sábado, 4 de octubre de 2008

21º domingo de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Estamos en el de tiempo de Trinidad según una de las dos tradiciones. En la otra es llamado Pentecostés. Es la estación más larga del año ya que va desde el domingo de Trinidad hasta el domingo anterior a Adviento. El domingo de trinidad nació para contrarrestar la herejía antitrinitaria de Arrió. ¡Alabemos al Dios Uno y Trino!

“Jesús nos hace parte del gran banquete celestial”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Isaías 25:6-9

La Epístola: Filipenses 4:4-13

El Evangelio: Mateo 22:1-14

1 Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas, diciendo: 2 El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo; 3 y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas; mas éstos no quisieron venir. 4 Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas. 5 Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios; 6 y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron. 7 Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad. 8 Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos. 9 Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis. 10 Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados. 11 Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. 12 Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. 13 Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. 14 Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.

Sermón

Creo que es muy conocida la frase “Lo que mal comienza, mal acaba” y que el fin no justifica los medios, porque si se utilizan los medios inapropiados el fin será inapropiado también, aunque parezca loable. Si con las parábolas, sobre las cuales venimos reflexionando, comenzamos su interpretación de manera incorrecta, es más que seguro que vamos a acabar en el lugar equivocado, sacando conclusiones y dogmas equivocados. Porque digo estas cosas, porque por lo general, parece ser que la mayoría de las personas interpretan incorrectamente dichas parábolas. En la parábola que nos toca en el día de hoy, se puede comenzar incorrectamente al enfocar la atención en todas las personas de las cuales nos habla el texto, los primeros invitados, los últimos, los siervos enviados y las consecuencias de las acciones. Pero como venimos llamando la atención, Jesús habla en estas parábolas del Reino de los Cielos y el foco de atención de la parábola es el Rey del Cielo. Jesús no intenta decirnos qué debemos hacer, sino proclamar las cosas que Dios ha hecho por y para nosotros. Por lo tanto en la parábola enfocaremos la atención en el Rey y describiremos la relación de este con los invitados a la boda, haciendo unos comentarios al respecto.

Como las anteriores parábolas es una historia simple. El rey ha arreglado un matrimonio para su hijo y no escatima en gastos para la fiesta. Para semejante evento envía las invitaciones a aquellos de quienes desea su compañía. ¿Quién va a decir que no a tamaña invitación? Es el rey el que invita. En el peor de los casos, se acepta porque se quiere estar seguro de que el rey sepa que se asistirá. En mejor de los casos, si es que puede existir un “mejor caso”, ésta va a ser la celebración del año, de la que todos hablarán antes, durante y después de la celebración. Dónde no se escatimará con el jamón de entrada o la carne del plato principal, allí no va a tener una barra de bebidas limitada por tiempo o cantidad. La música no va a estar montada por un amigo que tiene una recopilación de los temas del verano, ni los camareros serán los amigos del novio.

Habrá comida y se beberá en abundancia. Todo va a ser perfecto. Nadie quisiera perderse esta fiesta. El Rey no dejará nada librado al azar, ni escatimará en gastos.

Pero para sorpresa de muchos, cuando los siervos del Rey van a llamar a los invitados para asistir a la boda, estos no quieren presentarse a dicho evento. Sin embargo el bondadoso anfitrión, el rey, vuelve a enviar a sus sirvientes a buscar a los invitados rebeldes, esta vez con un mensaje: “¡Todo el trabajo está hecho y todas las cosas están listas! ¡Todo es gratis! ¡Vengan a disfrutar de la fiesta de mi hijo!”. Una vez más, ¿Quién diría que no? Tendría que ser ciego, tonto o tener un gran rechazo hacia el rey para despreciar esta invitación. Pero a pesar de todo el ofrecimiento, de la bondad, de lo importante de la fiesta, los invitados rechazan su invitación, diciendo que deben mantener su trabajando en la granja o en sus negocios. Locas, pero algunas personas prefieren limpiar el ganado o ponerlo en el establo que pasar un día con el Rey. Y es aquí dónde la historia toma un giro imprevisto y realmente dramático, porque no solo se rechaza la invitación sino que además algunos agarran a los sirvientes, los tratan terriblemente y los matan.

