domingo, 22 de abril de 2012
3º Domingo de Pascua.
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección:
Hechos 3:11-21
Segunda Lección: 1ª Juan 3:1-7
El Evangelio: Lucas 24:36-49
Sermón
INTRODUCCIÓN
No diremos nada nuevo, si recalcamos la importancia para el creyente del conocimiento de las Escrituras para su vida de fe. Al fin y al cabo, pensarán algunos, este enfoque es uno de los presupuestos de la Reforma, y es lógico que desde nuestras congregaciones proclamemos el “Sola Scriptura” como una de las reivindicaciones propias de la Iglesia Luterana. Sin embargo, como veremos en el Evangelio de hoy, esta defensa acérrima de la Palabra como fuente suprema de la revelación de Dios, no es una mera postura denominacional, sino un enfoque necesario que afirma que Dios se revela en las Escrituras anunciando el cumplimiento de sus promesas de salvación en la figura de Cristo. Y que Cristo es proclamado en Ellas desde el Génesis hasta el Apocalipsis para testificar de la obra de redención llevada a cabo por Él. Pero necesitamos escuchar esta Verdad con un entendimiento abierto, por obra del Espíritu Santo, pues de otra
manera, la Biblia será para nosotros un libro cerrado. Un texto lleno de historias que no sabremos ni cómo interpretar, ni cómo conectar con nuestras vidas. Cristo es el Rey de la Escritura (Rex Scripturae), en palabras del propio Lutero, y sólo con esta visión cristocéntrica, la Biblia ser revela como lo que realmente es: La Palabra de Dios que lleva a la salvación a los
hombres proclamando a Cristo, y el medio que Dios usa para afianzar y dar consistencia a nuestra fe por encima de nuestras dudas y temores.
Jesús resucitado trae la Paz a los hombres.
Tras la muerte de Jesús en la Cruz, parecía como si toda la fuerza y el testimonio existente en los Apóstoles se hubiese esfumado. Los temores y miedos a la persecución por parte de los judíos
afloraron súbitamente entre ellos, y el desconcierto sobre lo sucedido con su maestro fue en aumento. Ni siquiera las noticias sobre su resurrección sirvieron de mucho, pues aún habiendo escuchado los anuncios sobre lo que sucedería con el Cristo, tanto por parte de las Escrituras como por la boca del mismo Jesús, sus mentes estaban en total oscuridad al respecto. ¿Ha resucitado el Señor en verdad?, ¿es posible esto realmente?. Y así, confundidos y desorientados los encontró Jesús en el camino. Y en primer lugar Jesús aplaca esta confusión con sus hermosas palabras: “Paz a vosotros” (v36). Porque Jesús sabe de la lucha interior que sufren estos hombres, la misma lucha que se lleva a cabo en todo creyente, entre su fe y el peso de su carne pecadora.
Entre creer en las promesas divinas y aquello que su razón y sentidos le muestran de la realidad aparente en que viven. Es Jesús una vez más quien sale en búsqueda del hombre, para sacarlo del pozo de su falta de fe: “¿Por qué estais turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?” (v38).
Esta pregunta bien podemos aplicarla a cada uno de nosotros, cuando en nuestra vida diaria permitimos a menudo que los problemas de la vida y la carne, nos hagan olvidar que Jesús resucitado ha roto por nosotros las cadenas del pecado y la muerte. ¿Qué son entonces, ante esta gloriosa realidad nuestros problemas y tribulaciones?, ¿cómo afianzarnos pues en una fe que resista todo atisbo de duda y temor?. Los mismos discípulos necesitaron no sólo ver a Jesús
corporalmente, pues aún así: “pensaban que veían espíritu” (v37).
Cristo tuvo que demostrarles la realidad gloriosa de su resurrección corporal por medio de las huellas de su pasión, e incluso ¡comiendo con ellos! (v38-41).
Pero entonces, si aquellos hombres santos necesitaron tales pruebas, ¿qué necesitaremos nosotros para alimentar y fortalecer nuestra fe, aquella que no necesita ver para creer (2 Cor.5:7). Necesitamos tal como leemos en el Evangelio de hoy, acudir a la fuente de donde mana esta misma fe, que no es otra que aquella que ofrece aguas de pureza cristalina: las Escrituras, la
Palabra de Dios. En ellas todo se aquieta, adquiere claridad y sentido, y en ellas hallamos consuelo y la Paz de Cristo.
Era necesario que el Cristo padeciese y resucitase al tercer día
La muerte de Jesús ha sido interpretada en algunos ámbitos teológicos como una serie de meras consecuencias históricas. Según este enfoque, Jesús se rebeló contra el status quo social y político de su tiempo, y murió así como consecuencia de ello y de su coherencia personal. Difícil es reconocer aquí al Hijo de Dios que entrega su vida voluntariamente por la salvación del mundo (Jn 6: 51). Y sin embargo en el Evangelio de hoy, Cristo afirma precisamente: “que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mi en la Ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos” (v44). Es decir, las Escrituras anuncian que Cristo muere históricamente, pero no como consecuencia de hechos meramente humanos, sino cumpliendo el plan redentor de Dios para los
hombres, pues “fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día” (v46). Este es el verdadero sentido de la muerte de Cristo: cumplir con la Justicia divina (Is 42:1), y pagar la deuda que cada uno de nosotros tiene contraída con Dios a causa del pecado,
para luego resucitar y destruir el peso mismo de la muerte. Cualquier otra interpretación por nuestra parte, no será sino el intento de imponer a Dios nuestros propios razonamientos y nuestro concepto de la justicia. Y por ello es por lo que no debemos filtrar el contenido de la Palabra desde nuestros propios criterios, ya que entonces tal y como ocurrió con los discípulos, nos invadirán las dudas, el temor y hasta el espanto llegado el caso (v37). Debemos dejar que las Escrituras hablen con su propia voz, pues solo así ellas revelarán a los creyentes la verdadera profundidad de estos misterios, y a Cristo como el cumplimiento de todas las promesas de restauración. Necesitamos entonces entender los acontecimientos de la Pasión y Resurrección de Jesús a la luz de la Palabra; pero para ello es necesario a su vez algo más, sin lo cual nuestra mente y corazón seguirán cerrados, incapaces de percibir la Verdad: abrir el entendimiento, “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (v45). Esto significa que, desde una escucha atenta y confiada a Dios en Su Palabra, con humildad y sencillez, la acción del Espíritu Santo, línea a línea y letra a letra, nos revelará en ella el puro
Evangelio de Cristo para perdón de pecados.
Testigos del cumplimiento de las promesas divinas
Tras hacerse presente a los discípulos, y mostrarse a ellos como prueba de su resurrección física, Jesús los dirige a apuntalar su fe en la Palabra de Dios.
Pues la fe no se sustenta en aquello que nuestro propios ojos pueden ver.
