domingo, 3 de marzo de 2013

3º Domingo de Cuaresma.



TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA                                                                                               

Primera Lección: Ezequiel 33:7-20
Segunda Lección: 1º Corintios 10:1-13
El Evangelio: Lucas 13:1-9

“¿QUÉ HICE YO PARA MERECER ESTO?”

¿Qué han hecho para merecer esto? En medio de la crisis económica que afecta la educación, la sanidad, el trabajo. Donde los problemas de corrupción que estaban ocultos ahora salen a la luz, solemos plantearnos esta pregunta ¿Qué hemos hecho para merecer esto? Es lo que las personas le plantean a Jesús: ¿Qué hicieron estos galileos para merecer esto? Ellos estaban en un lugar de culto adorando a Dios y el político de turno los asesinó.
Pero Jesús no se mete con Pilato, deja a un lado la injusticia humana y habla de consecuencias eternas: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque han padecido estas cosas? Os digo que no; pero a menos que os arrepentís, todos pereceréis igualmente.”
¿Qué NO hemos hecho para merecer esto? De acuerdo con Jesús, quizá no les sucedió algo que no merecían, sino que al resto del mundo les sucede algo mejor de lo que se merecen y presenta otro ejemplo que no tiene nada que ver con Pilato, sino con un supuesto accidente en Siloé. ¿Fueron aquellas personas que murieron por la torre más pecadoras que ustedes? Jesús dice que NO. Así que en lugar de preguntarse: “¿Qué han hecho para merecer eso?”, las personas deberían preguntarse “¿Por qué no nos sucede lo mismo a nosotros?”
Jesús expresa un punto muy impopular en la sociedad e iglesias de aquellos tiempos y también de la actualidad: la paga del pecado es la muerte. Así que toda persona pecadora no se merece la ayuda o el favor del Señor. Por lo tanto, en lugar de preocuparse por Pilato o los políticos, deberían preocuparse más de sus almas: Arrepentíos, porque la muerte tarde o temprano os tomará. Es sólo cuestión de tiempo y necesitas estar listo.
La lección confronta las creencias que nuestro fariseo y viejo adán aman. Solemos creer que “Dios nos ama porque somos mejores que los demás, incluso porque tenemos fe”. Somos seducidos por la creencia de que “si algo malo le sucede a alguien, es porque algo habrá hecho”. Las cosas buenas le suceden a personas buenas y las cosas malas le pasan a la gente mala. Pero ¿Qué nos hace mejores personas a los ojos de Dios? Ciertamente, no es su arrogancia, orgullo o prejuicio. ¿Qué te hace agradable ante Dios?
¿Qué es lo que Jehová quiere de ti? Jesús responde a esta pregunta con la parábola de la higuera. Las higueras tarda algunos años en dar fruto, pero llega un momento en que los higos deberían estar allí. En la parábola, la higuera se ve bien, pero no tiene ningún fruto, por lo que el propietario le dice al viñador que la corte. El cuidador solicita un poco más de tiempo. Él va a trabajar en ella dándole una última oportunidad de dar frutos, pero si no produce será convertida en leña.
En esta parábola, el Señor advierte a las personas que son como una higuera. Pueden verse bien, pero falta el fruto que Dios desea. ¿Cuál es ese fruto? Él lo dijo dos veces: Es el arrepentimiento. Es dolor por tus pecados y confiar en el Salvador, ese es el fruto que el Señor está buscando. Sin embargo, un alto concepto de tí mismo indica que no confesarás tus pecados y tu visión de Jesús como alguien que está a la altura de Pilato indicaría que no lo reconoces como tu Salvador. Para quienes no se han arrepentido y permanecen en su pecado e incredulidad, Jesús anuncia que merecen ser cortados. Sin embargo, Dios sigue dándoles más tiempo para arrepentirse. Pero el juicio vendrá. Parecerá injusto para algunos que Jesús anuncie un juicio para aquellos que no se arrepienten. Pero Dios en su misericordia les da un poco más de tiempo para ello y sobre todo les da a su Hijo para redimirlos. Jesús ha de ser el que es cortado en nuestro lugar por todos nuestros pecados, para que podamos tener el perdón y la vida. Perdonados por Jesús, daremos el fruto de arrepentimiento.
