domingo, 20 de abril de 2014

Jueves Santo.

“LA CENA DEL SEÑOR” TEXTOS. Primera Lección: Éxodo 12.1-14 Segunda Lección: 1º Corintios 11:23-32 El Evangelio: Mateo 26:17-30 Sermón El Dr. Martín Lutero, en su Catecismo Menor, contesta de la siguiente manera a la pregunta sobre la esencia y la finalidad de la Santa Cena: “La Santa Cena es el verdadero cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, con el pan y el vino, para que los cristianos comamos y bebamos, instituido por Cristo mismo.” Cuerpo y sangre, sacrificio y reconciliación de la pascua judía, los símbolos que presagiaban la venida del Mesías, el verdadero sumosacerdote que sería a la vez el Cordero del sacrificio, todo eso se nos viene a la mente al leer estas palabras del apóstol San Pablo. Nuestra Iglesia Luterana siempre vuelve a insistir sobre ese punto y la doctrina bíblica en cuanto a la Santa Cena. Puede decirse que la doctrina sobre la Santa Cena es la piedra de toque de las iglesias cristianas. Es una doctrina fundamental. Todos los que anteponen su razón humana o su tradición a la enseñanza bíblica sobre ese sacramento, se encuentran en la misma condición espiritual lamentable en que se encontraban aquellos cristianos de Corinto, de los cuales dice el apóstol en nuestro texto: “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados.” Por eso, con la misericordiosa ayuda del Espíritu de Dios, meditemos sobre este bendito sacramento de la Cena del Señor: Su origen. ¿Dónde tuvo su origen la Santa Cena que los corintios habían profanado con su modo de celebrarla? El santo apóstol explica en su epístola el origen de ese sacramento, y por cierto, su explicación encierra desde un comienzo un leve reproche dirigido a aquellos que habían cometido abusos en la celebración de ese sacramento. Así dice el apóstol: “Porque yo recibí del Señor lo que también os entregué.” Aquí tenemos su origen: “Yo recibí del Señor”, declara el apóstol. Él no había recibido ese don celestial, ese bendito sacramento, de los demás apóstoles, como podría suponerse, ni porque viera la costumbre de su celebración en las demás congregaciones cristianas de aquella época. No, “Yo lo recibí del Señor”, al igual que todo el evangelio que él predicaba; pues de ese evangelio predicado por él dice en Gálatas 1:12 que lo había recibido “por revelación de Jesucristo.” Así como el Señor resucitado y glorificado le había revelado a San Pablo, su apóstol, el Evangelio, el mensaje de la reconciliación entre Dios y los hombres, así ese mismo Señor autorizó a ese apóstol también la transmisión a las congregaciones cristianas de este importante documento sobre el origen y el sentido de la Santa Cena. “Del Señor” había recibido el apóstol ese sacramento. ¡Con cuánta emoción escribía el apóstol esta palabra: Señor. Tal vez ningún otro apóstol sentía tan profundamente la emoción que encerraba ese nombre. Pues fue a este apóstol, cuando aún no era tal, sino que era un enemigo acérrimo de la secta cristiana, a quien le apareció el Señor con señales de poder y manifestaciones de gracia. Iba en camino hacia Damasco, en camino hacia la injusticia y la violencia, cuando al fanático Saulo de Tarso entonces le apareció repentinamente una clarísima luz y un nombre se interpuso en su camino y en su vida: ¡Jesús de Nazaret! ¡El Señor que lo llamaba por su nombre! Luego y durante años ese apóstol estuvo a la espera de otro llamado de su Señor, hasta que finalmente llegó ese llamado. Llegó ese llamado del Señor cuando su gracia divina había transformado totalmente al fariseo fanático, ciego y rígido en el apóstol iluminado, humilde y amante. Ahora, cuando el apóstol habla en su Epístola a los Corintios sobre el origen de la Santa Cena, y les dice: “Porque yo recibí del Señor lo que también os entregué”, entonces ese Señor es Jesús de Nazaret, aquel que había transformado su vida. También para el apóstol ese Señor es ahora “el camino, la verdad y la vida.” Cuando él habla aquí del Señor, entonces se refiere a aquel sobre quien escribió lleno del Espíritu Santo en su Primera Epístola a Timoteo, diciendo: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre; el cual se dio a sí mismo en rescate por todos” (2:5-6). De ese Señor recibió el encargo para la administración de la Santa Cena en las congregaciones cristianas, también en la congregación de Corinto. ¿No lo sabían acaso aquellos creyentes? ¿Acaso estaban en incertidumbre? ¿Habían, acaso, entendido mal sus palabras? ¡Imposible! Pues lo que el apóstol había recibido del Señor, eso, dice, “también os he enseñado.” Desde un principio, cuando el apóstol Pablo estuvo personalmente en