dios sobre nuestras vidas merece un divorcio permanente de parte de Dios. Pero Jesús nos lleva a Dios como su novia perfecta porque él tomó nuestro lugar en el castigo y condena. Él lleva a cabo nuestro bienestar por encima del suyo, sacrifica su vida por la nuestra. Sufre la separación permanente de Dios en la cruz, por eso grita “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Mateo 27:46. Por eso, cuando Dios nos busque en el juicio sólo verá que hemos sido lavados, que somos “sin mancha ni arruga ni cosa semejante”, que somos “santos y sin mancha” gracias a la entrega de Jesús.

Hay un montón de cosas para decir sobre el matrimonio en estos días, pero ninguna tan importante es la imagen que Dios nos da como forma de entender su relación con nosotros en Jesús. A causa de lo que Jesús ha hecho por nosotros, es que no queremos entender el matrimonio de otra manera a la forma que Dios lo define. A causa de lo que Jesús ha hecho por nosotros queremos someternos a la voluntad de Dios para nuestras vidas y nuestros matrimonios. A causa de lo que Jesús ha hecho tenemos una relación para siempre con Dios, mediante la fe en Cristo Jesús. Amen.

Pastor Gustavo Lavia