Esto es un duro golpe a nuestro orgullo. Él nos dice nuestra vida es mucho más de lo que merecemos, es un regalo de un Dios misericordioso, no algo que hemos ganado. Dios no sólo es misericordioso, sino también nos da su Gracia. Lo ha demostrado al enviar a su Hijo al mundo, no para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él. Jesús va voluntariamente a la cruz para que puedas arrepentirte y vivir.
¿Qué has hecho para recibir lo que te sucede?
¿Por qué te pasan cosas malas y por qué le sucede a la gente lo que le sucede? A veces la respuesta se explica por medio del karma, que sostiene que con el tiempo la gente obtiene lo que se merece. Otras veces la respuesta es tomada de falsos predicadores, que dicen que sólo te van a pasar cosas buenas, siempre y cuando tengas suficiente fe. Por supuesto, tarde o temprano algo malo te sucederá, y según estos dos caminos, pensarás que “no eres tan malo como para merecer esto, así que ha sido sólo una casualidad” o que “has perdido la fe y hasta que no la recuperes, estarás perdido”. Muchos no creemos en esto del karma o lo que falsos profetas nos quieren vender, pero nuestras falsas creencias pueden traicionarnos y llevarnos por un mal camino.
Todo lo que tenemos es inmerecido, otorgado por Dios, en su misericordia y no por mérito nuestro. Pero cuando estamos angustiados y con problemas, nuestros pensamientos nos hacen susurrar: “¿Por qué me sucedió esto? ¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, “¿Por qué tengo que enferman y perderme este día de vacaciones? ¿Por qué la lluvia arruina nuestro paseo?”. Aún podemos afrontar circunstancias más grandes: “¿Por qué me han robado a mí? ¿Por qué tuve este accidente?” O incluso “¿Por qué me ha tocado esta enfermedad? O ¿Por qué mi familia se está desintegrando?”. El diablo deleita con situaciones como éstas, porque nuestro viejo hombre exige respuestas… “¿Por qué? ¿Por qué el Señor permitió que esto le suceda a nosotros? ¿Qué hemos hecho para merecer esto?”.
Estas preguntas son bastante naturales. Pero en lugar de hacernos estas preguntas a las que el Señor no da respuestas, tenemos una tarea diferente y difícil por delante. Debemos hacer frente la incómoda Ley de Dios. Esa Ley que nos deja sin margen para sentirnos bien con nosotros mismos. Pero recordemos que nuestra razón para escuchar esa Ley es ver la profundidad de nuestro pecado, ver nuestra necesidad y dependencia del Evangelio.
Sé que sonará fuerte, pero no importa tu situación en esta vida, sin duda tu vida es mejor de lo que mereces. No importa cuánto dolor y molestias tengas que soportar, la vida es mucho mejor de lo que eres digno de recibir.
Reconocemos que la paga del pecado es la muerte, porque la Biblia así lo dice, pero no una muerte que llegue después de muchos años de una fructífera vida, muriendo en nuestra cama a una edad avanzada. Esto no es lo que dice la Escritura. No dice “La paga del pecado es muerte, pero como no eres tan pecador, primero te mereces una buena vida”. De acuerdo a la Escritura, los pecadores permanecemos con vida únicamente por la misericordia de Dios, que no nos da de inmediato el castigo que nos merecemos.
