lunes, 4 de agosto de 2008

9º Domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Estamos en el de tiempo de Trinidad según una de las dos tradiciones. En la otra es llamado Pentecostés. Es la estación más larga del año ya que va desde el domingo de Trinidad hasta el domingo anterior a Adviento. El domingo de trinidad nació para contrarrestar la herejía antitrinitaria de Arrió. ¡Alabemos al Dios Uno y Trino!

“La cizaña y el trigo”
Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Joel 3:12-16

La Epístola: Romanos 8:26-27

El Evangelio: Mateo 13:24-30, 36-46

Sermón

Separar lo bueno de lo malo es algo que nos gusta hacer. Nos constituirnos en jueces. Elegimos y separamos. Pero lo bueno y lo malo en nosotros es muy relativo, pues está confundido. Por lo tanto a nosotros Dios no nos envía a juzgar, ni condenar a las personas en este gran campo que es el mundo, sino a sembrar trigo.

El domingo pasado Jesús nos habló por medio de la parábola de las semilla y nos mostró los distintos terrenos, bien podríamos llamarle corazones, en los cual cae la semilla del Evangelio. Este domingo nos habla el Señor de esa misma buena semilla de la Palabra que germina, crece y produce trigo. Pero no crece sola, pues al lado de ella crece también cizaña.

La cizaña

Era la pesadilla de los agricultores hebreos. Es una planta tan parecida al trigo que le llamaban “trigo bastardo”. Los ojos no expertos solo perciben la diferencia cuando da la espiga.
La cizaña es una planta toxica. Junto a la planta crece en el grano un paracito que lo infecta con una sustancia venenosa llamada “temulina”.
En la siega era importante separar el trigo de la cizaña ya que si se mezclan los granos y se muelen juntos la harina de trigo resultante podría ser más oscura y llevar grados de toxicidad. Una vez crecida la cizaña entre el trigo no podía arrancarse ya que las raíces entrelazadas podrían arrancar el trigo también.
La separación se realizaba después de la siega, donde se separaba la espiga de trigo de la de cizaña. Esta última, que tiene un tono más grisáceo, se agrupaba en fardos para luego ser quemada.

El crecimiento de la maliciosa cizaña suponía para los agricultores un doble trabajo, paciencia y la lección de que su valioso trigo debía convivir hasta la siega con la plaga de la cizaña, la cual solo vería su fin en la cosecha.

La paciencia en la convivencia

Los Israelitas cayeron presos de un muy mal entendido gestado en su corazón orgulloso, y como todo lo malo en esta vida, producto de la distorsión de la Palabra de Dios. Ellos habían sido constituidos una nación santa, un pueblo especial de Dios, es verdad, pero no para separarse del resto, menospreciarlo y condenarlo. Ellos fueron constituido pueblo de Dios para ser “luz de las naciones”. El sentimiento de superioridad que generaron trajo consigo soberbia e hipocresía, mucha hipocresía. Al considerarse mejor que los demás por su propia extirpe y méritos, se hicieron esclavos de la ley que intentaban cumplir con rigurosidad absoluta, y cuando esto no les era posible, aparentaban cumplirla con la misma rigurosidad. Creían erróneamente que la diferencia radicaba en ellos mismos y no en el Dios que los había creado para un propósito.

Por esto cuestionaban tanto a Jesús, pues Él comía con pecadores, se juntaba con ellos. ¿Qué clase de Mesías era que no separaba y quemaba a los que no son “trigo limpio”?
El Evangelio lo deja claro: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. Juan 3:17
La cosecha y la separación vendrán, pero ahora no es el tiempo. Ahora estamos en un tiempo de Gracia, tiempo que necesitamos para crecer y proporcionar los frutos del Evangelio, de la Buena
Noticia del Reino.

