domingo, 29 de septiembre de 2013
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA 29-09-2013
Primera Lección: Daniel 10:10-14, 12:1-3
Segunda Lección: Apocalipsis 12:7-12
El Evangelio: Mateo 18:1-11
“¿Reinos y grandeza?”
I. La grandeza en el reino de Dios
¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Eso es lo que los discípulos quieren saber. Esta discusión sucede varias veces en los Evangelios y la pregunta la podemos interpretar de diferentes maneras.
Una interpretación negativa sería que esté relacionada a la ambición de poder. En ese caso el centro de la pregunta es: “Señor, vemos que eres muy poderoso, por lo que queremos ser parte de tu reino. Queremos tener parte de ese poder para nosotros, porque nos gusta el respeto y el reconocimiento que trae. Entonces, ¿cómo podemos ser grandes y poderosos como tú?” La interpretación positiva sería en el sentido de una búsqueda de la excelencia, de querer sacar el máximo provecho de ser un seguidor de Jesús. En ese caso, la pregunta sería algo así como “Señor, queremos ser los mejores discípulos que puedas tener. ¿Cómo podemos hacer esto?”
Sea cual sea la carga de la pregunta, Jesús responde llamando a un niño hacia él y diciendo a sus discípulos: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos”.
Tenemos que aclarar qué significa y qué no significa esto. No se trata de comportamiento, Jesús no está diciendo, “Tienes que dejar de ser adulto y empezar a ser respetuoso y obediente como este pequeño niño”. De hecho, no tenemos idea de cómo ese niño ha estado comportándose, puede haber sido un terror para sus padres la mayor parte del tiempo. Algunos niños se comportan mejor que otros. Jesús no está hablando de la inocencia o la bondad de los niños. Él no está diciendo: “Dadas las condiciones de los niños, tenéis que limpiar vuestras mentes, deshacerse de las sospechas y empezar a actuar como personas ingenuas, como los niños que una vez fueron”. En el mundo antiguo, con sus realidades de esclavitud, el infanticidio y la violencia, es muy discutible cómo podría ser un niño. Por lo tanto Jesús no está hablando acerca de la conducta o la inocencia de los niños. Él está hablando de algo completamente distinto. Para establecer el escenario, consideremos el niño en el texto. En primer lugar no hay nada en el griego que nos diga que el niño no sea una niña. Ahora, esto sí que sería una sorpresa para los discípulos y serviría a los fines de Jesús así: si quieres ser grande en el reino de los cielos, se igual a esta niña. En el tiempo de Jesús, las niñas no tenían ningún poder en la sociedad. No tienen derechos, no recibirán herencia. Tenían que ser protegidas de algunos hombres hasta que alcanzaban la edad adecuada y luego eran casadas con alguien sin tener mucho que decir en el asunto. Ningún derecho, ni poder, ni riqueza, no decidían cómo serían sus vidas: ¿cómo alguien así puede ser grande en el Reino de los cielos?
Debido a que la grandeza en el reino de los cielos es completamente diferente a la grandeza de los reinos de este mundo. La grandeza en el reino de los cielos se mide en términos de necesidad, debilidad y vulnerabilidad. Vale la pena repetirlo: el mayor en el reino de los cielos es el más necesitado, más débil y más vulnerable. ¿Por qué? Porque el más necesitado, más débil y más vulnerable es el que va a confiar en Cristo con todo su ser. Considere la posibilidad de un niño y una niña en la época de Cristo. El muchacho se levantó con el conocimiento de que él va a tener derechos, tal vez recibirá una herencia y tiene potencial para mejorar su situación por lo que trabaja duro para ello. Por ser quien es, su destino es algo para él, por lo menos mucho más que su hermana. Sin derechos, poder, riqueza o algo que decir en su vida, la niña es vulnerable: no tiene más remedio que confiar en sus padres durante su infancia y luego confiar en su marido cuando está casada. Por supuesto, para la chica en los reinos de este mundo puede funcionar bien o no, porque en los que ella debe confiar son personas imperfectas: sus padres pueden ser crueles y su marido podría ser un cerdo. Pero cuando se trata del reino de los cielos, en quien debemos confiar es totalmente digno de confianza, porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia.
El que está en el reino de los cielos, es una persona de las más necesitadas, las más débiles y las más vulnerables, es quien va a confiar en Cristo, porque no tiene nada más en qué confiar y el que confía en Cristo es el más grande es el reino de los cielos. Tú eres de los más necesitados, de los más débiles y de los más vulnerables en el reino de los cielos. Pero tú puedes sentir y creer otra cosa, así que vamos a hacer un breve cuestionario: ¿Eres santo y perfecto sin Cristo? No. Eso te hace pobre en justicia y santidad. ¿Eres pecador? Sí. Eso te hace demasiado débil para salvarte a ti mismo. ¿Puede levantarte a sí mismo de entre los muertos? No. Eso te hace vulnerable a la muerte y el infierno.
Esto es el motivo por el cual vives una vida de arrepentimiento, confesando tus pecados. Por esto sigues diciendo: “Yo no puedo salvarme a mí mismo, pero Jesús es mi Salvador”. Por eso, cuando se trata de tus acciones, dices con Pablo “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Y es por eso que nos maravillamos y expresamos nuestra acción de gracias por esta asombrosa verdad: el mayor en el reino de los cielos es Jesucristo. ¿Esto implicaría afirmar que Jesús es el más necesitado, más débil y más vulnerable? Sí, en la cruz. Como quien lleva los pecados de todos en el Calvario, allí Jesús es el más necesitado y el más injusto, el más débil, el más pecador y el más vulnerable. Sufre la muerte y el infierno por todos. Confiesa esto con sus palabras: “Tengo sed” y “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Hasta el momento, la Ley afirmaba que tú eras el más necesitado, el más débil pecador, el más vulnerable y que nunca podrías entrar en el reino de los cielos. El Evangelio es que Jesús se convirtió en el más necesitado pecador, débil y vulnerable en tu lugar para que el reino de los cielos sea tuyo. Como redimidos, a vivir una vida diciendo: “Por naturaleza, sigo siendo necesitado, débil y vulnerable. Es por eso que necesitamos a Cristo, su gracia y su victoria sobre el pecado y la muerte”. Esto prepara el escenario para el resto de nuestro texto.
En el reino de este mundo, obtienes grandeza aprovechándote de las debilidades de tu oponente, y en una vista previa a la segunda parte de este sermón, y no es necesariamente una mala cosa. Pero en el reino de los cielos, está prohibido. Esa es la razón por la que Jesús dice: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños”. En el reino de este mundo, la debilidad es rechazada y despreciada. Es curioso ver en los colegios como se arman los equipos para competir entre compañeros. Nadie quiere a los patosos, a los que no son atléticos. Imaginaos como es la selección en un nivel más profesional. Se dice que la cadena en este mundo es tan fuerte como el eslabón más débil, por lo que la debilidad es despreciada y evitada. Si una oveja se pierde, es probable que los lobos se la fueran a comer de todos modos. Pero no es así en el reino de los cielos. Si una oveja se pierde, Cristo va tras ella. ¿Por qué? Debido a las ovejas que dicen: “Estoy perdida”, son las que saben que son vulnerables y necesitan del Pastor. Y por eso Jesús sigue hablando de la disciplina eclesiástica, sobre qué hacer cuando tu hermano peca contra ti. Si tu hermano se niega a arrepentirse es porque dice: “Yo no soy tan débil. Yo puedo tener este pecado y ser bueno con Dios. El resto de vosotros sois demasiados débiles para vivir el pecado sin arrepentimiento en sus vida, pero yo puedo manejarlo”. Cuando un cristiano no se arrepiente, sus hermanos y hermanas en Cristo, van hacia él y le dicen: “Está engañándote a ti mismo. No eres fuerte, sólo estas engañado. Confiesa tu pecado y confía en Cristo, para que puedas estar en el reino de los cielos una vez más.” En el reino de este mundo, la cadena es tan fuerte como su eslabón más débil. En el reino de los cielos, el más grande es el más vulnerable de todos. Si vas a ser grande en el reino de los cielos necesitas ser como un niño pequeño.
Ora y sigue adelante
Habiendo dicho todo esto, también debes darte cuenta de que, como cristiano, te encuentras actualmente en dos reinos, estás tanto en el reino de los cielos como en el reino de este mundo. El reino de Dios es un reino de gracia, donde se te dan todas las cosas buenas. El reino de este mundo es un reino de la ley, en la que trabajas para obtener ganancias. Cuando se trata del reino de los cielos, se vive como uno que es débil y depende completamente de la gracia de Cristo. Cuando se trata de reino del mundo, tienes que dar todo lo que tienes.