Corinto, él enseño a aquellos cristianos ese don de gracia y perdón, enseñó de su origen, su significado y las bendiciones eternas que para ellos encerraba ese sacramento. Él les había entregado, y compartido con ellos, todo lo que él mismo había recibido del Señor; pues precisamente este mismo apóstol, con su característico celo cristiano, escribió a esa misma congregación en Corinto: “Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel.” (1 Corintios 4:1-2). Acto seguido el santo apóstol vuelve a recordar a los corintios la historia sobre la institución de la Santa Cena. Con un lenguaje llano y sencillo les trae a la memoria los hechos del Jueves Santo. ¡Cuántas veces les habría contado los pormenores de aquella noche trágica, de aquella reunión íntima y solemne! ¡Cuántas veces les habría contado ya de aquella mesa, alrededor de la cual se miraban el amor de Dios con la duda de los apóstoles y la traición de Judas! Era la última Cena; sobre la mesa se proyectaba la sombra de la Cruz. Y dice San Pablo, que el “Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.” Tal es la historia sobre el origen y la institución de la Cena del Señor. Esto sucedió “la noche que fue entregado.” La misma noche en que el Hijo del hombre, a quien le fue “dado todo el poder en el cielo y en la tierra”, exclamó, sin embargo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38). La misma noche en la cual un ángel del cielo hubo de consolar al Rey de reyes y Rey del cielo en medio de su angustia y sufrimiento. Esa misma noche Jesús tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed… Y de la misma manera tomó la copa… diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto, cuantas veces la bebiereis, en memoria de mí. Si el santo apóstol recuerda a los cristianos con tanta exactitud el origen de la Santa Cena y la ocasión en que fue instituido ese sacramento, entonces él no solamente quiere corregir la profanación en que habían incurrido aquellos cristianos, sino también llamarles la atención sobre las bendiciones que ellos perdían al celebrar la Cena del Señor en la forma que lo hacían. Consideremos también nosotros siempre que la Santa Cena es un sacramento; en el cual, por medio de ciertos elementos externos, en unión con la Palabra, Dios ofrece y comunica a los hombres y sella en ellos la gracia adquirida por los méritos de Cristo Jesús. ¡La Santa Cena contiene lo más precioso que el cielo pudo ofrecer a la tierra! Sobre su contenido. Mucho se ha escrito y discutido sobre el contenido de la Santa Cena, no en cuanto a su contenido material o terrenal, pan y vino, sino en cuanto a su contenido celestial y espiritual, el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de nuestro Señor Jesucristo. Este punto de doctrina, fundamental para el verdadero creyente, fue también decisivo en el cisma que se produjo y que perdura en la Iglesia cristiana del mundo. Fundamental es ese punto de doctrina también para el santo apóstol Pablo, que en nuestro texto se dirige a los cristianos de Corinto, citando textualmente las palabras de institución del Señor Jesús: “Tomad, comed. Esto es mi cuerpo, que por vosotros es partido… Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre.” Basándonos en estas palabras inconfundibles de nuestro Redentor, los cristianos de nuestra Iglesia creemos y enseñamos que en el Sacramento del Altar, juntamente con el pan y el vino, están contenidos y presentes el cuerpo y la sangre de nuestro Redentor. Y esa presencia no es simbólica sino real, tan real como que realmente estaba presente el cuerpo del Señor al ser clavado en el madero de la cruz; tan real, como realmente fue derramada su santa y preciosa sangre sobre aquel madero de la cruz, como precio de la redención de todos nuestros pecados, y para librarnos de la muerte y del poder del diablo. Así dice el mismo apóstol en su Epístola a los Romanos: “Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.” (5:8-9). Y San Juan, en su primera Epístola, proclama esta consoladora verdad: “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” Por eso, cuando tú y yo asistimos a la Mesa del Señor y cuando allí el ministro de Dios nos dice: “Tomad, comed. Esto es el verdadero cuerpo de vuestro Señor Jesucristo. Tomad, bebed. Esto es la verdadera sangre de vuestro Señor Jesucristo”, entonces esos dones celestiales están realmente contenidos y presentes en la Santa Cena. Así dice San Pablo “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?” (1 Corintios 10:16). Eso no quiere decir otra cosa que: el pan y el cuerpo de Cristo, el vino y la sangre de Cristo están unidos en la Santa Cena, de