sábado, 27 de diciembre de 2008

1º Domingo después de Navidad.

Si oyereis hoy su voz no endurezcáis vuestro corazón Salmo 95: 7b-8

1 Sed hacedores de la Palabra, y no tan solo oidores Santiago 1:22a
Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Estamos en el de tiempo de Adviento. El tiempo de Adviento surge con la idea de preparar el corazón y el espíritu para celebrar la llegada nuestro Señor. Asumir el verdadero significado de la navidad implica conocer y comprender el sacrificio de Jesucristo. Así nos preparamos a través de una profunda reflexión que alimenta la
esperanza mientras confiamos preparamos el camino para la segunda venida del Señor en gloria.

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Isaías 61:10-62:3

La Epístola: Gálatas 4:4-7

El Evangelio: Lucas 2:22-40

22 Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor 23 (como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abriere la matriz será llamado santo al Señor), 24 y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor:
Un par de tórtolas, o dos palominos. 25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. 26 Y le había sido revelado por
el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. 27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, 28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo: 29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra; 30 Porque han visto mis ojos tu salvación, 31 La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; 32 Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel. 33 Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de él. 34 Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha 35 (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones. 36 Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, 37 y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. 38 Ésta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén. 39 Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40 Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.

Sermón

En los versículos que acabamos de leer como nuestro texto observamos a un anciano, cuya vida había saboreado muchos años. Este anciano se encontraba en el templo el mismo día en que María había traído al niño Jesús, según la ley mosaica, cuarenta días después de haber nacido el niño, para redimirlo ante Dios como el primogénito y para purificarse ella misma de acuerdo con las costumbres religiosas. En esta ocasión el anciano toma a Jesús en sus brazos y lo bendice.

Este anciano, podemos decir, simboliza el tipo de individuo que se representa en las caricaturas
como el año recién pasado. Es un hombre de edad avanzada, con mucha barba. Está encorvado por el peso de los años porque ha gozado de muy larga vida. Ahora espera el fin de sus días. Esta escena que ya nos presenta el texto es el climax, el punto culminante, que estaba esperando.

Como Simeón, en lo que hizo y expresó ante la manifestación del Mesías, fue inspirado por el Espíritu Santo, pedimos que ese mismo Espíritu Santo nos guíe al considerar La Adoración de Simeón Nuestro texto comienza así: “Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba…” Estas palabras nos relatan mucho en cuanto al carácter de Simeón. Tal vez aparecen estas características en el mero rostro del hombre, como las líneas del retrato capturadas por el artista revelan la índole de la persona: si es la de un espíritu simpático o la de un tirano tosco.

Éste enseña al mundo un rostro que refleja tranquilidad y serenidad. Éste es hombre que con los años ha aprendido a aceptar su carga año tras año, cada uno a su vez. Pero este cuadro de paz, irradiado por la vida del santo, no es una característica adquirida por accidente. Esta personalidad no se desenvolvió sin haber tenido sus raíces en el suelo de lo pasado.

Hay los que dicen: Cuando lleguemos a viejos, hay tiempo para empezar a pensar en Dios, a tratar de formar una vida que complazca al Padre celestial, grabando en este tronco envejecido algo que pueda agradar al Juez divino. Y en su juventud, tales personas piensan que debieran divertirse y obtener de esta vida cuanto se pueda para satisfacer los apetitos juveniles. Pero después, cuando ya no hay nada más que logre excitar la llama de la juventud, se puede empezar a desarrollar la personalidad reflejada en el anciano que se menciona en el texto.

Olvidan empero que el ser reconocido como “justo y piadoso”, como lo fue Simeón, es la tarea de la vida entera.

No es algo que sucede en unos momentos. Es la personalidad que crece, que se desarrolla, dentro del individuo, hora tras hora, día tras día, semana tras semana, año tras año. Como el escultor que labora el bloque de mármol, esquirla tras esquirla. Se echa años en su trabajo para sacar de la piedra blanca y dura la forma del hombre, revelando su gracia y su grandeza como éstas fueron preservadas en su vida.

A muchos les gustaría esculpir la estatua de su vida con sólo un martillazo. Pero no se dan cuenta de que de esta manera van a emplear el resto de su vida recogiendo todos los pedazos. Así no se forman hombres o mujeres “justos y piadosos.”

