domingo, 9 de diciembre de 2012

2º Domingo de Adviento.


 ”Preparándonos para un tiempo nuevo ”

 

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

 

Primera Lección: Malaquías 3:1-7b

Segunda Lección: Filipenses 1:2-11

El Evangelio: Lucas 3:1-14 (15-20)

Sermón

         Introducción

Nos encontramos en pleno periodo de Adviento, en su ecuador concretamente, y caminando hacia la consumación de esta espera que desembocará en la celebración de la llegada de Nuestro Salvador a la tierra. Un tiempo de preparación para la llegada del Verbo encarnado al mundo, pero muy adecuado igualmente para reflexionar sobre nuestra situación espiritual, y que al igual que Juan el Bautista, nos llama a prepararnos adecuadamente para este acontecimiento. Un período para mirar tanto a nuestro interior como a aquella realidad necesitada de compasión que nos rodea. Porque esperar a Cristo implica también ordenar nuestro corazón, restaurar aquello que hemos dañado, si fuera necesario, e identificar dónde se halla cómodo el pecado en nuestra vida, y si ésta es un reflejo del Amor de Dios por nosotros. El Adviento, esta espera confiada, no es un tiempo pasivo, sino de acción meditada. El Verbo hecho carne es el regalo de Dios al mundo, su Buena Noticia, pero al mismo tiempo no debemos olvidar que este mismo Verbo habita ya en nosotros (Gal 2:20), y que en estas fechas, quiere hacerse presente también en nuestro mundo a través nuestro.

         Llamados a la conversión verdadera

Existen dos maneras muy diferentes de buscar el perdón de Dios, y que difieren mucho en el fondo: por un lado podemos pedir la misericordia divina sólo por el temor a las consecuencias de nuestros actos pecaminosos, pero sin una conciencia arrepentida y tratando además de justificarnos, o podemos acercarnos en humildad con un sincero pesar por haber quebrantado la voluntad de nuestro Dios. La búsqueda del perdón es la misma, pero no así la motivación. En el Evangelio de hoy nos encontramos a Juan el Bautista anunciando al Mesías, al Cristo, y llamando al pueblo al arrepentimiento: “Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados” (v3). Llamaba a las multitudes y éstas respondían buscando el bautismo. Pero Juan sabía que entre estos judíos, muchos acudían sin un arrepentimiento sincero, y más bien tratando simplemente de eludir el castigo a sus malas acciones, y se lo reprendía duramente: “¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” (v7). Porque en el fondo de sus corazones, creían estar justificados ante Dios por su condición de hijos de Abraham, de ser parte del pueblo elegido. Y si bien es cierto que lo eran, también habían dejado de escuchar la voz de su Dios, sustituyéndola por su orgullo y su prepotencia religiosa. Y no podían alegar que Dios no les había advertido que su raza y su descendencia de Abraham, no les serviría si no transformaban antes su corazón: “Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios“ (Jl 2:13). Juan conocía bien a este pueblo, y les advirtió claramente que Dios puede engendrar a sus hijos, no ya sólo de sangre, sino de todos aquellos que sirven a su voluntad: “Haced pues frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre, porque os digo que Dios puede levantar hijos de Abraham aun de estas piedras” (v8). Porque ante Dios no hay preferencias por causa de raza o pertenencia a un grupo determinado, y el cristiano debe vivir con cuidado de no caer en el error que cayó el pueblo de Israel. Nosotros somos también su pueblo, sí, pero sólo en tanto que sigamos amando su Palabra, haciendo nuestra Su voluntad y poniendo nuestra fe en las promesas que Él ha llevado ha cabo en Cristo Jesús. Y aún así debemos revisar constantemente nuestra vida, donde ciertamente abundarán los errores cada día, pero evitando particularmente el confiar en nuestra condición de cristianos, de Hijos de Dios, para justificar o transigir con ninguno de ellos. Dios quiere corazones sinceros, doloridos por el pecado y purificados por medio del arrepentimiento, y siendo así, Él es también infinitamente misericordioso para perdonarnos  por medio de la sangre de su Hijo (1 Jn 2:1). En estas fechas de Adviento, Dios nos llama también a renovar nuestros corazones, a analizar y reflexionar sobre la vida que vivimos y cómo la vivimos. Ahora es el tiempo en que nuestro Dios nos dice: “Temblad, y no pequéis; Meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama, y callad. Ofreced sacrificios de justicia, Y confiad en Jehová” (Sal 4:4-5). Confiemos pues en Jehová, ¡ciertamente Él no nos fallará!.

         Los frutos del arrepentimiento

 Juan exhortaba al pueblo a acercarse a su Dios con un corazón recto y sincero, lejos de cualquier pretendida justificación ante el pecado. Pero además los llamaba a una transformación activa de sus vidas y mentes (metanoia), y no a una mera actitud piadosa externa: “Haced pues frutos dignos de arrepentimiento” (v8). Sabemos que la conversión implica el arrepentimiento previo a causa de sabernos transgresores de la Ley de Dios en nuestras vidas, seguida de la fe en las promesas divinas de restauración y perdón. Y esta fe cuando arraiga en un corazón arrepentido, produce igualmente frutos, ¡nunca es estéril!.  Porque aquello por lo que un árbol está lleno de vida, lo que lo anima y le da vida es la savia que corre por sus tallos. Y de igual manera, lo que vivifica al creyente, lo que lo sostiene fuerte y vivo es la fe en las promesas de Dios que anida en su corazón. Y la fe, al igual que la savia de un árbol, produce siempre frutos maravillosos y agradables. Una fe tal no puede, como nos enseña el Apóstol Santiago, ser estéril: “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Stg 2:17).Y por ello el Bautista llama al pueblo a producir estos frutos que provienen en el fondo de la fe en las promesas divinas, y que deben repercutir en aquello que debemos amar más después del mismo Dios (Lc 10:27): el prójimo. “El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo” (v11). También para aquellos que ostentan cierto poder sobre otros tiene Juan palabras de exhortación. A los publicanos: “No exijáis más de lo que os está ordenado” (v13); y a los soldados: “No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario” (v14). Corazones renovados llevan implícitos vidas renovadas y actitudes llenas de compasión y Amor. Estos son los frutos que se esperan de nosotros, y que deben fluir sin esfuerzo y sobreabundar en nuestras vidas (Gal 5:6). Y esta vida activa en la misericordia es uno de los resultados más provechosos de la meditación del Adviento, donde fijamos nuestra mirada en la obra misericordiosa que Dios llevó a cabo igualmente por todos nosotros con la venida de Cristo a la Tierra. Pues esperamos, sí, pero no en una espera egoísta centrada en nosotros mismos, sino en una espera también para el mundo entero, y especialmente para todos aquellos que aún deben ser alcanzados por la Buena Noticia del Amor y el perdón de Dios en Jesucristo, pues: “no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn 2:17). Por ello en este tiempo tan especial, debemos afinar nuestra sensibilidad en un doble sentido. Por un lado como se ha dicho, vivimos esta etapa como una oportunidad para trabajar y pulir aquellos aspectos de nuestra relación con Dios que lo requieren, de aquellas cosas que necesitan ser mejoradas con la ayuda del Espíritu Santo. Y por otro, es un tiempo para fijar nuestra atención más si cabe en nuestra relación con el prójimo, con aquellos que son los receptores del Amor de Cristo que fluye en nosotros hacia ellos. Estos son los frutos dignos de aquellos que han sido justificados en la Cruz.

         Anunciando la llegada de un tiempo nuevo

Tras la llamada del Bautista a un acercamiento sincero a Dios, con corazones humillados y a producir los frutos de la conversión, el pueblo de Israel estaba aún desconcertado con las palabras que escuchaban, pues estas anunciaban la llegada de un tiempo distinto, de un cambio radical: “Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego” (v9). No son palabras para tomarlas a la ligera ciertamente, pues describen el fin de la complacencia egoísta, de un relación con Dios a medias, de auto justificarnos para al fín, relegar la Ley de Dios a servidora de nuestros intereses personales. Juan proclama que el juego del ser humano con su Creador ha llegado a su fín. Se acerca un cambio que nos trae un fuego purificador, que destruirá lo desechable y purificará lo que debe ser conservado: “Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará” (v17). Y nosotros, ciudadanos de este siglo XXI, no nos hallamos en confusión como aquellos judios (v15), pues sabemos que este cambio, este tiempo llega al mundo en la figura de Jesucristo y de ningún otro, y que si bien las palabras de Juan parecen amenazadoras y preocupantes, en realidad para el creyente no son sino palabras que anuncian un momento mejor, una Buena Noticia: “Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba las buenas nuevas al pueblo” (v18). Aparentemente sin embargo, cuando miramos en estas fechas al mundo, con sus guerras, su caos financiero y sus muchos pecados pasados y presentes, pudiera parecernos que nada ha cambiado y que las palabras de Juan no tuvieron un cumplimiento pleno. Pero si pensamos así ciertamente nos engañaremos, pues una fuerza nueva recorre la Tierra desde que Jesús fue inmaculadamente concebido (Lc 1:31), un poder que no se basa en la fuerza o inteligencia humanas para cambiar el signo de los tiempos, sino en “Espíritu Santo y fuego” (v16). Este Espíritu Santo y este fuego actúan en el mundo desde entonces, tocando los corazones de aquellos que son transformados y en los que brota la fe salvadora. Estos son los que “no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn 1:13). Vivimos pues inmersos en este tiempo nuevo, tiempo de meditación, arrepentimiento y conversión , y donde muchos de nuevo recibirán en su corazón la Palabra de su Dios diciéndoles: “En tiempo aceptable te he oído, y en día de salvación te he socorrido, he aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Cor 6:2).

         Conclusión

En estas fechas las calles se llenan ya de luces, como anticipo de la llegada del tiempo de Navidad. Pero aún estamos en este tiempo destacado de Adviento, y en este periodo de espera nos preparamos para celebrar la llegada de la salvación a este mundo. Y para los que han puesto su fe en esta salvación fruto de la gracia y la misericordia divinas, también es tiempo para preparar nuestros corazones y revisar nuestra vida de fe y sus frutos. Preparémonos con este espíritu pues para el gran milagro de la encarnación de Dios, y como María, meditemos también estos misterios en nuestro corazón (Lc 2:19). Nuestro Dios está próximo, “El es quien preservó la vida a nuestra alma, y no permitió que nuestros pies resbalasen” (Sal 66: 9). .¡Que así sea, Amén!                                                       

J. C. G.
Pastor de IELE/Congregación San Pablo