lunes, 18 de agosto de 2008

12º domingo de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Estamos en el de tiempo de Trinidad según una de las dos tradiciones. En la otra es llamado Pentecostés. Es la estación más larga del año ya que va desde el domingo de Trinidad hasta el domingo anterior a Adviento. El domingo de trinidad nació para contrarrestar la herejía antitrinitaria de Arrió. ¡Alabemos al Dios Uno y Trino!



“Cada paso con Jesús es una experiencia de fe”
Textos del Día:
El Antiguo Testamento: 1ª Reyes 19:9-18
La Epístola: Romanos 9:1-5
El Evangelio: Mateo 14:22-33

22 En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud. 23 Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo. 24 Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario. 25 Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. 26 Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo. 27 Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!
28 Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. 29 Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. 30 Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! 31 Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? 32 Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento. 33 Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.

Sermón
La situación.
Sin darnos respiro el relato de Mateo encadena la multiplicación de los panes y los peses con la porción del Evangelio para hoy. Los discípulos, seguramente perplejos y admirados por la enseñanza práctica que recibieron de su Maestro de darse al prójimo aún en momentos que deseamos para nosotros poniendo en las manos de Dios aquello que incluso a nosotros nos parece insignificante, subieron a la barca por orden de Jesús sin plantearse mucho de porqué los enviaba solos. Ellos únicamente obedecieron su palabra. Confiaron y obedecieron. Éstas son las consecuencias de quien recibe fortaleza de su fe por oír la vivencial y poderosa Palabra de Dios.
Jesús busca la soledad.
Jesús luego de despedir a la multitud retoma aquello que había dejado aparcado por la necesidad de su prójimo. Nos dice el Evangelio que “subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche estaba allí solo”. La necesidad de retiro no había sido sino postergada. Cristo quiere estar a solas en oración. Tú también necesitas buscar estos momentos de subir a tu monte y orar a tu Padre celestial. Cristo nos mostro esa necesidad y su importancia.
Jesús y su método poco ortodoxo al caminar sobre el agua.
No siempre hizo Jesús uso de su divinidad para manifestarse, pero en ocasiones veía preciso reafirmar en sus discípulos la idea de que él era el poderoso Dios hecho hombre, el Mesías. Claro está que las acciones sobrenaturales que Jesús ejercía no constituían el pilar o fundamento de fe, ya que pronto eran olvidadas y las dudas que acechaban emergían instantáneamente. Muchos que vieron milagros no creyeron. Incluso los discípulos, cuando Jesús murió, no terminaban de creer en su resurrección. Los milagros o acciones poderosas de Dios no constituyen el centro de la fe y relación de confianza con Dios. Pues estas tienen en nuestra torpe mente el impacto de cualquier sustancia adictiva: necesitamos constantemente más y más de ellas para experimentar por un corto de tiempo su efecto. Sin embargo el fundamento de la fe es más estable y no es alucinógeno. La fe, la confianza, recaer únicamente en la persona de Jesucristo y su Palabra, y por ella vemos lo imposible.
Ver fantasmas.
Eran entre las tres y las seis de la mañana (4ª vigilia), había viento en contra y oleaje. Estaban cansados de un arduo día lleno de experiencias hermosas pero que desgastaban mucho debido a su intensidad. Los discípulos ven a alguien caminar sobre el agua. Se turban. Lo primero que repercute es sus cuerpos es el miedo. ¡Algo malo será aquello que viene! Y enseguida alguno le pone nombre para asentar y reafirmar el miedo en todos: ¡Un fantasma! Lo último que se les ocurrió pesar es que podía ser Jesús, aquel Maestro que andaba con ellos y que era capaz de alimentar a una multitud de más de 5.000 personas solo con dos panes y cinco peses.
Nuestra mente ingeniosa siempre está dispuesta a ver cosas raras o atribuir nombres o personajes ficticios a Cristo. Inventar novelas sobre Dios nos sale naturalmente. En situaciones confusas, como puede ser la que los discípulos estaban viviendo, nuestra mente corre ágil a inventar cosas extrañas. Se pone en marcha el mecanismo de defensa y el temor aflora haciéndonos poner en tensión, a la defensiva. Vemos lo que no es. Nuestra mente es muy “imaginativa”. Debemos tener cuidado de ella.
