miércoles, 12 de octubre de 2011

17º Domingo después de Pentecostés.

TEXTOS BIBLICOS DEL DÍA
Primera Lección: Isaías 25.1-9
Segunda Lección: Filipenses 4:1-9
El Evangelio: San Mateo 22:1-14
Sermón
Introducción
Ser invitado a un evento produce normalmente dos reacciones en las personas: por un lado la alegría de participar de una reunión, pues salvo excepciones, la mayoría de las personas somos seres sociales. Es decir, nos gusta el contacto con otras personas, relacionarnos con ellas, ver caras conocidas, la tertulia, el festejo, etc. Y por otro lado también produce una sensación agradable el saber que se nos tiene en cuenta, que somos importantes para alguien. Cuando se nos invita a algo, se nos dignifica de alguna manera, se nos da un sitio preferente sobre aquellos otros que no han sido invitados. Ser invitado en resumen es recibir un honor y un reconocimiento hacia nuestra persona. Por esto, despreciar una invitación puede convertirse en una afrenta grave, y máxime cuando se hace con signos evidentes de desprecio. No esperemos después de algo así, volver a ser invitados o agasajados.
Y no obstante, es igual de importante estar a la altura de la invitación y acudir a ella con la dignidad que la ocasión requiere. De nada sirve aceptar la invitación, para después avergonzar a los anfitriones vistiendo o actuando de manera inadecuada en la celebración. En este caso la consecuencia es la misma que el desprecio: las puertas se cerrarán ante nosotros y se nos retirará el honor con que se nos recibió. Igualmente los creyentes estamos invitados a una boda especial: las bodas del Cordero. Todo un honor al que deberemos acudir con nuestras mejores galas, y de entre las mismas, la que es del todo imprescindible: la de la Justicia de Dios en Cristo Jesús.
  • Invitados a la boda del Cordero
Las bodas eran un acontecimiento de gran relevancia en la antigüedad, pues si hoy día tienen la importancia de un enlace matrimonial con el que se sella una unión, en aquellos tiempos implicaban muchas más cosas. Normalmente, y además del hecho del enlace, se sellaban pactos de amistad y paz entre clanes o tribus, se acordaban dotes, bien en dinero o en especias (animales, telas, joyas, etc). También se aumentaban los patrimonios y sobre todo, se miraba a la continuidad de la familia por medio de la descendencia. Todo esto era de suma importancia para el hombre antiguo, y toda esta prosperidad, era además signo de la bendición de Dios: “te bendecirá y te multiplicará, y bendecirá el fruto de tu vientre y el fruto de tu tierra, tu grano, tu mosto, tu aceite, la cria de tus vacas, y los rebaños de tus ovejas” (Dt 7:13). De cara a aquellos que rodeaban el círculo familiar (parientes, amigos, vecinos..), una boda era normalmente el máximo acontecimiento social que podían presenciar en sus vidas, y también para ellos tenía sus beneficios. Como hemos dicho al principio, ser invitado era ser honrado con un puesto en el banquete. Dicho sea de paso, las celebraciones duraban normalmente días, donde se disfrutaba de abundancia de comida y alegría. El vino, la carne y los mejores alimentos, eran reservados para ocasiones como estas. En definitiva, una boda tenía un gran impacto positivo en la sociedad de la época.
Y justamente la parábola de hoy, nos habla de una boda: la boda del Hijo de un Rey: Cristo. Y también nos habla de unos invitados, que son en principio los que se supone son los más cercanos a la familia real. Aquellos que han sido honrados con un puesto preferente en el banquete (Dt 7:6): el pueblo de Israel. Un pueblo escogido, amado por Dios, y receptor de las promesas de un pacto divino, pero que al escuchar la llamada a la boda, reaccionan con desprecio, con maldad, con orgullo y prepotencia. No sólo no acuden a la celebración, sino que matan a los siervos de su Señor, a aquellos que anuncian y proclaman la llamada a acudir: los Profetas de Israel.
El resultado de su maldad lo explica la misma parábola: muerte y destrucción de su ciudad, del lugar donde creían estar seguros, como profecía de la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70DC.
  • Acudir al banquete del Cordero con la dignidad adecuada
Pero con su arrogancia y desprecio, abrieron sin embargo la puerta a otro pueblo, a aquellos que no moraban en la ciudad, sino a las salidas de los caminos. Supuestamente en los lugares menos dignos. Estas son las naciones que originariamente no formaban parte del pueblo escogido de Dios (gentiles), pero que ahora, son precisamente los destinatarios de la llamada al banquete: la humanidad entera y nosotros entre ellos.
Sin embargo, ser invitado no es garantía de un puesto seguro en el banquete, pues al honor de la invitación, debemos responder presentándonos con la vestimenta adecuada. Vamos a la boda de un Príncipe, no lo olvidemos. En nuestro caso, y recordando las palabras de Jesús (Mt 22:10), no hemos sido elegidos precisamente por nuestra dignidad, pues tanto buenos como malos han sido invitados. Y ya de partida, debemos asumir nuestra pertenencia al grupo de los pecadores (Rom 3:10) , con lo cual se hace más evidente que no basta con nuestra mera presencia. Y hoy día vivimos en una sociedad de derechos y obligaciones, pero donde parece que existe un desequilibrio entre ambos conceptos. Prevalece en nuestro tiempo el concepto de “derecho”, al entenderse que el ser humano, por el hecho de serlo, es de manera innata poseedor de todos ellos. Sin embargo la Escritura es muy clara a este respecto, en lo que a la vida espiritual se refiere: no todos tienen derecho a asistir a esta boda del Hijo. Y además, el Rey se reserva su derecho a expulsar de la misma a aquél que no se presenta de manera adecuada (Mt 22:13).
Pero sin embargo, lo que nos falta para acudir correctamente a este encuentro, no está en nuestra mano proveerlo, pues lo que se nos exige es la vestimenta de una justicia perfecta, tan perfecta como la Justicia divina: “si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 5:20). Y entonces, ¿de dónde sacaremos una justicia de tal calibre que su dignidad nos permita estar en la presencia de nuestro Dios y Rey?. No de nosotros mismos evidentemente, sino del único Justo: de Cristo el Señor. Porque su Justicia sí es mayor que la de escribas y fariseos, y es la única que puede revestirnos de dignidad. Y para obtenerla nos es necesario sólo una cosa: fe en Cristo. Esta fe es además el mismo Rey, nuestro Dios, el que la provee, por medio de los medios de gracia: Palabra y Sacramentos (Bautismo). Por tanto, sin la fe en Cristo y su muerte vicaria a favor de la humanidad, no se puede reclamar ningún otro derecho a estar presente en la celebración.
La Fe en Cristo nos permite acceder al banquete del Cordero
Tratar de asistir a las bodas del Cordero sin fe, sería tal como asistir con los peores harapos posibles. Pues sin esta fe, sólo podemos pretender vestirnos con nuestra “justicia” personal, y sin embargo, ¿qué es nuestra justicia comparada con la Justicia del Hijo?, ¿qué nos adornará más que la santidad de aquel que es infinitamente santo?. Más nos valdría si es que no queremos ser expulsados del banquete, el cimentar una fe sólida y bien fundamentada en la Palabra de Dios. Una fe así, es un pase seguro a estas celebraciones a las que todos hemos sido invitados, pero a las que desgraciadamente sólo una parte asistirá. Para asistir a esta boda en definitiva, necesitamos estar revestidos de Cristo (Gl 3:27).
Ahora bien, en este texto se hace alusión al novio del Rey, Cristo Jesús, pero ¿quién es la novia?. Y para los cristianos es evidente que la novia no es otra que la comunidad de los santos, de aquellos que por medio de la fe y el Bautismo, han sido incorporados al grupo de los que visten la vestimenta adecuada: hablamos de la Iglesia. Una Iglesia compuesta no de seres perfectos y que reivindican su “justicia” personal, ni de ilusos que creen poder asistir al banquete con cualquier vestimenta. Sino una Iglesia compuesta de pecadores arrepentidos y justificados por medio de la Cruz, y que no visten sino la Justicia de Cristo para asistir a las bodas del Cordero. Y esta Iglesia, tal como se nos muestra en la parábola, tiene también asignada una misión concreta e imprescindible para el Reino: “id pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis” (Mt 22:9). Esto es, buscar en los caminos a aquellos que necesitan oír la llamada del Rey, de los que aún no conocen la Buena Noticia del Evangelio. Ya que vestir la vestimenta adecuada por medio de la fe, implica también un compromiso de vida con el prójimo, en lo material sí, pero sobre todo en lo espiritual. Porque el fruto natural de la fe en cada creyente, es el compartir el mensaje de salvación, y proclamar que a este banquete, todos han sido invitados. Por eso cada uno de nosotros, debemos preguntarnos cada día si en verdad somos un testimonio vivo del amor de Dios en Cristo, y si estamos atentos a las oportunidades que el Espíritu dispone para nosotros de cara a compartir con otros el Evangelio. Recordemos que cuando hablamos de la Iglesia y su misión, no hablamos sino de nosotros mismos como servidores del Rey. Y para nosotros los caminos dónde buscar al prójimo no están lejos: son los de nuestra vida diaria, en el trabajo, en el barrio, con la familia, los amigos, etc. ¿Qué esperamos pues para salir y proclamar esta boda y su banquete?.
CONCLUSIÓN
Israel y especialmente su casta religiosa, despreciaron la llamada de su Dios y mataron a sus mensajeros. Y no conformes con ello, mataron también al Hijo, a Cristo Jesús. Pero Dios dirigió su mirada misericordiosa a otros pueblos, a nosotros, y envió nuevos mensajeros (sus Apóstoles) a proclamar el banquete celestial por medio de su Palabra (Mt 28:19). Y así los cristianos respondemos a esta llamada por medio de la fe, y tomamos el testigo de aquellos discípulos que arriesgaron y entregaron su vida en los caminos, buscando a los necesitados de arrepentimiento y perdón. Por tanto, y hasta el momento de nuestra entrada al banquete, cuidemos nuestro vestido: “la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo” (Rom 3:22), por medio de la Palabra y los Sacramentos, y a la vez, seamos siervos entregados a la causa del Evangelio. Son muchos aún los caminos a dónde acudir en busca de aquellos que no conocen al Hijo, y en este mundo, recordemos que Jesús no tiene otra voz, otros brazos y otras piernas que los nuestros. Que así sea, Amén.
 
J. C. G. Pastor de IELE