Así que hay que aplicar un excelente proverbio ruso: orar duro y seguir remando. Confiesa tus pecados y debilidades ante Dios y luego haz todo lo que puedas en la medida de tus capacidades en este mundo. Sería un error terrible para, por ejemplo, un estudiante de la escuela secundaria decir: “Ya que el pastor dijo que soy débil, ni siquiera voy a tratar de pasar Algebra porque soy cristiano”. Sería un error para un cristiano decir: “Como yo soy necesitado y Dios provee todo, ni siquiera voy a tratar de ganarme la vida, sino que voy a vivir del trabajo de los demás”, o para un padre que decir: “Como yo soy un pobre y miserable pecador, ni siquiera voy a tratar de criar a mis niños”. También sería erróneo decir que los cristianos no deben aspirar a posiciones de liderazgo en este mundo, ya que deben mantener su vulnerabilidad. Estos son más que errores, estos son ejemplos de falsa doctrina, una confusión de vivir en dos reinos. He aquí cómo funciona la naturaleza pecaminosa para que las cosas queden totalmente al revés: en la naturaleza, la gente quiere trabajar por un lugar en el cielo y al mismo tiempo conseguir cosas gratis en este mundo sin mover un dedo por ellas. Eso es precisamente lo contrario de cómo Dios ordenó que las cosas sean.
Dios ordenó este mundo para que funcione conforme a su ley. Esto es así antes de la caída en pecado. Él le dio a Adán y Eva cosas que hacer, leyes a seguir como el cuidado de la tierra y no comer de cierto árbol. La diferencia es que, antes de la caída, el parto era una delicia para la mujer. Después de la caída, no lo sería, y después de la caída el trabajo tendría todo tipo de espinas y cardos, a causa del pecado. Tenemos que ser claros en esto: si no te gusta el trabajo, la razón por la que no quiere trabajar duro en este mundo no es un deseo piadoso de ser como un niño vulnerable de Dios. La razón por la que no quiere trabajar duro en este mundo es porque el trabajo es un don de Dios y tu carne no quiere hacer uso de ese don. Como aquellos que entienden que todo es un regalo de Dios, los cristianos se esfuerzan por la excelencia en todo lo que les es dado a hacer. Para decirlo de otra manera, Dios te ha dado dones y habilidades para que podáis estar al servicio de los que te rodean. Decir que para demostrar mi necesidad, no voy a hacer uso de estos dones para servir a los demás, es estrangular tu fe con la falta de amor. Cuando se trata del reino de los cielos, tú eres el más necesitado de todos. Cuando se trata del reino de este mundo, tú eres el instrumento de Dios para trabajar por el bien de los demás. Esto nos lleva a un aspecto más de este mundo. Este mundo no tiene injusticias porque Dios ha ordenado que se ejecute de acuerdo con la ley, Dios da su ley para frenar el mal. Este mundo tiene injusticias porque los pecadores abusan de la Ley que Dios da. En lugar de trabajar duro en el servicio a los demás, la tentación es trabajar duro para servirse a sí mismo. Debido a que este es un mundo de pecado, de las personas vulnerables son explotadas, abandonadas, asesinadas o utilizadas por los poderosos. Pero como cristiano, trabajamos duro en el servicio a quienes nos rodean. Salimos en defensa de los no nacidos, ayudar a personas con discapacidad y al cuidado de los más débiles y frágiles. Lo hacemos porque tenemos voz y capacidad para ello, pero sobre todo porque Cristo salió a nuestro encuentro en su camino a la cruz para darnos vida y fuerza. Así que a rezar mucho y seguir remando. Recuerda que estás en el reino de este mundo y el reino de los cielos a la vez. En este mundo, trabaja duro para utilizar los talentos y habilidades que tienes en la búsqueda de la sabiduría, la excelencia y el servicio, y brinda lo mejor en cada cosas que haces en el mundo. Pero siempre recuerda que también eres un niño en el reino de los cielos, donde la grandeza del mundo no cuenta para nada. Allí, sigues siendo el más necesitado, más débil, más vulnerable. Allí, Cristo declara que Él ha ido a la cruz para morir por tu pobreza de justicia, tu debilidad frente a la tentación y la impotencia frente a la muerte. Él ha tomado tu lugar en la muerte, para que pueda tener el reino de los cielos para siempre. Ese reino es tuyo. Es todo tuyo, porque Aquel que murió por tu pecado ha resucitado de nuevo para darte su reino con estas simples palabras: estás perdonado de todos sus pecados. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
lunes, 23 de septiembre de 2013
Decimoctavo Domingo después de Pentecostés.
”Siervos fieles de Cristo”
Primera Lección: Amós 8:4-7
Segunda Lección: 1ª Timoteo 2:1-15
El Evangelio: Lucas 16: 1-15
Introducción
Administrar algo implica una responsabilidad y exige poner nuestra atención en cuidar de aquello sobre lo que tenemos la potestad. Y si es algo que nos ha sido dado o dejado a nuestro cargo en nombre de otro, la responsabilidad aumenta por el hecho de la confianza que se ha depositado en nosotros. En la administración pues debemos poner atención en hacer una buena gestión de lo que nos ha sido encomendado a nuestro cuidado, demostrando que hemos somos fieles administradores y que la confianza que se ha depositado en nosotros estaba justificada. Pues haciéndolo nos haremos merecedores del respeto y la consideración como hombres íntegros y confiables. Ahora bien, ¿podemos aplicar esta misma idea en lo que se refiere a nuestra vida personal?, ¿cómo la administramos?, y lo más importante, ¿qué uso hacemos de todos aquellos bienes que el Señor ha puesto a nuestro cuidado?. Pues aquí está la clave, en entender que todo lo que somos y tenemos, no es sino un depósito que el Señor ha dejado temporalmente bajo nuestra administración. ¿Administramos nuestros bienes pues sirviendo a los intereses de nuestro Señor?, ¿o servimos por el contrario a otros señores?. Reflexionemos sobre si, como el siervo infiel, estamos trabajando ahora por administrar de manera inteligente y sabia los bienes que nos han sido dejados bajo nuestra tutela en esta vida, y teniendo presente el futuro eterno.
•Todo proviene de Dios
Nos encontramos en la lectura de hoy con una parábola que contiene una gran sabiduría, y donde un mayordomo es descubierto haciendo un mal uso de los bienes de su señor: “y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes” (v1). En primer lugar dice la Palabra que este hombre los disipaba, o lo que es lo mismo, los malgastaba sin su consentimiento. Ya de por sí esto demuestra que este mayordomo confundía gravemente el hecho de que aquellos bienes, aún siendo él su administrador, no eran suyos en realidad sino de su amo. Pero descubierto el engaño, la realidad se impuso para él y fue destituido de su cargo: “Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás ser más mayordomo” (v2). Todo lo tenía, y todo lo perdió por su mal comportamiento y su deslealtad. Detengámonos sin embargo ahora a reflexionar un momento sobre nuestra propia vida, y sobre todo aquello que tenemos. Pues es fácil perder el sentido de la realidad muchas veces por el uso y abuso del término posesivo “mi”. Solemos decir a diario: mi casa, mi familia, mi coche, mi dinero, mi vida, y un largo etcétera de “mies” que nos hacen pensar que los bienes que poseemos son nuestros por derecho y mérito propios. Olvidamos así que en realidad todo ello y nuestra vida incluida, no pertenecen a otro sino a Dios mismo, y que sin su voluntad nada tendríamos, ni siquiera nuestra existencia. Este Universo y en particular este mundo donde habitamos con todo lo que contiene, son creación de Dios en Cristo, y nosotros vivimos esta vida en esta tierra gracias al favor y el Amor de Dios. Él nos entregó este mundo para habitarlo y disfrutarlo sabiamente, y esta sabiduría incluye el no olvidar quién es en realidad el Señor de esta viña, y que en cualquier momento él puede reclamar lo que es suyo: “Jehová dió y Jehová quitó” (Job 1:21). Sin embargo el mayordomo cometió otra grave falta contra su señor. Disipó los bienes de su amo. Es decir, no solo se enseñoreó de ellos creyendo poder usarlo cual si fueran suyos, sino que además no los usó sabiamente ni con un fin noble. Sencillamente los derrochaba. Sí, el pecado del hombre hace que sea seducido a menudo por los bienes materiales, y así, transite los caminos del egoísmo y la insensatez. Pues es insensatez pensar que estos bienes nos han sido dados para el derroche, y no para ponerlos al servicio de una vida dedicada a vivir según la voluntad del Señor. Y suele ocurrir que la dura realidad se impone cuando, como a este mayordomo infiel, el Señor nos hace entender que no hemos sido fieles administradores de Sus bienes y que debemos ser destituidos y destronados del pedestal que nos habíamos construido torpe e insensatamente los seres humanos: “mas no irán más adelante; porque su insensatez será manifiesta a todos” (2ª Tim 3:9).