Nuestra mente, ante la presencia de Cristo, puede que nos traiga algunos fantasmas que aporten temor a nuestras vidas. El fantasma asusta. Muchas incertidumbres y miedo vienen como producto de nuestras mentes de la mano de Cristo. Cuando somos nuevos en la fe hay muchos planteos e incertidumbres. Vienen muchos fantasmas. El fantasma del qué dirán los demás puede ser uno de ellos, pero estos fantasmas toman diferentes formas, las que nosotros le demos según nuestra historia, situación y entorno. Estos fantasmas se siguen creando y apareciendo a lo largo de nuestra vida de fe. Pero lo que queda claro es que Jesús espanta todos nuestros fantasmas.
Jesús nos calma
Nuestras mentes disparan nuestros temores. Pensamos en lo malo, nos preocupamos, nos desesperamos. No vemos bien en la oscuridad, pero vemos fantasmas nítidamente. Pero Jesús habla. Quiere que le oigamos antes que ser guiados por nuestra vista. Su Palabra de calma llega a nuestras agitadas vidas. La buena noticia llega en medio del miedo, la inseguridad y la desesperación. Cristo está con nosotros. ¡No temáis, soy yo. Tened ánimo!
El ánimo que nos infunde Jesús contrarresta el temor. Cristo nos trae ánimo. Su presencia clama nuestros miedos infundados. Aquellos que son producto de nuestra imaginación, de nuestro cansancio, de nuestra falta de visibilidad clara, de nuestra mente fantasiosa. Hay muchas personas que viven angustiadas por sus temores, mitos, leyendas, fantasías, etc. La presencia de Cristo quiere disipar todo ese temor con su Palabra. Es Cristo él está con nosotros ¿Quién en contra?
Miedo a la muerte, a las enfermedades, a las brujerías, a la falta de trabajo, etc. Vivimos siempre en tención a causa de los temores que genera esta vida tormentosa y oscura y nuestra visión acotada. ¿Pero qué podemos hacer contra un fantasma que nos atormenta? ¿Cómo luchar contra él? ¿Cuáles son tus fantasmas? ¿Cuáles tus temores que te hacen angustiar y te paralizan? Nuestra vista nos engaña, la Palabra de Cristo nos trae la Paz.
Cristo trae calma en medio de la oscuridad y la tormenta. Nos da la seguridad de su presencia por medio de su Palabra: “Soy yo”, “estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, “dónde haya dos o tres reunidos en mi nombre allí estaré”. “Tomad comed, esto es mi cuerpo… tomad bebed, esta es mi sangre”. ¡Confía en él!
¡Queremos pruebas!
Pero hay personas, como Pedro, impulsivas, desconfiadas, que como Tomás dicen “sino no veo y no toco, no creo” Sin pensárselo mucho se lanzan a plantear y pedir, en ocasiones sin saber lo que piden, a quién se lo piden y porqué se lo piden. Pero ellos van para adelante con sus impulsos que demandan ser satisfechos. No es una virtud del creyente pedir a Dios pruebas para que su mente racional sacie sus dudas. Es una virtud dada por la fe creer en Cristo sin más: “bienaventurado el que cree sin haber visto”.
Pedro no se conforma con oír a Cristo sino que busca confirmar la Palabra de Jesús. “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”. Pedro mismo propone el método por el cual confiar y creer en lo que Jesús dice. Como si no le fuera suficiente ver a Cristo caminar sobre las aguas, luego de haberlo visto multiplicar panes y peses, él dice ¡Yo también quiero ir! Quiero experimentar con mi propia vida. No le basta la Palabra.
Cristo en esta ocasión accede a la petición de Pedro, no porque nuestros Señor necesite dar pruebas de su existencia y presencia, su Palabra es suficiente y debe bastarnos. Cristo accede pues quiere mostrar a Pedro que sus inseguridades e inestabilidades necesitan ser confrontadas a la luz de un problema mayor: Su auto seguridad.
Jesús le dice: ven.
Cristo llama a Pedro a una experiencia arriesgada. Era de noche, había tormenta y estaban en el mar. El llamado de Jesús suponía desafiar a las leyes de la naturaleza y confiar en el poder del Señor de la naturaleza. Pedro va. No sabemos si en un acto de inconsciencia, o por un impulso incontrolable, por no querer quedar expuesto y echarse atrás en último momento, o por confianza en Cristo. Lo cierto es que se lanza a la aventura que él mismo había propuesto por una duda y a la cual Cristo permite.
Pedro camina sobre el agua. Comprueba que quien calmaba con su Palabra los temores que ellos habían generado con su mente imaginativa (un fantasma), es el Señor Jesucristo. Pedro camina y sacia por un instante su curiosidad, sacia su mente inquisidora, incrédula. Pero pronto todo se tuerce. La experiencia no basta. Falta algo.