Requiere por encima de todo una entrega confiada que sólo puede venir de algo más profundo: el convencimiento de la fidelidad y la misericordia de Dios para con nosotros. Y esta fidelidad y misericordia se hallan proclamadas explícita y continuamente en las Escrituras (1 Jn 1:9). Pero Cristo no sólo los ilumina con el recuerdo de los anuncios y promesas del pasado, sino que redirige sus mentes también al futuro: “y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (v47). Con su Pasión
y resurrección Jesús ha llevado a cabo el cumplimiento de las promesas divinas, y ahora emplaza a los discípulos a continuar con la tarea de este anuncio de liberación para el mundo. Y de manera intencionada expone la secuencia precisa en que debe ser hecho: arrepentimiento en primer lugar, y perdón de pecados seguidamente. Proclamamos el gozo de la Buena Noticia del amor de Dios en Cristo, pero en primer lugar la Ley debe hacer su efecto en el hombre. Debe mostrarle la seriedad del pecado en su vida, y de las funestas consecuencias de ignorarlo o, como habitualmente sucede en nuestra sociedad actual, negarlo. Como explicó el teólogo alemán Bonhoeffer: “la gracia es cara porque ha costado cara a Dios, porque le ha costado la vida de Su Hijo, -Habéis sido adquiridos a gran precio-, y porque lo que le ha costado caro a Dios, no puede resultarnos barato a nosotros”. Podemos usar esta reflexión, expresada en un contexto muy diferente, también para indicar que no puede haber perdón de pecados sin arrepentimiento previo, pues esto no sería más que malbaratar esta gracia que hemos recibido. Y así pues, a los
discípulos ahora sólo les falta, una vez abierto su entendimiento por medio de las Escrituras, el ser investidos de poder: “la promesa de mi Padre” (v49), y ser “testigos de todas estas cosas” (v48). ¡Seamos nosotros también testigos con ellos por medio de ése mismo poder que recibimos en nuestro Bautismo!; el poder del Espíritu Santo que nos asiste cada día de nuestra vida.
CONCLUSIÓN
Tras su resurrección el Señor se mostró a los discípulos y despejó sus temores y dudas abriendo sus mentes para que comprendiesen el plan de Dios. Y lo hizo dirigiéndolos a las Escrituras, como voz confiable y luz para los hombres (Sal 119:105). Tras esto el Espíritu Santo los invistió de poder para ser testigos del Evangelio a todas las naciones. Del mismo modo nosotros los
creyentes contamos con la asistencia del Espíritu Santo, como promesa recibida en nuestro Bautismo. Contamos igualmente con la Palabra de Dios, la cual proclamamos para que sea ella la que convenza a los hombres con Su Verdad, para que ella proclame. “Paz a vosotros” (v36), la verdadera Paz: “la Paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento” (Flp. 4:7). ¡Que así sea,
Amén!.
J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo,
Sevilla
viernes, 20 de abril de 2012
domingo, 15 de abril de 2012
“El valor de las sagradas Escrituras”
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección:
Hechos 4:32-35
Segunda Lección: 1 juan 1:1-2:2
El Evangelio: Juan 20:19-31
2 TIMOTEO 3 : 15 - 17
Entre todos los libros del mundo, la Biblia representa un caso especial y único.
Anualmente se venden de ella más ejemplares que de cualquier otro libro en el mundo. Ningún otro libro ha sido tan combatido, criticado y hasta ridiculizado en el correr de los siglos, y sin embargo, la demanda por la Biblia no muestra tendencia alguna de decrecer, sino al contrario, va en continuo aumento. Muchos otros libros famosos, que por un tiempo gozaron de vasta estima, han pasado de moda; el contenido de la Biblia sigue siendo hoy tan oportuno como lo fue hace
mil o dos mil años. Importantes organizaciones, como la Sociedad Bíblica Americana, la Sociedad Bíblica Británica y otras, con un movimiento anual que asciende a muchos millones de euros, se dedican exclusivamente a la publicación y venta de Biblias o porciones de ella. Algo debe haber en la Biblia que motive hechos tan asombrosos. Verdad es que no todas las Biblias que se venden año tras año son también leídas por quienes las adquieren. Muchos utilizan la
Biblia como un cómodo obsequio que siempre queda bien, y no pocos de los obsequiados guardan ese libro en su biblioteca como mero recuerdo para no tocarlo más, a no ser con el plumero. Pero verdad es también que muchos, muchísimos hacen de su Biblia el compañero de todos los días del que extraen incalculable beneficio. ¿Qué valor tiene para ti tu Biblia? ¿La usas con el provecho adecuado a su importancia? Para ayudarte en ello te hablaré hoy, a base de las palabras del inspirado apóstol San Pablo, sobre: El Valor de las Sagradas Escrituras
Te mostraré,
1. Cuan grande es ese valor, y
2. Cuan Importante es tenerlo siempre presente.
1. “Desde la niñez has conocido las Santas Escrituras, que pueden hacerte sabio para la salvación, por medio de la fe que es en Cristo Jesús", v. 15. ¡Qué hermoso testimonio para el valor de las Sagradas Escrituras: ¡Ellas te pueden hacer sabio para la salvación! Quien lo expresa es el apóstol San Pablo. ¿Será que ese Pablo obtenía un provecho personal con propagar el Libro Sagrado, y que por eso lo recomendaba con tanto entusiasmo? Nada de eso. El hecho de ser un propagador de las Sagradas Escrituras, un predicador de la Palabra divina que ellas presentan, le acarreó a San Pablo una multitud de sinsabores y peligros: fue combatido, perseguido, azotado, apedreado, le tuvieron por loco, fue encarcelado varias veces, y finalmente sufrió el martirio. ¿Qué le impulsó
entonces a ponderar tanto un libro que al parecer resultaba tan funesto para él?
Examinemos las propias palabras del apóstol. Él dice a su alumno Timoteo: “Desde la niñez has conocido las Santas Escrituras.” Santo es el contenido de esas Escrituras. Con eso la Biblia se diferencia de toda otra literatura. Otros libros podrán ser instructivos, conmovedores, amenos, reveladores de profunda sabiduría, pero un solo libro es santo, intachable, y ese único libro es la Biblia. ¿A qué se debe su santidad?
San Pablo nos da la respuesta: “Toda la Escritura es inspirada por Dios”, v. 16. Todo otro libro tiene como autor a un hombre. La Biblia también fue escrita por hombres, pero el autor es Dios mismo. “Hombres santos de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” afirma el
apóstol Pedro (2 Pedro 1:21) al referirse a la profecía de la Escritura; y enfáticamente recalca: “No de la voluntad del hombre fue traída la profecía en ningún tiempo”
(v. 21a). “Siendo inspirados por el Espíritu Santo”, esto no significa un cierto estado elevado del ánimo, como por ejemplo la inspiración del poeta; tampoco significa que Dios haya usado a
estos santos hombres como meros instrumentos impersonales como nosotros usamos una pluma o máquina de escribir, sino que fueron “personas” en la más hermosa acepción del vocablo, por ellos sonaba la Palabra de Dios, Dios se valió de la inteligencia, grado de cultura y estilo propio de cada uno de ellos, y los impulsó a expresar con estos medios lo que Él les dictaba. Esto es la Biblia inspirada: Palabra de Dios desde la primera, hasta la última página, pues toda la Escritura es inspirada por Dios, puesta en boca y pluma de santos varones para ser comunicada a la humanidad como “carta de Dios a los hombres”, como lo expresa Lutero. Por esta razón, todas y cada una de las palabras de la Escritura son de origen divino, son verdad eterna, exentas en absoluto de error alguno; ni aun cabe admitir la posibilidad de errores. Escribe San Pablo en su
Primera Epístola a los Tesalonicenses (cap. 2:13): “Cuando recibisteis de nosotros la palabra del
mensaje de Dios, la aceptasteis, no como palabra de hombres, sino- según lo es verdaderamente, la Palabra de Dios”. ¿Se habría expuesto el apóstol a los ya mencionados peligros por propagar la
Palabra de Dios, si no hubiese estado convencido de la santidad e infalibilidad de esta Palabra?