manera que el comulgante que come el pan se pone en comunión con el cuerpo de Cristo, y el comulgante que bebe el vino se pone en comunión con la sangre de Cristo. Las palabras de nuestro Señor no son ambiguas. También con este sacramento y su presencia real en el mismo, Él cumple su consoladora promesa, hecha a los creyentes de todos los tiempos: “he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28:20). Sobre su objeto. Así como hay maestros y predicadores que niegan y deforman con su doctrina humana la clara enseñanza de la Sagrada Escritura con respecto al contenido de la Santa Cena, así también los hubo y hay que enseñan doctrinas erróneas en cuanto al verdadero objeto de la Santa Cena. No es ésta la ocasión para citar esas doctrinas equivocadas y humanas, sino que es la hora de decir la verdad tal como la encontramos en la Santa Biblia y en las palabras de nuestro texto. La presencia del bendito cuerpo y la preciosa sangre de nuestro Redentor en la Santa Cena tienen un objeto. San Juan Bautista, señalando al Señor Jesús, exclamó: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29b). El Señor Jesús declara el objeto de su estancia visible entre los hombres, diciendo: “El Hijo del hombre ha venido para salvar lo que se había perdido” (Mateo 18:11). Y San Pablo explica la bendición y el fruto de esa venida del Hijo de Dios al mundo pecador, diciendo: “Al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2 Corintios 1:21) … Sí, Cristo Jesús, “verdadero Dios, engendrado del Padre desde la eternidad, y también verdadero hombre, nacido de la virgen María”, es Aquel de quien da testimonio el santo vidente en el Libro del Apocalipsis, diciendo: “Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación;” (5:9). Eso lo hizo, tal como lo confesamos en la explicación del Segundo Artículo del Credo Apostólico, “para que yo sea suyo, y viva bajo Él en su reino y le sirva en eterna justicia.” El precio pagado por nuestra redención fue su santa y preciosa sangre, su inocente Pasión y muerte. Somos su propiedad, por sus méritos, temporal y eternamente. Y para recordarnos la realidad y el precio de nuestra redención, Cristo instituyó la Santa Cena. Y para consolarnos en nuestras angustias terrenales, para fortalecemos en nuestra fe cristiana, para aumentar nuestra certeza en la esperanza de alcanzar la salvación y bienaventuranza eterna, Cristo instituyó ese bendito sacramento. Allí, en ese sacramento bendito, Él siempre vuelve a aseguramos: “esto es mi cuerpo, que por vosotros fue entregado; esto es mi sangre, que por vosotros fue derramada”. Tal es el objeto de la Santa Cena. “Haced esto en memoria de mí”, dice el Señor Jesús. Y el apóstol, en nuestro texto, acota estas palabras del Señor y explica a los creyentes de Corinto y a los de todos los tiempos y lugares: “Porque cuantas veces comiereis este pan y bebiereis esta copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que él venga.”. ¡Cuánta seriedad encierra esta explicación del apóstol! Cada vez que participáis de la Santa Cena, “proclamáis la muerte del Señor.” Esto es, el que participa del Sacramento del Altar, considerando los dones celestiales contenidos en el mismo, proclama con su participación, da un testimonio público de que es discípulo del Señor, proclama su fe personal en la obra expiatoria de Él. El gozo que recibe el corazón y el espíritu del creyente en la Santa Cena, debe expresarlo luego el comulgante cristiano con palabras y obras en este mundo. En realidad, toda la vida del cristiano debe ser una proclamación de la muerte del Señor, pues esa muerte significa la vida y la bienaventuranza eternas para el hombre. Y esa proclamación debe perdurar “hasta que él venga.” Cuando Cristo vuelva en gloria y poder para el Juicio del mundo, cuando Él venga para dar a los suyos el reino preparado desde la eternidad, entonces ya no habrá más observación de este sacramento, pues entonces los suyos le verán tal cual es. Entretanto, empero, vale para nosotros la amonestación del apóstol, que dice: “De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.” Habiendo meditado sobre el origen, el contenido y el objeto de la Santa Cena, habiendo aprendido la bendición terrenal y eterna que encierra para nosotros este sacramento, no podemos sino tomar a pechos esa seria amonestación final del santo apóstol. Cuando en la Santa Cena tú oyes la voz cariñosa de tu Redentor que te invita: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os daré descanso”, entonces respóndele: Tal como soy de pecador, Sin otra fianza que tu amor, A tu llamado vengo a Ti: Cordero de Dios, heme aquí Rvdo. David Schmidt