domingo, 1 de marzo de 2009

1º Domingo de Cuaresma.

Si oyereis hoy su voz no endurezcáis vuestro corazón Salmo 95: 7b-8

Sed hacedores de la Palabra, y no tan solo oidores Santiago 1:22a

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17


“Cristo vence al diablo y nuestros desiertos”

Textos del Día:

El Antiguo Testamento: Génesis 22:1-18

La Epístola: Santiago 1:12-18

El Evangelio:

Marcos 1:9-15

9 Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. 10 Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. 11 Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia. 12 Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. 13 Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían. 14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, 15 diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el
reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.



Sermón

EL DIABLO VUELVE AL ATAQUE: LA TENTACIÓN

Decía un amigo mío, predicador, que a la gente le encanta escuchar acerca del diablo. Ha de haber alguna cosa morbosa, o quizás de misterio, que ronda por el aire, con respecto al diablo. ¿Cómo es el diablo? ¿Como una serpiente? ¿Será que existe en realidad? Creo que en estos tiempos no sólo se ha negado en muchas sociedades la existencia de Dios, sino también la existencia de Satanás. Se oye hablar del diablo, o del tentador, como dice el pasaje en Mateo 4, pero poco. Parece anticuado, casi un mito, y como nunca se hizo carne, como Dios se hizo carne en Jesús, es difícil de identificar.

El apóstol Pablo lo tenía siempre bien presente, y lo describía como el enemigo principal de los creyentes. Así les escribe a los miembros de la congregación cristiana en Éfeso:
Pónganse toda la armadura de Dios para que puedan hacer frente a las artimañas del diablo.
Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas... (Efesios 6:11-12)

Fueron esos gobernadores de las tinieblas los que movilizaron el corazón de Herodes para matar a sangre fría a los niños de Belén, después de que Jesús naciera. Los gobernadores de las tinieblas vuelven ahora al ataque. La ceremonia del bautismo había terminado. Jesús fue ungido con el Espíritu Santo para comenzar públicamente su ministerio de reconciliación, y ahora se dirige al desierto. Necesita estar solo, meditar en su futuro ministerio, fortalecer su espíritu para desarrollar su vocación con toda su fuerza.

¿Sería necesario pasar cuarenta días de soledad y ayuno? Sin lugar a dudas. Los evangelios dicen que en cierta oportunidad los discípulos de Jesús intentaron echar un espíritu de un muchacho, pero no pudieron. Luego que Jesús lo expulsó, ellos le preguntaron:
¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo? —Esta clase de demonios sólo puede ser expulsada a fuerza de oración y ayuno-respondió Jesús. (Marcos 9:28-29)

Jesús sabía sobradamente con quién iba a tener que enfrentarse, por eso siguió al Espíritu al desierto y allí pasó cuarenta días en ayuno, concentrándose y preparándose en oración para la tarea de salvar a la humanidad.

Y el diablo estaba al asecho, como siempre. Esperó hasta que Jesús tuviera hambre. Esperó justo cuando ya era hora para Jesús de volver con su gente, de darse un buen baño, de comer pan recién horneado, de hacer sociales con su familia y de dormir en una cama de verdad. Esperó lo suficiente para encontrar a Jesús en su punto más débil. Pero se equivocó. El tentador no sabía que en la mente de Jesús todavía resonaban vibrantes las palabras que su propio Padre desde los cielos le dijo cuarenta días antes:

Éste es mi Hijo amado. (Mateo 3:17)

El tentador pensó que podría hacer dudar a Jesús de que él era el Hijo de Dios, y lo desafió a que usara de poder divino para proveerse de comida.

No parecía, en realidad, una tentación tan grande. ¿Qué podía perder Jesús si convertía piedras en pan?

Pero es la actitud de Jesús la que necesitamos observar. Con el diablo no se dialoga. Jesús no necesita convencer al diablo de nada. Esa no es su tarea. No vino al mundo a medir fuerzas con los poderes del mal, sino a derrotarlos definitivamente. Jesús no perdió tiempo en convencer al diablo de su identidad como Hijo de Dios.

Sólo le respondió con las palabras de la Escritura:

No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. (Mateo 4:4)

La segunda tentación pareciera que no tiene sentido. ¿Probar a ver si lo que la Biblia dice es cierto? ¿Desafiar las leyes de la naturaleza sólo para demostrarle al diablo quién manda más? Tal vez el diablo subestimaba a Jesús, y esperaba que se arrojara al vacío y se despedazara contra las rocas. Sólo a alguien desesperado podía ocurrírsele una idea tan absurda. Y el diablo estaba desesperado, sin lugar a dudas. Veía acercarse su derrota en forma inminente. Quería parar a Jesús a toda costa, y se largó a ofrecerle ahora mucho más que un simple desafío: ¡Todos los reinos del mundo!

Esta ya era una tentación un poco más sustanciosa. Tal vez con esto el tentador lograría distraer a Jesús de su ministerio. El diablo le ofreció hasta lo que no tenía. Bien sabía Jesús que el diablo no es el dueño del mundo, por lo tanto no tiene ninguna autoridad para ofrecérselo. En todo caso, Satanás sólo reina sobre las
fuerzas del mal, algo en lo que Jesús no tiene ningún interés. En última instancia, el interés de Jesús sería la destrucción total de todos esos reinos de las tinieblas.

Y Jesús sigue sin entrar en diálogo. Sólo contesta con palabras de la Escritura. Jesús no da lugar a que haya una conversación o una negociación. Con Satanás no se juega. El propio Hijo de Dios no subestimó el poder del mal. No hizo como Eva, en el Jardín de Edén, que entró en diálogo con el diablo. Simplemente lo
echó de su presencia.

Dos cosas llaman profundamente la atención en esta experiencia de tentación. Primero, el diablo conoce las Escrituras, pero en su astucia y malicia las cita fuera de su contexto y con el propósito de producir daño. El diablo usó en forma torcida las Escrituras para desafiar lo que Dios dice en ellas. Ése no fue el propósito para el cual Dios dio su Palabra a su pueblo. En segundo lugar, Jesús también conoce las Escrituras, y las cita tan acertadamente que logra alejar al diablo de su presencia.

El Evangelio de Lucas termina el relato de la tentación diciendo:

Así que el diablo, habiendo agotado todo recurso de tentación, lo dejó hasta otra
oportunidad. (Lucas 4:13).

El triunfo de Jesús ante la tentación fue sólo temporal. El tentador no había sido vencido, sólo se apartó... por un tiempo. Una y otra vez el diablo volverá a la carga durante el ministerio de Jesús. Usará a Pedro para intentar distraerlo de su misión. Usará a sus propios hermanos para desviarlo de su obra de salvación. Lo
intentará todo, y lo hará con todas sus fuerzas, pero al final, será derrotado.

Sin comer durante cuarenta días, ¡y encima soportar semejante tentación! Pero Dios estaba atento. A ese Hijo amado, le envió sus ángeles para acompañarle y para servirle. Dios estaba observando detenidamente los progresos de su Hijo en su obra de salvar a la humanidad.

¿CUÁL ES MI DESIERTO?

Cómo me gustaría ser Juan el Bautista. Me impresiona su elocuencia, pero sobre todo, su valentía. No tenía pelos en la lengua. No se intimidaba ni por los líderes religiosos ni por el rey Herodes. Claro, no me gustaría ser el Bautista en el momento en que lo meten en la cárcel, ni mucho menos cuando le cortan la cabeza.
Me parece que me gustaría ser como él sólo para fregarles a la gente sus pecados por la cara. Sería una forma de sacarme las ganas de querer ser mejor que los demás. Me doy cuenta que es eso. Soy capaz de pensar que quien fue de Galilea a ver a Juan el Bautista lo hacía para ver qué tipo de pecados iba la gente a confesar. Hay algo morboso dentro de mí que me lleva a señalar el pecado de los demás.

Tengo que reconocer que estoy muy lejos de ser como el Bautista, sobre todo cuando observo que si él denunció el pecado, fue sólo para mostrar la necesidad que todos tenemos de ser reconciliados con Dios. Por eso mismo el punto principal de su predicación fue apuntar a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Su predicación fue tan clara que sus propios discípulos lo dejaron a él para seguir a Jesús (Juan 1:35 y ss). ¡Qué ejemplo de predicador!

Me resulta interesante ver cómo Dios preparó con todo cuidado el escenario para la presentación pública de Jesús. No lo puso de golpe en el mundo para sorprender a la gente. Por el contrario, comenzó, por medio del Bautista a conciencizar a la gente de su situación. Con precisión señaló los pecados de las autoridades, los soldados, los líderes religiosos, y la gente en general. Es como si las conciencias de la gente estuvieran dormidas y necesitaran ser sacudidas.