¿Podría un libro humano, aun el más excelente, ser fuente de dicha y consuelo para incontables millones de hombres de las más diversas razas, civilizaciones y esferas sociales, de todos los tiempos, y en las más dispares condiciones de vida? Por cierto que no. Sólo “la palabra de Dios vive y permanece para siempre”, como afirma San Pedro (1 Pedro 1:23).
Ya por esa su índole peculiar como libro sagrado, inspirado por Dios, la Biblia sería de Inmenso valor, acreedora a nuestro más amplio respeto y aprecio. Pero hay más. Valiosa es la Biblia por su forma, y valiosa también por su contenido.
Si poseyésemos un documento de puño y letra de un ilustre personaje, el solo hecho de poseerlo nos llenaría de orgullo. Pero si además de esto el documento en cuestión nos testificase el derecho al usufructo de importantes beneficios, su valor sería mucho mayor aún. Ahora bien: la carta de Dios a los hombres no es un mero documento histórico, no es ni quiere ser una venerable pieza de museo, sino que es una carta cuyo contenido supera en utilidad práctica a
cuanto libro se haya escrito jamás por hombre alguno. San Pablo dice: “Toda la Santa Escritura es útil para enseñanza, para reprensión, para corrección, para instrucción en justicia”, v. 16.
Claramente, sin rodeos, la Biblia nos enseña qué es el hombre: un ser nacido en pecados, incapaz por sí mismo de hacer el bien. Llama a las cosas por su nombre; nos muestra, como espejo infalible, cuáles y cuántas son nuestras faltas, y al describir un pecado, no trata de embellecerlo ni de restarle importancia, sino que lo muestra como es en realidad: una transgresión de la ley divina que atrae la justa ira de Dios y el castigo eterno sobre quien comete la transgresión. Así la Santa Escritura nos previene seriamente contra el mal y nos exhorta a corregir nuestras faltas. Nos enseña además qué son ante Dios obras buenas, y de tal modo nos guía en el bien hacer.
Pero la utilidad más grande de la Biblia es que puede hacernos sabios para la salvación, v. 15. Y en ese sentido la Sagrada Escritura es verdaderamente única, absolutamente indispensable para todo aquel que siente inquietud por su alma; ¿y quién no habría de sentirla? Un libro de autor humano me puede enseñar buenos modales, puede guiarme en mi relación con los demás hombres, puede indicarme cómo lograré aumentar mis ingresos, todo lo cual es muy útil. Pero
donde acaba la existencia humana, acaba también la ciencia humana. Sólo el libro de Dios puede enseñarme el camino hacia Dios, hacia la dicha eterna. Y ésta es en verdad la una cosa necesaria. ¿Cómo se alcanza esta dicha? La Santa Escritura dice: Por la fe que es en Cristo Jesús, v. 15b; en ese Jesús, Hijo del Dios eterno e Hijo de la virgen María, Dios-Hombre, Substituto nuestro, que
“fue entregado a muerte a causa de nuestras transgresiones, y fue resucitado para nuestra justificación”, Rom. 4:25. Este camino de la salvación por la gracia, por los méritos de Cristo, mediante la fe, es enseñado en la Biblia en forma completa, clara y suficiente, porque completa, clara y suficiente es la Biblia en todo cuanto dice. Con razón nos exhorta el apóstol Santiago: “Recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual ft poderosa para salvar vuestras almas” (1: 21), y San Pablo: “No me avergüenzo del Evangelio; porque es poder de Dios para salvación a todo el que cree", Rom. 1:16.
De todo lo dicho se desprende claramente que la Palabra divina hace que el hombre de Dios sea perfecto, estando bien preparado para toda buena obra, v. 17. ¡Qué tesoro inmenso, amados míos, es ese libro que Dios nos ha regalado! Con el corazón lleno de gratitud podemos cantar, pues: "¡Libro divino, guía supremo! en ti confiando marcho en la fe.
¡Oran don precioso del cielo al mundo! por ti poseo el sumo saber."
2. Siendo tan grande el valor de las Sagradas Escrituras, importante será tenerlo siempre presente. Pero: ¿Podrá haber una persona que no tiene siempre presente el valor de las Sagradas Escrituras una vez que lo ha conocido? Sí, por desgracia. También el cristiano fiel sigue siendo un débil hombre, expuesto a las astutas tentaciones del diablo; y ese diablo dirige su mayor odio precisamente contra la Palabra de Dios y trata de arrancarla de nuestro corazón, porque sabe
muy bien que sin el sostén de esa Palabra somos presa fácil para él.
Diferentes métodos emplea el diablo para alcanzar su fin. Te recomiendo que luego leas una
vez más en tu Biblia la parábola del sembrador, en el cap. 8 del Evangelio según San Lucas. Allí Jesús te enseña algo al respecto. ¿Notas tú que a veces eres un oidor descuidado y olvidadizo de la Palabra de Dios? Entonces recuerda las terribles palabras que Jesús dijo a los judíos: “El que es de Dios, oye las palabras de Dios; por esto vosotros no las oís, por cuanto no sois de Dios”, Juan 8:47, y ruega a Dios que te dé oídos para oír.
¿Te resulta difícil permanecer fiel a la Palabra de Dios en tiempos de tentación?
Recuerda entonces que “los padecimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que ha de ser revelada en nosotros", Rom. 8:18; ¿acaso el favor para con Dios no vale muchísimo más que el favor para con los hombres? Ruega pues a Dios que te ayude a “retener firme lo que tienes, para que nadie tome tu corona" Apoc. 3:11.
¿Corres a veces el peligro de que te ahoguen los afanes y las riquezas y los placeres de esta vida, y no traiga los frutos que la Palabra de Dios quiere producir en ti? Recuerda entonces que “nada aprovechará el hombre, si ganare todo el mundo, mas perdiere su alma”, Mat. 16:26, y ruega a Dios que te conceda el ánimo del salmista Asaf, que dijo: “¿A quién tengo en el cielo sino a ti? y comparado contigo nada quiero en la tierra”, Sal. 73:25.
Así, con la ayuda de Dios, llegarás a ser uno de aquellos que con corazón leal y bueno, habiendo oído la palabra, la retienen, y llevan fruto con paciencia.
También de ti Jesús dirá: “Al que me confesare delante de los hombres, le confesaré yo también
delante de mi Padre que está en los cielos” Mat. 10 : 32. Donde no hay Palabra de Dios, sólo hay muerte y perdición; pero si crees en la Palabra de Dios y confías en ella, esa tu fe será, al decir
del apóstol San Juan, “la victoria que vence al mundo”", 1 Juan 5:4. Y en esa fe victoriosa y en esa firme confianza exclamamos:
“Santa Palabra, grato tesoro, ya canta mi alma tu plenitud.
Guíame a Cristo, que da reposo, paz, regocijo, vida y salud.”
Amén.
Rvdo. Érico Sexauer
domingo, 8 de abril de 2012
Domingo de Resurrección.
