lunes, 7 de abril de 2008

La Gracia de Dios y yo.

ASAMBLEA NACIONAL DE IELE
IGLESIA EVANGÉLICA LUTERANA ESPAÑOLA
21 a 23 de Marzo de 2008
La Gracia de Dios y yo

“Creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y salvador Jesucristo”

J.C.G.

El tema de la Gracia es uno de los que más entusiasmo genera en aquellos que llegan al conocimiento de la Doctrina de la Justificación por la sola Fe. Realmente no podemos llegar a entender la profundidad y el alcance de esta Gracia para el ser humano, pues supera nuestra capacidad natural de comprensión. Es un misterio y una demostración de que nuestro Dios es un Dios de amor infinito.

GRACIA, FE Y SALVACIÓN

La Gracia, la Fe y la Salvación están ligadas alrededor de un denominador común: el pecado.
Es nuestro pecado y sus consecuencias para nosotros, lo que mueve la Gracia de Dios. Esta Gracia tiene un destinatario: el Hombre caído.
“Y a qué viene la Gracia de Cristo, si nosotros podemos llegar a ser justos por nuestra propia justicia” (Apología Confesión Augsburgo Art. II, 10).
Este hombre caído soy yo mismo, condenado por mis pecados, pero redimido en Cristo, de una manera totalmente gratuita (gratis). En su gratuidad, Dios ofrece Salvación por medio de la Fe en su Obra, llevada a cabo en la Cruz. No es necesario llevar la carga del pecado sobre nosotros, pues en la Cruz descansamos y aliviamos nuestra carga.
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28)
“El pecado está en nosotros, descansando sobre nuestros hombros, o está soportado por los hombros de Cristo, el Cordero de Dios” (Lutero)

Llamados por Gracia

“Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia” (Gálatas 1:15)

La gratuidad de la Salvación se muestra ya en la Palabra, de manera que el impulso inicial de salvación para el hombre proviene del mismo Dios. Somos llamados por medio de la Gracia. El Apóstol desecha incluso cualquier acto de nuestra inteligencia o razón en este proceso, retrotrayéndose al momento en que aún no hemos nacido en este mundo. La Gracia es un impulso divino, sin mérito alguno por nuestra parte.
Sin embargo, ya desde el principio se confundió la Gracia con alguna acción o cualidad implícita en el mismo hombre. Como decía Lutero en su introducción a la Carta a los Romanos, el hombre trata de ganar esta Gracia por medio de la Ley, pero paradójicamente obtiene justo el resultado contrario. No hay Gracia en la Ley, sino desgracia.
“Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra” (Romanos 11:6)
Intentar ganar esta Gracia es además pecado, pues la Gracia precede a la Fe y aparte de nuestro pecado, nada podemos ofrecerle a Dios por ella. Es como tratar de agradar a Dios por medio del pecado. El hombre siempre antepone alguna acción o esfuerzo por su parte a la acción de Dios.
En resumen: La Gracia nunca es merecida ni ganada por el hombre. Es el favor inmerecido de Dios para con nosotros. Es la fuente de perdón divino y no ninguna cualidad infusa en el hombre o acción propia que la merezca. Somos llamados por Gracia, en el sentido más pleno del término, y en tanto que somos llamados sólo podemos responder a esta llamada por Fe.

Hechos Hijos de Dios por Gracia

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16)
Somos Hijos de Dios, y ante este hecho corroborado por el mismo Espíritu de Dios en nuestro Bautismo, tenemos también la certeza de que este ser hijos de Dios lo hemos recibido por pura Gracia. Dios ofrece su Justicia a todos los que por medio de la Fe, creen en Cristo para obtenerla.
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1)
Contra esta Gracia ofrecemos resistencia, indisposición, rebelión, pero ante esta actitud nuestra Dios ofrece perdón, salvación y el honor de ser considerados Hijos suyos en el Espíritu. Una vez más, Dios actúa en el hombre sin que medie acción alguna por nuestra parte. En el Bautismo nos convertimos en receptores por medio de la Fe de esta Gracia, sin que en este acto intervenga razón, acción o inteligencia por nuestra parte.
” Por tanto, es por fe, para que sea por gracia” (Romanos 4:16)
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8)