El Rey los invitó a la fiesta de buena voluntad y ellos no solo rechazaron su ofrecimiento, sino que además le responden con la sangre de sus sirvientes. Con semejante maldad deberían de haber esperado que el Rey mande a su ejército y destruya a quienes mataron a sus los mensajeros, que solo llevaban buenas noticias ¿Pero qué pasa ahora? Los planes ya están hechos, la fiesta de boda ha sido concretada y anunciada y el rey no va a echarse para atrás en su palabra. Si bien la primera lista de invitados resultó ser hostil, él todavía desea que haya invitados en la boda de su hijo. Por lo cual dice a sus sirvientes: “Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos. Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis.” Los sirvientes salen e invitan a todo aquel que encuentran. Es, sin duda, un banquete muy diverso el que se reúne para la boda. Entre los invitados no encontramos el tipo de personas que normalmente se encontraría alrededor del Rey. No solo nosotros no podríamos imaginar la variedad de personas invitadas sino que esas mismas personas jamás su hubiesen visto en este acontecimiento de tamaña magnitud. No obstante, los sirvientes prosiguen extendiendo la invitación del rey y el salón de la boda comienza a verse repleto de invitados. Una de las cosas más gratificante que ocurre es que entre los invitados no hay ninguna diferencia .No hay miradas raras hacia la vestimenta que porta cada uno, nadie está desaliñado, porque el Rey se ha encargado de todo. Como era la costumbre en las bodas en el tiempo de Jesús, el Rey no solo invitaba a la celebración, sino que a cada comensal se le daba una prenda para llevar puesta durante la fiesta. Ésta es boda de su hijo, y él no escatima en gastos. Quienquiera que reciba su invitación y venga a la boda recibe su ropa, comida y bebida, esto está disponible aún para aquellos que estaban lejos de ser invitados, todo esto está disponible solo por la generosidad o gracia del Rey. Una vez que los invitados están en la fiesta, todos se parecerán, incluso a los propios hijos del Rey, porque el Rey provee de todo lo necesario.

Esto es así y de tal manera que cuando el Rey recorre la sala de la fiesta, hay una persona que no lleva puesta la prenda provista para tala acontecimiento. Esto no es cuestión de pobreza de parte del invitado, ni de limitación del que invita, porque el rey ha preparado todo en abundancia. Pero está claro que el invitado ha dicho, “iré a la fiesta del Rey, pero iré tal cual soy, iré con una ropa que me siente cómoda y sea mía”. Esto puede sonar muy sincero y proveniente de una persona que quiere vivir en libertad, pero su apariencia o modo de presentarse ante el Rey es una señal de falta de respeto que causa rechazo al Rey, y este no toma dicha actitud a la risa o a la ligera, sino que para Él es un gran ofensa. “Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. 13 Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.” Para los asistentes a la boda es un honor estar en la presencia del Rey y cierto decoro es requerido por este. Es el Rey quien extiende la invitación a la celebración, es el Rey el que permite que estemos en su presencia, es el Rey quien determina cómo debemos ir vestidos, es el Rey quien ha preparado el banquete que será degustado por los comensales. Es el Rey el que establece por medio de su Palabra las reglas y condiciones.

Puede ser que sea criticado por destruir al primer grupo de invitados, por matar a sus sirvientes que llevaban buenas noticias. Pero en caso de presentarse un titular en los periódicos de la comarca sin duda que abarcaría sobre la acción del Rey de arrojar fuera al invitado que no estaba vestido adecuadamente, aunque tal acontecimiento se produjera por la imprudencia del hombre de no ir vestido para tal situación. Pero creo que no se debe perder un punto asombroso y maravilloso de la parábola, y es que el salón de la fiesta está como las sardinas en una lata, lleno de personas que no tenían ni la más remota idea ni esperanza de ser invitados por el Rey.

