domingo, 10 de marzo de 2013

4º Domingo de Cuaresma.




”El puro Evangelio de perdón de pecados”

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                                      

Primera Lección: Isaías 12:1-6
Segunda Lección: 2ª Coríntios 5:16-21
El Evangelio: Lucas 15:1-3, 11-32
Sermón
         Introducción
Hace tiempo un conocido me realizó la siguiente pregunta: ¿Puede un hombre arrepentirse de todo su mal en los últimos momentos de su vida, acogerse en fe a los méritos de Cristo y ser perdonado?, ¿perdonaría Dios realmente a tal persona y le abriría las puertas del cielo olvidando sus pecados pasados?. Puede parecer una pregunta con una respuesta obvia para nosotros, pero sin embargo, es una pregunta que muchas personas se han realizado en sus vidas y que no siempre ha hallado una respuesta tranquilizadora. Porque cuando el hombre, trata de responder a esta pregunta por sus propios medios, halla incomprensible que el mal, incluso en un corazón contrito y arrepentido, no halle el castigo que merece y reciba en cambio misericordia y perdón. Pues el perdón que nace del Amor de Dios, es un atributo divino que el hombre difícilmente entiende cuando nuestro viejo Adán exige devolver ojo por ojo y diente por diente (Dt 19:21). Si no fuésemos capaces en fín de responder afirmativamente a estas preguntas, ello significaría que no hemos entendido la dinámica de la Ley y el Evangelio en la vida del hombre ni del Amor de Dios por nosotros. Pero si ante nosotros brota sin dudar el “sí” como respuesta, ello significará que la Palabra ciertamente nos ilumina con una claridad deslumbrante desde la fe salvadora.
         Comiendo y viviendo con los pecadores
Una vez más, en el ministerio público de Jesús, nos encontramos con una escena en la que los pecadores (publicanos y otros señalados por la sociedad judía), se acercaban a Jesús para escuchar este mensaje nuevo, lleno de palabras de llamada al arrepentimiento (Lc 13:1-5), pero al mismo tiempo de esperanza para los corazones contritos: “Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come” (v1-2). Sí, no estaba todo perdido, y Dios aún amaba a aquellos que con sus errores y faltas en la vida se preguntaban si su Padre Celestial no los habría olvidado y repudiado eternamente sin solución. ¡Y en Jesús había sin duda palabras de esperanza!. Y se acercaban también a escucharle los fariseos y maestros de la Ley, conocedores de todos los preceptos que el judío ejemplar estaba obligado a cumplir. Estos,  conociendo la Ley de manera tan escrupulosa, se habían quedado sin embargo en la letra, olvidando el Espíritu (2 Cor 3:17). Así, lo que para los pecadores arrepentidos podían ser palabras celestiales y la posibilidad de recuperar su dignidad como hijos del Padre, para ellos eran palabras que violentaban sus conciencias legalistas. Pues, ¿podía Dios hacer otra cosa que despreciar y castigar al pecador?, y lo que es peor, ¿podía un hombre de Dios tener contacto siquiera con ellos, más allá de juzgarlos y acusarlos de impiedad?, ¿podían tales personas esperar algo más de Dios o de otros creyentes que un dedo acusatorio señalándoles?. Se podría decir que todos llevamos dentro a un fariseo, pues el ser humano tiende a ver fácilmente el error ajeno y es lento para distinguir los propios. Por esto y en el fondo, podemos entender a estos fariseos y maestros. ¡Somos tantas veces como ellos!. Pero la respuesta de Jesús en ésta, como en otras ocasiones, es una parábola magistral y podemos decir, una parábola que resume de manera nítida la dinámica de la Ley y el Evangelio en la vida del creyente, y de cómo Dios nos empuja literalmente a los brazos de Cristo cuando ya no vemos salida posible a nuestro pecado. Porque Dios siempre está ahí, a la puerta, esperando, y usando su Palabra para mostrarnos los caminos equivocados que nos llevarán a la desesperación, la insatisfacción, el abatimiento y finalmente, a la muerte. Pero sobre todo mostrándonos el sendero contrario, que no son muchos caminos, tengámoslo claro aquí, sino uno solo: a Cristo. “Yo soy la Verdad el camino y la vida.” (Jn 14:6). Sí, Dios siempre está junto a nosotros, esperando el momento en que nuestro corazón dejará de luchar y se rendirá a la evidencia de que todo el tiempo que pasemos fuera de los senderos que conducen al Padre, será un tiempo desperdiciado vanamente. Pues, ¡cuidado!, porque este mundo puede llegar a crear en nosotros la ilusión de que es eterno, y nosotros con él, pero recordemos: “el mundo pasa y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn 2:17).
         Padre, he pecado contra el cielo y contra tí
Hemos sido colmados de bienes por el Señor; tantos y tan abundantes que casi no tenemos ya conciencia de ellos. Vivimos en un mundo lleno de posibilidades, y todo nos ha sido dado gratuitamente. Es cierto que en la vida encontramos dificultades, problemas, sufrimiento; pero ello forma parte de esto que llamamos vida, existencia. Y en cualquier caso: “¿recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2: 10). Sí, el Señor nos ha regalado una vida en esta tierra, pero he aquí que muchos, al igual que el hijo menor de la parábola han partido siguiendo sus propios caminos, a lugares lejos de su Padre: “No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada: y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente” (v13). Podemos imaginar que este hijo perdido malgastó sus recursos en cosas poco edificantes: comida en exceso, juego, mujeres, etc. Pero aunque en nuestro tiempo muchos siguen un camino de destrucción paralelo a éste, se puede