•Usando los bienes con sabiduría
La lectura explica que, sabiéndose descubierto en su engaño, el mayordomo visitó a los deudores de su amo para rebajarles su deuda. Pensaba que así se aseguraba el favor de estos en un futuro y que podría ser ayudado por ellos y recibido en sus casas. La sagacidad humana en las cuestiones mundanas es rica e imaginativa: “porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de la luz” (v8). Mas en realidad todos somos, a causa del pecado, mayordomos infieles de los bienes de Dios. Y son muchas las ocasiones en que no hacemos un buen uso de ellos. Pues aquí está una de las claves de esta parábola, en buscar las maneras de usar los bienes que hemos recibido con sabiduría y con la mira en que sirvan de la mejor manera posible a los deseos del Señor para nuestra vida y, desde ella, a la de nuestro prójimo. Recordemos que Dios espera que nuestra vida en toda su extensión, sirva a Su voluntad y que pongamos nuestra inteligencia y recursos no solo al servicio de nuestras necesidades personales, sino también de la extensión del Reino y del Amor de Dios para este mundo. Y cuando hablamos de bienes, no hablamos solo de recursos materiales o simplemente dinero. También los dones o habilidades que tenemos, o sencillamente nuestro tiempo pueden ser útiles y valiosos para este fin. Pero ¡solemos excusarnos y quejarnos tantas veces de tener poco de esto o aquello!. Sin embargo para el Señor poco nunca es poco realmente, y valora siempre ante todo la sinceridad de un corazón entregado y generoso pues: “el que es fiel en lo muy poco; también en lo más es fiel” (v10). Y para esto nada mejor que seguir el modelo que para nosotros es Cristo, el cual fue el primero en disponerse al servicio fiel a favor de la humanidad, no escatimando nada y entregando voluntariamente hasta la última gota de su sangre por nosotros. Tengamos en definitiva en mente siempre que nada hemos traído a este mundo, y nada nos llevaremos del mismo; todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Dios nuestro Creador, y en realidad, como proclama el Ofertorio en cada Oficio: “todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos”. Recordemos además y es importante tenerlo presente, que cuando hacemos un buen uso de los bienes terrenales, no buscamos con ello recompensa alguna de parte de Dios. No, pues nuestra recompensa se halla en aquella Cruz que nos liberó de la muerte y el pecado y a partir de ella, todo lo demás brota de la fe en la obra de Cristo y sus promesas. Confundir esto sería errar gravemente, y quitaría a Cristo el mérito que sólo a Él pertenece. Y nuestro mérito, nuestra Justicia ante Dios es precisamente Cristo y sólo Cristo (Gal 2:16).
•Sirviendo a un solo Señor
Administrar lo ajeno ya hemos dicho que es una responsabilidad. Y cuando alguien demuestra celo en ello, se le considera persona confiable y fiel, y digna de recibir mayores responsabilidades. Jesús nos enseña sobre este hecho en relación a nuestra salvación: “Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero?, y si en lo ajeno no fuisteis fieles ¿quién os dará lo que es vuestro?” (v11-12). Es decir, si en la administración de los bienes terrenales demostramos insensatez y falta de responsabilidad, ¿cómo podemos pretender recibir y apreciar el bien supremo que es la salvación eterna?. Y si no reconocemos a Dios en nuestra vida y en todo lo que hemos recibido de Él en ella, ¿cómo lo reconocemos cuando estemos en su presencia en las moradas celestiales?. El ser humano es advertido así de su responsabilidad sobre cómo administrar todo aquello con lo que el Señor lo bendice en su caminar en la Tierra. Sin embargo, otro de los peligros para nosotros a la hora de ejercer nuestra mayordomía es, como le ocurrió al mayordomo infiel y les ocurría a algunos fariseos avaros, sucumbir al amor por las riquezas. Pero el esplendor de ellas, lo “sublime” como es llamado por Jesús, especialmente cuando sirve al egoísmo o la avaricia no es ante Dios sino abominación. Pues llegados a este punto, el hombre se ha convertido en realidad en un esclavo, y ya no sirve al verdadero Dios, sino que está atado a lo material, a lo corruptible. ¡A todo aquello que no es sino podredumbre y muerte!. De nuevo Jesús nos advierte: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt 6:19.21). No, debemos tener presente que nuestra riqueza, nuestro tesoro no está aquí en la Tierra, y que no hay nada en ella que pueda ni deba ser el objeto de nuestros anhelos más profundos. Nuestro tesoro está en el Cielo, y tenemos aquí en esta vida un anticipo del mismo en las promesas de vida y salvación que Cristo nos ofrece. (Jn 6:47). Y especialmente tenemos un anticipo de este tesoro del Cielo aquí en la Tierra, en el cuerpo y sangre que Cristo nos ofrece en cada Oficio para donarnos vida y salvación: “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna” (Jn 6:54). ¿Quién sería pues tan insensato de buscar otros tesoros mayores o servir a otros señores?, pues ¿qué puede darnos mayor plenitud que sabernos herederos del Reino celestial?.
•Conclusión
Por tanto preguntémonos cada uno a nosotros mismos: ¿Cuáles son los bienes con los que he sido bendecido en esta vida?, y ¿a quién sirven estos bienes?. Es indudable que aquello que Dios nos ha dado, lo ha dado para que hagamos uso y disfrute de ello, pero un uso con sabiduría. Sin embargo también estos bienes deben servir llegado el caso al prójimo, al necesitado, a aquél donde Cristo se nos manifiesta en su necesidad. No verlo así implica una concepto de la vida egoísta y lejos del Amor que, como cristianos, deberíamos proyectar alrededor nuestra. Somos por tanto mayordomos de Dios aquí en la Tierra, y estamos llamados a administrar con fidelidad los bienes con que Él nos ha bendecido. Y de entre todos el mayor es la gracia y el Amor que disfrutamos en Cristo. Al mundo puede parecerle poco, pero para nosotros es nuestro tesoro más preciado: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25:21). ¡Que así sea, Amén!. J.C.G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo
viernes, 23 de agosto de 2013
Bautismo.
Thiago Ian recibió el sacramento del Bautismo, en el nombre del Dios trino, Padre, hijo y Espíritu Santo. Lo realizó el pastor Gustavo Lavia, y se nos permitió, excepcionalmente, ingresar a la UCI para presenciar, junto a Valeria y Horacio, este momento tan importante para los cristianos.
lunes, 15 de julio de 2013
8º Domingo después de Trinidad.
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección: Génesis 18:1-14
Segunda Lección: Colosenses 1:21-29
El Evangelio: SAN LUCAS 10:38-42
“A Los Pies De Jesús”
La historia de nuestro texto ocurre en una aldea bien conocida de la Tierra Santa. Se llama Betania. Esta aldea era de gran importancia durante la vida de nuestro Señor Jesucristo. En ella vivía una familia que había evidenciado y demostrado claramente que su hogar era verdaderamente cristiano. Los miembros de la familia mencionados en las Escrituras consistían en un hermano llamado Lázaro y sus dos hermanas que se llamaban María y Marta. Nuestro Señor Jesucristo tuvo siempre mucho gusto en visitar la casa de estos amigos tan buenos y sinceros. Cristo siempre era un huésped muy bienvenido, y con frecuencia, después de un largo viaje, se complacía en visitar a sus amigos.
Nuestro texto Indica la relación que existía entro el Salvador y sus amigos de Betania. Juan, el discípulo y apóstol del amor, nos dice: “Y amaba Jesús a Marta y a su hermana, y a Lázaro” (S. Juan 11:5). No podemos sabor cuando ellos se hicieron discípulos del Señor, pero hay una cosa que puede afirmarse con toda seguridad: siguieron fielmente a su Señor y Salvador. En nuestro texto tenemos la historia de otra visita que hizo el Señor a esta casa en Betania. También esta vez, como siempre, llegó Jesús no sólo para hacerles una visita amigable y social, sino también para otro fin divino. Llenó para darles una lección, una instrucción sobre las cosas más importantes de esta vida y la venidera. Lo que Cristo les proporcionó en aquella ocasión y en aquel ambiente familiar es también para nosotros y para nuestra edificación espiritual. Si hacemos caso serio de esta joya entre las muchas palabras de Jesús, ciertamente mejorarán nuestro conocimiento y aprecio de las espirituales.
Sentémonos a los pies de Jesús. Acompañemos a María, escuchemos las palabras del Maestro. Él fija sus ojos en nosotros; habla claramente. Nadie puede entender mal sus palabras "Una cosa es necesaria; y María escogió la buena parte.” En con traste con lo que precede a estas palabras, esta “una cosa necesaria” no se refiere a ninguna cosa material. Cristo deja a un lado, pasa por alto un servicio netamente de la carne, un servicio que hacemos o cumplimos solamente con las manos. A María, la otra hermana, se le atribuye otra clase de servicio, otra cosa distinta de la de María. Se nos dice: “Marta se distraía en muchos servicios”: servicios domésticos; servicio de la cocina; servicio diario y corriente; servicio de una que sirve. La expresión “servicio material” abarca o encierra toda esa clase de servicio.
No hay necesidad de menospreciar o culpar a Marta. Lo que hizo era bueno. Cristo también reconoció el valor relativo de su actividad. Ese día había mucho que hacer. Cada voz que llegaba Jesús con sus discípulos, había más trabajo que en otros días. La presencia de trece personas adicionales en la casa exigía que se pusiera más atención a las necesidades del hogar. Si no había lugar en la casa para todos, había necesidad de salir a buscarles alojamiento en otra parte. Los viajeros, los discípulos, y aun Cristo, que también era verdadero hombre, ya sentían el cansancio. Una visita como ésta siempre causaba mucho trabajo.
Pero, ¿cómo hizo Marta su trabajo? No se quejó del trabajo ni murmuró. Lo hizo con alegría. Tuvo gran placer en hacer algo para su Señor y para sus discípulos. Manifestaba Marta una disposición muy agradable en todas las visitas de Jesús. El Señor estaba muy agradecido por todo lo que tan bondadosamente le había hecho Marta.
Pero, en nuestro texto, Jesús quiere enseñar que tal servicio, que al fin y al cabo es un servicio carnal, un servicio material, un servicio manual, no es aún el servicio mayor en el mundo. Tal servicio, a pesar de sus méritos, no puede llamarse “una cosa necesaria.”
Mientras Marta sigue trabajando, observemos a María, la otra hermana. No vemos a María trabajando en la cocina, o en otra parte de la casa. No salió a hacer compras para la comida. Ni siquiera la vemos poniendo la mesa o ayudando con la preparación de la comida. San Lucas dice que Marta “tenía una hermana que se llamaba María, la cual sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra” (S. Lucas 10:39). María escogió hacer eso, fue su voluntad, su decisión, su preferencia. No debemos pensar que María era perezosa, que no quería o que no le gustaba trabajar. En otras ocasiones, estando solamente la familia presente, hacía lo que le correspondía. No aprovechó la visita de una persona distinguida como pretexto para ausentarse de la cocina. Pero ésta era una ocasión muy especial. Había venido el Maestro. Ya ella tenía cierto conocimiento de las enseñanzas de Jesús. Pero quería aprender más. Deseaba saber más acerca del mensaje de la salvación. Su propósito era oír otra vez la dulce consolación, gozo de todos los creyentes fieles.
Está sentada a los pies de Jesús como los alumnos se sientan a los pies del maestro para oír todo lo que él les va a decir. No quieren perder ni siquiera una Palabra. Asimismo presta atención María a las palabras de Jesús. Nada le va a quitar su atención. También fija su atención en el rostro del Salvador, para captar todas las expresiones. Por el momento no le interesa su hermana, el trabajo, los discípulos, absolutamente nada. La única cosa que le interesa al momento es la Palabra de Dios. María ya había oído la palabra de Dios. Pero también sabía que tenía necesidad de seguir oyendo continuamente la Palabra de Dios. María sabía que había pecado contra su Señor, y que tenía que pedir diariamente la gracia y el perdón. Conociendo sus verdaderas obligaciones, se sienta a los pies de Jesús, para oír la Palabra de Dios de la boca del Señor mismo.
Jesús se fijó en lo que hacían estas dos hermanas. Sí, eran hermanas, miembros de la misma casa, la misma familia. Pero sus actividades en cuanto al Señor eran completamente diferentes, tan distintas como el día y la noche. Cuando vino Marta, preocupada por algo, le dijo Cristo: "Marta, cuidadosa estás y con las muchas cosas estáis turbada: empero una cosa es necesaria; y María escogió la buena parte, la cual no le será quitada” (S. Lucas 10:42). Con esto quiere decir el Señor que aunque conviene trabajar, ser diligente y estar muy ocupado en las cosas materiales, es mucho mejor, es necesario, ocuparse en las cosas del alma, las cosas espirituales.
Así contesta Cristo la queja, el comentario de Marta. Pero esta hermana no es una excepción. Ella representa una gran parte de la gente, de aquellos que se llaman cristianos, pero que se afanan también en las muchas cosas. La pregunta de Marta a veces se encuentra también en nuestras mentes. Aunque somos cristianos y cumplimos con ciertos deberes en la iglesia, sin embargo es fácil olvidar la única cosa que es necesaria. En esta era tan materialista, si el cristiano no lucha sincera y tenazmente contra las tendencias generales en el mundo, también se interesará demasiado en las cosas de este mundo.
Como pretexto para no asistir a los servicios divinos en la iglesia y ocuparnos en otras cosas, no debemos decir que podemos estudiar y aprender mejor la Palabra de Dios en el hogar que en el culto divino. Tampoco debemos caer en el error de Marta, opinando que la preparación de una cena es de más importancia que nuestra asistencia a los servicios divinos y que Dios puede aceptar nuestras buenas intenciones. Si poseemos ese concepto o punto de vista, estamos haciendo lo mismo que hizo Marta: distrayéndonos en muchos servicios.
Muchas personas han construido templos; han levantado escuelas. Han contribuido grandes cantidades de dinero a la iglesia. Han dado la impresión de ser cristianos muy activos y nobles en la iglesia. Pero no todos han tenido siempre la única cosa que es necesaria. Éstos han ascendido a lugares prominentes en la iglesia; han grabado sus nombres en la memoria de muchas generaciones. Pero, nunca han aprendido a sentarse a los pies de Jesús. Ojalá que nos turbemos o inquietemos al leer esta historia de María y Marta, y al oír este mensaje. Pero que nos inquietemos no con muchas cosas, sino con la cosa que es necesaria. Cristo en su Sermón del Monte también tuvo que mencionar el valor relativo de estas cosas, diciendo: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas casan os serán añadidas” (San Mateo 6:33).
También conviene saber por qué esta necesidad de que habla el Señor se limita no a varias cosas, sino a una sola cosa. Mientras Marta trabajaba con afán y María estaba sentada a los pies de Jesús escuchando sus dulces palabras, vino Marta a Jesús y le dijo: “Señor, ¿no tienes cuidado que mi hermana me deja servir sola? Dile, pues, que me ayude” (S. Lucas 10:40). Inmediatamente, Jesús interrumpe la instrucción que estaba dando a María, fija sus ojos y su atención en Marta y le dice: “Marta, Marta, cuidadosa estás, y con las muchas cosas estás turbada” (v. 41). Cuando somos indiferentes, cuando no hacemos caso de las cosas del mundo, entonces nadie puede acusarnos de estar turbados con ellas; pero, cuando esas cosas nos causan inquietud, cuando requieren toda nuestra atención, cuando no hay tiempo para otras cosas, entonces estamos turbados con ellas. Cuando nos afanamos demasiado en las cosas de este mundo, entonces nos olvidamos de la única cosa que es necesaria. Ya no nos sentamos a los pies de Jesús; ya no buscamos el aliento espiritual y la consolación que siempre proceden de Él. Nos escondemos en el rincón de nuestra propia mente y razón. Amados, hay que llenar nuestros corazones de un deseo ferviente de las cosas espirituales, la cosa necesaria.
No es posible servir al mismo tiempo a nuestros deseos materiales y a las necesidades espirituales. También aprendemos del ejemplo de Marta que cuando ella estaba muy turbada con las muchas cosas, se ponía a censurar a otros. Asimismo nos pasa a nosotros: censuramos a aquellos que saben apreciar la única cosa que es necesaria. Entonces la gente incrédula pregunta: “¿Por qué lee usted su Biblia siempre? ¿Por qué va usted con tanta frecuencia a su iglesia?” Estas son las preguntas no sólo de los incrédulos, sino también de aquellos que no evalúan las cosas correctamente. El verdadero cristiano contesta así: “Amigo mío, yo sé qué valor tiene el Salvador en mi vida. Yo sé que tengo que seguir escudriñando las Escrituras.” Cada niño puede decir a otro niño vecino: “Oye, cada vez que voy a la escuela dominical o a la de doctrina, aprendo más acerca de las buenas nuevas, lo que Cristo hizo por mí.” Gracias a Dios, que no sólo los adultos, sino también los niños tienen la costumbre de ocuparse en la única cosa que es necesaria, a los pies de Jesús.
¿Qué en realidad encontramos en los servicios divinos y en el estudio de la Palabra de Dios? Descubrimos la fuente de toda confianza. Recibimos aliento espiritual, el consuelo que el mundo no conoce. En la Palabra de Dios tenemos un mensaje amoroso, una Palabra verdadera y distinta de la parlería y las mentiras de los falsos profetas. Los que se sientan a los pies de los grandes filósofos, los sabios, los teólogos modernos, reciben argumentos humanos, esperanzas vanas y vacías, teorías superfluas. Pero a los pies de Jesús, se reciben palabras de autoridad. Por eso la Biblia tiene un valor y mérito absoluto, una revelación completamente verdadera. Cuando abrigamos dudas en nuestras mentes, cuando empezamos a perder nuestra confianza, nuestra esperanza, cuando se debilita la fe, ¿dónde vamos a recobrar nuestra seguridad cristiana, dónde vamos a fortalecer y reavivar nuestra fe? Ciertamente no vamos a acudir a los libros escritos por hombres insensatos de este mundo, sino al Evangelio, a la única fuente de consuelo y promesa.