Lo que íntimamente ayudaba a la personalidad del patriarca Simeón era su actitud. Él, dice el texto, “esperaba”.

¡Cuántos hay que tienen miedo de la vejez! No la esperan, sino que huyen de ella. Quieren quitarse la idea de que un día llegaran a ser ancianos. Por eso tratan de retardar la hora y el año en que se hallen contados entre los viejos.

Con ese fin se venden en el mercado, siempre garantizado, todos los remedios y todas las medicinas y curaciones, desde las glándulas de los monos hasta la cirugía plástica, que prometen proteger al individuo frente al avance de los años. Se afirma que todos estos artilugios pueden aplazar la llegada de la temporada cuando debemos admitir que nuestra vida y nuestro tiempo están cerca de su fin. Para cada ser humano, como escribe el apóstol, existe también un “cumplimiento del tiempo” (Gálatas 4:4).

Muchas veces la vanidad humana nos permite afrontar este hecho. Tratamos de esconder nuestra edad con un amplio surtido de mañas. Esto ya no es sólo un arte femenino. Pero los que así tratan de huir de los años son los que tienen miedo y no quieren confesar que la vida es pasajera y que todos los que participan de esta experiencia diaria están dando, día tras día, un paso más que los pone cerca del fin.

Simeón nos presenta un aspecto de cómo el hombre de Dios puede esperar. Esperamos y aceptamos lo que Dios nos proporciona. Por supuesto, que en la vejez hay muchos aspectos negativos. Al ponernos más viejos debemos abandonar muchas de las actividades de las cuales gozábamos anteriormente. El cuerpo ya no resiste todo lo que antes, en la juventud, era natural.

Esta restricción forma parte rígida del último capítulo de la vida.

También se pone más débil el cuerpo y sufre más de los achaques y enfermedades comunes de la humanidad. En estos días podemos prevenir mucho de eso, pero todavía es un hecho innegable que, cuanto más envejece una persona, tanto más la agobian los dolores y los trabajos de la vida.

El cuerpo se deteriora, como una máquina, y la condición física general muestra su decadencia.

Además, los placeres disminuyen. El apetito pierde su agudeza. Muchas de las comidas preferidas de la juventud ya molestan el estómago. Debemos recordar que este órgano rebelde, constantemente nos indica que en los años finales el sistema no necesita tanta alimentación como en las primeras décadas. Cicerón escribió que el anciano espera el punto final de esta experiencia terrestre. La muerte es cierta. Cada ser humano pasa por esa puerta común. Al avanzar a través de los años, también debemos tener en cuenta esta realidad.

De esa certidumbre muchos sienten temor. Escribió sobre este asunto un escritor inglés que se jacta de unos 78 años: “Yo me reservo el derecho de atemorizarme al pensar en mi propio fallecimiento y de llorar por la muerte de los que he amado o ni siquiera he conocido.” (E. M. Forster en London Magasine, citado en Time, 2 de dic, 1957, p. 33.)

Pero a pesar de todo lo negativo respecto al asunto, los últimos años pueden ser años muy ricos.

En esa época de la vida, como en el caso de Simeón, se puede disfrutar de las bendiciones de Dios.

Pues la persona avanzada en años posee al mismo tiempo madurez y experiencia. La mente ha sido preparada por los muchos años de experiencia.

Muchas de las obras literarias de fama mundial fueron el resultado del fruto de la vejez, de la pluma de personas que habían gozado de larga vida.

Debemos utilizar los poderes creadores. Somos todavía útiles y nuestras capacidades pueden ejercerse. Sólo tenemos que reconocer que al envejecernos es necesario ajustamos a los cambios que se efectúan dentro del organismo y alrededor de la persona.

Quizás la razón básica que conservaba la personalidad de Simeón tan equilibrada, como hombre “justo y piadoso”, mientras “esperaba” con tanta paciencia, era la meta de su esperanza.

Nos dice el texto: “Esperaba la consolación de Israel”. En eso consistía el propósito de su vida. Él quiso ver el cumplimiento de la promesa que Dios había hecho a su pueblo.