Sálvame Señor.
La experiencia duró poco. Pedro “VE” y pone su atención en las condiciones externas y no en el Señor que lo llama. Ve el fuerte viento a su alrededor y regresa el miedo en Pedro, quien teme por su vida. Su falta de confianza se evidencia y comienza a hundirse. Nada podía hacer. Sus dudas, sus planteos, ya no le servían de nada. Desespera de sí mismo. Aquello que por fe era firme y lo sostenía se desvanece a sus pies. En su desesperación ya no hay lugar a ingeniosos cuestionamientos mentales. Sólo hay lugar para la fe. Sólo existen ojos para Cristo. Sólo queda una desesperada petición que proviene de la fe: ¡Señor, sálvame!
En ocasiones los discípulos de Cristo, como lo era Pedro o como lo eres tú, debemos pasar experiencias que nos hagan desesperar totalmente de nosotros mismos. Siguiendo a Cristo puede que nos distraigamos y nos volvamos confiados en nuestros planteos y peticiones. Seguros en nosotros mismos y no en la Palabra que nos brinda el Señor. Puede que queramos tener todo controlado bajo el amparo y dominio de nuestra mente. Con cuestionamientos en ocasiones evidenciamos nuestra falta de confianza y dependencia absoluta a la Palabra de Dios. Pero Cristo sigue allí, a nuestro lado, y nos extiende su mano salvadora y nos sostiene. Nos rescata de nosotros mismos, de nuestra fangosa desconfianza, de nuestra miseria encubierta de vana valentía.
La fe es lo que Cristo quiere fortalecer.
Solo la confianza en Cristo y su Palabra hecha a fuera la desconfianza, la inseguridad, el miedo, la incertidumbre. El problema de Pedro era que no descansaba en la Palabra de Dios sino que se dejaba llevar por sus emociones, racionalismo, etc. Esa es la lucha que los cristianos entablamos con nosotros mismos. Pero la fe es certeza y convicción de lo que no se ve pero que se espera. Por ello la fe es locura para los que no creen. Por eso esa fe es capaz de mover las montañas del hades y abrirnos las puertas del Cielo, porque la fe cree que Cristo lo puede hacer posible, que Cristo lo ha hecho posible, que es verdad lo que nos dice y por ello lo recibe.
El resultado final de toda la hazaña de Pedro revela un diagnostico claro por parte de nuestro Señor: Su problema es de fe. Cristo lo reprende diciendo ¡hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Vaya varapalo que recibe Pedro. El hombre que parecía más lanzado, mas decidido, el que habla, cuestiona, el que pide, el que parece el más valiente, termina siendo cuestionado en su fe. Algunos solo aprendemos a fuerza de golpes esto de ser humildes.
Lo milagroso no es garantía de fe.
Queda evidenciado, tras la experiencia de Pedro, que lo milagroso no es sinónimo ni garantía de fe. Pedro se distraía mucho, se despistaba. Había muchas cosas a su alrededor que le infundían más temor que la seguridad que le podría brindar la palabra y la presencia de Cristo. Esto nos sucede a nosotros también. Por eso necesitamos meditar en la Palabra de Dios y aferrarnos a ella de todo corazón. Ella nos dice como debemos fortalecer la fe: Puestos los ojos en Cristo, autor y consumador de la fe. Por fe andamos y no por vista. Dios nos pide que seamos ciegos a los temores de este mundo y que veamos las promesas que él no da y sus seguridades.
Cristo busca fortalecer la fe.
La fe confía, la fe nos acerca a Cristo, la fe nos lleva a adorarle y la fe nos lleva a confesarle. ¡Cuántas verdades encierra el versículo 33!: “Entonces los que estaban en la barca se acercaron y le adoraron diciendo: Verdaderamente eres el Hijo de Dios” ¿Será que antes no lo creían? Pues sí, lo creían, pero cada día necesitamos confesar en fe esa misma verdad. Reafirmar eso para nosotros y para los demás. Jesús es el Hijo de Dios. Es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es nuestro Salvador. Esta confesión enriquece nuestra pobre fe que es a diario asechada por las dudas y se hunde en nuestras propias pantanosas miserias y miedos.
Gracias a Dios no tenemos que pasar por la experiencia de caminar sobre el agua para llegar a esas conclusiones, nuestra experiencia con el agua fue otra. Hemos sido bautizados y revestidos de Cristo. Las aguas Bautismales nos dieron la fe, nos regeneraron. Y por la fe que nos fue dada nos basta oír el relato del Evangelio y creerlo y confiar en Cristo. El Evangelio nos muestra como Pedro tuvo que pasar su fe por el fuego. Eso nos fortalece.
Nuestros desafíos sin duda serán otros, los proyectos que emprendemos en nombre de Cristo y a través de la iglesia requieren confianza. Navegamos con viento en contra y en la oscuridad, pero con la seguridad de que Cristo está con nosotros y con su palabra amorosa nos brinda consuelo y disipa todo temor. Nos quita el miedo que producen nuestros “fantasmas”. Nos da ánimo y cuando nos hundimos por nuestra debilidad y clamamos a él podemos estar seguro que está ahí, dispuesto a extender su mano salvadora hacia nosotros y sostenernos. Amén.Pastor Walter
Daniel Ralli