sábado, 26 de abril de 2008

6º Domingo después de Resurrección.

Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí Juan 5:39a La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios Ro. 10:17

Estamos en el de tiempo de Pascua de resurrección, que se extiende hasta Pentecostés. La palabra hebrea Pascha tiene el significado de Pasar (por alto o de largo), y rememora la preservación de la vida de los primogénitos judíos en la décima plaga en Egipto Aquí la iglesia cristiana medita sobre la implicancia de la muerte y resurrección de Cristo en la vida de los seres humanos que creen en Él. Se conmemora que Cristo liberó al mundo de la esclavitud del pecado y de la muerte. Esta fiesta se celebra hasta el domingo de Pentecostés.

27-04-2008

6º domingo después de Resurrección

“Jesús nos envía el Espíritu Santo”

Textos del Día:

Primera Lección: Hechos 17:22-31

Segunda Lección: 1 Pedro 3:15-22

El Evangelio:

Juan 14:15-21 15 Si me amáis, guardad mis mandamientos. 16 Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: 17 el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. 18 No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. 19 Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis. 20 En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. 21 El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.


Sermón

Hoy, como habitualmente lo hacemos, tenemos el privilegio de oír la Palabra de Dios, muchos en el mundo se han congregado para ello, para ser renovados y fortalecidos por medio del verbo Divino y de los Sacramentos del Bautismo y la Sana Cena. Incluso muchos, seguramente en el día de hoy, comulgarán por primera vez. Esto es un paso muy importante en la vida de fe de las personas. Pero me surge una pregunta: ¿Qué pasará mañana con ellos? ¿O pasado mañana? ¿Se apartará el Salvador de sus discípulos sin darles ningún consuelo? El evangelio nos dice que no es así.

Jesús Consuela a sus Discípulos

Uno de los himnos que siempre cantamos dice: “¡Oh qué Amigo nos es Cristo!”. Al leer el capítulo 14 de Juan y los tres capítulos siguientes es nos damos cuenta del compromiso que Jesús tiene con cada uno de nosotros. Con mucho amor le oímos decir: “No se turbe vuestro corazón...” (14:1). “La paz os dejo, mi paz os doy, no como el mundo la da, yo os la doy” (14:27). “Vosotros sois mis amigos…” (15:14). A su Padre le pide: “Yo ruego por ellos..., por los que me diste” (17:9).
En uno de los versículos anteriores a nuestro texto Jesús declara: “Yo soy en el Padre, y el Padre en mí” (11). A pesar de que él es Dios, no ha menospreciado a la humanidad que había creado, la cuál había caído en pecado. En lugar de alejarse y dejarnos a nuestra “suerte”, vino a vivir en este mundo, ha hacerse uno de nosotros, compartiendo todas nuestras vivencias, comprendiendo nuestra naturaleza, salvo el pecado que nos caracteriza como humanos. Es por eso que él sabe cuánto necesitamos de su consuelo y compañía. Sabe que al dejar a sus discípulos, estamos en peligro de perder su ánimo y aun su fe. Por lo tanto, Jesús nos habla hoy para consolarnos así como lo hizo con a sus Discípulos de aquella época:

Nos promete la ayuda que necesitamos

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador.” El término “consolador” literalmente quiere decir “paracleto.” Esta palabra es de origen griego. Este mismo término se utiliza para describir la función de Jesús como nuestro abogado defensor: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1). Un paracleto es alguien que ha sido llamado al lado de otro para auxiliar, como por ejemplo en el tribunal, el amigo o el abogado que defiende en un juicio los derechos de otro. En general, un paracleto es alguien que nos ayuda, fortalece y guía con su presencia.
Cristo había sido tal Paracleto para sus discípulos. Muchas fueron las ocasiones en que los socorrió. Cuando les hizo falta pan en un lugar desierto, su mano providencial remedió la necesidad. Cuando estaban en peligro de mar, su poderosa palabra: “Calla! ¡Enmudece!” (Marcos 4:39) hizo calmar las olas y los vientos. Hasta el último momento ayudó a sus discípulos. Al ser tomado prisionero en el huerto de Getsemaní, no se preocupó por si mismo. Defendió a los suyos: “Si a mi buscáis, dejad ir a éstos. Para que se cumpliese la palabra que había dicho: De los que me diste, ninguno de ellos perdí” (Juan 18:8-9). Pero, ¿quién les servirá de paracleto cuándo Jesús no este de manera visible a estos discípulos? ¿Quién auxiliará a los discípulos que habrían de venir? ¿Quién te ayudará en tus debilidades? ¡Cómo echaran de menos a su Defensor y Salvador! Pero Cristo les da un consuelo que es muy efectivo. Promete rogar al Padre para que les diese otro Paracleto. No son los discípulos los que pueden dar el don del Paracleto, del Espíritu Santo. El Padre es quien había enviado a su Hijo. Ahora el Padre y el Hijo enviarían al

Espíritu Santo.

Jesús nos envía a nuestro ayudante. Con esto no quiere decir que ya no este con nosotros, porque sabemos que más tarde, antes de ascender a los cielos, dijo a sus discípulos: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Con el evangelio de hoy nos quiere decir que el Espíritu Santo será quien satisfaga las necesidades qué sentirían todos sus discípulos después de la ascensión de Cristo. El Espíritu Santo aparecería de una manera tan maravillosa, acompañado de “un estruendo del cielo, como de un viento recio” y con “lenguas repartidas, como de fuego”, que no quedaría la menor duda respecto a su presencia. Por medio de su Espíritu Dios les daría el valor necesario para sufrir, en el nombre de Jesús, tribulaciones, persecuciones, burla, encarcelación y muerte. El Paracleto divino jamás los dejaría. Como Jesús los había protegido, guiado, fortalecido, así el Espíritu Santo los guiaría con su amor eterno. ¡Qué consuelo para los discípulos!
Qué gran consuelo también para nosotros. Jesús está rogando al Padre para que también nos dé a nosotros su Espíritu Santo. Sin la ayuda constante de este bendito Paracleto no es posible vivir en este mundo perverso. Él nos defiende cuando la ley, el diablo y nuestra propia conciencia nos acusan y procuran hacemos desesperar a causa de nuestros muchos pecados. Es entonces cuando el Espíritu Santo “da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8: 16- 17).
También es necesario poseer el Espíritu para que nos auxilie en nuestras debilidades. Afirma el apóstol San Pablo: “Asimismo también el Espíritu ayuda nuestra flaqueza; porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8: 26).
Jesús suplica al Padre por la permanencia eterna de este Espíritu entre nosotros. Habiendo obrado la fe en nuestros corazones, el Espíritu no nos deja. No tan sólo está en comunicación con nosotros, sino que efectivamente continúa en nosotros todos los días.
La presencia del Espíritu en nosotros puede ser comparada a una lluvia suave y benéfica. Así como el agua se junta en los lugares bajos, a saber, los valles, asimismo el Espíritu Santo se esparce sobre corazones contritos y humillados, corazones hundidos por el pecado. También es un río vivificante que busca su salida, una vez que el Espíritu Santo entra en nuestros corazones, sigue corriendo, con tal que no nos opongamos a su influencia divina por pecados intencionales o por una actitud pecaminosa, como hizo Saúl en el Antiguo Testamento. Allí leemos que “el Espíritu de Jehová se apartó de Saúl, y le atormentaba el espíritu malo...” (1 Samuel 16:14). Había dicho el profeta Samuel a Saúl: “Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey” (1 Samuel 15:23).
Por eso, nuestra oración humilde y constante debe ser: “No me eches de delante de ti, y no quites de mi tu Santo Espíritu” (Salmo 51:11).

Espíritu de Verdad

En medio de cuestionamientos sobre qué es la verdad o nadie tiene la verdad “absoluta”, el texto nos presenta otro de los atributos del Espíritu Santo que también nos proporciona a nosotros gran consuelo. Jesús llama a la tercera persona de la Santa Trinidad “el Espíritu de verdad.”
Nos advierte Jesús que “el mundo no puede recibir” al Espíritu de verdad (17), porque el mundo incrédulo y todos nosotros por naturaleza carecemos del buen juicio necesario para las cosas espirituales. “Mas el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente” (1 Corintios 2:14). El mundo no reconoce al Espíritu Santo, no se da cuenta su presencia, no lo entiende, o como declara Jesús, “no le ve, ni le conoce” (17). Los sentidos de nuestro cuerpo no puede comprender al Espíritu invisible y el mundo no disfruta de su presencia y poder. Para adorar a Dios y para entrar en comunión con él, es necesario hacerlo “en espíritu y en verdad,” como dice Cristo (Juan 4:24). De esto no saben nada los que no creen. En cambio, los creyentes sí lo ven, lo conocen y el Espíritu Santo les hace conocer y disfrutar de los misterios de Dios. Lo hacen por medio de la fe. Jesús asegura a sus discípulos: “Mas vosotros le conocéis; porque está con vosotros y será en vosotros” (17).

¿Cómo es que es Espíritu Santo viene a nosotros? Por medio de la regeneración que se da en el Bautismo, o la conversión que produce la Palabra de Dios en el hombre, el Espíritu Santo, hace su morada en los creyentes, en medio de ellos. Es allí, en el Bautismo y la Palabra donde pasamos de muerte a vida, de ceguedad a ver un mundo distinto, del rechazo a ser herederos del reino de Dios.

Según Jesús, el Espíritu Santo reposaría no sólo en las cabezas de los discípulos, sino también en sus corazones. En su primera Epístola el apóstol Juan escribe a los creyentes: “Pero la unción que vosotros habéis recibido de él, mora en vosotros” (2:27). Esa unción es nada más ni nada menos que la obra regeneradora del Espíritu Santo, la cual se efectúa por medio de la verdad, que es su Palabra. Santiago hace referencia a la importancia y relación del Espíritu y la Palabra: “Él de su voluntad nos ha engendrado por la Palabra de verdad” (1:18) y el apóstol Pedro añade: “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de Dios, que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23). Por medio de las buenas nuevas del Evangelio el Espíritu Santo crea en nosotros una fe viva. Nos hace confiar en Jesús como en nuestro Salvador. Nos hace creer que la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado. (1 Juan 1:7). Podemos resumir esto con las palabras de nuestro catecismo: “Mediante el Evangelio el Espíritu Santo me ha iluminado con sus dones, de modo que conozco a Jesucristo como a mi Salvador, confío, creo, me regocijo y me consuelo en Él” (Pregunta 178).
Los apóstoles iban a necesitar mucho a este Espíritu de verdad. Como muchos de nosotros, los apóstoles aún no comprendían muchas cosas, a pesar de que habían estado por tres años caminando con el Maestro. Por ejemplo, antes de la ascensión de Jesús habían manifestado un falso concepto acerca del reino de Cristo, preguntando: “Señor, ¿restituirás el reino a Israel en este tiempo?” (Hechos 1:6). Pero el Espíritu los guiará en el camino de la verdad, guardándolos de este error y de cualquier otro error. En el capítulo 16 del Evangelio según San Juan Jesús les promete: “Cuando viniere aquel Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad” (13). Iban a necesitar mucho al Espíritu de verdad para poder transmitir fielmente los hechos y las enseñanzas de Cristo a las generaciones futuras. Sabemos que muchos de los discípulos fueron los instrumentos del Espíritu Santo para escribir por inspiración de Él los libros sagrados del Nuevo Testamento. Iban a necesitar mucho al Espíritu de verdad en su obra de predicar, para saber cómo aplicar la Ley y el Evangelio, cómo trazar bien la Palabra de verdad (2 Timoteo 2:15) y para saber qué deberían testificar. Aún antes, al enviar a sus discípulos en su primera misión de predicar, les había prometido: “Aun a príncipes y a reyes seréis llevados por causa de mí, por testimonio a ellos y a los gentiles. Mas cuando os entregaren, no os apuréis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado qué habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros” (Mateo 10:18-20). Iban a necesitar mucho al Espíritu de verdad para saber cómo establecer las primeras congregaciones, puesto que no tenían modelos que seguir. Iban a necesitar mucho al Espíritu de verdad para guardar la armonía entre los judíos y los gentiles, porque ambos formarían parte de sus congregaciones.

Jesús también quiere guiamos a nosotros a toda verdad. Por eso desea que todos nosotros conozcamos al Espíritu de verdad. ¿En cuántas de nuestras oraciones nos olvidamos del Espíritu Santo? Él es una necesidad urgente en nuestra vida diaria. Necesitamos que el Espíritu nos guarde en su santa Palabra, la cual nos fue inspirada por Él. Así oró el Lutero: “Oh señor Jesucristo, Pastor y Obispo de nuestras almas, concédeme tu Espíritu Santo para que obre conmigo; aún más, para que obre en mi, a fin de que yo quiera y haga tu buena voluntad por medio de tu poder divino.” Es nuestra oración constante que el Espíritu divino preserve a cada miembro de nuestra iglesia en las doctrinas puras y en una vida santa, como ruega Lutero en la explicación de la primera petición del Padrenuestro: “Santificase el nombre de Dios cuando la Palabra divina se enseña con toda claridad y pureza, y nosotros, como hijos de Dios, vivimos conforme a ella de una manera santa. ¡Ayúdanos a esto, amado Padre celestial! Más el que enseña y vive de modo diferente de lo que enseña la Palabra de Dios, profana entre nosotros el nombre de Dios. ¡Líbranos de esto, amado Padre celestial!”

Deseamos que habiendo examinado las doctrinas principales de la fe cristiana, reconozcáis que ante todo necesitáis al Espíritu de verdad, para que os dé el deseo de seguir escudriñando las Escrituras. Lo que habéis aprendido de la Palabra hasta ahora es solo el principio de vuestro conocimiento de las verdades divinas. No dejéis de formar parte del grupo fiel que cada domingo se congrega para estudiar la Palabra, sea en vuestras casas o en los grupos que existen. Fielmente escuchad la voz de Jesús en los servicios dominicales y no dejéis de meditar en su Palabra diariamente y así continuar fieles en la verdad que el Espíritu Santo os ha enseñado.
Si abandonamos la Palabra, el Espíritu Santo también nos abandonará. Pero si permanecemos en ella, el Espíritu Santo también estará con nosotros para siempre. Amén.

Atte. Pastor Gustavo Lavia