domingo, 31 de mayo de 2009

Domingo de Pentecostés.

d las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

“La Iglesia Cristiana es una Institución Divina”
Textos del Día:
Primera lección: Ezequiel 37:1-14
La Epístola: Hechos 2:2-21
El Evangelio: Juan 15:26-27, 16:4b-15

EVANGELIO DEL DIA

Hechos 2:2-21 2 Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; 3 y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. 4 Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. 5 Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. 6 Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. 7 Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? 8 ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? 9 Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, 10 en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, 11 cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. 12 Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto? 13 Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto. 14 Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. 15 Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. 16 Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: 17 Y en los postreros días, dice Dios, Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; Vuestros jóvenes verán visiones, Y vuestros ancianos soñarán sueños; 18 Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días Derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. 19 Y daré prodigios arriba en el cielo, Y señales abajo en la tierra, Sangre y fuego y vapor de humo; 20 El sol se convertirá en tinieblas, Y la luna en sangre, Antes que venga el día del Señor, Grande y manifiesto; 21 Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.



Sermón
“Creo en la Santa Iglesia Cristiana, la comunión de los santos” es una de las declaraciones claras y definidas del Credo Apostólico. La Iglesia Cristiana incluye a todos los creyentes en la tierra. Sólo mediante la fe en Cristo puede hacerse santa una persona. Y sólo así puede pertenecer a la comunión de los santos, la congregación de personas santas. La Iglesia está compuesta de personas que de por sí no son santas, sino que se han hecho santas porque sus pecados han sido lavados por la preciosa sangre de Jesucristo.
Se ha mencionado esto porque queremos considerar hoy el nacimiento de la Iglesia. Cuando Jesús estaba por subir a los cielos, cuarenta días antes de Pentecostés, dijo a sus discípulos que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen el cumplimiento de la promesa del Padre. Ésta era la gran promesa del bautismo con el Espíritu Santo. El Señor agregó: “Cuando venga el Espíritu Santo sobre vosotros, recibiréis poder, y seréis mis testigos”. El día de Pentecostés es el día que Dios había escogido para el cumplimiento de esa promesa. Con el derramamiento del Espíritu Santo sobre los discípulos empezó la obra de la edificación de la Iglesia Cristiana como templo de Dios. Desde su mero comienzo sabemos que es verdaderamente obra de la mano de Dios. Él la comenzó y Él la ha conservado hasta el día de hoy. Que el Espíritu de Dios nos guíe mientras meditamos sobre el siguiente pensamiento:
La Iglesia Cristiana Es Institución de Dios
1. Tuvo un comienzo milagroso;
2. Tuvo un efecto maravilloso.
Dios siempre sabe escoger el momento oportuno para realizar sus poderosas obras. Durante la fiesta de Pentecostés mucha gente acudía a Jerusalén.
Pentecostés era una de las grandes fiestas del calendario eclesiástico judío. Esto quería decir que por lo menos todos los varones que eran miembros de la iglesia se reunían en Jerusalén en esa fecha para participar en la fiesta. Dios había escogido ese día como ocasión para cumplir la gran promesa que había hecho a sus discípulos. Jesús, que había puesto el fundamento de la Iglesia Cristiana mediante su Pasión y muerte y había subido a los cielos para entrar otra vez en el uso completo de su majestad y gloria, ya estaba pronto a cumplir la promesa que había hecho a los discípulos. Ya que Él les había hablado sobre esa promesa, ellos no ignoraban el hecho de que algo extraordinario iba a suceder, aunque no sabían el tiempo exacto. Sabían que el Espíritu Santo vendría sobre ellos, pero no sabían cuándo ni cómo acontecería. Día tras día esperaban con ansias el acontecimiento, pues Jesús les había dicho que sucedería “no muchos días después”. En la mañana de Pentecostés estaban listos para la celebración de aquella importante fiesta. Se nos dice que “estaban todos unánimes juntos”, es decir, que estaban todos juntos en un mismo lugar.
Súbitamente empezó a realizarse el milagro. La tranquilidad de la mañana fue interrumpida inesperadamente por un sonido que procedía del cielo; un sonido como de viento que soplaba con ímpetu. El cielo empero no dada señales de tiempo borrascoso. Mas el sonido como de viento que soplaba con ímpetu fue oído claramente por todos los habitantes de Jerusalén. Sabían que procedía del cielo. También sabían a qué lugar iba. Llenó toda la casa donde estaban sentados los discípulos. Todo esto fue muy extraordinario. Parecía como una gran tormenta y sin embargo no causaba estrago alguno. Aun la casa donde se concentraba el sonido no daba ninguna señal de averías.