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección:
Isaías 25:6-9
Segunda Lección: 1ª Coríntios 15:1-11
El Evangelio: Marcos 16:1-8
Sermón
INTRODUCCIÓN
Siempre que nos referimos a la vida de Nuestro Salvador, y especialmente cuando mencionamos la obra que Él llevó a cabo por nosotros, pensamos rapidamente en los acontecimientos de su pasión y muerte. Y solemos detenernos ante la Cruz y nos quedamos allí, contemplándola extasiados ante el impacto del sacrificio de Cristo, y la brutalidad del dolor de su cuerpo martirizado por causa de nuestros pecados. Y ciertamente no es malo que el cristiano tome conciencia ante esta Cruz, de la gravedad de la situación del hombre, hasta el punto de que el único Justo y sin pecado, Jesús, tuviese que ser sacrificado de esta manera para pagar la deuda de la humanidad con Dios.
Pero sin embargo, la obra de Jesús no termina en el Calvario, sino en un sepulcro abierto y vacío. Y es hasta allí hasta donde el creyente, al igual que los discípulos, debe llegar para captar toda la dimensión de la redención. Pues sin resurrección, como dice el Apóstol San Pablo: ”vana es nuestra fe” (1 Cor.15:14).
Las promesas de Dios anuncian la victoria sobre el pecado y la muerte.
Morir, morirse, parece algo de lo más natural paradójicamente. Desde los primeros pasos del
hombre en la tierra, ha sido ésta una realidad que, tarde o temprano ha hecho acto de presencia entre nosotros. Hemos convivido con la muerte a lo largo de la Historia como con una compañera de viaje, y sin extrañarnos por su presencia. Y así el hombre al fín, se ha acostumbrado a pensar que el sentido último de la vida es, que en un momento dado, ésta se acaba sencillamente. Son muchos incluso los que niegan categóricamente que tras la muerte física, haya otro tipo de vida, sea del tipo que sea. Muchos los que prefieren la seguridad y la lógica de un sepulcro cerrado.
Pero la muerte es sin embargo un elemento extraño para nosotros, pues no estaba en el plan
original de Dios para la humanidad el que el hombre muriese. Y así, la causa original de la muerte hay que buscarla en la caída de nuestros primeros padres: “por cuanto la muerte entró por un hombre” (1 Cor.15:21), y en la aparición en la Tierra por causa suya de la realidad del pecado. Pues el pecado es ciertamente la causa de la muerte, tal como nos enseña el Apóstol Pablo : “la paga del pecado es muerte” (Rom 6:23), y el hecho de que muramos es la
evidencia palpable de que somos pecadores desde nuestro nacimiento: “He aquí en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:4).
Esta es la cruda realidad para el hombre en este mundo, la realidad que le muestra que en su estado natural, es un ser desposeído de la capacidad de vivir en armonía con su Creador, pues el pecado no puede cohabitar con la santidad de Dios, y esto hace que la consecuencia definitiva del pecado: la muerte, se enseñoree del ser humano hasta hoy.
Pero Dios que es grande en misericordia, desde el mismo momento en que el pecado apareció en el mundo, trazó un plan definitivo para vencerlo. Dió esperanzas al hombre por medio de sus promesas respecto a la restauración futura que en su gracia nos concedería, tal como leemos en el Salterio: “Mi carne también reposará confiadamente, porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción” (Salmo 16: 9-10). Y así, con estas palabras Dios anuncia
que hay esperanza para nosotros, y que: “destruirá la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros” (Is. 25: 8).
Jesús el Cristo es el cumplimiento de estas promesas de vida eterna, y por ello no podemos quedarnos detenidos en la Cruz, sino que nuestra fe debe llevarnos más allá, al sepulcro vacío, donde la victoria de Nuestro Señor sobre la muerte se hace definitiva. ¿Creemos esto más allá de lo que nuestra razón, desconfianza o miedo nos dictan?. ¡Debemos creerlo sin dudar, pues en ello se sustenta toda nuestra fe!.
La tumba vacía proclama la salvación de Dios en Cristo para los hombres
La fe es nuestro bien más preciado en este mundo pues: “el justo, por su fe vivirá” (Hab. 2:4), y por tanto haremos bien en fortalecerla y alimentarla por medio de la Palabra y los Sacramentos, pues habrá situaciones en la vida donde ella será nuestro único sustento. Y la realidad de la muerte es quizás la prueba definitiva que debemos soportar, y por eso es también comprensible el miedo de las mujeres que fueron aquella noche a la tumba a ungir el cuerpo de Jesús (v8). Al dolor por la pérdida del Maestro, al desconcierto por el vacío de la partida de Aquél que era el centro de sus vidas, se suma ahora el impacto y el miedo a una tumba abierta y vacía. Porque la tumba cerrada es el símbolo de una vida acomodada a la lógica de este mundo material, donde la vida se desarrolla en un espacio de tiempo para al fin, terminar en el silencio de una piedra cerrada. Así, las cosas son como deben ser, según nuestra visión humana.
Pero una tumba abierta atenta contra nuestra lógica, es una afrenta contra la razón, demasiado acostumbrada a ver la realidad según nuestros propios pensamientos, pero lejos de la visión de Dios. Una tumba abierta plantea la evidencia de que el hombre es realmente ignorante del sentido pleno de la vida, y por eso para muchos, esa tumba es sencillamente locura. Los propios romanos y autoridades judías lo sabían y por eso trataron de evitar con una guardia el que los discípulos se llevaran el cuerpo del Maestro: “entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia” (Mt 27: 66).
Trataban así de impedir el anuncio de una resurrección que destruiría los fundamentos del orden humano. Pero no pudieron acallar este anuncio, pues al igual que las piedras son capaces de testificar sobre Jesús y proclamarlo en vida: “Os digo que si estos callaran, las piedras clamarían” (Lc 19:40), también esta piedra del sepulcro removida grita y proclama el fundamento de nuestra fe salvadora, que: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15: 3-4).
Pues no hay poder humano capaz de contener la acción salvadora de Dios entre su pueblo, y es por ello por lo que necesitamos saltar el abismo que separa la comodidad de una tumba cerrada, a la realidad desconcertante pero maravillosa de una tumba abierta, y esto sólo es posible con el auxilio de la fe y la acción del Espíritu Santo.
Cristo está ahora entre nosotros hasta el fín del mundo Cerramos en este Domingo de Resurrección la Semana Santa, pero para muchos esta semana terminó el Viernes Santo. Es como si con la muerte de Jesús se acabase toda la intensidad de estos días tan profundos para
el cristiano. Vuelven a sus propias vidas y no aguardan la resurrección del Maestro, pues ven a la muerte como la losa que cierra el gran misterio de la redención. Sin embargo este enfoque mutila el verdadero sentido de nuestra fe, pues nosotros creemos en un Cristo crucificado y muerto por nuestros pecados, sí, pero también en un Cristo que ganó por nosotros la vida eterna con su
victoria sobre la muerte. Lo uno va ligado indisolublemente a lo otro, y así nuestra Teología de la Cruz lleva implícita también la convicción que expresa el Credo Apostólico: “Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna”.
Por ello, rememoramos la Pasión de Cristo en estos días, como un hecho definitivo del pasado, pero en este Domingo sobre todo, proclamamos un hecho presente y actual: la realidad de que Cristo con su resurrección, está ahora aquí, entre nosotros, según sus propias palabras: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fín del mundo” (Mt 28: 20). Y si creemos que Él fue el primero en precedernos a la resurrección, también creemos que al igual que Jesús, nosotros también resucitaremos a la verdadera Vida junto al Padre. Y como prueba de esta realidad eterna Jesús está aquí hoy en la real presencia de Su cuerpo y sangre, por medio de los cuales nos ofrece perdón de pecados y fortaleza para nuestra alma. Cristo junto a nosotros, por medio de Su
Palabra y de los Sacramentos, como anticipo de nuestra resurrección y vida futura en el Reino de nuestro Padre. Este es el mensaje definitivo de nuestra fe, aquello que nos mueve cada día a vivir con alegría y confiados en las promesas divinas, y no como aquellos que no tienen esperanza (1 Tes. 4:13).
