domingo, 2 de octubre de 2011

16ª Domingo después de Pentecostés.

Sigue enviando a su hijo

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA

Isaías 5.1-7

Filipenses 3.4b-14

Mateo 21.33-46

Si hay algo que nos llama la atención de la parábola del día de hoy es la malvada actitud de los labradores. Sus pecados se pueden resumir en dos: En primer lugar, rechazaron las reglas del propietario de la tierra, deseaban la viña sin sujetarse a la ley. En segundo lugar, rechazaron la bondad y paciencia del propietario.

Se podría comparar a los labradores con personas miserables y ruines en la historia de la humanidad o incluso de a nuestro alrededor, pero en realidad nos describe la actitud humana que muchas veces busca destruir la fe, una congregación o iglesia. Esta actitud es la de rechazar la Ley de Dios y negar a su Hijo. En otras palabras, rechazar la Ley y el Evangelio de Dios. La negación de ellos produce que no haya ni esperanza, ni fe genuinas, habrá otras cosas que distraerán pero no estará lo esencial en nuestra vida y en la de la Iglesia.

La inmensa mayoría de personas dice creer en algo o alguien, incluso mencionan a Dios y en último lugar se identifican con Cristo, pero también es cierto que muchos rechazan la Ley de Dios. Esto sucede a nivel personal, cuando como cristianos nos involucramos en pecados que no queremos arrepentirnos, pecados que son demasiado atractivos, adictivos y de alguna manera demasiados valiosos como para dejarlos. Los ejemplos más comunes son la antipatía y negación a perdonar, desprecio al matrimonio, el chisme y agrega aquí los más cercanos a ti. En esos momentos, caemos en la tentación de decir: “Soy cristiano, pero voy a disfrutar de este pecado. Puedo hacer las dos cosas. Yo creo en Jesús, y puedo persistir en este pecado, total él me perdona”. Otra de las posturas más conocidas es “soy cristiano o creyente, sólo que a mi manera, hay cosas que no me gustan de la Iglesia”. También puede suceder en una congregación. A menudo se deja influir por la opinión popular, dejando de lado la ley de Dios, para justificar alguna práctica contraria a la voluntad de Dios. Caen en el error de que solo los mandamientos de Dios son camino de la evangelización e integración a la Iglesia y no se puede integrar a las personas por medio de un mensaje de pecado y gracia. Se permiten pecados populares con la justificación de que “por lo menos los pecadores vienen a la iglesia y esto no sucedería si nos opusiéramos a sus pecados”.

La justificación por lo general se resume en lo siguiente: “Vamos a pasar por alto o modificar la Ley de Dios para que podamos compartir el Evangelio”. Sería como decir: “Queremos estar en la viña del Señor y atraer a las personas a la viña del Señor. Pero no les vamos a decir las leyes que el Señor establece para los que viven aquí”. Este enfoque está destinado al fracaso por una simple razón: Las personas entramos en el reino de Dios por el perdón de los pecados. Se nos mantiene en el reino de Dios por el perdón de los pecados. Persistir en el pecado, sin arrepentimiento, por más confortable y atractivo que sea, nos destruye, porque rechaza el perdón mismo que nos mantiene en la fe.

A medida que persistimos en el pecado, nuestro corazón poco a poco se endurece más. Con el tiempo, pensaremos que no ir al Oficio Divino es una buena idea, porque no estamos interesados en oír otra vez sobre nuestros pecados y culpabilidad, ya lo sabemos. A continuación, nos privaremos de los medios de gracia y nuestro corazón se endurecerá aún más, hasta que pierda la fe en el Salvador. Mientras tanto, podremos decir que seguimos siendo cristianos, porque creemos en Jesús, pero no creemos que nos perdona todos nuestros pecados. El mayor conflicto aquí es que este no es el Jesús de la Biblia, es un dios falso. Este es el trágico camino de quien quiere ser cristiano, pero rechaza la Ley de Dios.

En un nivel más amplio, en una iglesia, la decadencia viene cuando se deja de condenar al pecado y se predica solo del amor y perdón de Dios. Sin embargo, puesto que el pecado en realidad no necesita ser perdonado, el mensaje del perdón de los pecados empieza a sonar trivial, pasado de moda e irrelevante. Después de todo, si ya no se recuerda y reconoce el pecado que vive en nosotros todos los días ¿para qué necesitamos el perdón?

La iglesia por lo tanto, comienza a predicar otro mensaje que suena más actual y atractivo: la importancia de la tolerancia, las causas sociales, cómo vivir una vida con propósito, tener éxito de la mano de Dios, etc. Esto se hace con la excusa de que la gente pueda escuchar el Evangelio, pero ¿Cuándo se escucha el Evangelio? Una iglesia así podrá invocar el nombre de Jesús y anunciarlo como Señor, pero ya no proclama su Palabra, no advierte del pecado y por lo tanto ya no anuncia el perdón.

Lo peor es que aquellos que dicen “Quiero estar en la viña, pero no quiero las leyes del Señor”, no es que desafían solo a la ley de Dios, sino que el mayor error es que haciendo caso omiso de la Ley, rechazan al Hijo y su muerte en la cruz por sus pecados. De hecho, es el pecado que acarrea condenación. Unirse a los inquilinos diciendo: “Queremos vivir en la viña, pero no queremos estar bajo las reglas del Señor”, conduce a un rechazo del Hijo y de su gracia. Así, también se hacen parte de la necedad y la ceguera de los que declararon: “Vamos a deshacernos del Hijo, y mantener la viña para nosotros mismos”.