Este acontecimiento extraño atrajo a la multitud. Al mirar a los discípulos, observaron que sobre cada uno de ellos se asentaban lenguas, como de fuego. Había fuego, pero no quemaba ni consumía nada. La llama ni siquiera chamuscaba los cabellos de la cabeza de los discípulos.
Realmente, se podía observar que todo era un milagro celestial. Quizás haya algunos en la actualidad que se burlen del milagro que se relata en este texto. Quizás no les sea posible creer que pueda haber el sonido del viento sin que haya viento, o que haya una flama que no queme.
No importa lo que se diga acerca del milagro; sabemos que la multitud que allí se reunió no podía negarlo. Todos estaban atónitos y perplejos, diciéndose el uno al otro: “¿Qué quiere decir esto?”
Los fenómenos que se observaban eran simplemente circunstancias que acompañaban al milagro que se estaba realizando. En tanto que sucedía todo esto, todos los discípulos fueron llenos del Espíritu Santo. Esto no quiere decir que nunca habían recibido el Espíritu Santo, pues sin Él jamás hubieran podido hacerse discípulos. Además, sabemos que el domingo de Pascua por la noche, cuando Jesús les apareció, les dijo Él: “Recibid el Espíritu Santo”. Esto quiere decir empero que recibieron el Espíritu Santo en mayor medida y que por medio de Él habían conocido más a fondo la verdad y habían obtenido mayor poder, aun el poder de obrar milagros.
El efecto de todo esto fue al instante, también a la multitud. Estos hombres, a quienes los judíos conocían como cobardes que habían huido cuando Cristo fue aprehendido en el huerto de Getsemaní; estos hombres, que repetidas veces se habían reunido tras puertas cerradas porque temían a los judíos, repentinamente tuvieron gran valor y empezaron a predicar con sorprendente osadía. Pero esto no fue todo. Afrontaron al pueblo con la misma clase de predicación que había llevado a Cristo a la muerte. No anduvieron con rodeos, sino que se dirigieron a aquella muchedumbre con palabras que no daban cabida a duda. Les dijeron que habían cometido un gran crimen, cuando por manos de inicuos prendieron a Cristo y le crucificaron. Nos maravillamos de este valor. Nos sorprende el cambio repentino de la cobardía al valor. Pero en realidad nada de esto debe sorprendernos. Todo es prueba adicional del hecho de que Dios estaba obrando un milagro para establecer su Iglesia y que la Iglesia Cristiana es indudablemente obra de la mano de Dios.
La multitud también pudo observar en aquella ocasión otra cosa extraordinaria: aquellos discípulos aparentemente incultos, muchos de los cuales habían sido pescadores galileos, de repente empezaron a hablar en diferentes lenguas; lenguas que jamás habían estudiado o aprendido; aún más, lenguas que desconocían por completo. Y lo que hablaban no eran meros chapúrreos o meros sonidos guturales que nadie podía entender y que actualmente hay quienes quieren pasarlos por don de lenguas. No; los discípulos estaban hablando y predicando en lenguas que los oyentes podían entender con la mayor claridad. Es verdad que algunos se burlaban y decían que los discípulos estaban ebrios. Sin embargo, otros decían con la mayor franqueza: “¿Cómo, pues, oímos cada uno de nosotros hablar en la lengua en que hemos nacido?” Y otra vez: “Los oímos hablar en nuestras lenguas las grandezas de Dios.” No cabe duda de que Dios concedió a los discípulos el uso de aquellas lenguas que eran necesarias en aquella ocasión para promulgar el mensaje de la crucifixión y la muerte y la resurrección de Cristo, y mostrar la culpabilidad de los que habían pedido la muerte del Mesías y le habían llevado al madero del Calvario, y por fin recalcar el gran perdón de Dios para con los pecadores.
A veces se pregunta por qué en la actualidad todos esos milagros no acompañan a la predicación del Evangelio. Precisa recordar empero que el Señor en aquel primer día de Pentecostés quería establecer su Iglesia. La pequeña congregación en Jerusalén afrontaba la más acérrima oposición. Pero ya los cristianos debían promulgar las mismas verdades que Cristo había promulgado; el mismo Salvador; el mismo camino de la salvación. Ya debían acusar a los pecadores de haber crucificado a Cristo. Ya debían proclamar la resurrección de Cristo. Es verdad que nada de esto tenía la aprobación de los jefes religiosos de aquel tiempo. Y debemos recordar que aquellos jefes religiosos eran capaces de influir en la multitud e incitarla a la oposición. También precisa recordar que los paganos, a quienes la Iglesia debía ir con el mensaje del Evangelio, estaban saturados de la idolatría y era de esperarse que se opusieran a una doctrina que condenaba sus ídolos y enseñaba que la salvación eterna se podía obtener sólo mediante la fe en Cristo. La Iglesia tenía, pues, que mostrar las más convincentes credenciales para establecerse en medio de tan acerba oposición. Es por esta razón que el Señor Jesús, que había venido a establecer su Iglesia, equipó a los discípulos con maravillosas credenciales. Aun los peores enemigos tenían que admitir que aquella obra era de Dios y no de hombres. Nunca jamás había sucedido cosa tal. Desde su mero comienzo la Iglesia llevaba el sello de que era una institución divina. En la actualidad esto es un hecho establecido y que ya no necesita credenciales. Dondequiera que existe la predicación a la manera del primer Pentecostés tenemos la Palabra de poder, la Palabra del poder de Dios, y ésta jamás ha perdido su efecto. Si en la predicación siempre se recalcan las verdades de la Palabra de Dios, no se necesitarán credenciales.
II Desde su mero comienzo esta institución de Dios, la Iglesia Cristiana, tuvo un efecto maravilloso.
Dios reunió a la multitud. La había llamado a escuchar la primera predicación de la Iglesia del Nuevo Testamento. A todos les fue dada la oportunidad de observar las maravillosas obras de Dios promulgadas con la mayor intrepidez. Se nos ha relatado lo más substancial de la predicación de aquel día; en particular, el resumen del sermón predicado por Simón Pedro a aquella multitud es ya un asunto de la narración bíblica. Nos impresiona grandemente la claridad y el poder de aquella predicación. También nos impresiona grandemente la maravillosa capacidad con que el Espíritu Santo dotó a Simón Pedro para promulgar las verdades divinas.
Ese primer sermón merece ser estudiado detenidamente. Revela que aquellos hombres, sobre quienes reposaba el Espíritu de Dios, sabían presentar magistralmente las verdades de Dios a oyentes de diferentes lugares. Se observará que hicieron referencia a profecías que los judíos conocían muy bien y que profesaban como parte de su fe. Aquellas profecías eran una promesa clara y definida de lo que precisamente estaban presenciando ellos en aquel momento. Además, el sermón condenaba directamente a los que habían sido culpables de la crucifixión del Hijo unigénito de Dios. No andaba con efugios para disimular la verdad. Los calificaba de culpables ante Dios. Pero también contenía la oferta del perdón, pues Dios había resucitado a Jesús de entre los muertos según lo que había profetizado David. A ese Jesús, a quien ellos habían crucificado, Dios le había hecho Señor y Cristo.
Aquel poderoso sermón hirió en lo vivo a la multitud. El historiador sagrado describe así el efecto del sermón en los oyentes: “Al oír esto, fueron compungidos de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” Esto proporcionó a los apóstoles la oportunidad de proclamar el retumbante llamamiento al arrepentimiento; de ofrecerles la salvación que Cristo habla consumado; de llamarlos al bautismo para la remisión de los pecados.
¡Era una situación verdaderamente extraordinaria! Los enemigos se estremecen y tiemblan y preguntan a aquellos humildes predicadores qué deben hacer. Tres mil almas se arrepintieron y fueron bautizados. ¡Verdaderamente maravilloso fue aquel, comienzo!
Por supuesto, hubo algunos que se burlaron; hubo algunos que obstinadamente rehusaron entregarse a la obra del Espíritu Santo. No se arrepintieron. Siempre habrá algunos que se opondrán a las verdades divinas. Dondequiera que se predica la Palabra de Dios en su verdad y pureza, no sólo ganará ésta almas para Cristo, sino que también extraerá el fuego de la burla. Así como en aquella ocasión hubo quienes dijeron: “Estos hombres están llenos de mosto”, asimismo en la actualidad muchos llaman insensatez a la predicación del Evangelio. Esto no es culpa del Evangelio, sino de la corrupción y hostilidad humanas. La predicación del Evangelio divide a la humanidad en dos grupos: los que la aceptan y la creen, y los que la menosprecian. Es lo uno o lo otro; es esto o aquello. No nos sorprende, pues, el que los incrédulos se opongan a la predicación del Evangelio.
Hay algo más que merece ser observado. El hecho de que en aquella multitud había representantes de diferentes naciones muestra que la Iglesia tuvo un efecto maravilloso en su mero comienzo. El escritor sagrado menciona más de quince diferentes nacionalidades y lenguas.
Aquellos hombres oyeron las verdades de Dios promulgadas en la lengua en que hablan nacido. Muchos de ellos, verdaderamente convertidos, volvieron a su tierra y se hicieron embajadores de Cristo. Ya que ellos mismos habían sido convertidos, reunían los requisitos necesarios para ser misioneros en su propia tierra. Esto es prueba adicional de que Dios escogió un día apropiado para enviar su Espíritu Santo sobre sus discípulos. Fue oportuno el tiempo para establecer la Iglesia. Proporcionó crecimiento rápido a la Iglesia Cristiana. El regreso de aquellos hombres a su propia tierra y el hacerse testigos de Cristo contribuyeron a la obra efectiva de la Iglesia Cristiana en el mundo. Cuando más tarde los apóstoles llegaron a esos lugares, hallaron personas que ya creían en Cristo.
Razón tenemos, pues, para dar gracias a Dios por haber establecido su Iglesia de una manera tan maravillosa. Nosotros tenemos ahora el privilegio de ser miembros de esa Iglesia. El Espíritu Santo ha obrado la fe en nuestros corazones mediante el Evangelio de Jesucristo. Al igual que los miembros de la Iglesia primitiva, agradezcamos sinceramente esta bendición divina. Sigamos también el ejemplo de ellos y llevemos el Evangelio a todos los confines de la tierra. Y así, por medio del Espíritu Santo, muchos serán añadidos diariamente a la Iglesia Cristiana, la comunión de los santos. Amén.
J. W. B.