Y así el creyente, tal como el angel del Señor envió a las discípulos, es enviado a su vez al mundo a proclamar: “Que Él va delante de vosotros” (v7), y que ahora, seguimos un sendero donde el
pecado y la muerte ya no tienen más poder sobre nosotros. Es el sendero que Cristo va marcando con sus huellas, para llevarnos a la casa de nuestro Padre, poniendo toda nuestra fe en Sus palabras: “vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn 14: 3).
CONCLUSIÓN
En esta Semana Santa hemos caminado con Jesús hacia el Calvario, lo hemos contemplado siendo abofeteado, azotado, hecho mofa, limpiando de su cara los salivazos, para al fin, verlo crucificado y colgando de la Cruz. Y era necesario recorrer este camino junto a Él, para experimentar la realidad de la perfecta Justicia de Dios, donde Cristo con su sangre, ha cubierto todos nuestros pecados y ofensas.
Los míos, los tuyos, los de toda la humanidad pasada, presente y futura. Pero aunque la Cruz nos consuela con su mensaje de redención, no podemos pararnos aquí. Aún no hemos llegado al final del camino. Pues Jesús ya no está colgado de un madero, y tampoco yaciendo en un sepulcro.
Jesús está ahora en el camino de nuestra vida, junto a nosotros, y para siempre.
¡Un sepulcro abierto lo proclama hoy al mundo, en este Domingo de Resurrección!, ¡Aleluya!.
¡Que así sea, Amén!.
J. C. G. / Pastor de IELE/Congregación San Pablo,
Sevilla
domingo, 1 de abril de 2012
Domingo de Ramos.
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección: Zacarías 9:9-12
Segunda Lección: Filipenses 2:5-11
El Evangelio: Juan 12:20-43
Domingo de Ramos
Cartagena
Saludos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo …
Hoy es Domingo de Ramos y también el Domingo de la Pasión.
Hoy empezamos la última etapa de nuestro peregrinaje hacia Jerusalén. Hacia la cruz y la tumba vacía. Hacia la Pasión y Resurrección de Jesús. Hacia el sufrimiento y la muerte de Jesús para el mundo que amó tanto. Un mundo por el que Jesús estaba dispuesto a sacrificar su vida.
Jesús describió su Pasión a Felipe, Andrés, y a todos los griegos en esta manera. Que sería necesario ser levantado en el árbol para atraer a todos a sí mismo.
Los griegos vinieron a Felipe y Andrés con el deseo de ver a Jesús. ¿Creen que ellos pensaban que sería por medio de un árbol que la muerte seria vencida?
Jesús les dice el verdadero motivo del deseo de verlo: “Ha llegado la hora” dijo Jesús “en que el Hijo del hombre sea glorificado.”
Jesús no podía ser glorificado sin cumplir con la voluntad del Padre: “Ahora está turbada mi alma,” el dijo, “¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Pero para esto he llegado a esta hora.
Padre, glorifica tu nombre.”
Una voz del cielo anuncia la glorificación de Cristo. La voz explicó cómo será glorificado a Jesús. Jesús será glorificado por su victoria sobre Satanás: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.”
El evangelista San Juan dice que Jesús decía esto “dando a entender de qué muerte iba a morir.”
Qué extraño es el Dios que tenemos…
Cuan contrario son los caminos de Dios en contraste con las expectativas de nuestro mundo.
¿Ser levantado en la cruz es ser glorificado?
Ser levantado en la cruz en la muerte ilustra para nosotros como es Dios. Que Jesús es un Dios de vida porque es un Dios que muere. Que el árbol de la cruz es el árbol para la vida del mundo. Que la muerte de Jesús trae vida al mundo. Que la muerte de Jesús trae esta vida a todas las personas.
Jesús les dice a estos griegos otra declaración desconcertante: “que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto.”
Cuando Adán y Eva comieron el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. En el Edén, vino la muerte al mundo. Adán y Eva entendieron el resultado de su pecado. Ahora tendrían que trabajar y sudar. Ahora tendrían que trabajar la tierra y sembrar semillas que morirían. Adán
y Eva sabían lo que pasaría en la muerte de estas semillas: Que habría fruto nuevo para comer, que habría fruto nuevo para sustituir el fruto del paraíso, que habían perdido con su pecado.
El ritmo de la naturaleza es el ritmo de sembrar y cultivar, el ritmo del descenso en la tierra y el ascenso en la creación con los arboles fructíferos.
Jesús es la semilla de la nueva creación. El creador de todo debe hacerse uno de nosotros. Debe ser concebido por el Espíritu Santo. Nacer de la Virgen María. Padecer bajo Poncio Pilato. Ser crucificado y morirse en el árbol.
Como todas las semillas antes de El, este cordero que fue matado debe ser enterrado en la tierra.
Pero la muerte y el entierro de este cordero son para la vida del mundo. Y en el tercer día, comienza su ascenso hacia el cielo levantándose de la muerte.
Su resurrección es el primer fruto de todos que se han fallecido. Su ascensión es nuestra entronización en el cielo incluso ahora entre los santos que están con El.
El foco de nuestra vida se basa en el árbol de la cruz. Esa cruz ahora es el árbol de vida. Esa cruz es donde Jesús nos sirvió al dar su vida en rescate por todos.
Ser siervo de Cristo es un llamado a seguir a Jesús en sufrimiento y muerte. Ser siervo de Cristo es ser levantado en sufrimiento como Jesús fue levantado. Ser siervo de Cristo es interpretar nuestros sufrimientos y los sufrimientos del mundo por medio de la pasión de Cristo Jesús.
Muchos que contemplan esta cruz cumplirán con la profecía de Isaías. Ellos no verán ni oirán, ellos no serán sanados por la sangre que brota de las heridas de Cristo para dar salud y restauración a un mundo roto por el pecado.
Porque tienen miedo de confesar esta “Pasión” del Cristo. Pero ustedes que comparten esta pasión santa de Jesús.
La pasión de participar y proclamar el sufrimiento y la muerte de Cristo a un mundo caído.
Ustedes que comparten esta pasión santa de Jesús. Levanten sus ojos para ver en la cruz su Dios.
Vean el Dios que sacrificó su vida para ustedes. Vean el Dios que expió por sus pecados por medio de una muerte brutal y violenta.
Si ustedes desean ver qué tipo de Dios tienen, levanten sus ojos al árbol y vean la Pasión del Cristo.
El objetivo de la pasión de Cristo ha sido alcanzado.
Consumado es. La hora ha llegado. Es glorificado el Hijo del hombre.
Amén.
Profesor Arthur Just
domingo, 25 de marzo de 2012
5º Domingo de Cuaresma.
Servimos bajo la cruz de Cristo”
Textos del Día:
Primera lección: Jeremías 31:31-34
Segunda Lección: Hebreos 5:1-10
El Evangelio: Marcos 10:32-34 (34-45)
Sermón
Codicia y gloria versus servicio y cruz.