Si eres uno de los invitados que se burlan de la generosidad del Rey, desde luego no le va a gustar esta historia, por el final que conlleva para quienes desprecian y rechazan semejante oferta. Pero si esa destrucción te despoja de tus seguridades o eres de aquellos que deambulan por los caminos secundarios, esta parábola tiene un final feliz para tí. Cuando comenzó el día, eras un cualquiera, yendo quien sabe hacia que destino. Ahora, el Rey te ha dado las buenas noticias por medio de sus mensajeros, te ha llevado a su presencia y te ha vestido con sus ropas, te alimenta y satisface tus necesidades. Y mientras que esta fiesta dure, eres un invitado del rey, eres uno de los miembros de su familia. He aquí hay más buenas noticias: La fiesta va a durar para siempre.

Recordemos que esta parábola se trata del reino de los cielos. En el Apocalipsis 19 lo que ocurre en cielo es descrito como “Las Bodas del Cordero” (7). Allí se nos relata como el Rey realiza la consumación de la fiesta matrimonial de su Hijo como su esposa. Allí el Señor nos dice “Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero.” (Apocalipsis 19:9). Aquí hay una muy buena razón para alegrarnos y esperanzarnos, tanto hoy como siempre: El Señor te llama a esa celebración de matrimonio. Él ha hecho todo lo necesario para preparar lo que se necesita para asistir a ella. En lugar de matar al ganado engordado, ha sacrificado a su Hijo. El Hijo de Dios ha muerto para liberar y preparar a la futura esposa. Pero también ha levantado a su Hijo, Jesucristo, de entre los muertos a fin de asegurarnos que dicha boda tendrá lugar y será por siempre. Así que esté seguro de que la fiesta de matrimonio entre el Hijo de Dios y su esposa ocurrirá sin lugar a dudas.

A lo largo de los siglos, el Rey ha anunciado en voz alta su invitación. Para Israel en el Antiguo Testamento, se encargó de enviar a los profetas, profeta tras profeta. Las palabras podrían haber sido diferentes, pero la invitación era siempre la misma: “Recuerda Israel que yo Jehová te he prometido enviar un Salvador y cumpliré mi promesa. Él morirá por todos, es así que el cielo será tuyo. Por consiguiente, apártate de los ídolos y los dioses falsos que no le pueden levantarte de entre los muertos. Abandona esos pecados que te mantienen alejados de mí. La fiesta del cordero llega y estás invitada a ella.”

Sabemos lo que sucedió. Continuamente, las personas rechazaron tal invitación del Rey del cielo y de la tierra. El Señor continuó enviando profetas a llamarlos para la celebración de la fiesta pero por la dureza de corazón, el amor al pecado y la ceguedad espiritual, comenzaron a golpearlos, apedreares, despreciarlos, aún llegando a matarlos. A la larga, el Señor dijo basta, hasta aquí habéis llegado. Permitió que los asirios, los babilónicos y otros pueblos hasta los romanos conquistaran y sometieran a Israel a la esclavitud y destrucción. Si las personas no deseaban su ayuda y su protección, no las obligaría a que lo reconozcan como Dios y salvador.

Porque lo rechazaron y mataron a sus mensajeros, ellos y sus ciudades fueron destruidos.

El Señor sigue enviando a sus mensajeros hoy día y no sólo a Israel, sino que a todas las naciones. Alrededor del mundo, los pastores públicamente predican, por mandato de Jesús, la Buena Nueva de que todos son invitados a la fiesta del cielo para la gloria de Jesús. Alrededor del mundo, todos los cristianos comparten el Evangelio cada vez que tienen oportunidad entre aquellos que aún no creen. Alrededor del mundo, el Espíritu Santo trabaja por medio de esa palabra sembrada. Las personas oyen, creen y son mantenidas en la fe por el trabajo del Espíritu y así es que son contadas entre los invitados de las bodas del cordero por la eternidad.

Pero también es cierto que hay muchos que aún no creen. De hecho, muchos tratan de impedir que la Iglesia siga adelante con el mensaje de Jesús. Muchas veces nos parece difícil creer que los cristianos sufren y que sufran persecuciones a causa del mensaje que transmiten, a causa de proclamar el Evangelio. Pero es cierto que aún en los días en que vivimos los mensajeros del rey todavía sufren por invitar a las personas a la fiesta.

