viernes, 5 de septiembre de 2008

16º domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Estamos en el de tiempo de Trinidad según una de las dos tradiciones. En la otra es llamado Pentecostés. Es la estación más larga del año ya que va desde el domingo de Trinidad hasta el domingo anterior a Adviento. El domingo de trinidad nació para contrarrestar la herejía antitrinitaria de Arrió. ¡Alabemos al Dios Uno y Trino!

16º domingo después de Pentecostés

“ Jesús da su poder a la Iglesia ”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Jeremías 33.7-11

La Epístola: Romanos 13.1-10

El Evangelio:

Mateo 18.15-20
15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. 16 Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. 17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. 18 De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. 19 Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Sermón

El Evangelio que acabamos de leer para este domingo combina varias cosas que en un principio no guardan relación alguna entre si. Tenemos por un lado la Disciplina de la Iglesia, que incluye lo que se llama excomunión, junto con la autoridad dada a los discípulos, la promesa de Jesús que nuestro Padre Celestial contestará nuestras oraciones combinada con la maravillosa promesa de Jesús que estará presente entre nosotros cuando invocamos su nombre. Es una combinación maravillosa de ordenanzas y promesas, de instrucciones, autoridad y consuelo. Es un muy buen resumen de su poder, su presencia y su Iglesia.

La primera cosa que nuestro breve texto nos muestra es cómo debemos tratarnos los cristianos cuando alguno de nosotros comete algún pecado. Para muchas personas estos pasos resultan difíciles de llevar a cabo, pero veamos las implicancias de las palabras que el Señor aquí nos enseña. Porque en ocasiones se piensa que es una práctica desagradable, que el pecado del otro o el mío son asuntos personales y en nada le incumben al otro o que la confrontación resulta incomoda, así que es mejor dejar las cosas como están y que pasen y la vida siga su curso.

¿Después de todo el pecado es una cuestión personal? Pues realmente no lo es.

Jesús dijo “si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos”. Éste no es un consejo que deja librado al gusto y placer de cada uno. Es una mandato explicito que tenemos que llevar a cabo. Es cómo debemos tratarnos los unos a los otros. Si vemos que nuestro hermano ha cometido un pecado, debemos amarle de la misma manera que Cristo lo amó, tanto que no lo podemos dejar continuar que siga por la senda del pecado. Así es que estamos llamados a ir a él o a ella y amonestarle.

Amonestar a alguien es decirle que lo que está haciendo está mal. No implica sermonearle sobre lo que hace. No quiere decir que tenga que morder el polvo en frente de todos. No se trata de amenazarlo. Significa decirle que lo que está haciendo es pecado y está mal ante los ojos de Dios. Un hermano es un cristiano y al darse cuenta de que ha pecado debería ser todo lo que necesita para volverse de su pecado y arrepentirse. Lo mismo cabe para nosotros, que si nos amonestan deberíamos reconocer nuestro pecado y arrepentirnos. Pero sabemos que no siempre es así. Así es que Jesús dice, si él te oyere, has ganado a tu hermano. Si él en realidad reconoce que lo que está haciendo es pecado, se arrepentirá y habrás sacado a tu hermano del pecado, de la muerte y habrás hecho de que viva nuevamente en la seguridad de la vida eterna.

Cabe resaltar que ésta es, en principio, una tarea privada. La amonestación se debe dar en privado. ¿Por qué? Supongo que porque nos es más fácil confesar la culpabilidad y admitir el pecado ante un buen amigo y no es tan sencillo de hacerlo delante de una multitud. Además es más efectivo si, cuando ve pecar a un hermano en la fe, va a él ha hablar sobre el tema, antes de llevar el tema de conversación a sus amigos en un juego de cartas, o en las charlas en el bar. Hay más probabilidades de aceptar la corrección privadamente que cuando se es avergonzado delante de otros, o se ha oído que los otros ya hablan sobre el tema en cuestión. Desafortunadamente, a menudo las personas en la iglesia reañizan este proceso a la inversa, comenzando por contarle a otros y tal vez nunca hablando con la única persona que debe arrepentirse y puede poner todo esto en la senda correcta.

Si el hermano se arrepiente, ha ganado y el bienestar y salud espiritual de este hermano en la fe es el premio. Así es como Jesús quiere que tratemos con el pecado en la iglesia.
Por supuesto que si él o ella no acepta la amonestación y se rehúsa a admitir su pecado como pecado, o se rehúsa a arrepentirse, la invitación de Jesús no es a lavarse las manos y desentenderse de ellos. Seguimos intentando. Jesús ya ha explicado cómo el pastor deja las noventa y nueve ovejas en la tierra salvaje y va en búsqueda de la que ha desviado del rumbo. Él quiere que nos amemos. Esto no es simplemente un conjunto de reglas a obedecer, esto es la muestra de cómo nos amamos, es la expresión o manifestación del amor hacia el otro. Jesús no quiere que el pecador se pierda. Él murió por todos, por ti, por mí y por ellos también, para que vivamos junto a él en su reino. Él vino a buscar y salvar también a ese hermano que peca. Este método de tratar con el pecado en la iglesia es un acto de amor, que busca el bienestar de la hermana o hermano que ha pecado.

