domingo, 26 de octubre de 2008

24º domingo después de Pentecostés.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
Estamos en el de tiempo de Trinidad según una de las dos tradiciones. En la otra es llamado Pentecostés. Es la estación más larga del año ya que va desde el domingo de Trinidad hasta el domingo anterior a Adviento. El domingo de trinidad nació para contrarrestar la herejía antitrinitaria de Arrió. ¡Alabemos al Dios Uno y Trino!

“Jesús nuestro Señor nos llama s su servicio”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Malaquías 3:14-18

La Epístola: 1ª Tesalonicenses 3:7-13

El Evangelio del día: Mateo 25:14-30

14 Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. 15 A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos. 16 Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos. 17 Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos. 18 Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor. 19 Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. 20 Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. 21 Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. 22 Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos. 23 Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. 24 Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; 25 por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo. 26 Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. 27 Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses. 28 Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. 29 Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. 30 Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Sermón

Jesús, tú Señor, te ha llamado a su servicio.

La palabra “servir” se ha llenado de connotaciones negativas. ¿Quién quiere servir y ser considerado un siervo? Preferimos usar otras palabras hoy día. Pero en el Reino de Dios nos ennoblece ser considerados siervos, ya que nuestro Señor es Jesucristo al cual servimos con amor y alegría. No es un problema para nosotros, ni una deshonra. Pues nuestro Señor nos ha enseñando el verdadero sentido del servicio con su propia vida, incluso él mismo dijo que: “no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” Mt. 20:28

Sin ser empleados en el servicio del Reino de Dios somos mendigos que vivimos en la miseria, marginados de todo bien espiritual. Somos esclavos del amo de turno que quiera explotarnos.

Pero el Señor nos rescata del sinsentido de la vida y nos llena de contenido, significado y vocación. Nos perdona, nos limpia, nos viste y nos da una nueva vida. Nos emplea y nos da todo.

Nos dice quienes somos, quién nos creó y para qué, nos hace parte de su Reino y nos hace útiles a él prometiéndonos al final de esta vida terrenal una vida eterna en plena paz y amor. Nos pone a su servicio. Nos da una ocupación, un trabajo. Servimos para algo más que andar pululando sin más por este mundo. Nos hace comprender y nos hace parte de sus su realidad. Ahora “Ninguno de nosotros vive para sí y ninguno muere para sí. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos” Ro. 14:7-8 Y esto porque “El amor de Cristo nos constriñe… y él por todos murió, para los que viven, ya no viva para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”. 2ª Co. 5:14-15

Sabemos a quién servimos. Sabemos cuáles son nuestras tareas y los intereses de nuestro Señor por los cuales tenemos que velar: Predicar el evangelio en toda su pureza y dimensión. Los siervos de Cristo tenemos la Palabra de nuestro Señor, en la cual debemos meditar para saber qué es lo que él quiere que hagamos y así coger motivación. Él no les confío sus bienes y la tarea de invertirlos a otros, sino a sus siervos. En esta parábola tú tienes que verte e identificarte con el siervo del Señor Jesucristo. Él te ha confiado sus bienes y te ha dado una responsabilidad.

Ahora deberás examinar ¿Cuál de las actitudes de los siervos de la parábola es la tuya? Todos los seres humanos servimos a algo o a alguien. A nuestros propios intereses, a las ideologías, al sistema, al diablo o a Cristo. Por la fe que se te ha dado en el Bautismo tú sirves a Dios.

¡Reconócete siervo y sirve con alegría!

Distribuyó según su capacidad

El Señor no repartió los talentos a todos por igual y esto no supuso ningún problema entre los siervos. El orgullo, la envidia, los celos o rivalidad no deben ser parte de los siervos, sino la humildad de aceptar y valorar con alegría lo que el Señor nos entrega. Muchos pasan sus vidas tristes por lo que no tienen, perdiendo así la oportunidad de disfrutar y trabajar con lo que sí se les ha dado. El Señor nos da lo que sabe que podemos llevar, porque junto con el talento nos da la capacidad de administrarlo. Cuando alguien administra algo para lo cual no tiene la capacidad idónea, pronto vemos como termina la cosa. Dios te ha dado sus bienes según tus capacidades para que los administres sabiamente. No te disperses pensando en lo que no tienes, sino invierte el tiempo en trabajar con lo que sí tienes porque “Gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento” 1ª T. 6:6

¿Qué son los talentos?

En su origen Talento era el plato de una balanza. Luego talento pasó a llamarse a la moneda de curso legal en Grecia y Roma. Muchos coinciden que fue la parábola de Jesús la que le dio el significado que nosotros heredamos hoy. Un talento pasó a ser, en el lenguaje cristiano, un bien de Dios que nos ha sido confiado por Él para invertirlo en este mundo en beneficio del trabajo de su Reino.

La Biblia dice que “Del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo, y los que en él habitan”. Sal.

24:1. Incluso todo lo que tenemos nos es dado por Dios ya que “Nada hemos traído a este y, sin duda nada podremos sacar” 1ª Ti. 6:7. Por eso los cristianos atribuimos a Dios todos los bienes que nos da. Job lo reconoció diciendo: “Dios dio y Dios quitó” y en 1ª Cr. 29:14 leemos: “Todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos”. ¡El Señor nos colma con sus bienes! “Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia”.

Nuestra vida es un bien que nos ha sido dado por Dios para que la administremos e invirtamos correctamente. En ella se nos dan muchas cosas como el tiempo, el trabajo, la esposa/o, los hijos, etc. Todo ello debe ser visto como bienes que nos han sido dados a nuestra custodia. Es nuestra responsabilidad velar por ellos.

También tenemos vocaciones para servir en nombre de Dios a esta sociedad. Tanto si eres electricista como ingeniero, si te dedicas a la educación o a trabajar en los quehaceres de la casa, tienes una tarea que hacer, una vocación que cumplir encomendada y confiada por tu Señor.

Debemos tomárnoslas muy en serio y realizarlas como si para Dios fueran. “y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís”. Col 3:23-24

Como cristianos debemos reconocer que el primer bien que se nos ha dado es el tesoro de la fe.

La confianza en Cristo es algo que no hay que esconder por los miedos que nos puedan infundir en este mundo. Necesitamos poner esa confianza, y multiplicarla: “aumentar nuestra fe” en el ejercicio diario de la lectura, la oración y el testimonio. Esta fe nos ha sido dada por el oír la Palabra. La Palabra también es un bien de Dios que se nos ha puesto en nuestras manos, no para enterrarla, ni tampoco distorsionarla, sino para difundirla. Es nuestra responsabilidad como siervos anunciar el Evangelio de nuestro Señor. Dios también nos ha dado diferentes dones para ponerlos al servicio de la iglesia. ¡Piensa en ello, descubre cuál es el tuyo y ejercítalo!

No olvidemos que el Espíritu Santo también produce frutos en nosotros: “El fruto del espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…” Gál. 5:22-23

¿Qué está produciendo nuestra vida? Somos pacificadores o producimos odio, rivalidad, conflictos, etc. El Espíritu Santo nos dota de habilidades y de frutos. ¡No los enterremos sino pongámoslo al alcance de este mundo!

¿Invertir?

¿Qué debemos hacer con nuestros talentos? ¿Cuál es nuestra misión? Esto de ser inversores nos suena a negocio, y por lo general no deseamos mezclar la fe con los negocios. Pero lo importante es saber distinguir entre los negocios en el Reino de Dios y los negocios en este mundo. Las estrategias, valores, motivaciones y ambiciones son distintas. Con estos negocios no buscamos engrosar nuestros bienes, prestigio y poder, sino los de Señor sirviendo en amor, entrega y renuncia a uno mismo. Nuestra tarea es poner en circulación, es decir invertir en el mundo, aquel tesoro que nos fue confiado. Necesitamos invertir el Perdón de Cristo, el Amor de Cristo, la Fe que nos ha sido da, La Palabra de Cristo, todo ese valioso capital no debemos enterrarlo. Cuando tú perdonas a tu vecino, cuando le anuncias el Evangelio, cuando ayudas al necesitado, cuando pones paz en una situación, cuando elevas una plegaria por alguien, cuando cantas un himno y lo haces por y en nombre de Cristo, estás invirtiendo los bienes del Señor y eso repercute en ganancia: “Poned toda diligencia en añadir a vuestra fe virtud, a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Si tenéis estas cosas y abundan en vosotros, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo”. 1ª P. 1:5-8

Nuestro campo de inversión es el mundo, nuestra sociedad, nuestro barrio, nuestra familia.

¡Invierte tiempo y esfuerzos para propagar el Evangelio, en el cual se encuentran todos los bienes que podemos recibir!

Las dos actitudes.

Los dos primeros siervos no perdieron el tiempo. Tenían clara su tarea y con gran amor y entrega se dedicaron a ella. Tenían una motivación muy buena. Se habían tomado muy enserio el servicio a su Señor y lo hacían como si aquello fura suyo. Trabajaron con los talentos y eso redundó en más bienes para el Reino de su Señor. Amaban a su Señor y querían servirle de la mejor manera buscando sus intereses. Pero el último ocultó el dinero de su Señor. Reconoce que no es suyo. Pero a su vez actúa con miedo. Prefiere ocultar y enterrar antes de exponer.

La hora de las cuentas

“He aquí el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” 2ª Co. 6:2. Ahora es el momento de trabajar con los bienes que Dios nos ha dado para su Reino. Hoy es el día. “Mañana”, cuando regrese el Señor, habrá que hacer cuentas. “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Por lo tanto no seáis necios sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” Ef. 5:15-16. Debemos redimir el tiempo. Si el siervo infiel escondió el talento ¿a qué dedicó el tiempo que debía dedicar a producir con ellos?

Los tres siervos de la parábola tienen bien claro que los bienes no son suyos sino de su Señor y que les fueron confiados a ellos para que lo administren en beneficio del Reino. ¡Hay que entregarlos! ¡Hay que hacer cuentas!