Servía de satisfacción a su alma piadosa lo que tenía valor eterno. Sus ojos, como su corazón, escudriñaban diariamente el horizonte con fines de ver cumplido lo que los profetas habían dicho a “la consolación de Israel.”

Supo el patriarca que “la consolación” vendría como “la simiente” de la mujer (Génesis 3:15); como “la bendición” de la familia de Abraham hacia todas las familias del mundo (Génesis 12:2-3 ); como el “Pacificador”, según la promesa de Jacob (Génesis 49:10); como “el renuevo justo” que brotaría de la familia de David (Jeremías 23:5); como el “Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”, según Isaías (Isaías 9:6); que nacería en “Belén Éfrata”, como indicó Miqueas (Miqueas 5:2).

Pero la fe de Simeón en las promesas que Dios había hecho a su pueblo no era sólo un conocimiento superficial de los rollos sagrados. Suya era una devoción íntima y diaria a la Palabra divina; suya era una fe no fingida, sino sincera; suyo era un deseo profundo y genuino de ver, durante su vida, el cumplimiento del advenimiento del Mesías. Dios le conservó viva esa esperanza. Dios lo conservó muy íntimamente asociado con la casa de Dios y su Palabra. También leemos tres veces en estos versículos que Simeón gozó de ciertas bendiciones especiales de parte del Espíritu Santo.

“El Espíritu Santo era sobre él. Y había recibido respuesta del Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Cristo del Señor. Y vino por Espíritu al templo.”

En qué forma experimentó él esa presencia del Espíritu de Dios, no sabemos. Pero Dios le había asegurado que no moriría antes de haber visto el advenimiento del Mesías.

De modo que no fue accidente el que aquel día entrara María en el templo con el Niño en los brazos y el anciano Simeón, siguiendo las tareas y devociones usuales, fuera atraído por esa entrada. Quizás no pudo explicar Simeón el porqué, pero sí sintió en ese momento la seguridad que en lo que veía se estaba cumpliendo el anhelo sobre el cual reposaba la esperanza de toda su vida.

Al ver el rostro del Niño, como que oía una voz que le decía: “Esto es lo que esperabas; éste es el Mesías esperado por tantos siglos”. “Entonces él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios”, nos relata el evangelista. El momento había llegado. Su vida estaba completa. Su alma había participado de lo que buscaba para saciarse.

Tal vez preguntes: “¿Acaso fue eso un privilegio tan importante? ¿Valía la pena esperar toda la vida para solamente tomar en los brazos a un niño por unos minutos? ¿No era eso una vida malgastada? ¿No pudo Simeón haber desempeñado un papel de mayor importancia con los años que Dios le había concedido?” ¿Puede el hombre prestar su vida para fines más nobles que realizar el propósito donde puede ver consumada la meta que le había puesto Dios para el fin de sus años? No son muchos los que pueden gloriarse de una vida planeada y realizada con la misma medida de éxito como el santo Simeón.

El anciano Simeón había dedicado su vida para mostrar que Dios, aún más, su Palabra, es fiel y que cumple sus promesas. Y la prueba está en aquel Niño que sostienen los débiles brazos del anciano Simeón.

Simeón vio reflejado en el rostro del Niño todo el amor de Dios para con él mismo y para con su pueblo. Fue testimonio del cumplimiento de todas las profecías la presencia del Infante divino en la casa de Dios. Simeón había encontrado “la perla de gran precio” (Mateo 13:46.). En aquel Niño descubrió el secreto de la seguridad que sólo se halla en la promesa y el consuelo divinos. Simeón no pudo contar este tesoro como dinero depositado en el banco.

Pero tampoco había consumido su vida, como muchos, buscando una seguridad que sólo podía salvar el cuerpo o que sólo podía garantizar unos cuantos años de descanso después de las duras faenas de una larga vida. La seguridad empero que alcanzó, pertenecía al alma y le aseguraba que, pasara lo que pasara, siempre abrigaba la confianza de que Dios le estaba guiando y guardando.

Básicamente el problema es de valores. ¿Vale la pena invertir la vida de tal manera que sólo produzca al fin una seguridad temporal, o que el ser humano goce de una seguridad eterna? ¿Cuál vale más?

