domingo, 11 de diciembre de 2011

3º Domingo de Adviento.

“Somos testigos de la luz de Cristo”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lección: Isaías 61:1-3, 10-11

Segunda Lección: 1 Tesalonicenses 5:16-24

El Evangelio: San Juan 1: 6-8, 19-28

Sermón

Introducción

Los seres vivos, y en especial el ser humano, nos sentimos atraídos por la luz. Existe en nosotros una conexión con ella fortísima, como una reminiscencia en nuestra consciencia de un momento pasado en que su brillo acogedor nos confortaba. De tiempos que en Dios y el hombre hablaban cara a cara en el jardín del Edén, sin que la oscuridad del pecado fuese un obstáculo entre ellos. Y ahora en Adviento, las calles comienzan a llenarse de luz de nuevo, una luz especial. Miles de luces irradian su brillo sobre las personas; luces acogedoras que nos envuelven y anuncian que estamos en un tiempo especial. Luces que testifican sobre otra Luz, más potente que mil soles juntos y cuya llegada a este mundo celebraremos en pocas semanas. Pero con todo su candor, ninguna de estas luces puede irradiar un testimonio más claro que el que cada creyente puede transmitir cada día con su vida, siendo testigos, como Juan el Bautista, de Cristo el Señor y salvador de la humanidad.

Cristo, la Luz que alumbra a todo hombre

Hay mucha oscuridad en el mundo, y si mantenemos viva nuestra capacidad de percepción, veremos tinieblas con mucha frecuencia, quizás demasiada. Tinieblas en los que han perdido su trabajo y su hogar en tiempos de crisis, en los que sufren el olvido de sus seres queridos, en los enfermos sin esperanza, en los pobres y mendigos, en los cristianos perseguidos en muchos lugares del mundo. Pero sobre estas tinieblas, vemos una oscuridad que avanza y gana terreno rápidamente en nuestra sociedad: la oscuridad espiritual, aquella que hace que los hombres rechacen el amor de Dios en sus vidas, ofrecido por medio del Espíritu Santo. Esta oscuridad, es la peor de todas, pues destruye vidas enteras, y lo que es peor aún: almas.

Tras la salida de nuestros primeros padres del Edén, la oscuridad se instaló en nuestro mundo por medio del pecado, tiñendo la realidad de sufrimiento y desesperanza. Y cuando la situación se volvió insoportable, la humanidad clamó a su Dios y pidió liberación, pidió a gritos una luz de esperanza: “Sálvame, oh Dios,
Porque las aguas han entrado hasta el alma.
Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie;
He venido a abismos de aguas, y la corriente me ha anegado.
Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido;
Han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios” (Salmo 69:1-3). Bien podría Dios haber permitido al hombre sufrir las consecuencias de sus errores, ya que quisimos vivir sin el consejo y guía de nuestro Creador; y nada hubiésemos podido reprocharle si así hubiese sido. Pero nuestro Dios, que es un Dios compasivo y misericordioso, escuchó la súplica de su pueblo para apiadarse de nosotros y responder a la misma. Somos hijos pródigos rebeldes, obstinados en vivir la vida sin prestar atención a la voluntad divina, pretendiendo ser los maestros de nuestra propia existencia, pero en realidad faltos del entendimiento necesario para ello. Y al igual que el padre de ése hijo auto suficiente del que nos habla la parábola (Lc 15:11-23), Dios siempre está preparado para celebrar el regreso de cada ser humano a los brazos de su Padre. No importa el pasado, ni los errores cometidos, pues el mundo recibió una Luz capaz de disipar la más densa tiniebla del pecado: a Cristo el Señor.

En nuestra fe cristiana existe una palabra para definir aquella acción divina incomprensible para nosotros: misterio. Y ciertamente uno de los misterios más grandes es que, Aquél que “era en el principio con Dios” (v1), viniese a nuestro encuentro a iluminar nuestra vida precisamente entregando la suya a causa de nuestros pecados. ¡Un gran misterio! y un enorme consuelo saber que tenemos un Dios que no nos olvida, y que continuamente envía mensajeros a proclamar el Evangelio del perdón de pecados. Hombres como Juan el Bautista, venido “para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él”. (v7).

Sólo en Cristo se halla la verdadera Felicidad

Imaginemos qué sucedería si cada una de las luces que se encienden en estas fechas, pudiesen proclamar el mensaje de salvación a los hombres. ¡Millones de ellas anunciando el perdón y la reconciliación del hombre con Dios por medio de Cristo! Pero desgraciadamente, y por muy bella que sea la imagen, no pueden hacerlo. Sólo sirve el testimonio vivo de aquellos que hemos recibido esta Luz en nuestras vidas. Y ciertamente parece una tarea enorme, más allá de nuestras fuerzas, tal como se lo pareció a Juan, el cual sentía estar hablando en un vacío espiritual insondable: “ Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor” (v23). Porque esto, un desierto, es lo que nos parece en algunos momentos el mundo de hoy, donde tantas voces y tantos anuncios llaman la atención de los hombres, impidiéndoles escuchar las voces que testifican que sólo en Cristo puede el ser humano hallar redención y paz para sus vidas. Pero Juan no se rindió por ello, y testificó alto y claro que no era él, un mero hombre, el que traía la Luz de salvación al mundo: “Confesó, y no negó, sino confesó; Yo no soy el Cristo” (v20). Porque ¿qué es sino tratar de suplantar al verdadero Cristo, el anunciar y proclamar la idea de que a través del propio hombre y la sociedad actual, puede el ser humano hallar felicidad plena? Abundan hoy día aquellos que atraen las miradas sobre ellos mismos, erigiéndose en modelos a imitar y seguir, como falsas luces donde todos fijan su atención. Pero la felicidad que ellos traen es pasajera y basada en mensajes y modelos marchitos a los ojos de Dios. Felicidad que nada puede ante el verdadero dolor y sufrimiento humano, el del alma, que solo puede ser mitigado por aquél que cruzó los umbrales del dolor y la muerte por nosotros, precisamente para que descansemos y finalicemos la búsqueda de una felicidad que sólo en Él puede ser saciada.

Y lo peor es que este Jesús, Luz del mundo sigue siendo un desconocido para muchos, para millones: “mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis” (v26). ¿Es posible que esta Luz esté oculta aún para tantos?, ¿Cómo llegar a los que viven cada día ajenos a un acontecimiento de tal trascendencia para sus vidas?. Miremos de nuevo a Juan el bautista, pues su testimonio es el mejor ejemplo para todos los creyentes: confesar, no negar, sino confesar sin cesar, aunque el mundo nos parezca un desierto, aunque parezca que hablamos al vacío, aunque nos sintamos cansados como el salmista: “Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido”.

Testigos de la Luz en nuestro mundo

¿Y qué decimos al fin de nosotros mismos?, repitiendo la pregunta que sacerdotes y levitas hicieron a Juan? (v22), ¿y qué diremos pues a este mundo de luces por doquier? El profeta Isaías nos ofrece el testimonio perfecto, el mismo que Jesús usó en Nazaret en la sinagoga, y que nos sirve admirablemente para dar testimonio ante los hombres: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová” (Is.61:1-2). Juan bautizaba con agua (v26), proclamando el arrepentimiento para el perdón de los pecados, y nosotros hoy proclamamos este mismo arrepentimiento junto con la salvación en Cristo. Cada uno de nosotros hemos sido ungidos en nuestros bautismos como Hijos de Dios por obra del Espíritu Santo, e igualmente hemos sido enviados a predicar la Buena Nueva a todos aquellos congéneres que viven abatidos y sin esperanza. No importa cuán felices parezcan que son en este mundo, incluso plenos de todo lo material, viviendo en la opulencia. Todo ser humano necesita que la verdadera Luz habite en él, y que ella restaure la relación con su Creador, rota por el pecado (Ro 3:9), y en esta tarea, cada uno de nosotros somos colaboradores activos de la obra del Señor.

La competencia es dura y abundante, es cierto, en una sociedad con tantas luces que atraen y atrapan al hombre, y “la mies es mucha, mas los obreros pocos” (Mt 9:37). Pero no olvidemos, y esto nos da fuerzas ante el desierto que tenemos en frente, que proclamamos a Aquel ante quien todos los vendedores de felicidad humana son como ecos vacíos, y del que incluso un enviado de Dios como Juan, no era digno de “de desatar la correa del calzado” (v27). El Verbo hecho carne, por quien todo lo que existe fue hecho, donde habita la vida, que es luz para los hombres, y ante cuya luz las tinieblas no podrán nada (v1-5). Este es el Cristo que proclamamos, al que al igual que el Bautista, confesamos y no negamos, que nos anima y fortalece en Su Palabra y nos ofrece perdón y misericordia en la Santa Cena. Motivos más que suficientes para estar “siempre gozosos” y dar “gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes.5:16).

CONCLUSIÓN

En estas fechas, la luz será un protagonista destacado en nuestro mundo. El ser humano la necesita para la vida material, pero para su verdadera vida, la espiritual, necesita también otra Luz, aquella que ilumina los rincones más oscuros de su corazón. Y esta Luz no es otra que Cristo el Señor, el cual vino al mundo a romper las tinieblas que lo rodean, para que una vez cumplida la voluntad del Padre de darnos en Él, perdón y salvación, vivamos en una claridad deslumbrante por medio de la fe, como anticipo de la luz eterna que disfrutaremos junto a nuestro Creador: “No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap.22:5). Que así sea, Amén.

J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo, Sevilla