Nada de lo que tú tienes te pertenece. Ni siquiera el aire que respiras es tuyo. Lo coges prestado.

Dios te lo ofrece a través de su creación. Ni siquiera la vida es nuestra, sino que nos ha sido dada.

¿Cómo administramos nuestra vida, nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestros pensamientos para que repercutan en beneficio del reino de Dios? Pues de eso se trata la parábola, del reino de Dios y no de construir nuestro propio reino en este mundo.

El Señor deja un tiempo antes de regresar. Ese tiempo le llamamos de Gracia. Es un tiempo de posibilidades, pues cuando el Señor regrese ya no las habrá. “Ahora es el tiempo acepto”. La cosecha está lista. Se necesitan trabajadores en la mies. ¡Es tiempo de coger los bienes de nuestros Señor y ponerlos en el mercado! ¡Anímate!

La recompensa: No importa cuánto, importa qué hacemos con ello.

Que el Señor te declare “bueno y fiel” ya es toda una recompensa. Fiel es una palabra muy importante en el lenguaje bíblico. La fidelidad es algo de un valor incalculable. Dios es fiel.

Siempre es fiel a su Palabra. A sus promesas. A nosotros. No rompe un pacto o un acuerdo jamás. La fidelidad requiere un pacto. Entre el Señor y sus siervos hay un pacto claro establecido. “Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”. “Yo te puse por luz a las naciones”. “Vosotros sois sal y luz”. Somos “pueblo adquirido por Dios para anunciar sus virtudes”. La Palabra está llena de declaraciones de Dios hacia nosotros y promesas de fidelidad: “yo estaré contigo todo los días”.
El buen siervo no se mide por la cantidad que ha recibido, sino por la fidelidad a su Señor que ha demostrado en el uso de lo que se le ha confiado para administrar. Por eso en el Reino de Dios no debe haber rivalidad por “cuanto”, pues lo que importa es la fidelidad en lo que se nos da. Si no eres fiel en lo poco ¿Cómo lo serás en lo mucho? Si eres negligente con lo que se te confía, con lo que no es tuyo ¿cómo pretendes que se te confíe más?

Hay que notar que la recompensa es la misma tanto para el de cinco como para el de dos talentos: “entra en el gozo de tu Señor”. El Señor no mide por la grandeza de los bienes confiados, sino por la fidelidad del siervo. Eso es lo que mira Dios. “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de vida”.

Pidamos a Dios fidelidad. Pidamos valor y coraje. Pidamos sabiduría para administrar sus bienes. Pidamos que nos ayude a ser responsables con nuestro cuerpo, mente y alma, con todo aquello con lo que tenemos que amar a Dios como el primer y gran mandamiento nos dice. ¡Caminemos como si para Dios diésemos cada paso!

El siervo infiel

El siervo se pone a la defensiva y para ello ataca a su Señor. Dicen que un buen ataque es la mejor defensa. Le quiere hacer ver que es muy duro, exigente e injusto. Que “siega donde no sembró”. Pero en el intento de echarle la culpa de su inoperancia descubre que en su corazón solo hay miedo y nada de confianza, nada de amor, nada de solicitud por los intereses de su amo. No se involucró en las cosas de su Señor, sino que veló por sus propios intereses. Intenta justificarse achancando al miedo que le infunde su Amo su pereza y dejadez, pero Jesús de demuestra que ni siquiera el temor lo movió a actuar a favor de su amo. Porque queda demostrado que no amaba, pero tampoco temía a su Señor del cual sabía que recogía sin haber sembrado. Y si lo sabía ¿por no lo hizo? El siervo no quiere ser siervo y servir, y aunque se sabe siervo, su soberbia lo hace actuar como si no lo fuera.

Antes de involucrarnos y comprometernos es más fácil limitarnos a conservar lo que se nos ha dado y para eso lo enterramos No hacemos ni bien ni mal. Ahí estamos, vegetativos. Atender los asuntos de nuestro Señor requiere amor, entusiasmo, esfuerzo, dedicación y trabajo. Nadie dijo que sería cómodo. Tú no estás para cuestionar al amo, criticarlo o manipularlo a fin de encubrir tu negligencia. Tú estás para servirlo. ¿Qué justificación puede encontrar un siervo para no cumplir con su tarea? ¡Sirve a los intereses de tu Señor!

Si esta parábola te hace ver que te has dejado estar y que estas siendo negligente con los bienes que se te han confiado. Si vez que la pereza y la dejadez por los asuntos del Reino están dirigiendo tu vida. Si te sientes infiel en lo que se te ha confiado. Ahora es un buen momento para reconocerlo, pedir perdón y reencontrarte con la alegría del servicio. Pide a Dios que te de fuerza y la motivación de su Evangelio, para seguir sirviéndole en fe y entrega. El Señor te ama y te perdona. El Señor te quiere en su servicio. ¡Alégrate!

Pastor Walter Daniel Ralli