LA EXPERIENCIA DE LA GRACIA

La Gracia no es un concepto teórico, sino algo que se experimenta día a día. Tampoco es específicamente una experiencia física o mental (aún cuando abarca todos nuestros sentidos y ser), de esas que se buscan en algunos sectores eclesiales, que la limitan exclusivamente al plano de la manifestación de lo sobrenatural en nuestra realidad.
Esta Gracia es en fin una experiencia de certeza, afirmada en la Palabra de Dios. Gracias a la Palabra se nos ha revelado una nueva vida en Cristo, y eso es algo que podemos experimentar aliviando nuestra carga sobre los hombros de nuestro Salvador. Experimentar la Gracia es tener la certeza por medio de la Fe, de nuestra Salvación y perdón en Jesucristo.
En esta certeza recibimos el amor de Dios y su favor en nuestra vida diaria, allí donde cada uno ha sido llamado a vivirla. En la Cruz, vemos la mano de Dios extendida, siempre mostrando su presencia junto a nosotros.

“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10)

Vivimos la experiencia de la Gracia en la certeza de la presencia de Cristo junto a nosotros en cada momento, y más específicamente en la debilidad, el sufrimiento y el dolor.
Transformación – En Cristo nuevas criaturas somos
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
La Gracia implica una renovación total de nuestro ser, de nuestra visión de la realidad y del futuro de la Humanidad. Esta renovación se realiza por medio de nuestro nuevo ser en Cristo. Somos literalmente transformados en aquello que impulsa nuestras vidas, en nuestros objetivos y prioridades. En cada acción o pensamiento diarios está activo el poder santificante de la Gracia, que nos reconduce hacia la voluntad del Padre.
Objetivos en la vida, ambiciones, prioridades, relaciones familiares, laborales, eclesiales, sociales, etc. Todo queda bajo el poder transformador de la Gracia en nuestra vida.
Ahogar el viejo hombre diariamente
“Los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. El ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz, por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la Ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.” (Romanos 8:5-8)

La Transformación que sufrimos por medio de la Fe no es un cheque en blanco. Nuestro viejo Adán aun mora en nosotros, desviando nuestra escucha de la voz de la Palabra. Somos redirigidos de nuevo a la esclavitud de la carne, de las normas y obras que nos dan seguridad ante nuestros errores y pecados. Esta lucha dura toda la vida del cristiano, pues sólo en la otra vida estaremos libres de las ataduras de la carne y su debilidad.
Por tanto, ahogar el viejo hombre que mora en nosotros es una de las luchas más duras y, normalmente la más desgastante a la que se enfrenta el creyente.
Lucha: “Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 23pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7:21-25)

Refugio: “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. 1Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (Romano 12:7-10)
Poder: “Porque no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16)

AFIRMADOS EN LA GRACIA

“Sobre todo, tomad el escudo de la Fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios:16)
Vivir la Gracia implica afirmarse en ella continuamente, superando los obstáculos de la vida, de nuestras debilidades y de nuestra visión distorsionada. Nuestro viejo yo se resiste a vivir en esta Gracia y frena nuestra vida en ella.
Se puede caer de la Gracia y volver a la Ley
“¡Gálatas insensatos!, ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente crucificado?. Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la Ley o por el escuchar con fe?, ¿Tan insensatos sois? Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿ahora vais a acabar por la carne?, ¿Tantas cosas habéis padecido en vano? Si es que realmente fue en vano. Aquel, pues, que os da el Espíritu y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la Ley o por el oir con fe?” (Gálatas 3:1-5 , 5:4)

Se puede caer de la Gracia, aunque algunas interpretaciones cristianas lo nieguen. Simplemente buscando un elemento físico, tangible que nos justifique ante Dios (obra, tradición etc), hará que nuestra confianza en esta Gracia se vea dañada o que desaparezca totalmente. Debemos ser conscientes de la posibilidad de esta caída, y estar preparados para evitarla en todo momento.
“Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1ª Corintios 10:12)
Se puede caer también en el grave error de considerar la doctrina de la Justificación por la Sola Fe como una Fe fácil y cómoda. Entonces el “poder hacer” o el “deber hacer” tan corrientes en nuestro vocabulario, nos hacen balancearnos en el fino hilo que separa la Gracia del volver a la

Ley.

Esforzarnos en la Gracia

“Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Tú pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo” (2 Timoteo 2:1, 3)
Vivir la Gracia requiere un “esfuerzo”, que es renunciar a toda aparente “plenitud” que no esté focalizada en Cristo y en la Palabra de Dios. Implica la renuncia a entender la vida según los tiempos, aún a costa de sufrir el rechazo, la marginación, persecución o incluso la muerte.
En realidad el cristiano vive este esfuerzo de una manera gozosa pues.
“Palabra fiel es esta, si somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él” (2 Timoteo 2:11-12)
No es esta actitud egoísta, que busca sólo el gozo de la presencia junto a Cristo, sino que también:
“todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna” (2 Timoteo 2:10)
Por tanto, mi perseverancia en la gracia tiene un efecto positivo en primer lugar sobre mí mismo, pero también en mi prójimo, al poder ser yo ser un instrumento útil en las manos de Dios para llevar a otros el Evangelio de Salvación.

Crecer en la Gracia

“Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.” (2 Pedro 3:18)
Nuestro crecimiento en la gracia está directamente relacionado con nuestro contacto con los medios que la proporcionan: la Palabra y los Sacramentos. Esta Palabra, donde el Espíritu del Señor se mueve entre sus líneas, nos fortalece alimenta con la verdadera y pura leche espiritual.
“Desead como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, ya que habéis gustado la bondad del Señor” (1 Pedro 2:2-3)
“La Palabra, digo, y sólo la Palabra es el vehículo (vehículum) de la gracia de Dios” (Lutero W2, 509).
“Y así la Fe es despertada y confirmada por la absolución, al oír el Evangelio, y por el uso de los Sacramentos, para que no sucumba mientras lucha con los terrores del pecado y de la muerte” (Apología de la Confesión de Augsburgo, Art.XII, 42)
Palabra y Sacramentos son pues los pilares de nuestro crecimiento en la Gracia.

Perseverar en la Gracia

“No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas. Es mejor afirmar el corazón con la gracia, no con alimentos que nunca aprovecharon a los que se han ocupado de ellos.” (Hebreos 13:9)
Desde que el Evangelio llegó al mundo, el enemigo busca la manera de desviar nuestra atención de su camino de Salvación. Doctrinas de todo tipo, algunas de ellas hábilmente mezcladas con la propia Fe cristiana, entorpecen la comprensión clara de la Palabra.
Estas doctrinas pueden ser del tipo:
Síndrome de “la buena persona” (Humanismo descontextualizado de su base cristiana)
Legalistas (Énfasis en el concepto de la norma)
Misticistas (La revelación fuera de la Palabra y basada en la experiencia)
Gnosticistas (Énfasis en el misterio y el concepto de élite espiritual)
Muchas de estas doctrinas no religiosas en apariencia, en el sentido tradicional del término, de hecho nos llevan a religiones en todo el sentido de la palabra. Todas exigen un costo, sea del tipo que sea; ninguna en sí liberadora en el sentido pleno. Ante esto y otras desviaciones, Dios ofrece la sencillez de su Gracia, fundamentada en su oferta gratuita de paz y perdón en Cristo.
“Por tanto, no sigas tus propias ideas, sino aférrate a la Palabra que te promete perdón de pecados por medio del Cordero que quita el pecado del mundo. No hay insuficiencia en el Cordero. El carga con os pecados desde el principio del mundo. Por tanto cargará con os tuyos también y te ofrece gracia” (Lutero W 46,682)
Vivamos, disfrutemos y compartamos esta Gracia de Salvación. Cada mañana, recordemos que un nuevo día el Señor nos ofrece perdón y gracia por medio de nuestro Bautismo y nuestra Fe.

Que así sea, Amén.