Corrupción, abuso de poder, sobornos, uso de influencias para obtener beneficios propios, prevaricación, chantaje, compra de voluntades, evasión de leyes, etc. parecen ser noticias que
nunca pasan de moda, incluso en los ámbitos más insospechados de la vida. Y no solo a grandes escalas, sino también en nuestro día a día. Quien tenga poder, dinero o influencias parece que tiene la vida más fácil y puede llegar a creerse inmune, por encima de todos y todo.
Lamentablemente esta realidad cotidiana en ocasiones nos hace creer que incluso el reino de Dios funciona así. Esta inclinación muy propia de todo ser humano la heredamos de Adán y Eva, quienes no se contentaron con lo que tenían sino que quisieron un camino paralelo a la voluntad de Dios con el fin de obtener más poder, es decir ser como Dios mismo. El deseo de poder
personal y egoísta nos corrompe como personas y sociedad, sin embargo no todo
son malas noticias: ¡Cristo nos hace posible un camino distinto! Su cruz y servicio.
Contexto del Evangelio de hoy (leer Mr. 9 33-37)
El encuentro del joven rico con Jesús y las palabras que preceden al Evangelio de hoy generó desconcierto entre los discípulos. El Joven, a quien Jesús quería que lo viese no solo como un “buen Maestro” sino como su Salvador, deseaba saber qué hacer para heredar la vida eterna. Y como Jesús no vino a llamar a justos sino a pecadores, lo situó delante de la perfección de Ley a fin de que se diera cuenta que él no podía “hacer” nada para obtener la vida eterna. Pero
la sorpresa viene cuando éste joven manifiesta un concepto distorsionado de sí mismo o de la Ley, ya que dice que todos los mandamientos los cumplía desde su juventud, cosa imposible (1ª Jn. 1:8, St. 2:10). La ceguera del joven hacía que la Ley no efectuase su trabajo de “espejo” mostrándole su pecado, llevándolo así al reconocimiento y arrepentimiento. Por lo tanto Jesús, quien ama al joven, estima necesario ajustarle más el rigor de la Ley, y lo confronta con un pecado que el joven no reconocía en sí mismo: No amaba a Dios sobre TODAS LAS COSAS.
Enfrentarse a ello entristeció al joven, quien ante la idea de tener que dejar de amar sobremanera a sus riquezas, y seguir a Cristo, se afligió.
Y si los poderosos (además de rico era un dirigente judío Lc. 18:18), que parece que todo lo consiguen en este mundo con influencias y poder, no pueden conseguir con sus obras, posiciones, piedad y dinero la vida eterna ¿Qué nos queda a los pobres? La pregunta resultante de los discípulos es ¿Quién podrá salvarse entonces? ¡Esto es imposible! Y la pregunta para ti hoy es: ¿Te sientes un cumplidor de la ley con derecho a obtener la vida eterna por ser muy bueno, poderoso o influyente? ¿Amas realmente a Dios sobre TODAS las cosas?
Espero de todo corazón que tu respuesta sea: ¡No!, y que ello te constriña.
Porque sólo así estarás en condiciones de oír y apropiarte por la fe que se te ha dado del consolador Evangelio: La salvación es posible en Cristo por Gracia de Dios. Porque “para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios” Mr.
10:27
Bendita teología de la cruz
Y esta posibilidad en Dios se hace real en una obra sin igual, y es la que el Señor anuncia por tercera vez en el Evangelio de hoy: Pasión, muerte y resurrección de Cristo. Pero esto a los discípulos le seguía sonando extraño.
No entendían nada. Tres veces el Señor anunció su muerte y resurrección de forma clara e inequívoca. Pero el camino de la cruz resulta incomprensible a nuestra humanidad. Es locura, ya que es IMPOSIBLE para nosotros. Es un acto ajeno a nuestra posibilidad. Solo Cristo es capaz de entregarse en muerte por nuestros pecados y resucitar para darnos vida. Pero aún más imposible nos resulta creer esto. Ese es el mayor milagro que nos puede suceder en esta vida:
Tener fe para creer, entender y apropiarnos lo que para nosotros es imposible.
A nuestra humanidad le es velado este misterio. Es necesario nacer de nuevo para ver y comprender esto y aún así, como los discípulos, no siempre comprendemos cabalmente la magnitud de esta obra. Por ello es bueno y necesario que, además del día a día, en nuestro calendario litúrgico año tras año vayamos con Cristo a recorrer en Cuaresma su pasión, muerte y resurrección de una forma especial.
El Señor desea que grabemos a fuego su obra por nosotros y por eso la anuncia tres veces, como si de una formulación trinitaria se tratase, recordándonos que a Él pertenece la obra de salvación y que nosotros pertenecemos a Él por aquel nacimiento trinitario que recibimos cuando fuimos bautizados en el nombre del Padre, y del hijo y del Espíritu Santo. Cristo y su obra deben captar el centro de toda nuestra atención. Porque nosotros vivimos en la imposibilidad humana,
pero en Cristo ¡todo es posible! ¡Él cubre tu pecado!
Ante la cruz de Cristo el ser humano pide gloria
Pero los discípulos, al igual que nosotros, eran duros de entendendimiento. Tras el primer anuncio de su pasión, muerte y resurrección (Mr. 8:31-33) es Pedro, con muy buenas intenciones, quien intenta persuadir a Cristo de que eso “no puede suceder”. La incomprensión de la necesidad y alcance de la obra de Cristo es una lamentable realidad en la vida del ser humano que procura otro camino al de la cruz. Y es justamente cuando queremos evitar la cruz y proponer “mejores ideas” a Dios, cuando nos volvemos agentes de “Satanás”. Jesús no se anduvo con miramiento con Pedro y le dijo: apártate de mi Satanás “porque no pones la mira en las cosas de Dios sino en la de los hombres”.
En el Reino de Dios se hace la voluntad del Señor, y no lo que al hombre se le ocurre por egoísmos y orgullos, aunque estén recubiertos de la mayor piedad jamás vista.
Tras su segundo anuncio la cosa no fue mejor (Mr. 9:30-37). Los discípulos, que seguían sin entender la profundidad y alcance de este mensaje, terminan discutiendo sobre quién de ellos sería el más importante. Y es en esa circunstancia en la que el Señor los alecciona poniendo patas arriba los conceptos de este mundo, y coloca como modelo de conducta el servicio y a un niño como ejemplo a seguir de fe simple y sencilla.
Pero la trágica teología de la gloria parece que no dejaba de hacer mella en los corazones y tras el tercer anuncio dos discípulos piden a Jesús en un tono exigente: “queremos que nos concedas lo
que vamos a pedir”, y como si de un genio de la lámpara se tratase, sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda ¿Pero de donde surgen estos deseos? ¿Por qué gestamos estas ideas? ¿Por qué necesitamos superioridad y poder por sobre los demás? Pero Dios amorosamente nos dice hoy: mira mi obra y “bástate mi gracia” 2ª Co. 12:9
Entre vosotros no será así
No sólo para obtener la salvación es imposible hacer uso de algún poder, obra o influencia humana, sino que en la vida de fe vivimos bajo unos nuevos parámetros y principio muy distintos a los que rigen este mundo. El principio de la cruz es aquel en el cual debemos seguir a Cristo. No abandonar la cruz jamás sino tomarla y andar con ella en humildad. De lo contrario tomaremos el camino de la gloria, de la ambición personal, del egoísmo, de la envidia y la rivalidad, del fariseísmo. Pero “entre nosotros no será así”, y sublime ejemplo tenemos para seguir: El hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por todos. Nuestra
identidad se encuentra en Cristo y Él nos ha enseñado a no enseñoréanos sino amar y anhelar el servicio, la entrega desinteresada y la humildad. ¡Busca fuerzas en Él para vivir como Él!