Juntos pero no revueltos

Jesús no se separó de las personas de este mundo. Al contrario, él se hizo hombre y vino y habitó en este mundo. Y hasta el final de su vida, hasta su resurrección, muchos no lo vieron distinto al resto mortal. Lo veían como un hombre más o como un profeta más.
Sólo a los ajos de la fe de sus discípulos se podía distinguir al Dios hecho Hombre, al Salvador. Su apariencia era similar a cualquier otro, es más dice Isaías que “no hay hermosura en él, ni esplendor” (Is. 53:2), y sin embargo su fruto fue la salvación. Jesús no se separó, sino que habitó entre nosotros y sin embargo su fruto fue la redención del mundo pecador.

Nosotros, los que hemos sido constituidos trigo por la semilla del evangelio, crecemos y vivimos al lado de la cizaña. La diferencia está en que no seremos molidos juntos, pues eso no produciría la haría pura de Dios. Sin embargo hasta la cosecha final no seremos separados. Incluso puede que a simple vista no se distinga nuestra planta de la de la cizaña, y que las obras de los creyentes no parezcan tan majestuosas como la de los no creyentes. Sin embargo Dios sabe distinguir muy bien las obras de las fe, aquella que transitamos y las cuales él mismo preparó de ante mano, de aquellas que no son producto de su siembra. Efesios 2:8-10.

Una parábola realista

Ésta es una parábola en contra de las utopías vanas. Esas que tienen como objetivo crear un mundo idílico, sin dolor ni sufrimiento. Eso es imposible y cuanto más rápido te des cuenta de ello y lo asumas más tiempo tendrás para la verdadera labor que se nos encomendó. No lucharás vanamente queriendo atrapar el viento.
Cuantas más semillas de trigo esparzamos más trigo habrá. Sembrar es lo nuestro y no arrancar.
La falta de paciencia, la impulsividad, la ira desatada por el crecimiento de la cizaña solo pueden traer estragos al trigo. No podemos erradicar el mal. Las utopías paradisiacas aquí en la tierra son sueños absurdos. Solo la siega final de Dios pondrá a la cizaña en su lugar. No somos jueces, no somos segadores, sólo Dios es quien puede atribuirse esa función.
Nuestra tarea es, como aprendimos en la parábola de la semilla, sembrar sin cansancio la Buena Noticia de Jesucristo y enraizarnos más y más en él. Alimentarnos con su Palabra y Sacramento a fin de crecer, y que nuestra espiga de granos abundantes de misericordia, paz, perdón y amor.
El Señor nos pide paciencia, pero a su vez nos muestra un horizonte de justicia. No se le colará a él en la cosecha la cizaña. Y su fin será el fuego.

La cizaña en el mundo

La cizaña que sembró Satanás en el Edén halló cabida en el corazón de Adán y Eva. El Señor dijo que por haber comido del árbol que mandó no comer “maldita será la tierra por tu causa” y por consecuencia “Espinos y cardos te producirá” (Gn. 3:17-18). La semilla de la cizaña de Satanás encontró en este mundo una tierra dónde poder crecer y expandirse.
“Si vuestro padre fuera Dios, entonces me amarías, porque yo de Dios he salido y he venido, pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de lo suyo habla, pues es mentiroso y padre de mentira. Pero a mí, que digo la verdad, no me creéis”. Juan 8:42-45

Jesús atribuye a Satanás, el enemigo, encargarse de la siembra, consiente y bien planeada, de la cizaña. La intención de extender en este mundo la siembra y la producción de de cizaña no es ocasional o algo aislado. Tampoco es producto de la casualidad. Es consecuencia del trabajo activo del Diablo. El mal tiene su origen y su patrocinador. Esto es algo que no debiéramos perder de vista. El mal se siembra, se trabaja para ello, y así como hay sembradores de trigo, también hay afanosos sembradores de cizaña.

El rechazo a la Palabra de Cristo nunca es inocente. Arrancar la semilla de la Palabra es para poner otra siembra. Porque creéis que la “descristianización” que se patrocina en España trae como resultado las prisas de la promoción de valores anti bíblicos apoyados en leyes e incluso en la “formación de los ciudadanos” con una serie de doctrinas bien articuladas nacidas de semillas bien claras.