afirmar que en general una vida construida lejos de la voluntad de Dios y del alcance de la Cruz de Cristo es una vida desperdiciada, por muy decente que aparente ser. Porque en esta vida deberíamos caminar por senderos seguros, que conduzcan a los umbrales del Reino Celestial, y ella misma, la vida, es en realidad el tiempo para el camino hacia el Padre. No hay otras vidas donde recuperar este tiempo que puede ser perdido irremisiblemente, y es aquí y ahora donde el Señor nos llama a la conversión y al arrepentimiento (Jl 2:12). El hijo pródigo acuciado por su insensatez y la fatalidad de sus decisiones, llegó a un punto muerto, donde su vida no tenía ya sentido y era puro sufrimiento: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre¡” (v17). Sin embargo, el hombre no tiene por qué esperar a un golpe de la vida o a ser víctima de su viejo Adán para tomar conciencia de la gravedad de situación. Pues tenemos a la Ley de Dios para despabilar a las conciencias adormecidas por la música atrayente de una realidad egocéntrica y egoísta. Y no se trata de no disfrutar de la vida, no, ni de verla como algo negativo. Nosotros no somos gnósticos sino cristianos, y amamos profundamente la vida como don divino que es. Pero la vemos ligada a esa otra vida, que llamamos Vida con mayúsculas, y de la cual ésta es la antesala. Esta misma Ley es la que de repente, un día nos hace exclamar: ¿cómo he llegado a esta situación en mi vida?, y ahora, ¿a dónde iré?. Dichosos sin embargo los que sacudidos por la Ley llegan a este punto, pues ello significa que sus conciencias han reaccionado a la disciplina divina, ya que “El Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Heb 12:6). Y así, estas conciencias buscan ansiosamente, miran dónde encontrar a este Padre que es el único que puede ayudarlos; elevan sus miradas al cielo y finalmente exclaman: “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra tí, ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (v18-19). La Ley entonces ha cumplido aquí su cometido y ha llevado al hombre a un valle de sombras donde empieza sin embargo a brillar para él una luz; la luz del Evangelio.
         ¡Traed el becerro gordo, comamos y hagamos fiesta!
El hijo pródigo emprendió el camino de regreso, en busca de su padre, de vuelta a casa. Y seguramente en el camino  le asaltarían muchas dudas e inquietudes: ¿Cómo me recibirá mi padre?, ¿me perdonará?, sin duda me exigirá un gran sacrificio para compensar mi comportamiento, o algún castigo incluso. Su mente haría memoria de todos sus errores y pecados durante el trayecto, y su conciencia le atormentaría pensando en su indignidad y en la reacción del padre. El encuentro fue emotivo sin embargo: “Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó” (v20). Ningún reproche, ninguna condena, ninguna acusación salió de los labios del padre. El arrepentimiento, el corazón contrito y la confesión de sus pecados fue suficiente penitencia para este hijo y nada más le exigió su padre. Pues cuando una conciencia atormentada y arrepentida pide perdón con un corazón contrito, hay aquí una nueva persona necesitada del perdón y la misericordia de Dios en Cristo. Pues es ahora, en un corazón desecho y expuesto por medio de la Ley divina, donde el Evangelio puede hacer su función consoladora y reparadora. Es ahora, cuando el dolor por el pecado contra Dios y el prójimo atenazan al hombre, cuando Cristo viene a él y le dice: “Hombre, tus pecados son perdonados” (Lc 5:20). Y el hombre que ha vivido esta experiencia definitiva de perdón, es entonces llevado en vida al cielo, y casi escucha la voz divina diciendo: “Traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta” (v23). Este becerro, no lo olvidemos, no es otro que Cristo mismo, muerto para que los pecadores arrepentidos podamos ser liberados del yugo del pecado, y liberados de esta carga mortal, hagamos fiesta cada día de nuestra vida. Esta es la increíble grandeza del puro Evangelio de perdón de pecados, que: “Él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Ef 2:1)). Algunos sin embargo protestarán ante esta Buena Noticia, y en sus corazones se elevará una protesta similar a la del hijo mayor de la parábola (v29-30): “Tantos años entregados a tí piadosamente, y sin embargo viene este pecador se arroja a tus pies ¿y tú le perdonas sin más?”. ¿Qué podemos decirle a los que piensan así?. No habrá mejores palabras que las del propio padre de la parábola, como resumen del deseo profundo de Dios hacia los seres humanos: “Era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (v32). He aquí resumido el gran misterio del amor infinito de Dios hacia nosotros; el misterio de nuestra salvación en Cristo Jesús.
         Conclusión
¿Puede el peor de los hombres imaginable, con un corazón contrito por el pecado ser perdonado?. Su conciencia, una parte del mundo y por supuesto el diablo le dirán: ¡No!, ¡imposible para tí es volver a casa!, ¡eres un ser perdido para siempre!. Y en su mente tomará forma un idea terrible: “Padre, ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (v21). Sin embargo, Cristo vino a acabar con esta mentira y a mostrar al hombre que las puertas celestiales están siempre abiertas, y Dios esperando el regreso de los hijos perdidos, para hacer fiesta eterna por ellos. ¡Que así sea, Amén!.                                                                                                                                                                                                              J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo