domingo, 7 de septiembre de 2008

17º domingo de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Estamos en el de tiempo de Trinidad según una de las dos tradiciones. En la otra es llamado Pentecostés. Es la estación más larga del año ya que va desde el domingo de Trinidad hasta el domingo anterior a Adviento. El domingo de trinidad nació para contrarrestar la herejía antitrinitaria de Arrió. ¡Alabemos al Dios Uno y Trino!


“ Jesús nos perdona para que podamos perdonemos”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Génesis:15-21

La Epístola: Romanos 14:5-9

El Evangelio: Mateo 18:21-35

15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. 16 Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. 17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. 18 De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. 19 Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Sermón

En este texto se saca a la luz quizás el más desenfrenado de los vicios humanos. Es el de no perdonar a otro las ofensas que ha cometido contra uno mismo. Desgraciadamente es algo que no sólo es evidente en la vida del hombre del mundo, del incrédulo, sino también en la vida de aquellos que se consideran ser hijos de Dios, o cristianos.

No hay duda de que perdonar al prójimo es uno de los esfuerzos más dificultosos de la vida cristiana y que la falta de perdonar en realidad constituye un problema grande en la Iglesia de Cristo. Esto lo evidencia la frecuencia con que las Sagradas Escrituras tratan este tema. Pero no solamente las Escrituras sino también nuestra propia experiencia subrayan la verdad que perdonar a otros es sumamente difícil y que son demasiado raras las ocasiones en que lo hacemos. ¡Cuán difícil es perdonar y poder olvidar por completo y para siempre una ofensa cometida contra nuestra persona! ¡Cuántas veces seguimos guardando rencores contra otros por muchos días y semanas y meses y aun años después de haberse cometido la ofensa!

Tal proceder es del todo anticristiano. El cristiano es un ser que ama. Y quizás el mejor calibrador de este amor es su capacidad de perdonar a otros. Donde no existe la capacidad de perdonar, allí tampoco existe el amor. Y donde no existe el amor, tampoco existe la fe, pues “la fe obra por el amor.” De manera que, donde no hay un espíritu perdonador, no hay cristianismo. El que dice llamarse cristiano y no sabe perdonar, deja de ser cristiano. Con la ayuda del Espíritu de Dios meditemos, pues, por breves momentos sobre el siguiente tema:

Los Perdonados Perdonan

Nuestro texto recalca, en primer lugar, que el cristiano tiene motivo, poder y oportunidad más que suficientes para perdonar a otros sus ofensas. Tiene todo esto porque ha gozado del perdón maravilloso de Jesucristo. Poniendo de relieve esta verdad, el Señor nos relata aquí la historia de un rey que, al arreglar cuentas con sus siervos, luego se enteró de que uno le debía la suma fantástica de diez mil talentos. Hoy día tendría el valor quizás de diez hasta veinte millones de euros. Cómo el siervo había incurrido en tan gran deuda, no se nos dice, ni es de consecuencia saberlo. Es a la deuda misma que Jesús nos quiere llamar la atención, a su cantidad casi incalculable, y sobre todo, a la realidad de que al siervo le era incontestablemente imposible pagarla. Su promesa yana de pagarla — promesa con que jamás podía cumplir — sólo sirvió para multiplicar su culpa. Según la ley, el rey procedió con toda justicia al ordenar que fueran vendidos como esclavos el siervo malvado y toda su familia.

No obstante el rey hizo lo que menos se esperaba de un monarca absoluto del oriente. Se nos dice que, “movido a misericordia de aquel siervo, le soltó y le perdonó la deuda.” A pesar de la inmensidad de su culpa, únicamente por la clemencia del rey, el siervo al momento se encontró exonerado, libre para iniciar una vida nueva.

Todo cristiano ha pasado por la misma experiencia milagrosa. Si somos hijos de Dios, si ahora gozamos del perdón y de la vida nueva, esto se debe únicamente a que Dios, como el rey de la parábola, fue “movido a misericordia” de nosotros. Nuestro pecado es ante Dios una deuda tan enorme como la del siervo malvado. Dios nos creó y nos dió vida a fin de que le sirvamos, le amenos sobre todas las cosas, y de que todo lo que hacemos sea para gloria de Él. Mas nosotros sólo hemos hecho lo contrario. Orgullosamente nos hemos entronado a nosotros mismos, haciéndonos nuestro propio dios, y hemos vivido sólo para adorar a este dios falso, complacemos a nosotros mismos y satisfacer las fantasías de nuestro egoísmo y capricho. Por naturaleza, cada acción nuestra, cada palabra, aun cada pensamiento sólo sirve para blasfemar a Dios, y por ende, es abominación a Él. Tan inmensa es nuestra deuda que tampoco existe posibilidad alguna de poder cancelarla. Nuestra condenación eterna es inevitable. No podemos hacer nada para librarnos de ella. Hasta hacemos promesas de reformarnos, y en nuestra soberbia aun nos esforzarnos por pagar la deuda y por salvarnos a nosotros mismos. Pero ésta es una de las mayores blasfemias y sólo logra engrandecer nuestra culpa.