Muchas veces hay que invertir mucho para realizar muy poco, midiendo los esfuerzos según nuestro modo humano de avaluar, pero si lo poco vale más que lo mucho, el trabajo no ha sido hecho en vano. En la vida del patriarca Simeón en tanto que esperaba él el cumplimiento de la promesa que Dios le había hecho, valió la pena, porque disfrutó de lo que expresó con tanta alegría: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra; Porque han visto mis ojos tu salvación, La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel”.

Simeón ya había llegado al fin del curso de su vida. Bien pudo decir, como dijo Pablo más tarde: “He acabado la carrera”, y añadir: “Ahora, Señor, déjame ir, porque tu siervo ha visto el cumplimiento de tu salvación conforme a tu promesa.” Había conocido “la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7).

Esta paz, el fruto de la reconciliación que Dios iba a preparar mediante la vida de aquel Niño divino que el anciano Simeón sostenía en sus brazos, fue reconocida luego por el anciano como “la consolación de Israel”. No sólo fue Simeón uno de los primeros en reconocer esta paz, sino también en reclamarla como suya.

Por supuesto, el santo Simeón no pudo discernir todos los detalles que eran necesarios antes de que esta paz pudiera realizarse. No pudo darse cuenta ni apreciar el costo de su salvación como por ejemplo, el apóstol Pedro, cuando exclamó: “Habiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación,” (1 Pedro 1:18-19).

Pero de una manera que su propia experiencia le dictaba, el patriarca llevaba la carga de la misma debilidad espiritual, la herencia de sus padres, el peso del pecado a causa del cual nunca podía alcanzar el nivel de perfección, ni de pureza moral, con que el alma humana pudiese ser recibida como sana por la justicia divina.

La paz que buscaba el anciano Simeón, permeada en el concepto del Mesías de su época, debiera de haber incluido la idea de sacrificio, porque todos los animales sacrificados día tras día en el templo, en lo cual se había fijado Simeón, prefiguraban el pago divino del pecado humano. Ese Mesías, que llegaría para cancelar la deuda humana ante el tribunal eterno, había sido profetizado por Isaías: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” (Isaías 53:5-6).

La herencia de pecado, ese poder destructor que yace dentro del pecho de cada ser humano, lo desvía y lo lleva y lo pone muy lejos de la voluntad de Dios. Esa misma herencia fue la que causó la disolución religiosa del pueblo de Israel, y la que actualmente influye en el alma de todos los que viven en el mundo, y que los pone como puso a sus antepasados del Antiguo Testamento, bajo la misma condenación que pronunció el profeta: “este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado;” (Isaías 29:13).

Pero esa herencia, ese veneno fatal, encuentra su antídoto, la medicina que destruye su poder mortal, en Aquel que vino para ser “herido”, “molido” y “castigado por nuestra paz”, porque Dios “cargó en él el pecado de todos nosotros”(Isaías 53:5).

Cuando Simeón se dio cuenta de que había tomado en sus brazos ese gran tesoro, de que en este Niño Dios cumpliría la promesa de tal paz, para quitarle la perdición pasada y abrirle las posibilidades de lo futuro, en su corazón indudablemente sintió lo que sintió el apóstol Juan, cuando exclamó en los primeros versículos de su primera epístola:
“Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo.”(1 Juan 1:1-3).

Las manos de Simeón también tocaron al “Verbo de vida” y al igual que San Juan, el discípulo amado, Simeón no se contentó con sólo haber participado de ese gran privilegio. Al haber tomado en sus brazos al mismo Mesías, no estuvo satisfecho con sólo el contacto íntimo sino que como una chispa que enciende la selva, extrayendo todas las fuerzas físicas que posee, Simeón tuvo que incluir en su canto a “todos los pueblos” a los cuales sería revelada esa Luz, tanto a los gentiles como al pueblo de Israel.

Otra vez se nos permite una mirada dentro del alma del santo Simeón. Ya que el patriarca Simeón era judío, no nos sorprendería si lo oyéramos hablar como a muchos de sus contemporáneos para los cuales los gentiles eran el lodo de los zapatos. Impulsados por el miedo de contaminarse con los que adoraban ídolos, los israelitas abominaban cualquier contacto con los gentiles. Este prejuicio, sembrado en el suelo de un fanatismo religioso, cuyo fin era conservar al judío libre de todas las influencias ajenas, floreció en una aplicación tan severa y legalista que, en vez de aborrecer al paganismo, sin dejar de reconocer al pagano como a otro ser humano, el israelita hizo a la persona misma el objeto de su odio, y la separación religiosa se convirtió en dos islas, la una para los hijos de Abraham y la otra para los de Beelzebú.

Si estamos prestos a criticar lo angosto de la perspectiva de aquellos israelitas, ¿cuántos entre los cristianos no han caído en la misma trampa de no distinguir entre el pecado y el pecador, de tratar de guardar un círculo cristiano tan exclusivista que los ajenos no puedan entrar, de pensar que sólo una denominación ofrece la puerta por la cual se entra al cielo, y que todas las demás, a pesar de que enseñan que Cristo es el único Salvador, están conduciendo almas al infierno?

Pero entre éstos no podemos contar al anciano Simeón. En él, que sintió la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, que vio con sus propios ojos “la consolación de Israel”, que experimentó el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento, que pudo probar la verdad del testimonio del Espíritu Santo, no hubo lugar para tales restricciones. La paz de Dios es para “todos los pueblos”, aún más, será la “luz para ser revelada a los gentiles.”

Aunque quizás la vista ya estaba empañada por los años, los ojos del patriarca pudieron distinguir la verdad divina en cuanto a la llegada del Salvador. Esa luz se pondría sobre el monte de Sión para alumbrar a cada alma a fin de que todos los pueblos gozaran de la salvación prometida.

En el cántico del santo Simeón se ve completa su adoración. Aunque las raíces se hundieron en las riquezas del Antiguo Testamento, no alienta la flor del prejuicio de su época. El egoísmo no forma ni una sombra para obscurecer el concepto claro de que el Niño vendría para salvar a todo el mundo. Caminando por los últimos párrafos del Antiguo Testamento, su mirada está fija en el horizonte ancho del Nuevo Testamento, cuando del judaísmo nacería la Luz para todas las naciones y saldría la buena nueva que bendeciría a cada ser humano.

¿Hay pecado? ¡Aquí está el remedio! ¿Hay pecador? ¡Aquí está el Redentor! En esa adoración sencilla, expresada en su cántico, conocido desde los principios de la era cristiana como uno de los cánticos más preciosos del Nuevo Testamento, escuchamos al hombre de fe confesando su firme confianza en el Dios fiel que cumple sus promesas en todo tiempo y las lleva a cabo sin excepción o distinción alguna.

Cuando se canta este himno como parte de las vísperas, según la costumbre de la cristiandad ya hace tiempo, nos acordamos de aquel que entonó por primera vez estas palabras áureas en vísperas del fin de su vida, después de haber experimentado la fidelidad de Dios y de haber sostenido en sus brazos la “consolación de Israel” que sería para “todos los pueblos.”

El que posee tal fe, tal certeza, tal seguridad, no abriga temor, bien que sea joven o anciano. Tal fe destruye el temor y otorga paz. Tal fe es suficiente para esta vida, sea breve o larga, y prepara y consuela al alma para su despedida final.

“Un día”, escribió alguien , “me desperté y miré. Eran las cuatro horas y la estrella de la mañana brillaba por la ventana en un cielo despejado. Me acordé de las palabras de Cristo: Yo soy... la estrella resplandeciente, y de la mañana (Apocalipsis 22:16). Para mí Cristo es todo eso en este mundo, “hasta el alba” (Hechos 20:11). Me dormí, y cuando desperté ya el sol llenaba con su luz la habitación. Así será en el día de la resurrección.” (Andrew A. Bonar, Lutheran Companion, 7 de agosto de 1957.)

Sí, así será en el momento cuando me despida, dejando atrás la “Luz para revelación a los gentiles” por el Sol de justicia que me ha redimido y me espera en su mansiones eternas.

Encomiendo mi alma en sus brazos y podré repetir con Simeón: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra; Porque han visto mis ojos tu salvación”. Amén. R. F. G.

Adaptado Gustavo Lavia