domingo, 18 de diciembre de 2011

4º Domingo de Adviento.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

"MI ALMA GLORIFICA A DIOS, MI SEÑOR ”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Primera Lección: 2 Samuel 7:1-11, 16

Segunda Lección: Romanos 16:25-27

El Evangelio: Lucas 1:26-38

Sermón sobre Lucas 1:46

Estas palabras brotan de un ardor inflamado y de un gozo desbordante, en el que bullen todas sus facultades, toda su vida, y que exulta en su espíritu. Por eso no dice “yo ensalzo a Dios”, sino “mi alma”; como si quisiera expresar: “mi vida, todos mis sentidos, se ciernen en el amor, alabanza y gozo divinos con tal intensidad, que me siento arrastrada a alabar a Dios con fuerza superior a las mías”. Esto es lo que exactamente sucede con quienes han gustado la dulzura y el espíritu de Dios: sienten más de lo que les es posible expresar, puesto que el alabar gozosamente a Dios no es obra humana, sino una pasión alegre, una operación divina inefable, sólo cognoscible desde la experiencia personal, como dice David en el Salmo 33: “Gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el hombre que a él se confía”[1].

En primer lugar se habla de gustar, y después viene el ver, por la sencilla razón de que no es posible llegar a este conocimiento sin la experiencia y la sensación peculiares que sólo puede alcanzar quien, en lo profundo de su indigencia, confía en Dios de todo corazón. Por este motivo se añade enseguida: “Dichoso el hombre que confía en Dios”, porque entonces este hombre experimentará dentro dé sí la obra de Dios y de esta forma llegará a esa dulzura sensible y, a través de ella, a la comprensión e inteligencia completas.

Vamos a verlo palabra tras palabra. La primera: “Mi alma”. La Escritura divide al hombre en tres partes. Esta es la razón de que san Pablo diga (1 Tes): “Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo se conserven sin mancha hasta la parusía de nuestro señor Jesucristo”[2] [...]. Pablo pide a Dios, un Dios de paz, que nos santifique, pero no sólo en una parte, sino en la totalidad: que se santifiquen espíritu, alma y cuerpo. Habría que hablar mucho sobre el porqué de esta petición. Digamos, en una palabra, que si el espíritu no está santificado, no habrá nada que sea santo.

En la actualidad asistimos a una lucha encarnizada, a un enorme peligro que acecha a esta santidad del espíritu, consistente sólo en la fe pura y sencilla, ya que el espíritu no se relaciona con las realidades tangibles. Sin embargo, llegan falsos maestros que se empeñan en seducirle con el atractivo de lo exterior: unos le presentan las obras, otros determinados sistemas de piedad. Si el espíritu no está prevenido y adiestrado, entonces fallará, se adherirá a estas obras externas, a estos métodos con los que se cree acceder a la santidad: es la forma de perder enseguida la fe, y el espíritu está muerto a los ojos de Dios. Aparecen sectas y órdenes religiosas de los más variados colores: unos se hacen cartujos, otros descalzos; éste quiere lograr la salvación a base de ayunos, el de más allá con una obra, aquél con otra. Por doquier se encuentra con determinadas obras y órdenes que no proceden de Dios, sino que han sido arbitradas sólo por hombres, y que, por otra parte, no conceden la más mínima atención a la fe; no se cansan de enseñar que hay que edificar sobre obras, hasta que se hunden tan profundamente, que han hecho saltar por ese motivo fuentes de discordia. Todos pretenden ser los mejores y desprecian a los demás, como sucede ahora con nuestros «observantes», que no hacen más que pavonearse y fanfarronear[3].

Contra esta clase de santos de obras y aparentemente piadosos doctores es contra quienes ruega Pablo en este pasaje, al decir que Dios es un Dios de paz y de unidad; un Dios al que esos santos divididos e inquietos no podrán poseer ni conservar, a no ser que cedan en su empeño y se den cuenta de una vez que lo único que acarrean las obras son disensiones, pecados, inquietudes, y de que sólo la fe proporciona la salvación y la paz. Es lo que quiere decir el Salmo 66: “Dios hace que vivamos unidos en casa”, y el 133: “¡Qué bueno, qué gozoso, cuando los hermanos viven como si fueran uno Solo!”[4].

La única fuente de paz consiste en enseñar que ninguna obra, ninguna observancia exterior, sino sólo la fe, es decir, la firme esperanza en la invisible gracia que Dios nos ha prometido, acarrea la piedad, la justificación y la santidad. Sobre el particular he tratado con amplitud en mi Sobre la buenas obras[5]. Donde falta la fe, ya podemos acumular obras, que sólo se hará presente allí la discordia, la desunión, sin que quepa lugar para Dios. Que por eso san Pablo no se contenta con decir “que vuestro espíritu, vuestra alma, etc.”, sino que dice “todo vuestro espíritu”, en el que está todo incluido. Echa mano aquí el apóstol de una estupenda expresión que significa: “vuestro espíritu, dueño de toda la herencia”; como si quisiera expresar: “No os dejéis seducir por ninguna doctrina de obras; sólo el espíritu que cree es dueño de todo, puesto que todo depende únicamente de la fe del espíritu. Ruego a Dios se digne protegeros de los falsos maestros, empeñados en alcanzar la confianza de Dios a través de las obras; están equivocados, al no respaldar tal confianza exclusivamente en la gracia de Dios” [...1.

Por ahora baste con lo dicho para esclarecer las dos palabras de “alma y espíritu”, tan habituales en la Escritura. Inmediatamente después nos encontramos con el vocablo magnificat, que significa “engrandecer”, “ensalzar”, “apreciar sobremanera” a quien quiere, sabe y puede hacer muchas grandes y buenas cosas. Es lo que se sigue en este canto de alabanza, porque la palabra magnificat es como el título de un libro, indicador de lo que en él se contiene escrito. También María, con esta palabra, expresa el contenido de su cantar, es decir, las grandes acciones y obras divinas, realizadas para afianzar nuestra fe, para consolar a los humildes y para amedrentar a todos los encumbrados de este mundo. Hemos de reconocer que el cántico entraña esta triple finalidad y utilidad, ya que María no lo entonó para ella sola, sino para que todos nosotros lo cantemos a su imitación.

Ahora bien, para que uno se estremezca o se consuele en virtud de tales actuaciones grandiosas de Dios, no hay que creer sólo que él puede y sabe realizar estas maravillas; se precisa también la convicción de que Dios quiere hacerlas y en ello se complace. No, no basta con que creas que Dios ha obrado grandes cosas con otros, pero no contigo, pues con ello te verás privado de esta divina acción. Así obran los que, en su poderío, no temen a Dios y los que, en su debilidad, se dejan dominar por el descorazonamiento. La de esta estirpe es una fe inexistente, muerta, como ilusión nacida de fábula. Por el contrario, tienes que estar convencido, sin duda ni vacilación posible, de la [buena] voluntad de Dios para contigo, y creer con firmeza que también contigo quiere realizar cosas grandes.

Esta es la fe viva y actuante: la que penetra en el hombre entero y le trasfigura; la que te fuerza a tener miedo si estás elevado y la que te consuela si te encuentras abatido. Cuanto más encumbrado te encuentres, tanto más has de temer; cuanto más profundamente oprimido te sientas, con mayor fuerza tienes que consolarte. Esto no lo consigue la otra fe. ¿Cómo tienes que consolarte ante la angustia de la muerte? En esa circunstancia debes creer no sólo que Dios puede y sabe ayudarte, sino también que quiere prestarte su ayuda. Tendrá lugar entonces la maravilla inefable de verte libre de la muerte eterna, de llegar a la bienaventuranza sin fin y de tornarte en heredero de Dios. Esta fe, como dice Cristo, es capaz de todo[6]. Esta es la única fe que justifica, la única que aboca a la experiencia de las obras divinas y, a través de ello, la que impulsa al amor de Dios, a alabarle, a cantar que el hombre le engrandece y le magnifica con razón.

En efecto, no podemos exaltar a Dios en su naturaleza, que es inmutable, sino en lo que conocemos y experimentamos, es decir, cuando le estimamos excelso, cuando le juzgamos grande antes que nada por su gracia y por su bondad. Por eso la santa madre no dice “mi voz” o “mi boca” o “mi mano”, ni tampoco “mi pensamiento, mi razón o mi voluntad” glorifican al Señor (ya que hay muchos de esos que alaban a Dios en voz alta, que predican con palabras exquisitas, que lanzan discursos, disputan, escriben sobre él, que le pintan; muchos que discurren y que, apoyados en la razón, tratan y especulan sobre él; muchos que le ensalzan con devoción y voluntad falseadas); sino que canta “mi alma le glorifica”. Lo que equivale a decir: mi vida entera, todos mis movimientos, sentidos, potencias le ensalzan sobremanera. De suerte que María, extasiada en él, se siente asumida en su graciosa y buena voluntad, como lo demuestra el versículo siguiente. Es lo mismo que nos sucede a nosotros cuando alguien nos ha hecho algún beneficio extraordinario; toda nuestra vida se siente impulsada hacia él y decimos: “¡Oh, le estimo tanto!”, que es igual que decir “mi alma le glorifica”. Pues mucho mayor será este sentimiento cuando experimentemos la bondad divina, tan inconmensurable en sus obras, que nos parece que todas las palabras, los pensamientos todos, resultan poca cosa. La vida, el alma entera se sienten arrastradas como si todo lo que alienta en nosotros quisiera cantar y decir con gozo estas cosas.

Pero hay dos clases de espíritus que son incapaces de entonar adecuadamente el Magnificat.