El rechazo de ley nos lleva a la muerte de nuestra fe porque lo siguiente que sucederá es el rechazo del Hijo. Muchos en el mundo rechazan la verdad bíblica de que Jesús es el Hijo de Dios, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen María. Si rechazas esta verdad, pones en tela de juicio todas las Escrituras. El que rechaza la Ley y el Evangelio, ya se ha perdido en sus pecados. Así te privas de la Ley, que te informa de tus pecados y del Evangelio del Salvador que murió para quitarte todos tus pecados.

Ya hemos visto que muchos de los que rechazan la Ley todavía se llaman cristianos e invocan el nombre de Jesús. También es cierto, contra toda lógica, que muchos de los que niegan a Cristo todavía se llaman cristianos, e incluso invocar el nombre de Jesús. Por tanto, es imperativo que nosotros no juzguemos a las iglesias que se llaman a sí mismas cristianas. Juzgamos a una iglesia en función de si proclama o no la Ley y el Evangelio en su predicación de la Palabra y la administración de los Sacramentos. En estos medios de gracia es que Dios envía a su Hijo aún hoy día.

Debemos tener cuidado con otra tentación: Muchos defienden una iglesia que niega la Ley o el Evangelio diciendo: “Pero mira lo bien que están haciendo. No puede ser malo si tienen tanto éxito. Seguramente Dios no lo permitiría ¿verdad?. Si a Dios no le gustara lo que están haciendo, los habría dispersado de inmediato”.

A un nivel personal, todos nosotros demostramos que somos arrendatarios infieles del reino de Dios cada vez que no vivimos el amor a Dios y al prójimo como fruto de la fe y cada vez que no recibimos el Hijo de Dios, que viene a nosotros a través de la Palabra y Sacramento. Caemos en el mismo final trágico de la parábola. Con demasiada frecuencia, no somos capaces de llevar el fruto del amor a Dios y al prójimo en las vocaciones en la que nos ha colocado. Difundimos rumores entre nuestros amigos, en lugar de extender la verdad acerca de Jesucristo. Trabajamos duro para salir adelante en la vida y agrandar nuestras cuentas de ahorro, pero ¿cuántas veces nos esforzamos en nuestro trabajo, porque Dios nos usa para ayudar en las necesidades de los demás? O, en momento de las elecciones ¿con qué frecuencia escogemos a nuestros candidatos en base a lo mucho que nos pueden dar, en lugar del bien que pueden hacer para proteger a las personas que Dios ha puesto su cuidado? ¿Cuánto de nuestra vida transcurre preocupándonos por nosotros mismos, en lugar de vivir para Dios y los demás? ¿Qué tan a menudo no damos frutos de fe a Dios, sino que vivimos en nuestros egoísmos?. Ese pecado nos hace merecedores de perder el reino y ser castigados con la muerte eterna.

Debemos recordar que en la parábola el dueño es paciente. Él envía a los servidores en múltiples ocasiones, así como a su Hijo, dando a los inquilinos un montón de oportunidad de arrepentirse. Si persisten en no hacer caso de su corrección paciente, cuando regrese a la viña serán destruidos. El Señor pacientemente proclama su Palabra, a la Iglesia, al mundo entero. No se debe confundir su paciencia con la tolerancia del mal o la aprobación de los pecados. El juicio viene y el tiempo del arrepentimiento es ahora.

Si en alguna oportunidad has obrado como los malvados labradores, Dios envía una y otra vez a su Hijo para recoger el fruto de arrepentimiento. Por tanto, arrepiéntete y regocíjate en lo siguiente: El arrepentimiento está disponible porque Dios envió a su Hijo al mundo. Cristo ha vivido cumpliendo con la Ley de Dios, que tú y yo no podíamos cumplir y Él ha muerto en tu lugar en la cruz. Él te da su ley para que puedas saber de tu pecado y tu necesidad de perdón. Él da su Evangelio para que puedas ser perdonado y permanecer en su viña para siempre.

Por el amor de Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios, Dios Padre nos ha traído a su viña, construyó un muro a nuestro alrededor por medio del Santo Bautismo. Él es nuestra torre, anunciando los peligros del pecado y nos protege de los enemigos por medio de Su Palabra. Ha hecho una bodega para nosotros, para ayudarnos constantemente con el nuevo vino de su Santa Cena. Esto no es obra suya, sino del Señor. Él nos ha rescatado del pecado y la muerte para siempre. En este viñedo, Él le libera del pecado para obedecer Su Palabra. Por lo tanto, eres libre para regocijarse en la salvación que Él da y honrar al Hijo, que ha muerto para hacerte parte de su viña.

Es por eso que estamos aquí reunidos. Por medio de Su gracia, el Señor nos llama y nos mantiene en su viña. Por lo tanto, damos gracias que nos ha traído, y le damos gracias, sobre todo, por lo que el Hijo ha hecho por medio de Su muerte y resurrección. Sin él, estaríamos perdidos.

No hay nada que puedas haber hecho por ti mismo para ganar este favor y gracia, el Señor lo ha hecho todo por tí. El Señor ha provisto de todo lo que necesitas. Él te ha amado desde antes de poner las bases del mundo, antes de que estuviese en el vientre de su madre. Él lavó todos tus pecados en el agua del Santo Bautismo. Él te alimenta por medio de Su Palabra. Él te da su cuerpo para comer y beber su sangre. Él te ofrece pan de cada día.

Tu fiel Dios no deja nada al azar. Él envía a su Hijo, que guardó la Ley perfectamente en tu lugar. Él envía a su Hijo que derramó su sangre inocente en la cruz por ti. Gracias a Él que nunca serás destruidos. En su lugar, has sido perdonado de todos sus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Atte. Pastor Gustavo Lavia