Entonces, si él se rehúsa a oír, esto es que no reconoce su pecado, por lo tanto que no se arrepiente, debemos llevar el asunto a otras personas para que ayuden a resolver el tema, que con su presencia se insista en la amonestación de manera correcta, sincera y de acuerdo con la Palabra de Dios y el espíritu de amor que se debe tener para otros. Con esta ayuda, otra vez se ruega al hermano que se aparte de su pecado y vea que el mismo es una cosa perjudicial para su vida de fe.

Otra vez, si el hermano oye, se arrepiente, se ha rescatado al hermano y se lo ha ganado.
Pero si no es así, para muchos viene la parte difícil, porque si la persona se rehúsa a admitir su pecado como pecado o continua viviendo en la seguridad ese pecado, sigue rehusando arrepentirse. El paso siguiente es llevar el caso a la iglesia. Cabe aclarar que la Iglesia sólo se debe ocupar de pecados los manifiestos, los pecados que están manifiestos y son conocidos públicamente. Si se trata de un pecado de una persona que nadie más sabe el caso debe quedar y ser solucionado por las personas que están implicadas.

Habiendo dicho que cuándo se trae el asunto a la Iglesia, la congregación entera debe actuar a través del pastor, los líderes o las personas que sean idóneas para tal caso, llamando a la persona al arrepentimiento y advirtiéndole que si no se arrepiente, el camino que por el cual transita lo está conduciendo lejos de la verdadera fe y que quedará excluido de la comunión del cuerpo de Cristo. El propósito de esto es conducir al hermano a que vea la situación precaria en la que está y que vea que la necesidad a arrepentirse y apartarse del pecado es muy seria, a fin de ganar a la persona. Pero si él se rehúsa a ver y a arrepentirse, Jesús dice que se le deje y sea considerada como una persona no judía o un cobrador de impuestos. La persona no Judía o gentil era considerada fuera del pueblo de Israel, fuera de las promesas divinas. Los judíos fueron mandados por Dios a no mezclarse con ellos, ni casarse, pero también fueron enviados a proclamarles la Ley y el Evangelio de Dios a fin de que se arrepientan y lleguen a la verdadera fe.

Para que veamos la dureza de las palabras de Jesús consideremos que los publicamos eran considerados como la forma de más baja de vida humana. Eran traidores a su pueblo que servían al enemigo, que aun maltrataban a sus semejantes recolectando impuestos en excesos y enriqueciéndose durante el proceso.

Jesús dice estas cosas a fin de que estas cosas sean hechas para restaurar al hermano. Para ello es necesario reconocer que es su poder y amor el que ejercemos, no lo nuestro. Es su Iglesia a la que se sirve, no la nuestra. Él es el que manda y nosotros solo tenemos que ser fieles y obedecerlo. Siempre en su amor, con humildad y siempre para el bien de la persona que ha caído en pecado manifiesto. A esto le llamamos Disciplina de la Iglesia o Disciplina Eclesiástica y la raíz de la palabra que aquí se utiliza corresponde a “discípular”. A muchos os parece muy duro e insensible, piensan que es algo similar a sacar a patadas a alguien de la Iglesia, cuándo en realidad es parte del cuidado cariñoso que la Iglesia debe tener hacia los creyentes. Pero en estos casos es necesario hacer evidente esta verdad dolorosa, pues el que vive en pecado y se niega a arrepentirse ha escogido el mundo en lugar de Jesucristo y realmente se han retirado del cuerpo de Cristo. Justamente se lo formaliza delante de la Iglesia con la esperanza de que esta predicación final, abrupta y ofensiva de la Ley pueda despabilar a la persona y al resto de la enormidad de su pecado y su peligro y los llama finalmente al arrepentimiento. Hacer esto es amar al prójimo y ser fiel al Señor. No hacerlo es quererse más a uno mismo que a la persona caída en pecado, además de ser infiel a esta orden que nuestro Señor Jesús nos ha dado. Después de todo es su Iglesia.

Después de esto Jesús parece ir en otra dirección y dice que De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. Pero en verdad, Jesús simplemente le da autoridad a los suyos para administrar esta disciplina en la Iglesia. Él dice que si se declara a una persona fuera de la Iglesia y sin salvación, así será y permanecerá así hasta que corrija esa excomunión por medio de la confesión, el arrepentimiento y la absolución. Esta persona debe ir a quienes la excluyeron para hacer esto. O sea a la Iglesia, que la amonestó y la quitó de en medio de los suyos. Esta es la encargada de darle la bienvenida de regreso, porque esto no se soluciona yendo a otra congregación o pidiendo la opinión de otros. La persona queda excluida del reino de Dios por la propia Palabra de Dios y su autoridad.

Hasta ahora, podrá preguntarse ¿dónde están las buenas noticias aquí? Esto roza bastante la vida en la penumbra y realmente deprime. Pero las buenas noticias están escondidas en la frase “si te oyere”. Esta frase contiene arrepentimiento y por consiguiente, perdón. Un verso antes de nuestro texto del Evangelio de hoy leemos que Jesús dice: “Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños”. No es la voluntad de su Padre que está en cielo aquélla persona que ha pecado muera en esa situación. Es así que sin arrepentimiento y perdón, se muere en pecado. Jesús no desea eso en absoluto. Él ha muerto en la cruz a fin de que podamos tener vida. Él fue colgado en el madero por nuestros pecados a fin de que todas las personas puedan tener vida, perdón y salvación. Así es que Jesús nos explica cómo reconquistar lo perdido y lo pecaminoso. Él nos dice que el pago que ha hecho por los pecados de la humanidad ha sido completo. Nos enseña que debemos recordar el gran mal que nuestros pecados producen en nuestra vida de fe y también los estragos que causa en la vida de fe de nuestro prójimo, a fin de que los evitemos y corramos a sus cariñosos brazos dónde nos recibe con su gracia y perdón. Tus pecados están pagados. Tu padre en cielo ha sido piadoso y te los ha perdonado por la obra de Cristo. Eres redimido. Él que cree recibe y posee el perdón logrado en la cruz y es revestido de la rectitud de Cristo.

Así es que recibimos su rectitud y con ella, todo lo que él ha ganado para nosotros, a saber: la vida eterna y la resurrección de entre los muertos y la vida en la gloria eterna junto al Padre. Es todo tuyo, te lo da, porque que él que creyere y fuere bautizado se salvo.

Una vez renovados los corazones, perdonados los pecados, Jesús promete oírse las oraciones de los suyos y contestarlas, además establece su promesa de que dónde dos o tres estén reunido en su nombre, allí estará en medio de ellos. ¡Qué promesa tan maravillosa! Promete estar presente con nosotros cada vez que nos reunimos en su nombre, como su pueblo. Él está presente hoy aquí, en su Palabra y en una forma especial en el Sacramento del Altar, en el cual recibimos su verdadero cuerpo y su verdadera sangre. Él está entre nosotros para perdonarnos, bendecirnos y animarnos. Él está aquí de manera tan real como está presente cualquiera de vosotros. Lo sabemos porque él lo ha prometido.

Por esto es que oramos juntos y comenzamos los Oficios Divinos en su nombre realizando la invocación de nuestro Dios Trino. Jesús ha prometido que nuestras oraciones serán contestadas.

Nuestras oraciones serán contestadas porque él está aquí, presente entre nosotros. Quizás la manera de la promesa molesta a algunos. Jesús dijo “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo”. Suena como que cualquier par de personas podría orar a Dios y exigirle que llueva o deje de hacerlo y esto forzaría a Dios a realizar este pedido. Pero gracias a Dios no es así, porque sino esto sería un caos, Dios tendría que cumplir con todos nuestros caprichos constantemente. Pasa que tendemos a leer mal la promesa.


La promesa es que cualquier cosa que pidamos juntos en oración será concedida, pero las palabras perdidas son las que siempre decimos en el Padrenuestros, que piden a Dios que todo sea hechos según la su voluntad. Deberíamos orar siempre conforme a la Palabra de Dios, que es su voluntad. Cuando lo hacemos, Dios concede nuestra oración. Si pasamos por alto que debemos orar como sus hijos sujetos a su voluntad para que las oraciones sean respondidas, luego nos preguntaremos por qué cada solicitud no ha sido respondida si estamos junto a un par de personas las cuales se han unido a nosotros en el pedido.

Aunque los hilos de este texto parecen separados y no bien relacionado el uno para el otro, están conectados muy agradablemente alrededor de Jesús. Su Iglesia, y por lo tanto el cómo nos ocupamos los unos de los otros con respecto al pecado y su forma de tratarlo. Su poder y su autoridad nos son dados a trabajar en bien de la persona, en la disciplina cuando haya necesidad, porque es su Iglesia. Y porque es su Iglesia y somos su pueblo, él nos promete su presencia.

Están conectados, pues cuando actuamos en representación suya y en su nombre, tenemos su autoridad, aun para cerrar la entrada del cielo y abrirla otra vez. Él está presente entre nosotros cuándo hablamos de su Palabra. Para oír las oraciones por nuestros hermanos que han errado y recibirlos de vuelta en su gracia cuando el hermano se arrepiente. Él está presente entre nosotros porque somos su Iglesia. Su poder, su presencia, su Iglesia. ¡Qué buenas noticias! No estamos nunca solos, además compartimos su poder, su Presencia y su Iglesia. En nombre del Padre, y del Hijo de Dios, y del Espíritu Santo.