sábado, 22 de diciembre de 2012

4º Domingo de Adviento.


 

”Un corazón que canta las maravillas de nuestro Dios”

 

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                     

 

Primera Lección: Miqueas 5:2-5a

Segunda Lección: Hebreos 10:5-10

El Evangelio: Lucas 1:39-45 (46-56)

Sermón

         Introducción

Llegamos hoy al último Domingo del Adviento, con la mirada puesta en el tiempo de Navidad que ya podemos percibir cercano. Hemos atravesado este período de preparación y ansiamos celebrar una vez más que Dios amó tanto al mundo que envió a Su Hijo para salvarlo (Jn 3:16). Y teniendo probablemente muchos motivos para alegrarnos en la vida y dar gracias a Dios, es éste sin embargo el más importante y trascendente para nosotros. Y por ello en estas fechas proclamamos las grandezas de nuestro Dios, dando testimonio de nuestra fe y esforzándonos más si cabe en llevar a otros la Paz y el Amor de Dios en Cristo que sobrepasan todo entendimiento (Fil 4:7).

         Un corazón lleno del Espíritu Santo proclama a Cristo

Proclamar las grandezas de nuestro Dios, es algo que no debería ser ajeno a cualquier creyente. Podemos encontrar en la Palabra a personas que sabiéndose bendecidas por el Señor en sus vidas, y aún en los momentos más difíciles, manifestaron su reconocimiento y alabanza más profundos por la acción del Creador en sus vidas. Así, podemos encontrar en el primer libro de Samuel el Cántico de Ana, en agradecimiento por el nacimiento de su hijo el profeta Samuel (1º Sam 2:1-10), la profecía de Zacarías en el mismo Evangelio de Lucas (Lc 1:67-79), alabando a Dios por el cumplimiento de sus promesas de salvación en Jesús, o la propia oración de Simeón, bendiciendo a Dios por haber conocido a Cristo mismo, como el Mesías prometido (Lc 2:25-32). Ciertamente no habría horas en el día suficientes para cantar las maravillas de la creación y de su artífice divino. Y en la lectura de hoy nos encontramos con uno de estos cantos excelentes e inspiradores, que resumen de manera perfecta el reconocimiento a Dios por su misericordia con nosotros y el cumplimiento de sus promesas. Un canto de María, conocido por la traducción al latín de su primera palabra: el Magnificat. Meditemos ahora en el texto del Evangelio, y en la riqueza enorme de esta Palabra de Dios:

“En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet. Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre” (v39-42). Si analizamos detenidamente el texto del Evangelio, veremos que en este encuentro entre Elisabet y su prima María, hace acto de presencia aquél que eleva el espíritu y llena de gozo y testimonio el corazón humano (Jn 15:26): el Espíritu Santo. Y su primera aparición aquí, provoca un doble reconocimiento: por una parte la presencia de Cristo trae al propio Espíritu para dar testimonio de Él, como fruto bendito de las promesas de Dios para su pueblo. Y por otro lado, ¡qué grande y maravilloso misterio!, un niño no nacido aún que salta en un vientre, y que no es otro que Juan el Bautista, que ya proclama a Cristo incluso antes de ver la luz en el nacimiento, pues el Espíritu Santo derrama la alegría que percibe que la salvación de Dios está cerca. Y es que esta presencia de Jesús en la vida de los hombres, irrumpe como savia fresca que renueva lo reseco, como agua que fecunda la tierra sedienta, como Vida para los que moran en las tinieblas. Así el hombre, cuando es tocado por la gracia y la misericordia divinas y liberado de la oscuridad del pecado y la falta de esperanza que atenaza a aquellos que viven lejos de Dios, no puede sino cantar las maravillas del Creador. Y estos hombres y mujeres, son entonces llenos del Espíritu Santo, y ya no ven la realidad de sus vidas con los ojos de su egoísmo, sus prejuicios y su incredulidad, sino que son capaces de mirar a su alrededor con la visión de Dios, estando ya vivificados en Cristo. Así una vez más Dios lleva a cumplimiento sus promesas para con nosotros: “Por tu nombre, oh Jehová, me vivificarás; por tu justicia sacarás mi alma de angustia” (Sal 143:11). Y ciertamente la justicia de Jehová vivifica al hombre, una justicia que no lleva el sello humano, sino de Dios y que ya sentimos próxima como Juan en el vientre de Elisabet. También nosotros nos sentimos inquietos, con corazones palpitantes, pues la justicia de Dios que es Cristo mismo se acerca,. Una justicia a la que no hay que temer, sino desear; una justicia que el Espíritu lleva al corazón de los creyentes: “la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” (Rom 3: 22). ¿Sientes ya próxima esta justicia?, ¿palpita tu corazón de júbilo, como el de Juan, en la inminencia de la salvación que llega a tu vida?.

“¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?. Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor. Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador” (v43-47). La alegría de Elisabet es la alegría de cada uno de nosotros cuando en nuestras limitaciones percibimos la cercanía de Dios en nuestras vidas, y de las bendiciones que Él derrama. Y ante esta realidad el creyente exclama como ella: ¿Por qué se me concede esto a mí, pobre pecador?, y ¿cómo es posible que cuando me hallaba perdido, el Señor fijó en mí su mirada y en lugar de aplicarme el justo castigo por mis pecados vino a mí, tendió su mano y me ofreció su Amor infinito?. Y no debemos extrañarnos, aun cuando no lo comprendamos, que el Creador haya trascendido nuestra bajeza y cubierto con el manto de la justicia de Cristo. Tal es nuestro Dios, Padre misericordioso, que nunca abandona a sus ovejas extraviadas. Y cuando sucede esto, el Espíritu nos hace regocijarnos en el Señor, pues ¿en qué otra cosa aparte de nuestro Dios podremos tener gozo pleno  en esta vida?, ¿y qué nos dará más satisfacción y alegría que la presencia constante de Cristo junto a nosotros?. La vida está llena de dolor, sufrimiento y contradicciones, y si bien también existen momentos de alegría, el pecado y sus consecuencias están siempre al acecho (1ª P 5:8). Y de entre estas consecuencias una es la principal amenaza para el hombre: la separación eterna de Dios, el destierro del Reino del Padre. Pero ahora el Verbo encarnado ha roto esta maldición que la Ley declaraba sobre nosotros por medio de un nuevo pacto en la fe: “pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gal 3: 26).¡Bienaventurados pues los que creyeron, pues la salvación prometida viene a ellos!.

“Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre. Y su misericordia de generación en generación a los que le temen.” (v48-50). Ciertamente si el Señor mirase nuestro corazón no mereceríamos otra cosa que su repudio; sin embargo Él no busca otra cosa que nuestra conversión, para que podamos recibir la mirada de su Amor infinito y experimentar la gracia que es en Cristo Jesús: “Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová, convertíos pues y viviréis” (Ez 18:32). Siempre está presto a aplicar su misericordia a aquellos en cuyos corazones se atesora el temor a Dios. Sin embargo, ¿busca el mundo el rostro de Dios?, ¿teme al Creador, no con el temor que distancia y asusta sino con el temor reverente de aquello que nos parece infinitamente Santo y Omnipotente?. El hombre cree ser sabio, y vivimos en una época donde predomina la razón y la inteligencia, pero la propia Palabra nos advierte que: “El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia” (Prov 9: 10). Somos pecadores, lo sabemos, pero tenemos temor de Dios y este temor nos hace reconocer lo que somos ante el Padre y arrepentirnos de todo lo que sabemos que nos distancia de Él. Pero no nos quedamos aquí, ni desesperamos por ello, sino que inmediatamente después del arrepentimiento, los corazones convertidos experimentan la gracia y la misericordia sanadora de sabernos perdonados. El Señor mira nuestra bajeza, pero para cubrirla con la sangre de Cristo. ¡Ciertamente hace grandes cosas el Poderoso por nosotros¡.

“Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos. Socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia, de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre. Y se quedó María con ella como tres meses; después se volvió a su casa” (v51-55). El mundo cree vivir una vida auto suficiente, donde el ser humano es señor de la Historia y los acontecimientos. Sin embargo, ¡qué error más grande es tener esta visión!. Pues el Creador de este mundo es quien rige sus caminos y su destino aplicando su propia lógica que es muy diferente a la humana: “Porque mis pensamientos nos son vuestros pensamientos, ni mis caminos vuestros caminos” (Is 55:8). Y en la lógica de Dios, la soberbia, al ansia de poder, la avaricia, y todo aquello que abunda en la carne, precisamente todo esto no tiene cabida. ¿Hay poderosos, soberbios, avaros y mentirosos?: sin duda, ¿permanecen o incluso “triunfan” en la vida?: sólo por un tiempo. El mal existe ciertamente entre nosotros, y no siempre la vida nos parece justa y lógica según los valores del Reino, pero descansamos en la seguridad de que nuestro Dios, el Señor de la vida, es infinitamente justo y que su justicia ha llegado a su cumplimiento en Cristo Jesús. Una justicia que ya se está cumpliendo, y donde los que no han resistido la acción del Espíritu en sus corazones y en arrepentimiento han recibido el don de la fe, son ahora contados entre los herederos del Padre. Y esta herencia les será tenida en cuenta cuando Cristo vuelva a proclamar el decreto donde la lógica de este mundo quedará desterrada por siempre. Ahora pues, es tiempo de batalla en esta vida, de resistir y sobre todo de buscar la victoria en la fe, pues: “el que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo” (Ap 21: 7).

         Conclusión

El Salvador está cerca, y ello nos anima y vivifica haciendo que nuestro corazón se fortalezca por encima de los problemas y dificultades que podamos enfrentar. El Espíritu anida en nosotros por medio de la fe, y ello hace que cantemos la grandeza y maravillas de nuestro Dios. El brazo del Señor ciertamente hace proezas cada día, y es tiempo ahora de afinar nuestra visión para ser capaces de percibirlas. Y la mayor de todas es la presencia de Cristo en nuestras vidas, la cual nos convierte como a Elisabet, como a Juan, como a María y como a tantos santos de la Historia, en testigos aquí y ahora del perdón y la salvación que son en Cristo Jesús.

¡Magnificat anima mea Dominum!, ¡Engrandece mi alma al Señor!. ¡Que así sea, Amén!                                                          

J.C.G. /
Pastor de IELE/
Congregación San Pablo