miércoles, 27 de agosto de 2008

15º domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Estamos en el de tiempo de Trinidad según una de las dos tradiciones. En la otra es llamado Pentecostés. Es la estación más larga del año ya que va desde el domingo de Trinidad hasta el domingo anterior a Adviento. El domingo de trinidad nació para contrarrestar la herejía antitrinitaria de Arrió. ¡Alabemos al Dios Uno y Trino!

“Cristo nos da su Cruz”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Jeremías 15.15-21

La Epístola: Romanos 12.1-8

El Evangelio: Mateo 16:21-26

Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo. 21 Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. 22 Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. 23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. 24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. 25 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. 26 Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?

Sermón

La semana pasada leímos sobre cómo Jesús le decía a Pedro que era “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Pero en la lectura de esta semana, oímos que Jesús no llama a Pedro “bienaventurado”. Él lo llama “Satanás”. Veamos porqué se da esto.

Hasta ahora, Jesús ha estado preparando a sus discípulos, enseñando su Palabra y realizando los milagros que realizó, para lo que está a punto de decirles. Las pruebas de quién es Jesús son abrumadoras para ellos y Pedro correctamente ha que es “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mateo 16.16). A los discípulos se les ha revelado “quien” es Jesús. Ahora él les dirá el “cómo”, “dónde” y el “por qué”: De manera que “desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día”. (16:21).

Para Ti y para mí, estas son noticias viejas, cosas que no nos asombran porque sabemos que ha pasado. Pero ésta es la primera vez que los discípulos las han oído. Hasta ahora no tuvieron oposición hacia Jesús, porque en gran parte del tiempo había estado enseñando y realizando milagros. Ahora Jesús anuncia su sufrimiento y muerte.

¿Cómo reaccionan los discípulos? No permitirán que ocurra tal cosa, no si Pedro tiene algo para interponerse en medio de esto, como lo hizo en el huerto de Getsemaní al cortarle la oreja a Malco. Él es quien toma la iniciativa de salvar al Salvador, como un amigo y un discípulo, él tiene que obligar a Jesús a suspender la concreción de lo que ha dicho. Él empuja a Jesús a un lado para hacer justamente eso: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca”. Sin duda alguna, Pedro está muy preocupado por Jesús y no quiere que muera. Nadie puede dudar de que Pedro actúe movido por las mejores intenciones

¡Quítate de delante de mí, Satanás!, me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”. ¿Cabe preguntarnos porqué Jesús hace una llamado de atención tan fuerte hacia esta actitud de Pedro? Probablemente esto deja sin habla a Pedro y duro al resto de discípulos. Es extraña la reacción de Jesús solo porque Pedro piensa y opina qué es lo más conveniente para él.

Sin importar la razón de Pedro, el pecado de Pedro es el peor de los males. La profecía sobre la muerte de Jesús no es una conversación alocada, sino que es la voluntad del Padre. Hace mucho tiempo, concretamente hacia Adam y Eva, Dios dio fe de que El Salvador aplastaría cabeza de Satanás y sufriría la muerte allí mismo (Génesis 3:15). Es la voluntad de Dios que su Hijo vaya a la cruz y muera por los pecados de mundo.

Así es que cuando Pedro contradice a Jesús, aun con la mejor de las intenciones, él está diciendo: “Señor, no deseo que se haga tu voluntad, sino la mía. Tengo un mejor criterio que Ti y lo que tu deseas no debe ocurrir”. Cuando Pedro desafía a Jesús, está diciendo que Jesús está equivocado y que la Palabra de Dios que ha manifestado es falsa. Póngalo así: Cuando Pedro reacciona tratando de impedir que Jesús vaya hacia la cruz, él está tratando de impedir la redención del mundo. Él cierra el paso hacia la cruz. Él trata de impedir el ser perdonado de todos sus pecados.