Jesús dice: “Una cosa es necesaria; y María escoció la buena parte, la cual no le será quitada.” Ésa es la promesa absoluta, la esperanza sin par que recibe María.
María quiere estar sentada a los pies de Jesús, recibiendo en su mente y en su corazón la bendita Palabra de Dios, porque sabe que su Palabra y la fe en esa Palabra no perecerán. Esa es la gran diferencia entre las cosas de este mundo y la única cosa que es necesaria: lo espiritual. El dinero, las casas, Ios grandes edificios, los imperios, los gobiernos, las reputaciones, los sueños del hombre: todo esto pasará.
En cambio, las cosas espirituales son eternas. Por eso dijo Jesús en cierta ocasión: “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán” (San Mateo 24:35). Edifiquemos nuestras esperanzas, nuestra fe, nuestro interés y devoción, en ningún otro fundamento, sino en el de Jesucristo mismo. Ciertamente, la parábola del hombre que edificó su casa sobre la arena, y el otro que edificó la suya sobre la roca, sirve para hacer aún más clara la bendición y dicha que obtendrán todos aquellos que se sientan a los pies de Jesús.
También estamos seguros de que Dios nos ayudará por medio del Espíritu Santo, conservándonos en la verdadera fe, para que continuemos fielmente en su gracia y en su camino. Los enemigos de nuestras almas: el mundo, el diablo y nuestra propia carne siempre tratan de quitarnos esta confianza. Tienen estos enemigos la meta, el propósito común de matar nuestras almas. Estos enemigos también buscan la manera de hacer que estemos turbados con muchas cosas. No les conviene a estos enemigos que estemos sentados a los pies de Jesús. Pero si imitamos el ejemplo de María; si comemos y bebemos el alimento espiritual que Dios nos proporciona por medio de su Palabra, entonces tenemos para nuestra defensa las mejores armas, la mejor protección. Dios mismo nos asegura que si tenemos esa defensa, ni aun las puertas del infierno podrán hacer nada contra nosotros.
Por esta razón, sigamos siempre en el camino de nuestro Señor Jesucristo. Recordemos siempre el bendito ejemplo de María, nuestra hermana en la fe. Apreciemos el ambiente piadoso y consagrado que existía en aquel hogar de Betania. Aprendamos a sentamos, al igual que María, a los pies de Jesús. Si siempre conservamos viva la advertencia y la promesa hecha por Cristo en este caso, también nosotros seremos elogiados por Cristo por haber escogido la única cosa que es necesaria. Se requiere conocer bien estas promesas, se requiere aceptarlas, se requiere confiar en ellas incondicionalmente. Hay que meditar en ellas de día y de noche. El corazón tiene que darles completa cabida. El premio de gracia de tal fe y confianza es un premio eterno. El servicio carnal, el servicio hecho por las manos sólo recibe recompensa terrenal y pasajera.
Anhelamos y esperamos ese premio en los cielos, donde no habrá ningún servicio carnal, donde los fieles no estarán turbados con las muchas cosas, donde se encontrarán todos aquellos que han escogido por medio de Cristo la única cosa que es necesaria. Es un privilegio que sólo pocos alcanzarán. Sólo se logra por los méritos de nuestro Señor Jesucristo que recibimos mediante la fe en Él, por la gracia divina.
F. B. G.
Púlpito Cristiano
domingo, 14 de julio de 2013
7º Domingo después de Pentecostés.
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección: Isaías 66:10-14
Segunda Lección: Gálatas 6:1-10, 14-18
El Evangelio: Lucas 10:1-20
“Jesús principio y fin de la Iglesia”
Introducción
Hoy día hay mucha confusión con respecto a la Iglesia Cristiana. ¿Cuál es la verdadera? ¿Por qué hay tantas? ¿Por qué son tan distintas? ¿todas son iguales y creen lo mismo? Lejos de acabar con estas preguntas el texto de hoy nos presenta una base sólida sobre qué es la Iglesia, cuál es su función y de quién debe depender.
Cristo llama a sus discípulos.
En primer lugar se nos dice que Jesús escogió a los suyos y los envió. Realmente no somos dignos de ser llamados y menos de ser enviados a anunciar un mensaje tan sublime y transformador. No somos dignos porque en otro tiempo éramos enemigos de Dios, nuestros pecados nos separaban de Él. Sin embargo Dios no es pasivo, ni se queda mirando a la distancia, sino que viene y se involucra en nuestras vidas, viene a cambiar nuestra realidad y la percepción de la misma. Llega a nuestro encuentro y nos da vida, nos incorpora a la familia divina y envía. Esto lo hace únicamente por medio de su Palabra, esa Palabra que es utilizada en nuestro Bautismo, allí Dios se hace presente en nuestra realidad dar vida espiritual a quienes no la tienen, para recibir a un nuevo integrante en la familia divina, para anunciar un compromiso de manera pública, el compromiso de que Él será el Dios de esa persona, que ya no está más bajo el reino de satanás, que ya n o es esclavo del pecado y que la muerte no tiene poder sobre él. Allí se nos anuncia que hemos sido librados de estos males, para servir con alegría a nuestro Dios, para anunciar sus buenas noticias en medio de lobos. El Señor sigue llamando por medio de su Palabra, ya que a todos los arrepentidos de sus pecados no solo se los perdona, sino que los envía a que vivan en su Paz.
Ante la realidad que nos rodea, este Señor nos invita a rogar por más personas en el reino, por más personas comprometidas a anunciar su mensaje, más personas que dependan del buen pastor.
Cristo es el pastor que cuida a sus corderos.
A quienes Dios les da vida son enviados como corderos en medio de lobos. Generalmente la realidad suele ser inversa. Suponemos que lo malo ataca a lo bueno, que lo sucio contamina lo limpio, que la enfermedad desplaza a la salud, pero no es así en el reino de Dios. Lo bueno viene a influir y cambiar lo malo. El Señor promete cuidar que los lobos no se coman a sus corderos, para que estos puedan vivir juntos. Los corderos son portadores de la gracia divina que transforma a los lobos en corderos. No es una cuestión de quién es el más fuerte, el más agresivo, incluso de quién es el más razonable. ¿Cómo puede sobrevivir un cordero en medio de una manada de lobos? Dependiendo totalmente de su pastor, de Cristo, de su presencia, de sus promesas, en su poder. Estando a su alrededor. Como cristianos no tenemos que temer estar en medio de lobos, lo único que debemos temer es abandonar o perder la compañía de nuestro pastor. Individualmente o congregacionalmente corremos el peligro de querer sobrevivir en medio de esta sociedad agradándola, conformándonos a sus exigencias, oyendo y cumpliendo con sus caprichos. Muchos creen que si no lo hacemos corremos el riesgo de no ser escuchados o tomados en serio. El mayor riesgo que corremos personal y grupalmente es el de abandonar a nuestro Pastor por ir detrás de estos caminos, distorsionando la voluntad de nuestro Buen Pastor. Es natural que no quieran oír o creer nuestro mensaje. Pero la tarea que tenemos es la de anunciar más allá de los resultados o las reacciones.
Por ello en el Padrenuestro oramos “más líbranos del mal”, para recordarnos que si bien somos ovejas en medio de lobos no dependemos de las bondades de los lobos para sobrevivir. Dependemos del tierno cuidado de nuestro buen y generoso Dios. Él prometió estar todos los días con los suyos, cuidándolos y yo le creo.
Cristo es la base de la paz.
Solemos escoger nuestras amistades. Este sí, este no. A veces acertamos otras nos equivocamos. Con respecto a nuestra función de mensajeros hay cosas que no escogemos. No escogemos qué anunciar ni a quienes. Solo debemos anunciar y compartir lo que nos ha sido dado: Que por medio de Cristo Dios nos ha reconciliado consigo mismo no tomando en cuenta nuestros pecados. Todos necesitan vivir el perdón y la Paz de Dios. Aun aquellas personas que creemos son indignas de oír o incluso que presuponemos que rechazarán el mensaje de Cristo, necesitan oírlo. No perdemos nada, el mensaje no disminuye, no se devalúa por ser predicado y rechazado. Las personas que no crean deben serlo porque rechazan el mensaje de Paz y no porque no han oído a nadie que haya anunciado esa Paz. El reino de Dios se ha acercado por medio de Cristo Jesús y lo sigue haciendo en la predicación de su Palabra y presencia en el Bautismo y Santa Cena.
Cristo nos apremia a anunciar el Mensaje
La solicitud de nos saludar a nadie en el camino tiene que ver con la prisa de nuestra tarea. Es imperioso que no nos distraigamos con cuestiones que no tienen que ver con nuestra tarea. Esa labor es de vida o muerte, eternidad junto a Dios o lejos de Dios. Quienes rechacen el evangelio de Cristo, lamentablemente serán condenados y no tendrán paz en la vida eterna. Pero aquellos que reciben la reconciliación de Cristo Jesús disfrutarán de la paz ahora y por siempre. Cuando comprendemos lo importante de nuestra tarea, no podemos descuidarnos ni dejar pasar más tiempo. Pablo exhorta a Timoteo a que “predique La Palabra; insiste a tiempo y a destiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando los hombres no aceptarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias apartarán de la verdad el oído y se volverán a los puros cuentos”. Piensa en cuantos te rodean y no saben de Cristo, cada vez que ores, pide a Dios ser uno de sus obreros que vaya a trabajar o anunciar a su mies. Comparte con ellos de manera sencilla lo que Dios ha hecho por ti y por él.
Cristo es nuestro Mensaje.
Quizá no tengas respuestas a muchas preguntas, hay muchas cosas que no sabemos y respuestas que no podemos dar. A pesar de estas cosas sí podemos hablar de las cosas que Dios ha hecho por nosotros en Cristo Jesús. Que por su muerte y resurrección tenemos seguridad del perdón de pecados y vida eterna, de comunión con el Padre y con la Iglesia universal de todos los tiempos. Como Pedro y Juan ante el paralitico en el templo: Hay muchas cosas que no tengo, pero de lo que tengo te doy: “en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. No hubo elocuencia, ni siquiera un gran discurso, solo fue anunciado Cristo.
Somos portadores de un mensaje que en primer lugar nos afecta a nosotros. El llamado de Dios, la nueva vida en Él y su envío están íntimamente relacionados. Los discípulos volvieron a contarle a Jesús qué había sucedido durante su viaje misionero. Nosotros deseamos pasar tiempo con nuestros amigos y conocidos pero también necesitamos y deseamos pasar más tiempo con Él, con su Palabra, con su presencia, para que nos enseñe, ilumine y fortalezca en la fe. Deseamos conocer más y mejor a aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable para anunciar sus virtudes. Cuando nos reunimos en los Oficios Divinos para leer su Palabra, lo hacemos invocando su presencia, lo hacemos en el nombre de Dios trino. Esto no es un amuleto o un ritual, es recordarnos a nosotros mismos que allí donde dos o tres se reúnen en nombre de Dios, Él se Hace presente. Sucede lo mismo con el Bautismo, lo hacemos en el nombre de Dios trino porque Él nos asegura su presencia divina y donde Dios se hace presente hay perdón vida y Salvación. En la Santa Cena Cristo no solo nos recuerda su perdón logrado en la cruz, sino que además nos lo da de la misma manera que lo dio a sus discípulos. Este es el verdadero poder del cristiano y de la Iglesia. Cuando perdemos este mensaje de Paz entre el hombre pecador y Dios por medio de Cristo, perdemos la autoridad que Dios nos ha dado.
Cristo ha vencido al mal.
El diablo ha caído otra vez. En la primera ocasión cuando se reveló contra Dios y otra vez más cuando fue derrotado por Cristo. Por la victoria lograda por Cristo en la Cruz y la tumba vacía, el diablo ha perdido su poder y autoridad sobre los hijos de Dios. No hay una lucha eterna entre el bien y el mal, o la búsqueda de un equilibrio universal como el Ying y el Yang. El mal está vencido y tiene sus días contados. Cuando el Señor nos llame a su presencia o venga a buscar a su pueblo, el pecado, el diablo y nuestra propia carne no tendrán más poder sobre nosotros. A pesar de que en esta vida tengamos que sufrir por causa de nuestros pecados o influencias externas, el Señor nos dice “No temáis... yo he vencido”. No son tus fuerzas, no es tu astucia, es tu Señor quien da la victoria sobre estos males. Cuando Él te anuncia el perdón de todos tus pecados, te dice que estás en paz con Dios por medio de su sacrificio en la cruz, recordamos, celebramos y recibimos la victoria sobre el mal.
Cristo es nuestra mayor alegría.
Puede haber muchas cosas en esta vida que te produzcan alegría, pero la mayor alegría como discípulo de Dios es estar en el libro de la Vida, gracias a la obra que Cristo ha hecho por todo el mundo y que ha otorgado a cada cristiano por medio de la fe.
Humanamente solemos basar nuestra alegría en cosas que nos pasan, en la Iglesia suele pasar lo mismo, se está alegre cuando hay muestra de poder sobrenatural, si crecemos numéricamente o económicamente nos va bien. Pero nada de eso debe enorgullecer a los discípulos. Esto pondría nuestra mirada en el sitio equivocado. Es normal que nuestra sociedad ponga los ojos en los resultados, en el éxito, en la gloria. Pero en el reino de Dios la alegría llega a nosotros por la Promesa, por los resultados que aún no se ven, sino que se esperan. Que tu nombre esté escrito en el libro de la vida, indica que por la gracia de Cristo tienes la seguridad de tu vida no termina en la muerte y que tu destino eterno está junto a Dios, alabándolo por siempre porque has sido perdonado de todos tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Congregación Emanuel. Madrid.
miércoles, 3 de julio de 2013
6º Domingo después de Trinidad.
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA30-06-2013
Primera Lección: 1 Reyes 19:9b-21.
Segunda Lección: Gálatas 5:1, 13-25
El Evangelio: Lucas 9:51-62
“Jesús viene a nosotros de
manera sencilla”
INTRODUCCIÓN
“¿Qué haces
aquí, Elías?” Esta pregunta le dirigió Jehová al profeta Elías. Este se
encontraba en la oscuridad de una cueva a medio camino entre la tierra de los
judíos y Egipto. Grandes cosas había visto Elías en su tierra. En el monte de
Carmelo fuego había descendido del cielo, consumiendo el holocausto de Elías y
a los profetas de Baal, Jehová los había entregado en manos de Elías. Se
esperaría entonces que todo el pueblo de Israel se tornara a Jehová en sincera
penitencia. Pero tan pronto tuvo que saber el profeta lo indigna de confianza
que se puede mostrar la gente. Un día claman: “¡Jehová es el Dios! ¡Jehová es
el Dios! ” (1 Reyes 18:39), y poco después derriban los altares de Jehová y
buscan a Elías para quitarle la vida. Elías se vio obligado a huir del país. Se
refugió por algún tiempo en Judea, llegando hasta Beer-seba, al sur,
donde en su desaliento deseaba morirse. Durante cuarenta días recorrió el
desierto hasta que llegó a los alrededores del monte Horeb. ¡El gran profeta
Elías, que antes había desafiado al poderoso rey Achab, ahora se
esconde completamente descorazonado en una cueva! “¡Cómo han caído los
valientes!” (2 Samuel 1:25).
No es de
extrañarse que Jehová, al encontrar ahí a Elías, le pregunte: “¿Qué haces aquí,
Elías?” Lo había buscado como el Señor busca a la oveja descarriada y lo había
hallado.
Hoy
Jehová manifiesta su gloria a Elías y lo hace mediante
UN SILBO
APACIBLE Y DELICADO.
Le dice al
hombre en la cueva: “¡Sal fuera!” Jehová iba a pasar delante de la cueva. Vino
primero “un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las
peñas delante de Jehová”. ¿Quién ha oído hablar jamás de un viento tan fuerte
que quebraba cosas tan duras como los montes y las rocas? Pero pese a semejante
huracán, “Jehová no estaba en el viento.”
Tras el viento
vino algo igualmente espantoso. Visitó a aquel lugar un terremoto. La tierra se
puso a temblar y retumbar en todas partes. Pero, no obstante esta convulsión en
la naturaleza, “Jehová no estaba en el terremoto.”
Acabado el
terremoto, llegó en su lugar un fuego. Habrán sido erupciones de fuego lo
suficientemente calientes y deslumbrantes para cegar al profeta. “Más Jehová no estaba en el
fuego.”
No vino mediante ninguna de estas demostraciones en la naturaleza. Y tal parece
que Elías, decepcionado y aún más desanimado, volvió a su cueva.
Pero entonces se
oyó por ahí un silbo, o sea una voz, una vocecilla. La voz se describe como un
silbo apacible y delicado. A otros la voz les hubiera parecido tan tenue, tan
suave y ligera, que les hubiera pasado inadvertida por completo. Pero Elías
reconoció la voz y vio en ella la presencia y la gloria de Jehová. Tanta
reverencia le mostró a esa gloria que, saliendo de la cueva, se cubrió el
rostro. Por último tuvo la seguridad de que el Señor había venido.
¡Cuántos en la actualidad no
intentan ver al Señor en cosas imponentes, o sencillamente en cosas terrenales!
Suponen que dondequiera que haya un templo grande y magnífico, en el cual entra
una multitud de personas, allí estará el Señor. Esta actitud no tiene nada de
raro. El esplendor del templo de Salomón ya deslumbraba a los judíos antes del nacimiento
del Salvador,
de modo que decían con orgullo: “Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de
Jehová es éste” (Jeremías 7:4).
