domingo, 20 de abril de 2014

Domingo de Ramos.

“¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA Primera Lección: Isaías 50.4-9a Segunda Lección: Filipenses 2.5-11 El Evangelio: Juan 12.12-19 / Mateo 26.1-27 Sermón •Introducción El pueblo de Jerusalén vivió fuertes emociones con la llegada de Jesús aquél día, como un acontecimiento extraordinario y algo de suma importancia para ellos. ¡Hasta los fariseos estaban allí presenciando el momento!. Y con su llegada a la ciudad principal de Israel, Jesús dio inicio a una nueva etapa en el cumplimiento de las promesas divinas. En ella, Jesús se presentaba ante el pueblo en el tiempo final de su ministerio público, para cumplir al fin en el Gólgota la voluntad redentora de Dios Padre. La redención del género humano estaba cerca, y aunque los discípulos no eran aun plenamente conscientes de ello, todo por lo que habían dejado sus ocupaciones y entregado sus vidas, cobraría pronto sentido en una cruz y en un sepulcro vacío. Así también, nuestra fe, y nuestra entrega confiada a las promesas del Padre, volverán a cobrar sentido pleno nuevamente tras el próximo Viernes Santo, para ser finalmente iluminados con la resplandeciente realidad del Domingo de Pascua. Será este un día, de mayor celebración si cabe. Pero entremos hoy, en este Domingo de Ramos con Jesús, en esta Jerusalén que hoy lo espera, bendice y aclama. •Esperando al Rey de nuestra vida El Domingo de Ramos marca el inicio de la última semana de Cuaresma, donde rememoramos los acontecimientos de la Pasión de Cristo. Es uno de estos momentos trascendentes en la celebración cristiana, ya que en esta semana se concentran precisamente gran parte de los hechos de la vida de Jesús, que dan sentido y consistencia a nuestra fe. Y con su llegada a Jerusalén, Jesús daba cumplimento a la promesa de Dios de enviar a su ungido, al verdadero Rey de Israel y de este mundo. No eligió sin embargo para esta llegada hacerlo con gran pompa, ni con la majestad que le correspondía, sino sentado sobre uno de los más humildes animales: “No temas, hija de Sion; he aquí tu Rey viene, montado sobre un pollino de asna.” (v15). Ni siquiera los propios discípulos fueron aún conscientes del significado de esta llegada (v16), y sólo después tomaron conciencia de que, en este sencillo acontecimiento, se cumplía la promesa de Dios para su pueblo. Sin duda el momento tuvo que ser memorable. Allí estaba Jesús, del que todos sabían ya que había rescatado de la mismísima muerte a su amigo Lázaro (Jn 11.38-44). Era recibido entre aleluyas, hosannas y bendiciones por todos, con multitudes honrándolo con ramas y palmas. ¡El Rey de Israel por fin llegaba entre su pueblo!. Y así, aquél día fue el día en el que Jesús, el Mesías prometido, inició en el tramo final de su vida, un tiempo de testimonio y proclamación final de las buenas nuevas del Reino. Estaba próximo el cumplimiento del plan de salvación. Y este es el tiempo que conmemoramos hoy, en esta nueva Semana Santa que hemos esperado todo un año para celebrar, y para rememorar dentro de ella de nuevo otro hecho aún más importante para nuestras vidas: el momento en que Jesús se dirigió al que sabía era el destino donde le aguardaba la Cruz. No se resistió, ni dudó, ya que en realidad toda su vida fue una preparación para recorrer el trayecto que le llevaría a entregar su vida por nosotros. Fue siervo obediente hasta el final: “Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás. Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos” (Is 50.5-6). Aún faltarán unos días más para que se cumpla esta Palabra de Dios, proclamada por medio del profeta Isaías. Pues será necesario que antes, Jesús lleve a cabo otros hechos de suma importancia para nosotros los creyentes, y que serán pilares fundamentales en nuestra vida diaria de fe. Por ello es importante reflexionar en el sentido que esta llegada de Jesús a Jerusalén tiene aún hoy para nosotros, pues marca el inicio de nuestra liberación definitiva de las consecuencias del pecado, y de nuestra reconciliación con Dios Padre por medio de Cristo Jesús. Este Domingo es un día de celebración y gozo, un día especial en verdad, y donde exclamamos nosotros también: “¡Hosanna!¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!” (v13). •Un mandamiento, una promesa y una advertencia La semana que siguió a su llegada a Jerusalén fue intensa, llena de momentos impactantes para sus discípulos. El primero de ellos llegó cuando Jesús les anunció su muerte: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipie de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (v32). De esta manera Jesús daba a entender que con su muerte, Satanás sería finalmente derrotado y que Él rompería las cadenas de la muerte y nos abriría las puertas del cielo. Él, el Rey de Israel y del mundo, había venido a servir hasta sus últimas consecuencias. Pero, ¿le quedaba algo más que hacer antes por nosotros?. Para empezar en esa semana, Jesús nos dejó el ejemplo de su entrega, de su servicio, y nos insta a hacer lo mismo con nuestro prójimo. Será su exhortación tras lavar los pies a sus discípulos: “Porque ejemplo os he dado, para que como yo he hecho, vosotros también hagáis” (Jn 13.15). Así ahora, y en palabras de Lutero, el cristiano que es libre en Cristo, es al mismo tiempo siervo de todos. Pues liberados por Cristo de la esclavitud del pecado, somos libres e instados a amar como Dios nos amó a nosotros en Él: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (v34-35). Ser discípulos en el Amor, este es el mandamiento final de Jesús para nosotros. Tras este mandamiento, Jesús nos indica también el camino seguro al Padre, que no es otro que Él mismo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”(v6). La indicación estaba clara, y no hay equívoco posible, pues Cristo anuncia que Él y sólo Él es el camino que conduce a la reconciliación del hombre con su Creador. Por tanto, cualquier otro camino que sea ofrecido a los seres humanos, no es más que engaño cierto. Pero sabiendo Jesús que iba al Padre pronto, y de nuestra debilidad y facilidad de ser apartados de la verdadera fe, no quiso dejarnos solos, y así recibimos ahora una nueva promesa de consuelo y fortalecimiento: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (v26). Será este Espíritu Santo el que a través de los medios de gracia (Palabra y Sacramentos), estará permanentemente con nosotros, reafirmando nuestra fe, fortaleciéndola y alimentándola para que no desfallezca. Pues muchos serán los momentos de la vida en que será puesta a prueba, más sin embargo, descansamos en la tranquilidad de las propias palabras de Jesús: “No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (v27). Sin embargo en este tiempo Jesús nos dejó también una seria advertencia: que el mundo, el mismo mundo que lo aclamaba y seguía tras sus milagros, el que lo recibía con palmas y vítores aquél día, no sólo lo abandonaría a su suerte en la Cruz, sino que llegaría a aborrecerlo a Él y a sus discípulos: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (v19). ¿Cómo sería esto posible?. Jesús nos advierte que el mundo ama las cosas del mundo, y desprecia las cosas de Dios. Es así desde la caída de nuestros primeros padres, y sus consecuencias aún perduran. Por ello no es de extrañar que la Iglesia sufra rechazo o incluso persecución cuando en fidelidad, proclama la Palabra de Dios. ¡Y deberíamos extrañarnos si no es así!. •Todo está dispuesto Poco más quedaba por hacer en esta última semana de la vida de Jesús, pero lo que quedaba era de una importancia tal, que Jesús lo dejó precisamente para el final. Se celebraba en aquel tiempo la Pascua judía (pesaj en hebreo), la conmemoración de la liberación de Israel de su esclavitud en Egipto. Fiesta importantísima los judíos, que se celebraba con una comida donde se comía cordero o cabrito con hierbas amargas y panes sin levadura. Fue este el momento escogido para instituir un nuevo medio de gracia para los creyentes, la Santa Cena, dando así a la cena pascual un nuevo y trascendental sentido : “Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mt 26.27-29). Éste es su gran regalo para nosotros antes de su muerte, pues en este banquete divino, en este Evangelio condensado en el pan y el vino, cuerpo y sangre de Cristo, tenemos a nuestra disposición siempre el perdón de pecados, como reafirmación para nuestra fe de aquel perdón ganado en la Cruz por todos nosotros. Y será ahí, hasta su segunda y definitiva vuelta a la tierra, en ese pan y en ese vino, donde podremos encontrar a Cristo, y donde lo hallamos repartiendo de nuevo su Amor y perdón a todos los hombres. Ahora sí, la obra de Jesús estaba completada, y podía prepararse para tomar la Cruz con la que nos liberaría de nuestra esclavitud. Conclusión Un nuevo Domingo de Ramos estamos celebrando hoy. Un día de júbilo y alegría por la llegada del Salvador, del Rey de Israel y del mundo. Y una semana tenemos ante nosotros hasta el Domingo de Pascua. Una semana para meditar y recordar todo lo que Jesús hizo por nosotros, hombres perdidos y rescatados con el nuevo pacto en su sangre. Pero éste Domingo es para nosotros anticipo del día en que Jesús ha de volver de nuevo a la tierra, y donde aquellos que lo esperan en fe, volverán a gritar: “¡Hosanna!¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!” (v13). Seamos pues y hasta entonces, confortados en esta promesa cierta de Cristo, pues: “desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Mt 26.64). ¡Que así sea, Amén!. J.C.C / Pastor de IELE/Congregación San Pablo