miércoles, 25 de marzo de 2009

4º Domingo de Cuaresma.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“Cree en Cristo”

El Antiguo Testamento: Nahúm 21:4-9

La Epístola: Efesios 2:1-10

El Evangelio del Día: Juan 3:14-21

14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, 15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. 18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. 21 Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.


Sermón
¿Creemos los seres humanos en algo?
“Creer y/o tener fe” son palabras muy usadas en nuestro lenguaje y no son exclusividad de las religiones. Ambas tienen un denominador común que es la confianza. Y nuestro mundo está basado en la confianza y esta a su vez nos brinda certezas, convicciones y seguridades. El simple hecho de pisar el suelo y caminar sin miedo por él es un acto de fe. Estamos seguros y convencidos de que el suelo es firme, al menos el nuestro, y que no se abrirá a nuestro paso. De no tener tal confianza deberíamos andar tanteando a cada instante como hacen los que caminan sobre palcas de hielo que deben corroborar a cada momento si soportará su peso.
Los seres humanos utilizamos y ejercitamos la fe mucho más de lo que nos podemos imaginar. Es más, me atrevería a decir que nuestra vida toda es un acto de fe. Cuando abro la llave del gas en mi cocina y acerco una cerilla confío en que se encenderá normalmente como siempre y no pienso en que va a explotar. Espero que suceda aquello que estoy convencido de que sucederá. Esa convicción se basa en la seguridad que me trasmitió el técnico de que todo está bien. Confío en algo que quizás yo no entienda como funcione o que no he comprobado por mí mismo. Confió en la veracidad del técnico y en la fiabilidad de la cocina y la instalación.
La Real Academia Española define creer como: “Tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado. Dar asenso, apoyo o confianza a alguien. Dar crédito a alguien. Confianza, buen concepto que se tiene de alguien o de algo”.
Y define fe como: “Creencia que se da a algo por la autoridad de quien lo dice o por la fama pública. Palabra que se da o promesa que se hace a alguien con cierta solemnidad o publicidad. Seguridad, aseveración de que algo es cierto. Documento que certifica la verdad de algo”.
Por lo tanto tener fe no es algo malo sino necesario, y no deberíamos dejar que se menosprecie el acto de fe ni a la persona que dice creer o reconoce la necesidad de creer. Posiblemente esa persona sea más sincera que la que diga no creer en nada. Los seres humanos necesitamos creer, necesitamos confiar, necesitamos tener fe y aunque mal les pese reconocerlo a algunos, todos tenemos debemos ejercerla en este mundo para vivir. Nuestro sistema de vida se basa por completo en la confianza, no ciega (por eso pedimos garantías y responsabilidades), basada en la palabra de recibir lo pactado y esperar en ello.
La necesidad de creer
Vivimos días cada vez de más inseguridad. Hay timos y estafas por todos lados y a todas horas, necesitamos tomar más precauciones, sin embargo si queremos vivir medianamente bien y no volvernos paranoicos, necesitamos creer y confiar. Pues creer es una necesidad que nos mantiene “cuerdos”. Cuando desconfiamos de las cosas nos volvemos a una tensión constante.
Podemos convertirnos en obsesivos. Los casos de corrupción política en España están generando un mal cuerpo en los ciudadanos. Aquellos en quienes confiamos nuestros impuestos y confiamos nuestro bienestar social, son también seres susceptibles de corromperse. Sin embargo necesitamos seguir confiando y descansando en que la justicia actuará y el resto de los políticos lo harán bien.
Confiamos en la estabilidad y la seguridad aunque a veces nos den motivos de desconfianza. Deseamos y debemos confiar en el sistema financiero, en los bancos, en la seguridad social, en el fontanero que hará bien y honradamente su trabajo. Aunque debemos ser precavidos y tomar los recaudos necesarios.
Confiamos en la ciencia. Nos ponemos en manos de los médicos. Creemos que saben lo que hacen. Pero sabemos que la ciencia es cambiante y lo que hoy se descubre puede dejar obsoletas medicinas del pasado, incluso a veces se descubre que no hacían tan bien como parecía y las quitan del mercado. Sin embargo necesitamos ir al médico y tomar la medicina cuando estamos enfermos.
Todos tenemos que creer y confiar, pues de lo contrario sería imposible vivir. Cuando conducimos nuestro coche vamos seguros, aunque precavidos. Confiamos y esperamos en que el resto de los conductores vayan igual de atentos y concentrados. Esperamos que el otro cumpla su parte del compromiso que asumió al sacar el carnet.
En el matrimonio nos prometemos fidelidad hasta que la muerte nos separe, ya sea en las buenas, ya sea en las malas. Las partes esperan, confían y creen que será así y lucharan para mantener esa promesa.
Cuando vamos a un restaurante confiamos en que lo que nos traen es bueno, y lo ingerimos. Aunque no hayamos visto el proceso de elaboración, confiamos y no pensamos más que en comerlo. Por lo tanto la fe es muy habitual y necesaria para poder vivir y relacionarse en este mundo.
¿Que se necesita para tener fe?
Creer o tener fe en definitiva es depositar nuestra confianza en alguien o algo que nos infunda respeto, credibilidad, seguridad y nos de garantía de poder cumplir una promesa dada. Para creer debe existir: una necesidad, un acercamiento, una promesa u ofrecimiento, un acuerdo, contrato o pacto dónde las partes se comprometen a algo y luego viene la confianza en que se deposita en el compromiso asumido por el otro.
Lo importante para creer es que se me trasmita y genere confianza. La fe la genera el otro en mí. Es decir, mi confianza en alguien nace a partir de que el otro me trasmite seguridad y confianza. Por lo tanto el tener fe no es un acto de mi creación, sino que nace a partir del otro. Luego, una vez nacida esa fe, soy yo quien la ejerzo.
Para que exista fe debe mediar siempre una palabra (promesa o idea propia) que nos asegure algo. Esa promesa se convierte en un pacto en el cual depositamos nuestra confianza. Subir a un avión puede ser un acto de fe. Confío y espero que no se caiga pues de lo contrario no sé si subiría y confiaría mi vida ahí. Confío en que los mecánicos, técnicos, inspectores y pilotos saben lo que hacen y lo hacen a conciencia. Yo no controlo todo eso y me pongo en sus manos confiando en que cumplirán su promesa de llevarme a mi lugar de destino.
Tener fe es tener la plena seguridad y certeza de que voy a recibir aquello que se me prometió y espero. El tiempo de espera que pasa entre la promesa y el cumplimiento es tranquilo en virtud de la confianza. Si mi esposa me encarga que compre el pan, ella descansará de esa preocupación pues yo le di mi palabra de que lo compraría. Ella ya no tiene que comprarlo. Se desentiende de ese asunto y espera. Cree que lo haré, aunque puede ser que yo me olvide o que alguna eventualidad impida que lo compre. Hay probabilidades de que incumpla con mi compromiso, pero a priori confía en que lo haré pues me he comprometido a ello. En definitiva, fe es confiar que un pacto se cumplirá y mientras esperamos ese cumplimiento no dudamos en que se realizará.
Seguridades absolutas
Los seres humanos somos imperfectos, y eso está más que demostrado. ¿Quién nos puede brindar en este mundo seguridades 100% garantizadas? Por lo tanto la imperfección no puede brindarnos la plenitud absoluta, ni la certeza absoluta y por eso existe un grado de duda en nosotros. Debemos confiar entre los ser humanos pero no confiar plenamente. Es decir que tenemos que contar con el margen de error y en la buena voluntad, sin dejar de lado el saber que también existe la mala voluntad. Confío en que cuando salgo a la calle no me va a suceder nada malo, pero a pesar de los recaudos necesarios no tengo garantizado completamente que nada me sucederá.
En el ser humano no hay seguridad ni estabilidad absoluta pues no controlamos todo ni tenemos el conocimiento perfecto de todo. Incluso si lo tuviéramos en nosotros hay una tendencia a la corrupción que hace que hasta lo más básico o noble sea susceptible de que lo estropeemos. Por lo tanto confiamos en y entre nosotros pero no plenamente. Hay un margen de duda, de incertidumbre o incredulidad por nuestra imperfección.
Fe depositada en cosas o ideas
En ocasiones la fe no se basa en pactos que hacemos entre los seres humanos. Es sabido que la fe también se puede basar en ideas que nosotros nos hagamos de las cosas y estas convertirse en supersticiones: “Creo que si paso por debajo de una escalera tendré mala suerte”. Hay personas que se toman muy en serio esta idea que alguien le trasmitió y la consideran un pacto modificando su conducta al punto de esquivar todas las escaleras.
Algunos atribuyen al destino el control de sus vidas, al poder de la naturaleza o a los astros. Otros lo hacen en objetos como pueden ser imágenes creadas artesanalmente. Son objetos que por alguna razón ellos establecieron que le van a dar seguridad y por ello depositan su confianza.
Muchos crean sus propios medios de seguridad a través de amuletos, ritos, fijaciones. Confían en el “poder” del ritual que ellos creyeron regidor de sus vidas y depositan su confianza de bienestar en ellos: “Si le prendo todos los días una vela al santo me irá bien, si fallo con mi parte del trato me irá mal”. Y también están los que confían sus vidas en las riquezas.
Otros confían en el “azar”, en el futuro, en el juego, en la astrología. Otros lo expresan en forma de deseo y dicen con convicción de fe “creo que me va a ir bien o espero que me vaya bien”.
Mayormente esta “esperanza” solemos usarla cuando las cosas van mal o deseamos que suceda algo que no está en nuestras manos resolver. “hay que tener fe, hay que esperar y confiar en que puede ser posible”. Tener fe está asociado a la ilusión, al ánimo, a la esperanza. Dejamos la puerta abierta a que lo improbable sea posible.
Otros confían en su instinto, presentimientos o sensaciones. No tienen una promesa ajena que les da la seguridad sino sus propias percepciones de la realidad. Estos son los que te dicen “venga confía en mí tío” y tú le dices ¿pero explícame porqué? Y él te dice “no sé, tío, pero confía”. Están los que dicen confiar exclusivamente en sus razonamientos o lógica y otros en su experiencia. Pero todos nos debemos fiar de algo para vivir.
Fe salvadora
Nuestro Señor Jesucristo aborda el tema de la “creencia” y dos veces en nuestro texto repite que vino a dar su vida “para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna” (vrs. 15-16) y en una ocasión dice “el que en él cree no es condenado” (vrs. 17). Para Jesús el hecho de creer en él maraca la diferencia entre la vida y la muerte. Pero ¿cuál es el pacto que hace con nosotros? ¿Cuál es mi parte en el pacto? ¿Qué se me pide? A diferencia de los pactos que hacemos los humanos con condiciones, Cristo hace un pacto que solo requiere de nosotros que le creamos y ejercitemos esa fe “El que creyere y fuere bautizado, será salvo” Mc 16:16 “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo, tú y tu casa” Hch. 16:31 “Si puedes creer, al que cree todo le es posible” Mc 9:23.
Cristo vino a este mundo y fue a esa cruz para saldar nuestra deuda. Ahora él nos promete salvación asumiendo él el coste íntegramente. Nos perdona nuestros pecados y no nos pide nada a cambio, pues aunque quisiéramos no tenemos nada para dar a cambio a Dios por nuestra salvación. Es un regalo. Es gratis.
En el contexto Jesús habla a Nicodemo del Bautismo: “nacer de nuevo por el agua y el Espíritu”. Ahí él hace un pacto y nos da una nueva vida. Gratuitamente. Él se compromete a ser nuestro Señor y salvador, a estar con nosotros todos los días del mundo, a que nunca nos dejará desamparados o nos faltará lo que él considere necesario. Nos dice que ha preparado un lugar en el cielo a fin de vivir eternamente a su lado y en su compañía.
Para obtener la promesa Cristo demanda fe y engendra fe en él generando confianza a través de su acercamiento con la Palaba y el Espíritu Santo. Pues Jesús es “el autor y consumador de la fe” He. 11. Es él quien genera la confianza a través de su palabra. Necesitamos conocer las promesas de Dios. Necesitamos oír aquello que tiene para decirnos ya que “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” Ro. 10:17. Es por eso que el Señor nos envía a predicar el Evangelio a toda criatura (Mt. 28:19-20 y Mr 16:15-16) Y esta fe viene por el oír la Palabra de Dios que es el medio por el cual el Señor se manifiesta y se da a conocer a las personas. La confianza se va retroalimentando y va generando una relación cada vez más estable. Así es como la relación que Dios restablece con nosotros a través de la Palabra va creciendo en confianza. Nuestra fe va aumentando.
En asuntos de vida eterna no podemos confiar en los seres humanos, ni dejar nuestra suerte hachada al azar. Debemos dejar de lado las supersticiones. Las promesas de perdón y vida eterna pertenecen a Cristo y él es quien nos las da. Dice Jeremías 17:5 “¡Maldito el hombre que confía en el hombre… mientras su corazón se aparta del Señor!” Ningún ser humano, incluido tú mismo, debe manipular, desvirtuar o desestimar las promesas de Dios. “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. Hch. 4:7-12. Jesús dice, “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” Juan 14:6. ¿Crees otras cosas respecto a Dios? ¿Crees en otros caminos para ser salvo? ¿Crees que necesitas hacer algo para obtener la salvación que Cristo da gratuitamente? Replantéate tus creencias a la luz de la Palabra de Dios que contiene las promesas que él ha estimado vitales para que los seres humanos seamos salvos.
La incredulidad es lo único que nos priva de poder recibir lo prometido. Al no creer damos la espalda a Dios, su pacto y sus promesas para establecer nuestros propios pactos con otras cosas.
Esto es muy importante tenerlo en claro. El que no cree ha sido condenado. No puede ser parte del pacto si no hay confianza y se espera aquello que se promete. Si bien Cristo vino enviado por el amor de Dios Padre, y no ha venido a condenar al mundo sino a salvarlo, solo se pueden apropiar de esa promesa de salvación los que creen en Cristo y el que no lo hace se queda sin esa promesa.
¿Conoces tú las promesas de Dios? ¿Las crees? Pues si las crees ya las tienes ¡Disfrútalas! Alimenta esa confianza leyendo cada día la Palabra de Dios y participa en la Santa Cena donde Cristo mismo se hace presente en cuerpo y sangre para fortalecer tu fe anunciándote el perdón de pecados. Anima o otros a conocer las promesas salvadoras de Cristo. Amén.
Pastor Walter Daniel Ralli