No es extraño que Jesús llame a Pedro “Satanás”: Esto es exactamente lo que el diablo desea.
Pedro está haciendo el trabajo del diablo, porque Pedro sigue a un dios falso y peligroso, el dios del “yo”. Ese ego pecaminoso es lo suficientemente malvado, porque diariamente quiere desafiar, desacreditar y negar las órdenes de Dios. En este caso, sin embargo, comete un mal mucho mayor: Pedro entiende ese dios pequeño, cegado designado “ego”, él se pierde en sus rebeliones y peca. Y si él anula el camino de Jesús a la cruz, todos nosotros estamos perdidos, no tendremos perdón.

Pero hay esperanza para Pedro. Jesús no va a hacer lo que Pedro quiere. Él va a hacer lo que Pedro y nosotros más necesitamos. Él no va a hacer la voluntad de Pedro. Él va a apegarse a la voluntad de su Padre.

Jesús irá a Jerusalén, sufrirá en manos de los Ancianos, los Sumos Sacerdotes y los Escribas, esos líderes religiosos que declaran una salvación falsa. Él será muerto, clavado en la cruz, y resucitará en el tercer día. No hará esto para sí mismo. Lo hará para Pedro y el resto de mundo.
Jesús anuncia esta salvación para los discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. 25 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”.

A pesar de ese pecado Pedro no quedó abandonado, pues en el pasaje anterior está el anuncio de salvación para él y para todos los que somos como él: Cada día, podrá negarse a sí mismo por la gracia de Dios.

En otras palabras, diariamente confesará que su confianza en usted mismo, sus buenas intenciones y sus planes egoístas son lo que son ante Dios: pecados. Negará las ideas pecaminosas que tienes constantemente. Luego las llevará hacia los pies de Jesús en la cruz donde se entregó por ellos. Él declara “No haga su voluntad, Pedro, porque su voluntad no lo puede salvar. Su voluntad no puede, pero la mía si. He muerto su muerte que tu merecías por tus pecados, he sacrificado mi vida en la cruz por ti. Por consiguiente, mi muerte es tu muerte. Mi cruz es tu cruz, si lleva mi muerte y mi cruz por la fe, el pecado ya no lo tiene sujeta a la muerte”.

Pedro llevará la cruz de Jesús, caminará en el perdón que Cristo ha ganado en esa cruz.

Aunque sea atacado por el mundo, el diablo y su propia carne, sabrá que sus pecados están pagados y esa vida eterna está segura. Allí sufrirá y adversidad, pero cuando él sufre estará en paz porque Jesús ya ha resistido el mayor sufrimiento por sus pecados y le ha dado a Pedro su cruz.

En el Catecismo Menor, Lutero nos alienta a comenzar y acabar cada día con una oración. Lo llamativo es que para empezar esas oraciones, él recomienda hacer el signo de la Santa Cruz o santiguarse. Ésta es otra forma de repetir la enseñanza de Jesús, “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”. Hay una buena razón para esto.

Diariamente, somos acosados y seducidos por un persistente dios falso. Está todo el tiempo con nosotros y no hay escape hasta nuestra partida al cielo. Nos ofrece una religión atractiva, a este dios falso le gusta la felicidad y detesta la infelicidad. Le gusta evitar situaciones llenas de tensión y justamente no puede aguantar cosas que no le son agradables. Constantemente buscará mostrarnos cosas que aparentan ser las más convenientes para nosotros y que apreciamos mucho como individuos. Pero seguir a este dios solo nos llevará a la destrucción.

Este dios falso no es nada más que nuestra naturaleza pecaminosa, nuestro ego. Seguramente ya ha conocido este enemigo y es usted mismo. Es nuestra naturaleza pecaminosa, nuestro ego pecaminoso, eso que nos hace tan egoístas, cuidando de nosotros a expensas de todo lo demás y todos los otros. Es la respuesta al por qué en medio de cuarto lleno de juguetes con dos niños, un niño querrá sólo el juguete con que el otro juega.

