sábado, 13 de noviembre de 2010

26º Domingo después de Trinidad.

La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

26 Domingo después de Trinidad

“Con Cristo no hay temor al juicio divio”
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Daniel 7:9-14

1ª Tesalonicenses 5:1-11

Mateo 25:31-46

Sermón

Ante el tribunal divino

Las tres lecturas de hoy, mencionan un mismo hecho pero desde tres perspectivas diferentes, y además aportan detalles complementarios sobre ello. Nos encontramos ante una situación trascendental, grave, determinante para nuestro futuro, nada más y nada menos que ante el juicio final.

Un juicio, es por definición un acontecimiento que genera inquietud, hace aflorar nerviosismo, temor, incertidumbre. Nos exponemos a ser sometidos al peso de la Ley, a ser medidos con su balanza. La persona juzgada se siente el centro de todas las miradas, el objeto de elucubraciones y razonamientos que determinaran su situación actual, y en los casos más relevantes, toda su vida. Un juicio es en definitiva, una situación que la mayoría de la gente prefiere evitar, sobre todo porque el resultado es siempre una incógnita, y existe la posibilidad de perder en el mismo.

Y he aquí, que esto es precisamente lo que los tres textos mencionados, nos traen ante nosotros.

Anuncian con igual claridad y rotundidad no un mero juicio más, sino el juicio de las naciones, y nuestro propio juicio ante el tribunal supremo y divino.

En primer lugar Jesús nos habla de su regreso a la tierra, junto a sus ángeles, para ocupar su trono glorioso. Este hecho de por sí debería ser motivo de gozo y alegría para la humanidad: el Príncipe de la paz (Is.9:6), el dios de amor y perdón, vuelve a la tierra. ¡Qué maravillosa noticia!, pensamos los creyentes. Pero, casi sin darnos lugar para celebraciones, ni tiempo para disfrutar de semejante acontecimiento, Jesús nos dice seguidamente: “y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos” (v.32).

Es decir, Jesús no viene a hacerse cargo de todo el rebaño humano, no viene a pasar por alto la situación espiritual de los hombres, no trae bajo el brazo un perdón indiscriminado, nos dice la Palabra. Viene por el contrario a hacer cumplir la justicia divina en su faceta escatológica, del fin del los tiempos, viene en definitiva a establecer su reino con aquellos que son realmente miembros de su rebaño. Sigue diciendo Jesús “y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda” (v.33). Cristo establece una frontera clara entre unos y otros, creyentes e incrédulos, una separación física donde unos a su derecha tienen preeminencia, y otros la pierden. Son estas palabras inquietantes, las que de un plumazo puede que hayan borrado aparentemente nuestra espontánea alegría por este regreso de Cristo. Ahora quizás ya reina en el ambiente una cierta inquietud, un temor que se respira alrededor. Quizás muchos esperaban un regreso sin relación con nuestra vida de fe, un borrón y cuenta nueva, como se suele decir.

Pero este Cristo sin embargo, se nos presenta ahora como Señor del Universo, como juez divino que viene a aplicar la justicia de Dios, nada más y nada menos.

El apóstol Pablo además, nos recuerda que esta venida, este juicio, se nos presentará sin previo aviso, sin tiempo para plantearnos opciones o alternativas. “Como ladrón en la noche” (1 Tes. 5: 2), usando una metáfora muy ilustrativa. Nuestra realidad se detendrá en un segundo, nuestro mundo y todas sus preocupaciones sociales, políticas, financieras, absolutamente todo se parará como se para una peonza que deja de girar. Lo que hasta hace un momento era importante en nuestras vidas: relaciones personales, trabajo, salud, prosperidad, posesiones, todo esto pasará a un segundo plano casi sin darnos cuenta. Nuestras seguridades se desvanecerán como el humo: “cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán” (v.3). Todo perderá de golpe su sentido, y nos encontraremos de repente frente al trono glorioso de Cristo y su juicio a las naciones.

¿Debe esto realmente generarnos inquietud?, ¿hemos pensado en este momento con temor o por el contrario debe ser un momento de gozo y paz para el creyente?, En definitiva ¿tememos a este juicio divino? Ciertamente, somos “hijos de la luz” (v.5), como una vez más el apóstol nos recuerda, y para los que por medio de la fe en el sacrificio de Cristo, han sido justificados ante Dios, nada hay que temer en realidad. Para nosotros, los justificados en la sangre del Cordero, este juicio es sencillamente el anuncio de lo que en realidad ya sabemos: que “no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él” (v.9-10). Llevamos el sello de nuestro bautismo: nuestra fe en Cristo, ante este tribunal divino, y con ello enarbolamos la bandera de nuestra salvación y vida eterna. Los cristianos deberíamos pues esperar este juicio no con temor o inquietud, sino con alegría y con “la esperanza de salvación como yelmo” (v.8).

