sábado, 13 de diciembre de 2008

3º domingo de Adviento.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17
Adviento es el primer periodo del año litúrgico cristiano, que consiste en un tiempo de preparación para el nacimiento del Salvador. Se celebran durante los cuatro anteriores a la fiesta de Navidad. Marca el inicio del año litúrgico en casi todas las confesiones cristianas. Durante este periodo los feligreses se preparan para celebrar la conmemoración del nacimiento de Jesucristo y para renovar la esperanza en su segunda Venida, al final de los tiempos.

“Jesús viene a salvarnos de manera sencilla”
Textos del Día:
El Antiguo Testamento: Isaías 61:1-3, 10-11
La Epístola: 1 Tesalonicenses 5:16-24

EVANGELIO DEL DÍA
Juan 1:6-8, 19-28 6 Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. 7 Éste vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. 8 No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.
19 Éste es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres? 20 Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo. 21 Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No. 22 Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo? 23 Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías. 24 Y los que habían sido enviados eran de los fariseos. 25 Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? 26 Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; más en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis. 27 Éste es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. 28 Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Sermón
Hay algo que llama poderosamente la atención en Juan el Bautista. No creo que sea su vestuario, de pelo de camello o su dieta que consistía en langostas y miel silvestre. Hay autoridad en su mensaje, algo que le hace detenerse y clamar a gran voz en el desierto. Algo debe haber ya que toda Judea se agrupa para oír a este hombre que se viste de manera extraña, ansiando oír un mensaje de bautismo y arrepentimiento. Él habla con una autoridad distinta a la de los fariseos y escribas. Por su vestimenta, dieta y manera de hablar algunos piensan que él no puede ser Juan, el hijo de Zacarías. Él debe ser algo más.
¿Será el Cristo? Se preguntaban. De esta manera todo tendría más sentido. Este hombre poderoso no tendrá miedo de nadie. Es la persona que le dirá a los soldados qué deben hacer y los llevará a la victoria. Israel había esperado por mucho tiempo al Cristo, el que vencería a sus enemigos y llevaría a Israel a la gloria perdida. ¿Será este Juan el Mesías prometido del Antiguo Testamento? No. Él confiesa abiertamente “yo no soy el Cristo".
¿Quién más puede ser? ¿Será Elías? Siguen insistiendo. También podría ser el regreso de Elías, el profeta que proclamó la palabra de Dios y trajo hambruna a la tierra por mucho tiempo, y que habló otra vez y trajo las lluvias necesarias para cosechar. El hombre que resucitó el hijo de la viuda, quien clamó por fuego de cielo y aniquiló a 400 profetas de Baal. Él fue llevado al cielo en una carroza de fuego. Quizá él apareciera ahora bajo la apariencia de Juan el Bautista. ¿eres Elías? Preguntan. “no lo soy” dice Juan.
¿Eres el Profeta? Debes ser alguien especial, pero se nos acaban las promesas. El gran profeta Moisés anunció que Dios enviaría otro más poderoso que él a predicarle a las personas de Israel. Muy rápido afloran los recuerdos del tiempo de Moisés, las diez plagas que liberaron a Israel de su opresor, el mar Rojo que se abrió en dos y el maná caído del cielo. Si consideramos la posibilidad de que Juan sea el gran Profeta, no es de extrañar los resultados de su predicación y de la llegada de todo el mundo para oírlo. Era para entusiasmarse, pronto sería libres y poderosos. Entonces surge la pregunta ¿eres el Profeta? Su respuesta es un “no” claro, rotundo y simple.
Los enviados, se rinden, ya no tienen más opciones, deciden hacerlo simple, así que ahora le preguntan “¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?” Juan contesta, “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías”. Así de simple. Juan es la voz. A pesar de toda su autoridad, su presencia y su carisma, él es simplemente “el preparador”, “el precursor”. La voz que prepara el terreno para nada más ni nada menos que el SEÑOR. Juan no es el Cristo. Pero su mensaje anuncia que el Cristo viene y surge la pregunta y muchas ideas de que si éste es el mensajero ¿cómo será el Cristo que está por venir? Sin duda alguna él sobresaldrá más que Juan, será imposible no reconocerlo. Será más elegante que su mensajero, tendrá más poder que este, su fuerza y autoridad será visible para todos, atraerá a más personas a su presencia que Juan. Así debería de ser, porque si el Cristo es el mismo ungido de Dios para salvar a las personas, que viene a gobernar a todos los imperios y levantar al pueblo de Israel por siempre, desde luego que debe ser más fuerte y poderoso que Juan.
Los pensamientos anteriores eran razonables, deseables y muy convincentes para las personas de la época. Un líder debe sobresalir, tener poder, autoridad y convocar multitudes. Es así que la presencia de Juan quiere decir que él pronto viene, que está por llegar en cualquier momento.
Sin lugar a dudas será reconocido en cuánto se lo vea. Pero había más preguntas para Juan, ya que él no era ninguna de las personas a las cuales esperaban, los fariseos inquirieron “¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; más en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis. Éste es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado”.
Con sus palabras Juan acaba de lanzar una bomba. ¿Qué dijo? “en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis”. Él ya está allí. Está parado entre ellos, el que es más grande que Juan, que no es digno de desatar la correa de su sandalia. Él está allí, en medio de la gente. Pero no lo conocen. Es un poco extraño. Cualquiera pensaría que sería fácil reconocer a alguien que es mayor que Juan, Elías o Moisés. Como no reconocer al propio Mesías, al que a sus pasos “Todo valle se rellenará, Y se bajará todo monte y collado; Los caminos torcidos serán enderezados, Y los caminos ásperos allanados” Lucas 3.5. Es quién se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Isaías 9:6. Teniendo estas características indudablemente las personas que lo rodearían sentirían algo o les llamaría su atención. Pero no lo hacen. No le reconocen. Él no tiene la gracia o forma especial que se espera, que le haga sobresalir. Aparentemente, no hay belleza alguna que le haga atractivo o deseable de estar bajo su mando. Él es simplemente una cara en el montón, uno más en el pueblo. He aquí el choque entre las fantasías populares y la realidad de Dios. Porque Juan da a entender que al verdadero Cristo a quien él quiere presentar no se lo puede juzgar por las apariencias y preconceptos humanos. Para reconocer al verdadero Cristo se tendrá que observar lo que él hace y oír lo que él dice, simplemente para estar seguro de que es el Salvador. Las apariencias quedan descartadas.
Supongo que en ellos surge una pregunta ¿quién es él? ¿Cómo reconocer a ese que está en medio nuestro y no lo vemos? Para encontrar la respuesta no tienen que esperar mucho tiempo, solo hasta al día siguiente, y nosotros solo tenemos que ir al siguiente verso de la lección del Evangelio de hoy, allí leemos: “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan 1:29.
Allí está el Salvador del mundo, ha estado estando parado entre ellos. Juan justamente lo llamaría más tarde “León de la tribu de Judá” Apocalipsis 5:5, pero ahora es presentado como “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Cuando uno piensa en términos de reyes y conquistadores poderosos, la imagen de un cordero usualmente no viene a nuestra mente. Los corderos no van al frente de batalla, no pelean y se ocupan de otros. No me imagino a nadie gritando “Siga Al Cordero”. Este no es un grito de guerra edificante. Porque a menos que se los cuide y guíe, andarán perdidos hasta que son atacados o mueren por falta de agua y alimento. Para los Israelitas la imagen del cordero era muy usual. Los sacerdotes tomaban corderos y los sacrifican, derramando la sangre de estas víctimas que no oponían resistencia.
¿Por qué Juan dice que Jesús es el Cordero de Dios? ¿No es fuerte y poderoso, acaso no es Dios mismo? Sin duda que lo es. Es fuerte, de hecho es todopoderoso, omnipotente. Pero también es manso y va a liberar a sus enemigos, a nosotros, por medio de esta mansedumbre. Ese mismo día, a orillas del Jordán, él no se pronuncia como superior a otros. Sino que se somete a Juan el Bautista, algo así como el resto de las personas. Él no va a salvar a la humanidad dominando u oprimiendo a otros, sino que lo hará sirviendo. Él no llamará a sus seguidores a la fuerza para que sean parte de su “cuerpo”, sino que los llevará a sí mismo por su servicio de entrega y amor hacia a ellos. En vez de castigar a sus enemigos se someterá a su castigo y su desprecio. Así que toda la obra de salvación y redención la realizará por medio de su sacrificio, ofreciéndose a Dios en la cruz por los pecados del mundo. Su sangre será derramada, al igual que aquellos corderos en el altar. Su preciosa sangre será suficiente para expiar los pecados de todos. Por esto es que él es el Cordero de Dios que quita los pecados de mundo. Esto está de acuerdo con los anuncios de los profetas del Antiguo Testamento. Dios predice a lo largo del Antiguo Testamento que el Salvador vendría de manera poderosa pero que sería afligido, golpeado brutalmente y muerto por nuestras iniquidades. Pero los pecadores no van a creen en estas palabras, sino que juzgaran por las apariencias.
El pecado sigue siendo atractivo a los ojos. Porque nuestro sentido de bien y del mal se ha distorsionado por completo a causa de nuestro pecado es que un Mesías debe parecerse a un guerrero poderoso. Él debería tener un palacio y ocupar el trono, no un pesebre y mucho menos terminar el reinado en una cruz. Es así que las personas juzgan por las apariencias, así es que desconocen al salvador, le negarán intencionalmente o les parecerá anticuado o insignificante su manera de venir a nosotros. Pero hay otras personas que oirán a su Palabra. Oyendo su Palabra, creerán. A pesar de las apariencias, mirarán entre las cosas comunes y allí verán a aquel que fue atravesado en la cruz, y oirán “este es el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo”.
¡Ya hemos pasado la mitad del tiempo de Adviento! Solemos cantar el Sanctus: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Cuando cantamos esto, declaramos que Dios se ha convertido en hombre para salvarnos. Dentro de poco en la liturgia diremos el kirie, porque Juan el Bautista preparó el terreno del Señor. Nos regocijamos porque Dios se convirtió en hombre para tener piedad de nosotros. También cantamos con Juan el Bautista un cántico litúrgico llamado el Agnus Dei, que está en latín y significa “cordero de Dios”, ¡OH Cristo Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros!, ¡OH Cristo! Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros. ¡OH Cristo! Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, Danos tu Paz. Amén
“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan expresa estas palabras porque Jesús está completamente presente en cuerpo y sangre. Él es humilde y manso, apenas perceptible, pero él está allí para salvar y no para hacer grandes pompas. Él está de camino hacia la cruz y su bautismo es un alto importante en el camino que le espera hacia la cruz. Él se presenta para ser bautizado junto con pecadores, para lavar completamente los pecados de ellos y cargarlos sobre él. Él llevará esa terrible carga hacia la cruz y morirá por ellos allí.
Hoy mismo, uniremos nuestras voces diciendo: “¡Oh Cristo! Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros”. No hacemos esto solo para recordar los hechos pasados, sino por la realidad presente.
Con las palabras del Agnus Dei le pedimos a Dios, por medio de su Hijo que se hizo hombre, que tenga misericordia de nosotros aquí y ahora. Si, aquí y ahora. Porque Él se hace realidad aquí y ahora de la misma manera en que lo hizo ante Juan y el resto de las personas que estaban reunidos en el Jordán.
Así es que por medio de su muerte y resurrección él ha vencido al pecado y la muerte y se ha levantado victorioso de la tumba y se ha sentado a la diestra del Padre todopoderoso y desde allí gobierna todas las cosas. Pero el estar sentado a la diestra de Dios no implica que está lejos, sino que viene a nosotros humildemente. Él todavía viene a ti para servirte. Él está presente ante ti cuando su Palabra es proclamada. Él es la Palabra hecha carne. Así es que cuando la Palabra está aquí, él mismo está aquí. Él está presente en la pila bautismal, en esas aguas del santo Bautismo. También lo está cuando tus pecados son perdonados, son lavados por medio de él porque fue él quien sufrió por ellos en la cruz. Él está aquí en el pan y el vino, dándote su cuerpo y su sangre para el perdón de pecados.
Fíjate que simple, casi pasa desapercibido, son cosas humildes, palabras comunes, agua, el pan y el vino. Son elementos poco interesantes que se pueden encontrar en cualquier supermercado. Es así, su apariencia fue muy poco interesante a orillas del Jordán, pero él estaba presente allí. Tú tienes su promesa que él está del mismo modo aquí contigo, por su Palabra y Sacramentos.
Insisto con la simpleza i sencillez de su presencia porque en este lugar yace el peligro donde muchos se pierden en el uso de su razón. Cegados por la naturaleza pecaminosa, muchos irán corriendo a buscar a Dios, pero solo van a buscarlos donde él no puede ser encontrado. Más que buscarlo huyen de él. Seguirán a líderes carismáticos que transmiten mensajes populares pero que ignorarán el Evangelio. Pero por más que se lo nombre Jesús no está allí. Leerán la Palabra de Dios y tratarán de encontrar a Jesús en sus sentimientos o sus experiencias, afirmando que ésta es la voluntad del Espíritu Santo. Pero Jesús nunca promete ser encontrado allí. Mostrarán o juzgarán a las iglesias como “exitosas” en los términos humanos, basados en su crecimiento, número de programas o la manera de alabar u orar. Pero si la Palabra no es predicada y los Sacramentos no son administrados, este por seguro de que allí Jesús no está presente.
Como cristianos, nosotros caminamos por fe no por las apariencias o por lo que vemos. Creemos en la Palabra de Dios, no en las apariencias o nuestra razón. Por consiguiente, nos regocijamos en lo que Jesús promete: Él está con nosotros, presente de manera completa, donde él promete estar: La Palabra, el Bautismo y la Santa Cena. Ésta manera de estar presente puede verse como humilde y poco interesante, pero aquí está el Señor y allí pronuncia la verdad más milagrosa y poderosa: “eres perdonado de todo tus pecados”. Por esto es que cantamos el Agnus Dei: “Oh Cristo, Cordero de Dios que quitas el pecado de mundo, ten piedad de nosotros". Cantamos esto, reconociendo que el Señor viene a nosotros humildemente. El Hijo de Dios, a por medio de quien todas las cosas fueron creadas, viene a ti a servirte.
Quizá no lo veas glorioso o atractivo pero ten por seguro que lo es. Esto tiene que ver mucho con nuestra vida diaria. Algunas veces somos llevados a pensar que, como cristiano, tendríamos que tener una vida extraordinaria. Los milagros deberían ser visibles, dónde las pruebas del amor de Dios deberían ser vistas por todos. La prosperidad, la buena salud y el reconocimiento tendría que ser una constante en tu vida si eres un cristiano verdadero. Por lo cual, se deduce que si tu vida es rutinaria y poco interesante, debe haber algo incorrecto en ella. Pero ten por seguro de no hay nada incorrecto en absoluto. Ten presente de que el Señor trabaja de formas poco interesantes a fin tu salvación, de la misma manera él trabaja para tus otras necesidades. En vez de curarte de las enfermedades o lesiones en un segundo desplegando su glorioso poder, él utiliza a los doctores y las enfermeras para realizar este trabajo. En vez hacer que caiga maná o alimento del cielo, él provee los medios necesario a través de su empleo y la comida a través de la tienda. Una vida común no indica la ausencia de Dios. Solo nos dice que es así cómo él trabaja, detrás de la escena, para proveerte de lo necesario. Así como Jesús no era reconocido en el río Jordán, tú también puedes vivir una vida no reconocida. Recuerda que él sufrió la tentación, la aflicción y la muerte como el Cordero de Dios para que tú seas su discípulo. Esto es así, eres la oveja del Cordero de Dios que quita el pecado de mundo, porque por medio de él eres perdonado de todos tus pecados en nombre del Padre y del Hijo de Dios y del Espíritu Santo. Amén
Que la paz sea contigo. Atte. Pastor Gustavo Lavia.