Más de una vez yo necesito que un Juan el Bautista me muestre dónde estoy parado, ya que me gusta mirar más a los demás que a mí mismo. A veces ni me doy cuenta cuánto trato de evitar ver mis faltas. ¡Menos mal que el Bautista sigue predicando todavía hoy por medio de la palabra de Dios! Menos mal que todavía
sigue presentando con increíble claridad a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Me parece que a veces necesito pasar más tiempo en el desierto. Me llama la atención que la predicación de Juan, y el bautismo de Jesús y su tentación, ocurran en lugares desérticos. Se ve que para ciertas cosas se necesita un espacio especial, y pienso acerca de mi desierto, de ese espacio donde yo puedo
ir y reconocer mi necesidad de un salvador. No me cabe duda que uno de esos lugares, posiblemente el "Jordán" por excelencia, es el templo, cuando me reúno semanalmente con otros hermanos para confesar públicamente mis pecados, y escuchar las palabras de absolución. El Cordero de Dios siempre está allí,
me renueva, y me pone en paz. Pero entonces salgo de allí, y me encuentro con otro desierto, lleno de peligros y muchas tentaciones.

Así veo el mundo todos los días; como un lugar donde hay muchos peligros y tentaciones, sobre todo tentaciones. No veo al diablo, pero veo estructuras diabólicas en la sociedad, que denigran a la criatura de Dios.

Veo crimen organizado, pecados colectivos e individuales. Guerras, guerrillas, estafas, engaños, pornografía, y muerte. Cada día sobran ejemplos de cómo los gobernadores de las tinieblas hacen sus estragos.

Pero el diablo no necesita ser violento o sanguinario. También hace su trabajo en forma sutil, sembrando dudas, sobretodo. Hay que prestar atención a lo que el evangelista Mateo lo llama el "tentador", porque ésa es su tarea. Una de las cosas que más me impresiona de la tentación del diablo a Jesús es cómo él trata de hacerlo dudar que él es el Hijo de Dios. Las dos primeras veces que el diablo se acercó a Jesús lo hizo con estas palabras:

-Si eres el Hijo de Dios... (Mateo 4:3, 5)

Parece mentira que el diablo pusiera tanto empeño en sembrar dudas sobre lo que el Padre celestial había dicho tan claramente unos días antes:

-Éste es mi Hijo amado... (Mateo 3:17).

Esto me hace pensar en todas las veces en las que yo dudo de quién soy. A pesar de que Dios me reafirma constantemente que soy su hijo, a veces me siento indigno de considerarme como tal. Y es aquí justo cuando aprovecha el tentador para reafirmar esas dudas mías:

"Claro que no mereces ser hijo de Dios, ¡con las cosas que haces!"

También escucho que otras veces me dice:

"No creas que Dios te perdonará tan fácilmente ese pecado. Tendrás que trabajar duro para que Dios se lo olvide."

Los gobernadores de las tinieblas son tan insistentes que tratan también de hacerme dudar que Dios me ha dado algún que otro don. Constantemente me dicen:

"No podrás hacerlo, eso es demasiado para ti. " "No sirves para esa tarea, déjaselo a alguien con más capacidades."

Por todo eso, tengo que aprender de Jesús, de su actitud de no negociar con el tentador, de responder con claras palabras de las Escrituras para que el poder del mal se aleje de mí, para erradicar esas dudas que me paralizan y que no me dejan vivir a pleno la libertad a la cual Dios me llamó.

Ojalá yo tuviera respuestas tan acertadas como las de Jesús, para no perder el tiempo en argumentaciones o negociaciones estériles. Me gustaría saber usar mejor las Escrituras, ya que ellas tienen una respuesta concreta para cada situación de la vida.

Me doy cuenta que esa es una tarea de todos los días, porque el tentador se aleja de mí por un poco, hasta encontrar otra vez algún momento oportuno, en que estoy con hambre, o padezco de alguna necesidad, o me siento solo. Diariamente me tengo que concentrar en la oración y en la palabra de Dios para que la conexión con el Padre celestial se fortalezca.

El apóstol Pablo me sirve como ejemplo. Su actitud hacia la vida y el ministerio es digna de imitar. El mismo que dijo que nuestra lucha es contra principados y potestades, y contra huestes espirituales de maldad, también afirmó:

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. (Filipenses 4:13)

Estas palabras me alientan, como también aquellas del apóstol Juan:
El que está en ustedes es más poderoso que el que está en el mundo. (1 Juan 4:4)

Tomado del Libro “Jesús de Nazaret, Mi Señor”. Héctor Hoppe. CPH.