Primero, los que no alaban a Dios hasta que no han recibido sus beneficios. Como dice David: “Te alaban porque les has tratado bien”[7]. Da la impresión de que alaban a Dios con entusiasmo; pero al no estar dispuestos nunca a sufrir el abatimiento y la humillación, jamás podrán experimentar las verdaderas obras divinas ni, por consiguiente, estarán capacitados para amarle y loarle como es debido. Así, hoy en día el mundo entero rebosa en oficios divinos y alabanzas que se acompañan con cánticos, sermones, órganos y pífanos. El Magnificat se entona con toda la solemnidad, pero es una lástima que cántico tan precioso como éste se utilice con tanto desmayo por parte nuestra, si no le entonamos mientras no nos vayan bien las cosas. Si salen mal, se deja de cantar, se deja de estimar a Dios, se piensa que no puede, que no quiere hacer nada por nosotros y se prescinde del Magnificat.

Más peligrosos son aún, en segundo lugar, los que hacen precisamente lo contrario: los que se glorían de las bondades divinas, pero sin atribuirlas precisamente a Dios. Quieren tener su parte en ellas, apoyarse en ellas para que los demás les honren y sobrestimen. Admiran los dones excelsos que Dios les ha regalado, se abalanzan sobre ellos, los arrebatan como si de algo propio se tratara, y creyéndose algo extraordinario por esto, se aprovechan para pavonearse ante quienes no los poseen. He ahí una situación resbaladiza y arriesgada. Los beneficios divinos en su natural efecto hacen que los corazones se tornen orgullosos y auto suficientes. Por eso, es preciso poner atención en la última palabra: “Dios”. No dice María “mi alma se glorifica a sí misma”, ni “mi alma se complace en mí” (ella preferiría que no se le hiciese gran caso), sino que se limita a exaltar a Dios, sólo a él le atribuye todo; se despoja de todo para dárselo a Dios, de quien lo ha recibido. Es cierto que fue agraciada por la acción sobreabundante de Dios, pero no está dispuesta a considerarse por encima del más humilde de la tierra; y si lo hubiera hecho, habría sido arrojada a lo más profundo del infierno con Lucifer. Sólo pensaba en que si otra muchacha cualquiera hubiera sido colmada por Dios con tales beneficios, la habría proporcionado la misma alegría, no hubiera sentido celos, como si fuese ella la única indigna de honor tal y todos los demás dignos de haberlo recibido. Su gozo hubiera sido el mismo, si Dios, ante sus propios ojos, le hubiera privado de este bien para otorgárselo a otro. No se ha apropiado en manera alguna estos bienes y ha dejado a Dios muy dueño y señor de ellos. No ha sido más que un gozoso albergue, una servicial hospedera de tamaña categoría, y por eso ha conservado todo eternamente.

He aquí lo que se dice glorificar, magnificar sólo a Dios y no apropiarnos nada nosotros. También se puede ver en esto los motivos crecidos que María tuvo para caer y pecar, puesto que no es de menos entidad el milagro de haber rechazado la soberbia y la arrogancia, que el de haber sido depositaria de estas grandezas. ¿No te parace maravilloso el corazón de María? Se sabe madre de Dios, ensalzada por todos los humanos, y a pesar de ello permanece tan tranquilamente sencilla, que no hubiera menospreciado a la más humilde criada. ¡Pobres de nosotros! Basta con que poseamos algún bien insignificante, algún poder u honor, o, sencillamente, con que seamos un poco más agraciados que los demás, para que creamos que no es digno de compararse con nosotros cualquiera menos favorecido y para que nuestro orgullo rompa todas las barreras. ¿Qué haríamos si fuésemos dueños de tales y tan excelsos bienes?

Esta es la razón por la que Dios nos abandona a nuestra pobreza y a nuestra miseria: porque a la fuerza ensuciaríamos sus bienes deliciosos. El aprecio propio no se mantendría como antes, y nuestro ánimo se levantaría o caería a medida que estos bienes se nos concediesen o se nos retirasen. Este corazón de María, en cambio, permanece fuerte y ecuánime en todas las circunstancias, deja que Dios actúe en ella según su voluntad, sin tomarse más que el buen consuelo y el gozo de la confianza en Dios. ¡Qué hermoso Magnificat entonaríamos nosotros si siguiésemos su ejemplo!

Martín Lutero
[1] Sal 34, 9.
[2] 1 Tes 5, 23
[3] Ataca Lutero a los enrolados en la corriente reformadora de los agustinos, movimiento general en la mayoría de las órdenes religiosas en el tiempo anterior a Trento. Recordemos que el conflicto suscitado por Staupitz por este motivo fue la ocasión del viaje a Roma (1510): cl`. R. García Villoslada, Lutero I, 148 ss.
[4] Sal 68, 7; 133, 1.
[5] Von den guten Werken (1520): WA 6, 202276.
[6] Mc 9, 23
[7] Sal 49, 91