Incluso se manifiesta dentro de la iglesia. Su viejo Adán le dirá que las 9:00 es demasiado temprano para el Oficio mientras que las 12:00 le corta por la mitad el día y por eso ir la iglesia es un inconveniente. También le añadirá que si el Oficio no es agradable o vibrante, por no es bueno y no merece la pena ir. Este dios le mostrará toda clase cosas de mejores en las cuales puede usar su dinero en lugar de ofrendarlo. Todo estas cosas son pruebas del trabajo de su viejo hombre, de la naturaleza pecadora, dentro suyo, que busca hacer su voluntad y no la voluntad de Dios. Todas estas cosas son pecados y están en ti y mí, que nos hacen culpables. En otras palabras, cuando actuamos de esta forma, no podemos decir: “soy inocente, nos es a mi a quien deben culpar”.

No podemos separarnos de nuestra naturaleza pecaminosa. Somos nosotros mismos y somos culpables ante Dios. Por ello es qué Jesús declara: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”. Ésta no es una terrible tarea, es la vida del cristiano. Por la Ley de Dios, sabemos lo que nuestra naturaleza pecaminosa es, con todas sus tendencias egoístas. Por la gracia de Dios, nos negamos nosotros mismos, rechazamos servir a nuestro ego pecaminoso y desechamos los deseos del viejo hombre. Confesaos al Señor que naturalmente seguimos nuestra propia voluntad y deseos, desechando los de él y oramos para que nos perdone por medio de su Hijo crucificado. Esto lo decimos y hacemos regularmente, pero con palabras diferentes. En las liturgias familiares y en los Oficios Divinos llevamos a cabo un punto que se llama “confesión de Pecados” donde de muchas maneras decimos: “¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado! Porque yo reconozco mis faltas y mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti solo pequé e hice lo que es malo a tus ojos”. Oramos para que él que murió por nuestros pecados nos perdone.

Lo maravilloso de esto es que ¡Él lo hace! Es así que oyes la verdad proclamada en palabras como estas: “En el lugar y por mandato de Cristo, os perdono todos sus pecados”. El pastor anuncia que Jesús te perdona y quita todos tus pecados. Además, generalmente se hace el signo de la cruz, de esta manera también se comunica esta estupenda verdad: Eres perdonado porque Cristo ha muerto en la cruz. Otra de las experiencias que vivimos en el Oficio es el de compartir el sacramento del bautismo dónde se nos afirma que Jesús es quien nos reviste con su santidad y justicia. Así puedes estar seguro de que su muerte ha sido en tu lugar, que su cruz es tu cruz.

Ésta es la cruz que soportas. Pablo lo deja claro en Gálatas 2.20 “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.”. También dice en Romanos 6:4 “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.”. Jesús ha colocado su cruz y su victoria sobre el pecado en ti y esa es la cruz que debes soportar y cargar.

Es por esto que Lutero aconseja que hagamos la señal de la cruz cada mañana, así podremos recordar constantemente que llevamos sobre nuestras espadas la cruz en la cual murió por nuestros pecados. Porque por medio de su Palabra él derrama su gracia y nos da la fe, así es que diariamente confesamos nuestros pecados, los dejamos en Cristo y vivimos como personas perdonadas.

A nuestra vieja naturaleza no le gusta eso. Sacará a relucir toda clase de razones para que confíes en ti mismo más que en Dios. Tratará de que creas que a Dios no le importas nada. En medio de la enfermedad y aflicción te dirá que Dios te ha olvidado. En el estrés y la ansiedad afirmará que Dios es débil o cruel contigo. En tales ocasiones es preciso que te niegues a ti mismo y te aferres a la cruz.

Ésta es la vida y la batalla del cristiano: El ego versus el Hijo de Dios crucificado y resucitado. Es por ellos que le damos gracias a Dios, porque nos da la victoria a través de nuestro Señor Jesucristo, quien nos da esa gracia a través de su Palabra y Sacramentos y en la proclamación del Evangelio.