Pensemos en el cambio urgente que se dio a la base social que se fundamentaba en la familia y ésta en el matrimonio heterosexual. A priori parecía favorecer derechos de algunos, pero ¿Qué frutos recogeremos como sociedad a lo largo de algunas generaciones? ¿Qué pasará con los niños criados por parejas homosexuales?
O qué decir del cambio de identidad sexual con el beneplácito de las autoridades legitimado con un documento que acredite lo que cada cual quiera ser. ¿Cómo harán nuestros nietos o bisnietos para saber si se ponen de novios con una mujer o con un hombre que se ha cambiado el sexo?

Dependerá de la honestidad, ya camuflada y casi imperceptible hoy en el sacrosanto concepto del derecho a la privacidad personal por encima del bien social. O solo se dará cuenta cuando no puedan procrear, pero a esa altura ya será demasiado tarde y le ofrecerán infinidad de variantes para solucionar “ese pequeño inconveniente” en nombre del permisivo amor y libertad absoluta. Qué decir de la promoción del “feminismo” como reacción y respuesta al “machismo”, o el apoyo y promoción del aborto indiscriminado, y multitud de leyes que se siembran y crecen en este mundo con apariencia de buenas intenciones, pero en sí mismas tienen un parásito venenoso.

La cizaña en el ser humano.

No solo la autoridades están sembrando y legitimando el veneno de la cizaña, pues esta semilla es esparcida por todos lados, en todos los campos. El corazón humano es tierra dónde la cizaña crece (Mt. 15:18-20) y a partir de allí se extiende por todos los campos dónde el ser humano anda. El odio, el egoísmo, la vanagloria, la envidia, las peleas, la corrupción, la pereza, las adicciones, etc., todos esos frutos nacen y crecen en el corazón humano.

La cizaña en la teología

Si el problema de fondo es la siembra, está claro que Satanás siembra cizañan también en la teología. Siembra plantas doctrinales que pueden parecer a priori trigo verdadero pero que el fruto que produce es amargo y venenoso. En muchas denominaciones cristianas crece junto a la semilla de Evangelio enseñanzas doctrinales erróneas. Distinguir esto es importante y necesario. Debemos agudizar nuestra vista para poder distinguir qué es trigo y qué es cizaña.
La cizaña del legalismo, del racionalismo, del humanismo, se camufla muy bien entre el trigo del Evangelio puro, de la gracia pura, de la fe pura. Del Solo Cristo. Del Solo a Dios la Gloria.

La cizaña en la iglesia

Pablo denuncia la presencia de falsos hermanos en las congregaciones. Nos es imposible arrancar la cizaña pues no conocemos los corazones. Sin embargo sí nos es posible ser trigo fuerte y saludable, creciendo y dando frutos. Es posible como lo hemos aprendido en la parábola del domingo pasado, seguir sembrando la Palabra de Dios.

Un día el Señor segará

La cizaña será echada al fuego. Si bien en este tiempo crece y se expande su fin será el fuego. Esta es la triste realidad que le espera a los que se aferran a la semilla de Satanás. Pero también debemos saber que los que se aferran a la semilla de la palabra de Dios, los que son nacidos de Dios, vivirán eternamente.

La cizaña en nosotros

No debemos olvidar que incluso en nosotros, los cristianos, habita el parásito que hace venenosa a la cizaña. No debemos olvidar que nosotros mismo somos simultáneamente Justos en Cristo y por lo tanto trigo limpio, pero sin embargo también somos simultáneamente pecadores y por lo ello contaminados en nuestra carne pecaminosa.

Un día incluso en nuestro cuerpo se segará y se hará la separación. Y ahí seremos separados de nuestra naturaleza pecadora. Sólo ahí nuestra carne dejará de producir veneno. Solo ahí seremos perfectos con un cuerpo glorificado.

Recuerda que tú, en ti mismo, no eres trigo. Que tu corazón tiene el parásito venenoso que afecta a la cizaña. Eres trigo porque la semilla del evangelio fue plantada en ti y por el bautismo has sido revestido de Cristo.

El Cristo en ti hace que seas planta de Dios. Limpia cada día en el perdón de Cristo todo el veneno parasitario.

Pastor Walter Daniel Ralli