Cristo nos hace entender la locura de la cruz
Cuando el Ángel ante el sepulcro vacío les repite a las mujeres el anuncio de la pasión, muerte y resurrección, nos dice Lucas 24:7-8 “entonces ellas se acordaron de sus palabras” Tras la confirmación ellas comprenden lo que estaba sucediendo y corren a anunciárselo a los
discípulos, pero a ellos aún “les parecían locura las palabras de ellas, y no las creyeron” Lc. 24:11 y siguiendo la secuencia de Lucas vemos que en 24:44-48 el Señor les “abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras” y ahí les repite “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciera y resucitara de los muertos al tercer día”. De la misma forma nosotros
necesitamos oír, recordar y anunciar constantemente esta obra de Cristo sin desmayar, pues sólo Dios es capaz de abrir el entendimiento con su Palabra. Y aunque a veces se nos tiente a cambiarla por un mensaje más “atractivo” por parecernos reiterativo y hasta pesado, en este mensaje nos va la vida. No podemos centrarnos en otras cosas. Porque sólo por esa obra recibimos perdón de pecados, vida y salvación.
Cristo se hace presente ante sus discípulos. No los abandona a su suerte. Conoce nuestras debilidades y necesidades, y por ello hoy se sigue haciendo presente entre nosotros cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, y cuando leemos y anunciamos su Palabra. Cristo ha abierto tu entendimiento y por fe crees y te apropias de su obra. Ten cuidado de que nada, ninguna teología errónea, ninguna falsa creencia sobre ti mismo, ningún poder te quite los ojos de Cristo, quien
es el autor y consumador de tu fe (He. 12:2). Y así como Cristo se hizo presente ante sus discípulos para fortalecerlos en el perdón que había logrado para ello, confirmando lo “imposible”, aún hoy se hace presente de forma real y concreta en cuerpo y sangre bajo el pan y el vino cada vez que se consagra la Santa Cena. Cristo sigue viniendo a ti y para ti ¡Vive en su perdón!
Conclusión
¿Que sacamos en limpio de todo esto? Pues que el camino de salvación es imposible para el ser humano, y únicamente Dios lo puede hacer posible. Y ese camino es el de la cruz, el de la muerte y resurrección de Cristo para perdón de nuestros pecados. No hay nada que nosotros tengamos o que podamos hacer para ser salvos.
Solo Cristo hace posible nuestra salvación y nos la da por Gracia, sin merecimiento alguno por nuestra parte. En esa gracia ahora deseamos andar en humildad y servicio a Dios y al prójimo.
Amén.
Walter Daniel
Ralli – Sevilla - 25-03-2012
EVANGELIO
Marcos 10:32- 45
32. Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba
delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo. Entonces volviendo a
tomar a los doce aparte, les comenzó a decir las cosas que le habían de
acontecer:
33. He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre
será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a
muerte, y le entregarán a los gentiles;
34. y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y
le matarán; mas al tercer día resucitará.
35. Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se le
acercaron, diciendo: Maestro, querríamos que nos hagas lo que pidiéremos.
36. El les dijo: ¿Qué queréis que os haga?
37. Ellos le dijeron: Concédenos que en tu gloria nos
sentemos el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.
38. Entonces Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís.
¿Podéis beber del vaso que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo
soy bautizado?
39. Ellos dijeron: Podemos. Jesús les dijo: A la verdad,
del vaso que yo bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado,
seréis bautizados;
40. pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es
mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado.
41. Cuando lo oyeron los diez, comenzaron a enojarse
contra Jacobo y contra Juan.
42. Más Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que
son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus
grandes ejercen sobre ellas potestad.
43. Pero no será así entre vosotros, sino que el que
quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor,
44. y el que de vosotros quiera ser el primero, será
siervo de todos.
45. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido,
sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.
domingo, 18 de marzo de 2012
4º Domingo de Cuaresma.
TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección: Números 21:4-9
Segunda Lección: Efesios 2:1-10
El Evangelio: Juan 3:14-21
Las palabras del Evangelio de hoy son sencillas, profundas y uno de los versos más conocidos de la Biblia. El Evangelio expresado en pocas palabras, la proclamación de la salvación. La síntesis de la Biblia en un versículo, el propósito de cuaresma de manera breve. Una vez más se nos recuerda que todo lo concerniente a nuestra salvación tiene como principal protagonista a Dios y no a nosotros. Por esto quiero que veamos tres principales verbos. Si vemos las acciones que Dios está haciendo, entonces tendremos un motivo de alegría en este tiempo de cuaresma. Por otra
parte, si conocemos este texto, estaremos preparados para alegrarnos en nuestra salvación y detectar muchas falsas doctrinas.
I. Los verbos de Dios (Amar, Dar, Creer)
Tanto amó Dios al mundo....
Amar. Esta declaración es sorprendente. Nosotros hablamos mucho sobre el amor en general. Sin embargo, a menudo el amor de Dios es mal entendido. Con demasiada frecuencia, nuestra naturaleza pecadora nos tienta a creer que Dios ama como nosotros, que ama a alguien porque es bueno o agradable. Es difícil negar que tenemos defectos, pero la mayoría tratamos de vivir nuestras vidas lo mejor que podemos.
Nos sentimos tentados a imaginarnos delante de Dios recibiendo su aprobación por lo bien que nos hemos comportado.
Necesitamos recordar que Dios nos ama en Cristo, porque en cuestiones espirituales estamos ciegos y muertos por el pecado y por esto somos enemigos de Dios. Nos alejamos de él constantemente y buscamos nuestro propio camino. Nuestro orgullo, deseos de gloria, falta de humildad, malos pensamientos nos alejan una y otra vez de nuestro amoroso creador.
Sin embargo, “tanto amó Dios al mundo”, dice Jesús. Dios no ama al mundo porque somos buenos, simpáticos o hacemos cosas que le agradan. Eso sería una mala noticia para todos nosotros, porque su amor cambiaría constantemente dependiendo de cómo nos comportemos durante nuestra vida. Nada de eso, Dios ama al mundo por lo que Él es: Él es amante por naturaleza. Su amor no es un sentimiento barato, emocional que va y viene, no, este amor de Dios es compromiso, no importa lo que cueste. Recuerda, que has nacido en pecado, la única opción y la consecuencia para nosotros sería la muerte. Pero el Señor en su amor ejecutó su plan para darnos vida y vida en abundancia. El Señor entrega lo más preciado que tiene y lo hace en favor de sus enemigos, de aquellos que viven en pecado, alejados de su presencia.
Que dio a su Hijo unigénito... dar.
Tengamos en cuenta dos cosas acerca de esta frase. En primer lugar, esta entrega no es parte de un acuerdo entre dos personas. No es un te doy pero tu me das. Él dio a Su Hijo como un don gratuito, sin condiciones. Así es el amor de Dios, nos salva a nosotros pobres pecadores, sin coste alguno. En segundo lugar, Él ha dado a su Hijo para morir en la cruz. Esta es la salvación del
mundo. Como ya hemos dicho: Debido a nuestro pecado, la única opción para nosotros era la muerte. Alguien tenía que pagar con su vida por nuestros pecados.
Así que Dios, en Su amor, dio a su unigénito Hijo para que muriera por nosotros.
Los pecados de los pecadores fueron crucificados con Cristo. De esta manera es que Dios ama al mundo: Dios ha dado a Su Hijo a morir por los pecados del mundo. Esto nos demuestra cuán grande es el amor del Padre por los pecadores, aunque la mayoría no creen en Jesús, Jesús ha muerto por ellos. Lo hizo por ti y por mí, por aquello a quienes tu desprecias o piensas que no merecen el perdón.
Esta entrega tiene un objetivo definido, que es el sumo bien del hombre.
Para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. Creer. Una vez más, esto nos habla de un gran amor de Dios. Cuando uno da un regalo por puro amor, es un don, no es
una obligación forzada. En otras palabras, si das un regalo por amor, lo haces sabiendo que el destinatario tiene la opción de rechazar el regalo y que tu amor no va a cambiar, debido a ese rechazo. Dios ha dado a Su Hijo para morir por los pecados del mundo, pero la salvación es un don, no se obliga a la gente a ser parte del pueblo de Dios. No se les obligará a que crean o a que tengan vida eterna.
Si la gente escoge el pecado, la muerte, el juicio y el infierno, Dios no obligará a recibir la santidad, la vida, la salvación y el cielo.
Por esta razón, a pesar de que Cristo ha muerto por todo el mundo, no todo el mundo se salvo. Sino solamente los que creen en Cristo como Señor y Salvador tendrán esa vida eterna.
Este tercer verbo “creer” es mal entendido por muchos. Muchos dicen que “La salvación no es del todo gratuita”. “Tengo que creer para ser salvo. Esa es mi parte en el plan de Dios”. Pero esto es una fe mal entendida y en realidad busca disminuir el amor de Dios. La fe no es nuestra parte del trato, no es algo que damos con el fin de ser salvos. La fe es un don que Dios nos da.
Este es el anuncio de Pablo a los Efesios en la epístola de hoy: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Junto con la gracia, la fe es un regalo. Siempre que el Señor te dice que creas en Él, Él te da la fe para creer. Cuando le dijo al paralítico: “Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa” (Marcos 2:11), Él le dio al hombre la capacidad de levantarse y caminar. Cuando Él dice, “Cree en el Señor Jesucristo” Él te da la fe para creer.
El Señor que te da la fe, viene a ti con el don del perdón junto con la vida y la salvación. En tu bautismo, Cristo te une a su muerte en la cruz, de modo que no tienes que morir y pagar el precio del pecado. También te une a su resurrección, Él te da su vida eterna. A pesar de que tu cuerpo, tu naturaleza pecaminosa intentan aferrarse y arrastrarte de nuevo a la tumba, tu tienes la vida eterna, porque Jesús te da la suya. Él ha muerto tu muerte. Él te da su vida. No estas destinado a morir, porque Él ha muerto por ti. Por el agua y la Palabra, Él te da perdón, la fe, la vida y la
salvación.
Para que no te pierdas, Él sigue sosteniendo esa fe con el perdón a través de su vida. En la proclamación de la Palabra, Dios te da su Hijo unigénito, crucificado y resucitado, para que, de
modo que seas perdonado de tus pecados y fortalecido en la fe. En la Santa Comunión, Dios una te da a su unigénito Hijo. Comes su cuerpo y bebes su sangre para el perdón de los pecados, de modo que no te pierdas, sino que tengas vida eterna.
Esta es la Buena Nueva de la salvación: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no muera, sino tenga vida eterna.
Memoriza este versículo y constantemente recuerda y celebra tu salvación. Además, con este verso estás bien equipado para resistir muchas falsas enseñanzas de la actualidad.
II. Buena vs Falsa Enseñanza
Una objeción común hoy día es “Dios no ama el mundo, porque Él ha hecho un camino muy estrecho, sólo hay un camino hacia el cielo, sólo hay un Salvador ¿Por qué Dios hace que sea tan difícil ser salvo si realmente nos ama?”
Juan 3:16. Aquí está la prueba del amor de Dios, que ha dado a su Hijo Unigénito para la salvación del mundo. Ha dado a su Hijo único. Fuera de Jesús, no hay ninguna esperanza de
salvación. Pero debido a que Cristo ha muerto por los pecados del mundo, cualquiera que crea en Él será salvo. Es un argumento de la naturaleza pecaminosa que culpa a Dios de proveer un solo escape del infierno. Cuando Dios da su Hijo unigénito, para hacer el último sacrificio por los pecados del mundo.
Aquí Dios es criticado por no hacer lo suficiente. Se culpa de Dios de proveer un solo camino al cielo y tratar de poner otros caminos en su lugar.
Se oye que “Jesús vino a enseñarnos cómo vivir, si seguimos sus pasos e imitamos su ejemplo, entonces seremos salvos”. Juan 3:16. Dios dio a su Hijo hasta la muerte para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. No dice “para que todos los que imitan su vida no se pierda”. ¿Nos salva tratar de seguir el ejemplo de Jesús?
No. No podemos seguir a Jesús a la perfección y su perfección nos muestra cuan pecadores somos. Que el pecado nos condena, pero Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo (Juan 3:17). Mientras que Jesús dio un ejemplo de una vida perfecta, esto no es por lo que Él vino. Aquí es donde generalmente se piensa “No puedo vivir perfectamente. Por lo tanto ya que Jesús ha muerto para perdonarme, puedo hacer lo que quiera”. Es atractivo tener licencia para pecar y ser perdonados, pero es una falsa enseñanza. El Señor ha muerto para salvarnos del pecado, ¿cómo podría un cristiano ir a caer en el pecado? El pecado mata y Jesús ha muerto para que tu vivas. Cuando la tentación llama, tienes esta Buena Noticia: Juan 3:16
Otra falsa enseñanza aparece y una aterradora: “Dios dio a su Hijo para liberarnos del pecado y la muerte por lo tanto, si he pecado, estoy perdido”. Es un horrible pensamiento, creer que un
pecado, por pequeño que sea, te priva de la salvación. Juan 3:16. Una vez más, ten en cuenta que no dice “que todos los que no pequen más, no se perderán, sino que tendrán vida eterna”. Sólo hay un pecado que es imperdonable: la incredulidad. El que cree en Cristo no se pierde, dice el Señor y en Marcos 16:16 dice que “El que no creyere, será condenado”. El crimen más atroz o la más grosera inmoralidad no condena al que se arrepiente de su pecado, porque Cristo ha
muerto por él. Al que no se arrepiente no se le perdona por más insignificante que sea su pecado.
El que dice “Yo no creo en Jesús” se encuentra en peligro de juicio. Por lo tanto, si estás preocupados por tus pecados, no te desanimes: Tus pecados no te condenan, porque Jesús ha muerto por ti.
El diablo hace que creas que tu pecado es más grande que la gracia de Dios. Él quiere que creas que debes renunciar a confesar tus pecados, porque quiere que no seas perdonado. No escuches al diablo, porque él es el padre de la mentira. En su lugar, deja que tus pecados sean un recuerdo constante de tu necesidad de salvación y te lleven todos los días a confesar tus pecados y ha alegrarte de que Cristo te ha redimido, para que no te pierda, sino que tengas vida eterna.
Estimados en Cristo, alégrate al oír estas sencillas palabras de la salvación. Porque Él ha dado a Su Hijo para morir por ti, no te pierdes, mas tienes vida eterna. Por la fe te ha dado, sabes que esto es cierto. El Hijo ha muerto para darte vida. Por su causa, se te perdonan todos tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Atte. Pastor Gustavo Lavia