Quizás te preguntes porqué traigo a colación el tema de os Oficios Divinos o de los cultos familiares. Porque creo que en torno a ellos se cierne un peligroso pecado. Es cierto que afrontaremos a diario las luchas egoístas, pero mientras que la cruz esté a la vista podemos ser perdonados. Sin embargo, recuerde que lo peor del pecado de Pedro no fue que busco su camino, sino que intentó evitar a Jesús el camino de la cruz.

Las buenas noticias son que, según las palabras de nuestro Salvador, la obra de redención “Está Consumada”. No le podemos impedir a Jesús marchar hacia la cruz porque ya ha muerto en ella, se ha levantado y ha ascendido al cielo. Sin embargo, siempre es una tentación que la Iglesia aparte a los pecadores de la cruz, aun con las mejores intenciones. La forma del Oficio Divino no lo hacemos porque siempre se ha hecho así, sino porque en ese Oficio se proclama nuestro pecado y la gracia que nuestro Señor tiene para con nosotros. Con la Invocación y la confesión de pecados, el nos enseña que Cristo ha lavado nuestros pecados, vistiéndonos con su rectitud. Con las lecturas y el sermón, el Oficio apunta con el dedo a su Palabra, donde Jesús nos perdona. El servicio de la Santa Cena señala donde Jesús nos da Su cuerpo y su sangre para el perdón de nuestros pecados. En el Oficio seguimos lo que Jesús dice: Confesamos nuestro pecado y recibimos perdón. Nos negamos a nosotros mismos y llevamos su cruz.

Es una gran tentación modificar el Oficio y readaptarlo a nuestra sociedad. Somos invitados a hablar menos de pecado y así parecer más positivos, a hablar menos de la obra de Cristo y más de sobre nuestras alabanzas y el servicio que le podemos brindar a él. Nos es dicho que debemos hablar menos de su muerte y más de cómo vivir nuestras vidas positivamente. Deberíamos enfatizar más en las personas y menos en las doctrinas. Estos cambios deben tener lugar, eso se dice, por el bien del evangelismo. Debemos cambiar cómo adoramos para alcanzar a más personas.

Pero ¿Estas sugerencias están hechas con buenas intenciones? Puede ser, pero la pregunta es ¿Estos cambios ensombrecen la cruz? ¿O hacen de las personas el papel principal del Oficio relegando el perdón a un segundo plano? Si hablamos menos del pecado y más sobre nuestras alabanzas y nuestras obras, podemos deducir que no nos negamos a nosotros mismos. Si hablamos menos de su muerte y más de nuestras vidas, se entiende que no se proclama su cruz.

Lo cierto es que por la gracia de Dios nos negamos a nosotros mismos y cargamos con su cruz, lo cierto es que somos perdonados. Lo cierto es que Dios se hace presente en su Palabra y Sacramentos, con su gracia, para perdonarnos. Así que si nuestro culto cambia a fin de que no se hable más de confesión y el perdón quede relegado a un segundo plano, esto se reflejará a lo largo de nuestras vidas y nuestra fe, de otra manera dónde seremos perdonados.
No nos soltamos de la Palabra de nuestro Señor, el Verbo encarnado, el Cristo, el Hijo de Dios del Dios vivo que sufrió, murió y resucitó. Así que alégrese al negarse y confesar sus pecados, haga eso en la seguridad de que el Señor ha hacho lo necesario para ponerlo en libertad de su vieja naturaleza egoísta, pecaminosa que trata de matarle. Alégrese de que el Señor es quien murió su muerte y le ha dado su cruz. Que reafirme esto constantemente dándole su cruz en su Palabra y su Sacramentos. Sin duda batallará cada día con su ego, pero el Señor está presente con su Gracia, para ayudarlo, auxiliarlo y perdonarlo de todo sus pecados en nombre del Padre y del Hijo de Dios y del Espíritu Santo. Amén