Con esto no quiero asustar a nadie, sino traer a cuenta que el ser un portavoz del Rey tiene consecuencias que no desearíamos que ocurran. El ser tratados como chalados que se reúnen los domingos para asistir a un Oficio Divino, el confesar que comemos y bebemos del cuerpo y de la sangre de Cristo de manera real para el perdón de los pecados puede producir en las personas sensaciones de rechazo, burla hasta desprecio. Pero el mayor problema es que el diablo tratará de convencernos de abandonar a Cristo y su proclamación, no sea que sufras semejante adversidad a causa de tu fe. Cuando seas tentado de ocultar lo que crees para evitar problemas en este mundo, confiesa que eso sería un pecado y si has caído en él, confiésalo a Jesús y recibe su perdón y fuerza para seguir adelante con tu proclamación. Recuerda que por la obra de Cristo disfrutas de la fiesta eterna.

Ya que estamos trayendo cosas a cuenta cabe una última consideración, la de tener cuidado de caer en la tentación del invitado sin ropas aportadas por el Rey. Cuando el Señor te invita a la boda, él te da todas las cosas apropiadas para que asistas. Por su Palabra, él da la fe para creer y así él transforma a las personas pecadoras en sus hijos. Por el Bautismo, él nos reviste de Cristo, de su rectitud y justicia (Gálatas 3:27). Por el agua y la Palabra, somos preparados y cubiertos con la túnica para disfrutar de la boda celestial. Por su Santa Cena, él nos sostiene, alimenta en el perdón de los pecados hasta que llegue la hora de disfrutar de la boda del Cordero en cielo.

Ciertamente, cada comunión es un anticipo de la fiesta que va a venir. Jesús se presenta aquí, por medio de su cuerpo y su sangre en el pan y el vino. En el cielo, estaremos en la presencia gloriosa del Salvador resucitado y la fiesta seguirá por siempre.
Por consiguiente, no peques tratando de llevar puestas tus propias ropas para la boda. El viejo Adan siempre te tentará a creer que el cielo es tuyo por lo que has hecho, porque eres lo bastante bueno, o no has hecho demasiado mal como para quedarte fuera. No importa cuál de estas tentaciones te seduzcan diariamente, pero ellas harán que creas que vas a la boda por tus propios esfuerzos. Ellas te dicen que tus obras son justas y son un traje correcto para llevar puestas en la presencia de Dios.

Por consiguiente, cabe mencionar y prestar atención a la palabra del Señor que nos llegan por medio del profeta Isaías: ¡Nuestras obras no son gloriosas ante Dios! “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” (Is. 64:6). El que busca entrar en la fiesta eterna por sus propios esfuerzos, solo logrará llevar puestos trapos muy sucios para la boda. Al hacer eso, estaría negando que el Salvador murió para vestirle con la rectitud de su justicia. Por lo cual será expulsado a la oscuridad, donde estará llorando y rechinando sus dientes. Por esto es que debemos diariamente confesar nuestros pecados, deshacernos de los harapos sucios y alegrarnos en el perdón de Cristo, quien nos viste de manera inmaculada para el día de la boda.

Pues ésta es la Buena Nueva: tienes un sitio en las bodas del Cordero y la fiesta durará por siempre.

Como si esto fuera poco permitidme compartir una Buena Noticia más. No eres un invitado más. Formas parte de la Iglesia, la prometida, la novia del cordero. Pablo escribe que “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, 26 para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, 27 a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.” (Efesios 5:25-27). Sería más que una bendición ser el portero en la casa del Señor, pero ese no es el plan del Señor para ti, ni para mi. No eres un invitado mas, Dios nos ama tanto que somos la prometida de su Hijo y él ya nos ha limpiado y preparado, nos ha purificado y ha hecho santos por su santa y preciosa sangre, y por su amarga pasión y muerte. No solo somos invitados a una boda eterna, sino que somos invitados a nuestra boda, donde viviremos unidos con nuestro Salvador por siempre. En Cristo, nuestra vida no es una vida de oscuridad en la eternidad,
llorando y rechinando los dientes. En Cristo, el banquete celestial es nuestra boda, pues él lo ha hecho así: Pues somos perdonados de todos nuestros pecados: En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén