domingo, 26 de junio de 2011

2º Domingo después Pentecostés.

CRISTO, el cimiento sólido

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección: Deuteronomio 11:18-21, 26-28
Segunda Lección: Romanos 3:21-25, 27-28
El Evangelio: San Mateo 7: 15-20, 21-29
Sermón
Introducción
Vivimos en una sociedad donde escuchamos proclamar a Cristo desde los más variados entornos eclesiales. Todo el mundo cristiano proclama a Jesús, pero paradójicamente no lo hacen con los mismos argumentos, y ni siquiera con la misma finalidad. Unos convierten a Jesús en un mero modelo moral o de comportamiento, mientras que otros lo usan como excusa para proclamar otras enseñanzas que no tienen nada que ver con Él. Y así, Cristo va quedando desfigurado en función de lo que estas Iglesias quieren transmitir a la sociedad. ¿Cómo saber pues quién proyecta la imagen correcta de Jesús y su obra?, ¿cuál es entonces el mensaje que proclama a Jesús de manera veraz?. Las lecturas de hoy nos muestran con claridad, que no todos los que usan el nombre de Cristo están legitimados para ello.
  • Sin pecado no hay Evangelio
Hablar del pecado no está de moda, definitivamente. Vivimos en una época complaciente y comprensiva, donde el concepto de culpa está difuminado por la psicología, y marginado por la sociedad del placer. ¿Para qué sentirme mal si el objetivo del hombre debe ser sentirse bien en cada momento?. Y sin embargo todo comienza precisamente, cuando hablamos de nuestra fe, por ese concepto que repele al hombre: el pecado. Pues sin hablar de ello, resulta que no podemos hablar del Evangelio, de la Buena Noticia por excelencia. No podemos eludir el tema, por poco atractivo que parezca, si queremos exponer la Verdad, así con mayúsculas. Por eso el apóstol Pablo afronta el tema con valentía y proclama que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom.3: 23). Toda una mala, malísima noticia para nosotros, pero que tiene su continuación en otra noticia, ahora plenamente positiva y reconfortante como no hay otra: “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (v24). Y casi podríamos decir que en estas dos frases, hemos condensado nuestra fe de manera sencillísima, con claridad meridiana.
Sin embargo, desde muy temprano en la historia del cristianismo, hubo quienes no aceptaron la verdad del Evangelio en estos términos, y sistemáticamente trataron de ocultar, anular, corromper o sencillamente destruir los fundamentos de nuestra fe. ¿Por qué?, pues porque aunque la victoria sobre el pecado y la muerte ya estaba ganada en la cruz, el enemigo sabe que aún puede hacer un grave daño en el rebaño de Cristo. Que hasta el fín de nuestros días, somos objetivo de aquellos que tratarán de apartarnos de nuestro Buen Pastor, y llevarnos a pastos de sequedad y muerte. Y para ello nada mejor que corromper el Evangelio y convertirlo en un alimento adulterado, como nos advirtió el apóstol Pedro (1ª Ped. 2:2).
Inicialmente, tendemos a pensar que los que hacen tal cosa, son enemigos públicos y declarados de Cristo, y sin embargo Jesús nos advierte precisamente contra los que hacen alarde de su nombre, de aquellos que lo proclaman y ensalzan. La ostentación manifiesta de su nombre, puede ser precisamente la pista que nos permita descubrir a los falsos profetas, aquellos que, tal como dice Jesús (v15 y 23), no son más que lobos rapaces y hacedores de maldad.
  • Cristo desenmascara a los falsos profetas
La advertencia de Cristo sobre guardarnos de los falsos profetas (v15), tiene una validez permanente. Pues siempre hubo, incluso en la época apostólica, quienes usando su nombre para darse credibilidad, trataron de pervertir el puro Evangelio y sustituirlo por otras falsas enseñanzas. Y en esto hay que ser especialmente cuidadosos, pues estos falsos profetas se presentan con una apariencia humilde, respetable, profetizando en el nombre de Jesús, haciendo grandes obras, incluso echando demonios (v22). Jesús nos indica que la abundancia de supuestos milagros será también una de sus señas de identidad. En resumen, todo una serie de elementos externos y visibles que pueden servir para impresionar al mundo, pero que en el fondo sólo acumulan falsedad y vacío espiritual. Y la muestra de ello, la prueba definitiva son precisamente sus frutos, pues “no puede el árbol malo dar buenos frutos” (v18). Pero ¿no es precisamente una actitud humilde y piadosa uno de los buenos frutos que se esperan de los creyentes auténticos?, ¿no es el proclamar a Cristo a boca llena, el hacer milagros y mostrarse al mundo como el modelo de cristiano una señal inequívoca de ser embajadores de Jesús en el mundo?. Y sin embargo, a estos mismos Cristo les dice: “Nunca os conocí, apartaos de mí, hacedores de maldad” (v23). ¿Cuáles entonces son los frutos buenos y verdaderamente santos ante Dios?, ¿qué es lo que se espera de aquellos que se llaman de manera visible heraldos de Cristo?. El fruto más excelente, el principal no es sino la proclamación del puro Evangelio de Cristo, y como dice de nuevo el apóstol Pablo: “con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Rom.3: 26).
Por tanto el fruto de estos supuestos maestros y profetas, si es que en verdad lo son, no puede ser otro que llevar a la humanidad a aquello que necesita, a lo único que puede llevarla a la salvación: la Buena Noticia de la justificación por medio de la fe en el único justo, Jesús el Cristo. Sin esto, ya pueden estar toda su vida hablando de Cristo, realizando milagros impresionantes o presentándose al mundo como los seres más piadosos. Nada de ello vale nada ante Dios, y ninguno de ellos será reconocido por Él. La misión de un verdadero profeta cristiano es hacer que este Evangelio sea “puesto en nuestro corazón y en nuestra alma, y sea enseñado a nuestros hijos por siempre” (Deut. 11: 18-19). Este es el fruto saludable que produce un árbol sano, todos los demás, serán “cortados y echados el fuego” (Mat. 7: 19).
  • La praxis de la fe que justifica
Sin embargo llegados a este punto, Jesús lanza una nueva advertencia: una fe fundamentada en esta verdad evangélica de la justificación, no puede ser tampoco una fe estéril, sin producir frutos respecto a nuestro prójimo. Y aunque sabemos que la obras del creyente, no tienen valor en relación a nuestra salvación, no es menos cierto que ellas son la expresión de una fe viva (Stg.2:17). Porque nuestra fe no es un mero acto intelectual, sino una fe transformadora, una fe que cambia la vida de las personas. Y en este cambio no sólo escuchamos la voz de Cristo, sino que somos impulsados a actuar según su voluntad. No es por tanto posible que en una persona coexistan la fe y al mismo tiempo la indiferencia por los que lo rodean. A esta situación catastrófica desde un punto de vista espiritual, Jesús la compara con una casa construida con cimientos débiles (v26). A la primera oportunidad, la vida arrasará la fe de aquel que pretenda llamarse cristiano y no actuar como tal.
Es por tanto en la praxis, donde nuestra fe muestra su vitalidad, donde liberados ya de la preocupación de la salvación gracias a la Cruz, podemos mirar ahora a nuestro alrededor, y ser testigos de Cristo mostrando su amor por el mundo a través nuestro. Es necesario por tanto para cimentar nuestra fe el amar, pues “El que no ama, no ha conocido a Dios, pues Dios es amor” (1 Jn. 4:8). Por tanto, con todo lo visto, tenemos ya las pistas claras para identificar a los verdaderos profetas de Dios, que son aquellos que predican el puro Evangelio del arrepentimiento y el perdón de los pecados por la sangre de Cristo, y que con su vida además, testimonian desde esta fe del amor de Dios por nosotros. Por contra, un Evangelio adulterado y una vida estéril en amor, o peor aún, con un amor interesado, serán las señas de identidad de aquellos falsos profetas rechazados por Cristo.
CONCLUSIÓN
Los creyentes tenemos la seguridad y el gozo de nuestra salvación, por medio del sacrificio de Jesús en la Cruz. No hay mensaje más importante para la vida de un ser humano que éste, pues nos es anunciada la gracia y la misericordia de Dios hacia todos nosotros, por medio de “la fe en su sangre” (Rom.3:25). En este sentido, la batalla de nuestra redención ya está ganada. Pero aún merodean a nuestro alrededor aquellos que quieren destruir y corromper esta Buena Noticia, usando el nombre de Jesús sin escrúpulos, convirtiendo el Evangelio en un alimento espiritual aguado y sin valor para nuestra alma. Contra estos nos advierte Jesús, no importa lo respetable que parezcan ante el mundo, la aureola de santidad con la que se rodeen, o las muestras de poder que exhiban ante nuestros ojos. Sin la fe que justifica, y sin el amor que proviene de esa fe, su ruina es cuestión de tiempo. Por contra, y firmemente asidos de la Cruz, nuestra fe está cimentada en la roca (v25), y nuestra casa está segura, pues sabemos que esta roca que nos sostiene no es sino Cristo mismo (1 Cor.10:4). Que el Señor nos sostenga siempre en esta fe, y el Espíritu Santo nos impulse a ser testigos de su amor entre nuestros semejantes. Que así sea, Amén. 
 
                                         J. C. G.   Pastor de IELE.