Otros suponen
que dondequiera que haya mucha publicidad, tal vez gran poder político que nos
deje con personalidad o notabilidad, esa iglesia se gozará de la presencia de
Jehová. No se puede negar que aquí se halla el motivo por el cual gran número
de hombres se unen a diferentes iglesias.
Cierto guía
mormón nos dijo esto: “En nuestras salas de diversiones sanas convertimos a más
personas que en el templo.” Las diversiones ciegan también, haciendo a la gente
creer que en las diversiones hay la vida y salvación de la iglesia.
¿Conque en estas
cosas terrenales se manifiesta el Señor con su gloria? ¡Qué error! Jehová no
nos viene mediante las cosas que atraen a los sentidos. Se quedará conspicuo
por su ausencia en las atracciones para la carne. A las gentes que buscaban
algo para el estómago dijo nuestro Salvador: “Trabajad no por la comida que
perece” (Juan 6:27). Refiriéndose a las mismas atracciones carnales, escribió
San Pablo: “La intención de la carne es muerte” (Romanos 8:6). La abundancia de
cosas terrenales en una iglesia no indica la abundancia de vida, sino más bien
la abundancia de muerte.
El Señor, al
igual que en los días de Elías, nos viene mediante una voz. Es una voz como la
de Juan Bautista, el cual señalando a Jesús, dijo: “He aquí el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Siempre que oyes la buena nueva,
“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición”
(Gálatas 3:13), o, “El (Cristo) es la propiciación por nuestros pecados: y no
solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (2 Juan
2:2), oyes esa voz apacible y delicada, la cual oía Elías en nuestro texto.
Cada vez que oyes el Evangelio de Cristo, las buenas nuevas de nuestra
salvación en Cristo Salvador, pasa delante de ti la gloria de Jehová en todo su
resplandor. En el Evangelio está Jesús. Dice El, “Predicad el evangelio”
(Marcos 16:15), y agrega en otro lugar: “Yo estoy con vosotros” (Mateo 28:20). También llega a nosotros
por medio de su presencia en la Santa Cena y nos dice “toma y come… toma y
bebe… esto es dado y derramado por ti y por muchos para le perdón de los pecados”.
(Mateo 26:26ss.)
REACCION A LA
PRESENCIA DE DIOS
El profeta
Elías, después de oír ese “silbo apacible y delicado” aún se queda inmóvil a la
boca de la cueva, de modo que Jehová tiene que preguntarle nuevamente: “¿Qué
haces aquí, Elías?” Quería decir: “¿Todavía te quedas aquí después de escuchar
mi voz? ¡A trabajar! Vete luego a tu tierra y diles a tus paisanos lo que has
visto y oído. Señálales la gloria de Jehová que en el Evangelio se manifiesta.”
El profeta,
descorazonado aún, repite: “He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos;
porque los hijos de Israel han dejado tu alianza, han derribado tus altares, y
han muerto a cuchillo tus profetas; y yo solo he quedado; y me buscan para
quitarme la vida.” Quería decir: “Pero, Señor, sería inútil. Con todos mis
esfuerzos por la salvación de mi pueblo, nadie me ha hecho caso, nadie ha
creído a mi anuncio. Yo soy el único creyente en todo el país. Y si
volviera a predicarles tu Palabra, la historia se repetiría, mi pueblo no me
haría caso. Mi regreso me resultaría puro suicidio.”
A esto respondió
Jehová en efecto: “En esto sí estás equivocado, pues yo he hecho que queden en
Israel siete mil; todas rodillas que no se han encorvado a Baal, y bocas todas
que no lo besaron. Mi Espíritu obrando por el mensaje salvador de profetas como
tú, ha llevado a la fe siete mil. Pese a tus tristes experiencias y la mucha
oposición a tu trabajo, no has trabajado en vano entre tu pueblo, y no
trabajarás en vano. Los siete mil esperan tu regreso y te necesitan. Además,
vas a pensar en el porvenir de la Iglesia. Ungirás a Eliseo, para que siga en
tus pisadas, y con el mismo Espíritu que te ha inspirado a ti. Hasta vas a
disfrutar de respeto a la corte de los reyes, ungiendo a Hazael de Siria y Jehú de Israel.
Vuelve, pon mano en el arado.” Y así sucedió; después de oír la voz apacible y
delicada, después de ver pasar la gloria de Jehová, Elías fue animado a volver
a pastorear a Israel.
CONCLUSIÓN
A cada uno de
nosotros, que hemos oído la dulce voz del Evangelio y que por la gracia de Dios
hemos reconocido la gloria de Dios en el crucificado Salvador, busca nuestro
Señor, diciéndonos: “¿Qué haces aquí? Id, decid” (Mateo 28:7).
No se puede
negar que nuestra labor en España tiene mucho en común con la del profeta Elías.
En el campo nos encontramos con una oposición y con dificultades que afligen
menos a los misioneros en otras tierras. Más de un misionero e iglesias en estas tierras se han sentido con la tentación
de darse por vencido, concluyendo en su desesperación: “Es inútil predicar aquí
el Evangelio, nadie nos acepta, nadie cree en nuestro anuncio.” Pero si por lo difícil del trabajo
nos desalentamos, nos acobardamos y nos quedamos ociosos, ¿quién será salvo? Es
cierto, razón tiene el Señor al llamarnos: “¿Qué haces aquí? Vete a trabajar.” Si por timidez o por
pereza nos callamos, nos advertirá el Señor: “Sus atalayas ciegos son, todos ellos mudos, no
pueden ladrar; soñolientos, echados, aman el dormir” (Isaías 56:10), y “¡Ay de los reposados en
Sion!” (Amos 6:1).
A pesar de nuestros problemas en el campo
español, nuestra labor no puede
ser en vano. Habrá aquellos “siete mil”. El que nos ha enviado nos promete: “Mi
palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que quiero, y
será prosperada en aquello para que la envié” (Isaías 55:11), y “Estad firmes y
constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro
trabajo en el Señor no es vano” (1 Corintios 15:8). Amén.
Señor, Dios mío,
gracias te doy por la voz del Evangelio, donde me manifiestas a tu Hijo
Jesucristo como mi Salvador. No permitas jamás que por indiferencia o dureza de
corazón yo pierda el don de tu Palabra, pues sin Cristo no puedo vivir. Sin
Cristo no puedo morir. Óyeme por los méritos del que se entregó a sí
mismo por mí. Amén.
Pulpito
Cristiano. Adaptado por Pastor Gustavo Lavia.
Congregación
Emanuel. Madrid.
domingo, 23 de junio de 2013
Quinto Domingo después de Pentecostés.
”¡Cuán grandes cosas ha hecho Dios con nosotros!”
TEXTOS BIBLICOS
DEL DÍA 23-06-2013
Primera Lección: Gálatas
Segunda Lección: Isaías
El
Evangelio:
Lucas 8: 26-39
Sermón
•
Introducción
A diario llegan
hasta nosotros noticias de guerras, violencia doméstica, asesinatos, fraudes, y
toda clase de hechos deplorables. A esto podemos sumarle la infinidad de
mentiras, envidias y todo tipo de transgresiones de la Ley de Dios que, no
siempre son evidentes y detectables. El ser humano es capaz de los hechos más
terribles no sólo contra él mismo, sino también contra la maravillosa Creación,
y así destruye, contamina, extingue y daña aquello que Dios por Amor creó para
nosotros. Sin tratar de ser negativos, podríamos decir que el fruto del pecado
del hombre, campa a sus anchas por esta tierra. Y a esta acción, obra del
pecado humano, debemos sumarle la propia que el mal en sí mismo, genera y
promueve con su presencia en nuestra realidad. Pues la Palabra nos enseña que
esta presencia es real y contínua, y que debemos estar preparados y protegidos
contra ella. Libramos una batalla espiritual aquí en la tierra, entre la acción
vivificadora del Espíritu Santo, y la del enemigo que pretende apartarnos y hacernos
resistentes a dicha acción de Dios en nuestros corazones. Sin embargo, podemos
decir que asistimos a los últimos estertores de esta batalla, pues el resultado
de la misma ya está decidido de manera definitiva. El mal y su hijo, el pecado,
han sido derrotados por Cristo en la Cruz, y lo que ahora vivimos es, con todo,
el preludio de la llegada del Reino de la Luz y la desaparición de la
oscuridad. Estemos no obstante atentos y mantengámonos protegidos, pues el mal,
aún derrotado pero en su desesperación, todavía puede hacer daño y arrebatar
almas al Reino.