Ante cualquier problema podremos preguntarnos: “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” Pero este no es el enfoque adecuado. Cualquiera que sea la vida que tú y yo tenemos, es porque el Señor es misericordioso y Él está trabajando para nuestro bien eterno. Si Dios No fuese misericordioso, tú y yo no tendríamos vida alguna en absoluto. Ya estaríamos eternamente muertos en nuestros delitos y pecados.
¿Quieres estar contento con lo que tienes? Reconoce que todo lo que tienes es un regalo inmerecido de Dios, quien que no crea esto vivirá en una lucha con el descontento y la codicia. ¿Quieres confiar en el Señor en el tiempo de prueba? Reconoce que, a pesar de la prueba, tu vida sigue siendo más de lo que mereces. Si rechazas esta verdad, vivirás resentido en lugar de confiar en el Señor.
¿Cuál es el propósito de esta vida inmerecida? Según la parábola de la higuera, el propósito es arrepentimiento. El Señor sigue obrando en nuestras vidas para que podamos vivir como su pueblo arrepentido y que podamos llevar al arrepentimiento y al perdón a los demás. Porque vivir una vida maravillosa y exitosa en este mundo y hacer todo tipo de actos de bondad, de nada vale si no te arrepientes de tus pecados y vives la gracia en Cristo Jesús. Ante la ley uno se siente tentado a enojarse con Dios, a creer que esto es injusto, pero no te olvides del resto de la historia. En otras palabras, escuchar este Evangelio: Sólo hay uno que no merecía la muerte por sus pecados, porque Él nunca pecó. Hablo, por supuesto, de Jesucristo. Él dio sus frutos perfectos de justicia y obediencia a su Padre, Él no mereció recibir la paga del pecado. De todos modos, la asumió. Fue a La cruz y derramó su sangre, no por él, sino por ti y por mí. El que no tenía que morir por sus pecados murió por nuestros pecados. Él fue nuestro sustituto en la cruz, que ofreció el sacrificio perfecto a Dios.
¿Qué hizo Jesús para merecer la cruz? Nada. No había pecado en su ser. No se merecía ese juicio y muerte, sino que Él lo soportó voluntariamente por ti, pero también resucitó para que tuvieses seguridad de la vida eterna que te da. Él te cubre con su perdón de los pecados. Ahora, ¿qué has hecho tú para merecer tal gracia y favor? Una vez más, nada. Esta gracia es inmerecida, dada libremente, sin ataduras. Y eso es motivo de alegría: cuando reconoces esta Ley y Evangelio, entonces vives con la alegría de la salvación. Si tienes que hacer algo para merecer tal perdón, entonces nunca podrás estar seguro de haber hecho lo suficiente. Pero si Cristo ha hecho todo y lo da todo, entonces Él hace todo el trabajo. Es por eso que su salvación es segura.
Esa salvación llega a ti diaria y abundantemente por medio de su Palabra. Allí Él te muestra quién eres y quién es Él. En la Palabra predicada, oída y enseñada el Señor se hace presente para llevarte al arrepentimiento de tus pecados pero por sobre todas las cosas, otorgarte el perdón de Cristo Jesús. Es por medio de esa Palabra junto al agua del Bautismo que Dios te ha adoptado como su hijo o hija para vida eterna. También junto a la Palabra y el pan y vino quiere atraerte para darte el perdón completo de tus pecados y hacerte participe del banquete celestial.
A veces creemos que nos merecemos la gracia de Dios y no su juicio, sólo por ser quienes somos. Pero es al revés: Nos merecemos su juicio, no su gracia. Sin embargo, la Palabra no se detiene allí, sino que continúa declarando que a pesar de que no merecemos la gracia, Dios nos la da de todos modos por el amor en Cristo Jesús. Por lo tanto, nos alegramos de arrepentirnos. Estaremos encantados de confesar ese pecado que traería un juicio merecido sobre nosotros y nos gloriamos en la Salvador que sufrió en nuestro lugar. Alégrate, porque tan sólo por la gracia de Dios, tú eres perdonado de todos sus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Pastor Gustavo Lavia