Si hemos de librarnos de la culpa, esa salvación tiene que originarse necesariamente fuera de nosotros, únicamente en el corazón de Aquel a quien somos deudores. ¡Qué esperanzas! decimos. ¡Qué insensatez! Mas sin embargo, así es. Cuanto mayor es nuestra deuda, tanto mayor es la misericordia de Dios. “Movido a misericordia”, sin hallar nada digno en nosotros, Dios nos perdona.

Para sondear la profundidad de esta misericordia debemos recordar la manera como Dios perdona. Para perdonamos se le exigió un sacrificio tremendo. Ya que Dios es justo, no pudo volver la espalda al pecado y simplemente decir que ya estaba perdonado y olvidado. Si así hubiera pasado por alto el pecado, habría dejado de ser justo, hasta habría dejado de ser Dios.

Para poder perdonar, Dios tuvo que formular un plan por el cual reconciliara su misericordia con su justicia. En otras palabras, no podía perdonar sin que, en realidad, el pecado fuera pagado, la deuda cancelada, la condenación realizada. Para lograr todo esto Él mismo se sacrificó. Él mismo subió al altar del Calvario y pagó la deuda por nosotros. Él mismo experimentó la condenación nuestra cuando en su sufrimiento fue desamparado en la cruz. Mediante su muerte en el Gólgota y la subsiguiente garantía de su victoriosa resurrección, el perdón se hizo una realidad para toda la humanidad y también para todos nosotros.

Este perdón, procedente de la misericordia de Dios, realizado por el sacrificio supremo de Cristo y otorgado a nosotros por la fe que el Espíritu Santo nos ha dado, nos capacita a nosotros a perdonar a otros. Con este perdón Dios nos ha engendrado de nuevo como a sus hijos y nos ha dado nueva vida. Es una vida eterna que seguirá a la presente y que gozará perpetuamente de la gloriosa presencia de Él. Pero es, además, una nueva vida que ha de ejercitarse ahora mismo. Ya que Dios mismo nos ha hecho nuevas criaturas, las cualidades divinas de misericordia y amor se reflejarán en nosotros y en nuestras acciones. Habiendo conocido la misericordia perdonadora de Dios y habiendo participado de ella, desearemos otorgar el mismo perdón a otros, a los que de una manera u otra han pecado contra nosotros. Los que se apropian el perdón de Dios y lo aprecian, también tendrán un espíritu perdonador, que los capacitará a perdonarse los unos a los otros, como también Dios los perdonó en Cristo.

Así como el cristiano ha recibido el poder divino de perdonar a otros, asimismo tendrá él grandes oportunidades de ponerlo en práctica. Observamos en el texto que apenas se había retirado el siervo de la presencia del rey, cuando se le presentó la oportunidad de mostrar la misma misericordia a su prójimo. Tampoco a nosotros nos faltarán jamás ocasiones innumerables de perdonar a otros las ofensas que cometen contra nosotros. Así como no dejará de manifestarse nuestro viejo Adán, así como nosotros mismos nunca dejaremos de pecar y ofender a otros, asimismo no dejarán otros de cometer ofensas contra nosotros. Pero cada vez que así sucede, se nos abre una puerta, se nos presenta una gloriosa oportunidad para ejercitar este don sublime, dado a todo cristiano, de perdonar a otros así como Cristo nos ha perdonado a nosotros.

De modo que es una gran tragedia si un cristiano no quiere perdonar, pues posee el don divino de hacerlo, pero no lo utiliza. Ésta es precisamente la tragedia de que nos habla nuestro texto. El siervo, habiendo sido beneficiario del perdón de la gran deuda que él mismo había contraído, y por consiguiente, de la salvación de su vida y la de su familia, no quiso tratar de la misma manera con su consiervo, sino que “fue, y le echó en la cárcel hasta que pagase la deuda.” Lo hizo, además, a pesar de que la deuda del consiervo de ninguna manera podía compararse con la que el rey le había perdonado a él, pues la deuda del consiervo sólo ascendía a cien denarios, algo así como quince euros.

¡Qué ingrato! solemos decir. Pero lo decimos sin acordarnos de que la misma tragedia se está repitiendo con demasiada frecuencia entre nosotros mismos y en nuestra propia vida. Es cierto que otros nos ofenden, a veces groseramente, así como nosotros ofendemos muchas veces a ellos.

Pero, estas ofensas insignificantes, estos “pecados triviales”, estas palabritas irrespetuosas, estas calumnias, sean pequeñas o grandes, estas sospechas en pensamientos y en palabras en cuanto a nuestro carácter, que ya sabemos que es imperfecto, estas acciones egoístas y arrogantes, ¿acaso podemos compararlas con la enorme e inmensa deuda de que Dios nos ha exonerado a nosotros?

El perdonar a otros estas ofensas, ¿implicará acaso para nosotros un sacrificio supremo como el que tuvo que hacer Dios para perdonamos a nosotros? ¿O no es cierto que para perdonar, no tenemos que perder nosotros ni siquiera una pequeña parte de nuestros bienes materiales, y mucho menos nuestra vida?

¡Cuánto más fácil es para nosotros perdonar que lo que le fue a Dios! Pero, ¡cuán raras son las veces que logramos hacerlo! ¡Cuántas veces no perdonamos nada! ¡Cuántas veces quedamos molestos por uno de estos “pecados triviales” que otro ha cometido contra nosotros ya hace meses, aun años! No son pocas las veces que, después de haber tenido un pequeño pleito con alguien, decimos que estamos listos a perdonar, pero insistimos en que el otro venga primero a nosotros, y que venga casi arrastrándose sobre la tierra y se postre delante de nosotros pidiendo perdón. No son pocas las veces que decimos “te perdono” al que nos ofendió, pero, al no olvidar la ofensa o seguir hablando de ella a otros, mostramos que nuestro “perdón” fue falso y que no sabemos perdonar “de corazón”, como nos exige el Señor, O si hemos perdonado dos o tres veces a un hermano y éste vuelve a ofendernos, perdemos la paciencia y decimos: “Ya no más”, y nos olvidamos por completo de que Jesús espera que perdonemos hasta “setenta veces siete.”

Esta actitud de no perdonar es quizás una de las faltas más terribles de que son culpables los que llevan el nombre de cristianos. Lo que hace aún peor a la falta es que generalmente se trata de ocultarla tras una máscara de santidad externa e hipocresía. Pero no se puede esconder. Dios la ve en todo momento. Y si los demás la observan, no deja de ser ella un testimonio negativo y horrible en cuanto a Cristo y su Iglesia. “Viendo sus consiervos lo que pasaba”, dice Jesús en la parábola, “se entristecieron mucho.”

Pero no es ésta la consecuencia más grave. Es más seria aún la posibilidad de que ya hayamos perdido el perdón y vida que Dios nos ha dado o que estemos en grave peligro de perderlos. Veamos el juicio final que le sobrevino al siervo malvado: “Llamándole su señor, le dice: ‘Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste:- ¿no te convenía también a ti tener misericordia de tu consiervo, como también yo tuve misericordia de ti?’ Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía.”

“Así también hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno a su hermano sus ofensas.” El que no quiere perdonar a otros sus ofensas cae en la condenación de Dios. Es claro que de por si el perdonar a otros no nos gana el perdón de Cristo, pues este perdón es concedido por su gracia, pero si lo perdemos si no perdonamos. El que dice llamarse cristiano y rehúsa perdonar a su hermano evidencia que no conoce ni aprecia el perdón de Cristo. O no se ha dado cuenta o se ha olvidado de la inmensidad de su propio pecado y de la grandeza aún más inmensa de la misericordia perdonadora de Dios. Hablar del perdón de Cristo y fingir que se aprecia sin manifestar el deseo sincero de comunicarlo a otros es el colmo de la hipocresía y la blasfemia. Cualquier ser humano, bien que se llame cristiano o no, que no perdona a otros sus faltas, niega y repudia incondicionalmente la gracia y el perdón de Cristo, y trae sobre si mismo nada menos que la repudiación completa y final de Dios. Dice Cristo: “Cualquiera que me negare.... le negaré yo.” Y Santiago expresa el mismo pensamiento de este modo: “Juicio sin misericordia será hecho con aquel que no hiciere misericordia.”

Hay un solo remedio para este espíritu no perdonador y anticristiano. Consiste en acudir de nuevo y con toda sinceridad a la cruz del Calvario; fijarnos detenidamente en la figura de Aquel que agoniza, y considerar la magnitud del pecado nuestro que causó su crucifixión; reflexionar bajo la sombra de aquel madero en los infinitos terrores y horrores que nosotros merecimos, pero que aquel Cordero, desamparado por los hombres y por Dios, soportó voluntariamente en nuestro lugar; y procurar penetrar hasta donde podamos las profundidades de aquella misericordia ilimitada que Cristo tuvo para con nosotras, viles y miserables pecadores. Allí nos apropiaremos de nuevo esta misericordia. Allí hallaremos nuevamente el perdón pleno e incondicional. Y allí Dios volverá a alentarnos con el soplo de su propia vida y a infundir en nosotros el espíritu de misericordia, y el anhelo y el poder de perdonar.

Que Dios nos conceda crecer diariamente en su gracia, para que así podamos decir todos los días de nuestra vida y con toda sinceridad la petición que su Hijo nos enseñó a orar: “Padre, perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Y como hemos sido perdonados, perdonemos a otros. Amén.

Tomado de “Pulpito Cristiano”, pastor Carlos W. Bretscher