•
La victoria ya es de Cristo
La
presencia de entidades malignas actuando en nuestra realidad, es constante en
las Escrituras desde los mismos inicios de la existencia del hombre en la
tierra. Así, encontramos ya en los comienzos a Satanás transfigurado en una
serpiente en el libro del Génesis, induciendo mediante el engaño y la duda a
Adán y Eva al pecado (Gen 3:1), o en los Evangelios tratando de tentar
al mismo Jesús (Lc 4:1-13). Y desde que el pecado anidó en el corazón
humano, el maligno que es su fuente original, no ha dejado de estimularlo y
propagarlo aprovechando nuestra debilidad carnal, y nuestra vulnerable voluntad
cuando nuestro corazón está lejos del Padre. Esta debilidad puede llegar a tal
extremo que el hombre se convierta él mismo en morada de las mismas fuerzas de
ese mal que en el fondo, sólo busca su perdición y destrucción. Pues nada hay
más deseable para estas fuerzas que ejercer un dominio absoluto sobre la
voluntad del ser humano, doblegándolo a sus deseos y como fin último,
apartándolo de la acción de la gracia de Dios. Y así es como Jesús se enfrenta
en la lectura de hoy a esta acción maligna en la persona de un endemoniado. De
un hombre para quien la sola presencia del Hijo de Dios, no es sin embargo
gracia, Paz y misericordia, sino tormento y sufrimiento: “Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y postrándose a sus pies exclamó
a gran voz: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no
me atormentes.” (v28). Vemos
que el mal ha obrado en este hombre una alteración aberrante, transformando y
corroyendo su alma y su mente de manera que su percepción de la realidad está
enfocada sólo en la oscuridad. Así actúa igualmente una parte de este mundo,
enfocando sus deseos y acciones en provocar dolor y sufrimiento, y sobre todo,
en tratar de anular la presencia de la Palabra liberadora de Dios entre los
hombres. Pues podemos decir sin temor a equivocarnos que allí donde la Palabra
y Cristo son rechazados y combatidos con más denuedo, es donde el mal se siente
más amenazado y donde resiste con mayor intensidad. Pero ya hemos dicho que
derrotado el pecado y el mal en la Cruz, ahora su acción es una resistencia
desesperada, donde tratará de ganar no ya batallas, pero sí de arrastrar tras
de sí aquellas almas que, en su retirada, aún pueda hacer perder. Sin embargo,
nada de esto debe temer el creyente en fe, ni debemos ahora anidar o vivir en
el temor por ello, pues protegidos con la coraza de la fe, y dispuestos con la
espada de la Palabra, el mal se lanza en retirada ante la visión victoriosa de
la Cruz : “Sobre todo tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos
los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada
del Espíritu, que es la Palabra de Dios” (Ef. 6:16-17).
•
El mal como degenerador y destructor del hombre
Muchos
ponen en cuestión la existencia del mal, e incluso dando un paso adelante
ridiculizan la idea de que tenga en sí mismo personalidad e inteligencia. Sin
embargo la Palabra atestigua de cómo el mal actúa con un plan definido, y con
un objetivo claro que no es otro que la perdición del hombre: “Porque no
tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra
potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra
huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef 6:12). El
endemoniado de la lectura de hoy era probablemente un pagano, dada su ubicación
geográfica entre los gadarenos. Y no sabemos de qué manera llegó a ser poseído
por esta “legión” (v30) de demonios; quizás entregado a
algún culto idolátrico propio de la región. Su caso era extremadamente grave y
por ello es difícil conjeturar las causas. Sabemos por el relato de Lucas que
cuando Jesús lo encontró, su estado era ya deplorable, y fijémonos que Lucas
distingue claramente aquí la acción de un mal real y con entidad propia a la de
una mera enfermedad mental. Y podemos ver aquí, en este hombre, la crueldad de
este mal que degenera al ser humano, llevándolo a perder la autoestima, a
sumergirlo en las sombras de la mente, e incluso a habitar en sepulcros y
lugares de muerte: “y no vestía ropa, ni moraba en casa, sino en los sepulcros” (v27). Un
mal que en su inteligencia, paradójicamente se presenta ante Jesús
reconociéndolo como el Hijo de Dios: “¿Qué tienes
conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?”(v28), y
que presiente la acción de liberación sobre el hombre de parte de Dios
temiéndola. Y así Jesús encara a este hombre conminando a estos demonios a
abandonarlo y liberarlo, como testimonio de su misión aquí en la tierra, para
traer redención a los hombres de la esclavitud del mal, del pecado y la muerte.
En estos casos extremos de posesión,
sólo podemos creer que estas situaciones que Dios consiente tienen
alguna finalidad que escapa a nuestra comprensión. O creer como nos dice Cirilo
de Alejandría que: “el sufrimiento de uno
edificará a muchos.” (Comentario de Lucas, Homilía 44). Sin embargo, no es
necesario ser poseído corporalmente como el caso de este endemoniado para estar
bajo el dominio del mal. No es necesario estar poseído para pensar, actuar y
servir a la voluntad del maligno. Ya que en principio todo aquello que hacemos
contrario a la voluntad de Dios expresada en su Ley, e incluso todo lo que no
proviene de la fe (Rom 14:23) presta de hecho un servicio al mal. Y en
este servicio, no lo olvidemos, el primer perjudicado no es otro que el hombre
mismo. Pero al contrario que el endemoniado, que no podía ser retenido ni con
cadenas (v29), el pecado arroja sobre el ser humano una esclavitud de la
que no es posible liberarse. No, estas cadenas malignas que lo atenazan cuando
en su endurecimiento rechaza la gracia de Dios, no pueden ser rotas por la
voluntad del hombre. ¡Y el mal se encarga de endurecerlas más y más!. ¿Qué hará
entonces el ser humano en esta situación?, ¿dónde y cómo podrá ser liberado de
esta esclavitud a la que está sometido desde su nacimiento?. La respuesta, la
única respuesta para romper estas cadenas es precisamente renunciar a nuestros
propios esfuerzos para ello, y poner nuestra vida en manos de Aquél que es el
único con poder de someter a los mismísimos demonios: Jesucristo. Sólo Él
representa para la humanidad la acción liberadora de Dios en este mundo:“el
cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de
su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”
(Col 1:13-14).
•
Viviendo fortalecidos por los medios de gracia: Palabra y Sacramentos
Para
evitar ser atacado por diversos virus o enfermedades, el ser humano hoy día se
cuida y protege con vacunas y diversos medicamentos que ayudan a sus defensas y
lo hacen más resistente a la enfermedad. Pero ¿y nuestra alma?, ¿cómo cuidarla
y protegerla para que sea capaz de resistir los envites del maligno?. Debemos
tener presente que, si bien como hemos dicho, el creyente en fe no debe vivir
temeroso respecto a la acción del mal en su vida, sí es cierto que no hay que
bajar la guardia en exceso. El mal adopta innumerables formas y pone ante
nosotros infinidad de deseos y tentaciones adecuados a nuestras propias
debilidades. Su experiencia respecto a la nuestra es comparable a la de un
consumado maestro respecto a la de un neófito. No, no podemos relajarnos
demasiado, tal como nos advierte el Apóstol Pedro: “Sed sobrios y velad,
porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor
buscando a quien devorar” (1 P 5:8). Pero, ¿qué estrategias puede el mal
usar contra nosotros?. Hay algunas muy claras, y así en los momentos en que nos
creemos más fuertes, el mal usará nuestro exceso de confianza para atacarnos
por medio de ella y hacernos confiar en nuestras propias fuerzas y seguridades
humanas. O bien, en los momentos de tristeza, inquietud o depresión, usará
nuestro miedo y debilidad para hacernos dudar de las promesas divinas. Por ello
el creyente no debe nunca dejar de alimentar su confianza en la Palabra de su
Dios, la cual es su principal alimento para sostener su fe. Es Ella como medio
de gracia, tanto en su forma proclamada como por medio de los Sacramentos, la
que centrará nuestra mente, tanto en los momentos de fortaleza como de
debilidad, en la Palabra de nuestro Dios que nos anuncia restauración y Paz
eterna en Cristo Jesús. Y recordemos que cualquier otra cosa en lo que pongamos
nuestra confianza, y en lo que creamos ver nuestra seguridad espiritual, no
será al fin sino otro engaño que el mal nos tiende: “porque no hay otro
nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hech
4:12).
•
Conclusión
El Evangelio de hoy nos narra la liberación de un
endemoniado por obra de Jesús, como prototipo de la liberación que Dios trae a
todos los pueblos, y como muestra de que Él, el Hijo del Dios Altísimo, tiene
poder para someter incluso a los poderes del mal y romper las cadenas del pecado
y la muerte. Tristemente, esta acción de Dios en Cristo aún es rechazada por
muchos que en sus corazones resisten la acción del Espíritu y, al igual que la
multitud de la región de los gadarenos, piden a Jesús que se aleje de ellos (v37).
Desesperanzador es el fín de los que en su insensatez rechazan la mano de la
gracia. Pero a los que han recibido esta gracia en fe, y han estrechado con
firmeza sus manos en la mano tendida del perdón y la misericordia divina,
Cristo les dice: “Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho
Dios contigo”(v39). ¡Que así sea, Amén!.
Pastor
J C. G /
Congregación San Pablo/IELE
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