Los benditos de Dios y su relación con el Cristo

Dice Jesús también en su Palabra: “Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.” (Mt. 5: 35-36).

Se acusa a los luteranos desde algunos sectores del cristianismo, de despreciar las buenas obras.

De predicar una fe cómoda, meramente asertiva, que solo requiere decir con la boca “creo”, pero no con el corazón. Los que así hablan, en realidad no solo no han entendido la doctrina luterana sobre las obras, sino que además no han entendido el Evangelio mismo. Vamos a profundizar un poco en esta relación entre la fe y las obras.

Dios preparó para sus hijos espirituales su reino, desde antes que el mundo existiese, pues forma parte de su proyecto para el ser humano, el que éste comparta la eternidad junto a Él. Ellos son los que Jesús llama “benditos de mi Padre”. Pero ¿quiénes son realmente estos?. En sus palabras, Jesús muestra los signos distintivos de aquellos que han sido declarados justos (bendecidos) en Cristo Jesús: atención al necesitado, compasión, preocupación por el prójimo.

Pero !cuidado!, es importante no confundir los signos y los frutos de una fe verdadera, convirtiéndolos en causas de la recompensa suprema: la vida eterna junto a Dios. Los mismos justos que Jesús menciona se sorprenden cuando se les menciona el haber atendido a Cristo por medio del prójimo, pues para ellos sus buenas obras no han sido hechas como moneda de cambio de su salvación. Han actuado por amor al prójimo sencillamente, y han amado porque Dios los amó primero a ellos enviando a morir a su Hijo en su lugar, y para su salvación (1 Jn 4:10). Sus buenas acciones en realidad tampoco son suyas, sino de Dios, pues si han merecido ser tenidas en cuenta lo son porque parten de la fe verdadera, y en definitiva porque parten del amor de Dios mismo y han sido predispuestas por Él (Ef.2:10). En resumen: las buenas obras son tenidas en cuenta por Dios, en tanto que son la expresión dinámica de su amor en nuestra vida y en la vida del prójimo; pero es sólo por medio de la fe en Cristo por lo que nos hacemos merecedores de la vida eterna junto a Él (Rom 3:28).

Por contra, los apartados a su izquierda, los que desde la incredulidad y la dureza de corazón no han conocido a Cristo en sus vidas, los que han rechazado la gracia y han entregado sus vidas al señor de este mundo, estos irán “al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (v.41).

Son palabras duras, que ciertamente producen pavor, y que en más de una ocasión son objeto de burla en nuestra sociedad. Vivimos en malos tiempos para proclamar un mensaje tal, pero como creyentes, es nuestra obligación advertir seriamente de las consecuencias del pecado, de la incredulidad y del rechazo a Cristo en nuestras vidas.

Vivir preparados, sin temor al juicio, con esperanza

Asistir a un juicio requiere una preparación seria, saber qué se va a decir, qué se debe decir y qué no, también cómo dirigirse al Juez. Hace falta presentarse con un abogado, con alguien que pueda presentar una buena defensa de nuestro caso, alguien que supla nuestra ignorancia sobre las leyes. Es un proceso con cierta complejidad. Pero en el juicio divino hay cosas que juegan a nuestro favor como creyentes, e incluso que sabemos de antemano. Veamos algunas de ellas:

1.- Sabemos que hemos sido justificados en Cristo Jesús, y que con ello Dios nos asegura la vida eterna junto a Él. (Rom.5:1)

2.- Sabemos quién es el juez supremo, y que este juez es infinitamente justo. (Sal.119:142)

3.- Sabemos quién es nuestro abogado: Cristo Jesús, el cual cubre nuestro pecado con su sangre. (Ef.1:7)

4.- Sabemos que seremos llamados a este juicio, pero en el caso de los creyentes, seremos llamados para escuchar las buenas nuevas de nuestra salvación. (1 Tes.5:9)

5.- Sabemos que en este juicio seremos contados entre las ovejas del rebaño de Cristo. (Jn.10:3)
Ahora bien, todo esto que sabemos y que nos da paz y tranquilidad ante este juicio, no debe hacer que nos abandonemos y descuidemos nuestra fe. Escuchemos por tanto las advertencias del apóstol Pablo cuando dice “Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios” (v.8). Estemos pues atentos hermanos, fortalezcámonos continuamente por medio de la Palabra, la oración y los Sacramentos, y sobre todo animémonos y edifiquémonos unos a otros en la esperanza de que en aquél día, la llegada de Cristo a la tierra y el día del juicio a las naciones, será para nosotros motivo de alegría y gozo sin fin.

Sigamos finalmente en todo, también la exhortación del apóstol Pedro:

“Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz. Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación.

Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza. Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad.” (2 Pedro 3:14-15; 17-18)

Que así sea, Amén.
J. C. G.
Pastor de IELE